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Víctor Andrés Belaunde decía en su célebre discurso de 1914 que “todo fenómeno político envuelve una cuestión moral”. La crisis política que aqueja a nuestro país es, esencialmente, una crisis moral. Los conceptos y palabras que usamos en todos estos meses para denunciar la zozobra política tienen naturaleza moral: corrupción, incapacidad moral permanente; falta de honestidad, transparencia, lealtad y veracidad; carencia de autoridad moral, desconfianza social, falta de imparcialidad…

La democracia formal, cuyo pilar es el balance de poderes, está indefensa ante la magnitud de la crisis y desconfianza generalizada. No queda títere con cabeza. Congresistas, ministros, jueces, fiscales, políticos, empresas periodísticas, periodistas, empresarios no pueden esconder el rabo de paja que arrastran. Hemos perdido confianza en nuestras instituciones democráticas. Después de tantas decepciones y en medio de la guerra de dimes y diretes de unos y otros, el ciudadano medio queda a la intemperie, desangelado y desconcertado. ¿Alguno dice la verdad? ¿Qué oculta esa denuncia? ¿Qué quieres callar con lo que dices? ¿Puede un implicado en el delito convertirse en colaborador eficaz y así salvar el pellejo? Tirar la primera piedra en este ambiente de enrarecimiento moral es muy difícil.

El Montesinos de antaño es el Barata y el Odebrecht de ahora. Este último compra presidentes de la República, reparte sus ganancias mal habidas con grandes empresas peruanas, calla a la prensa y a los periodistas con publicidad o auspicios. ¿Todos en el mismo saco? No, tenemos políticos, jueces, periodistas íntegros. Los que son honestos lo saben. Los que se visten de seda, también lo saben.

Quedarse en la denuncia o en el solo lamento no es suficiente. A la democracia formal -la de reglas y procesos transparentes- lo único que se le ocurre es poner sistemas de control cada vez más exigentes y procurar procesos que hagan visibles las prácticas públicas y privadas. Es decir, del legalismo de Hobbes no sale, porque es todo lo que puede hacer. Hace tiempo renunció fiarse en las virtudes morales de sus ciudadanos y funcionarios públicos. Ahí está Mandelville (1670-1733) con “La fábula de las abejas” quien sostuvo que los vicios privados generan beneficios públicos. Es decir, afirmaba que una sociedad sería próspera si permite que su gente persiga sus intereses individuales, al punto, incluso, que los vicios privados serían generadores de bienestar público. Algo así como el “roba, pero hace”. La realidad es totalmente otra y la hemos vivido en carne propia. El avaro quiere plata y quiere cada vez más: no son mil soles, son cientos de miles de dólares. La avaricia jala a la vanidad y gasta en casas y lujos. El dinero facilita la lujuria. Ya no hace falta trabajar y la pereza vive de las rentas disfrazadas de conferencias, herencias, polladas. Un pecado capital llama, inmediatamente, a sus otros seis compañeros de viaje.

¿Qué hacemos? Volvamos al corazón de la República, tomemos en serio la república de las virtudes personales: si no formamos ciudadanos honestos, tampoco tendremos servidores públicos ni empresarios, ni jueces honestos. La educación no puede renunciar a la formación ética y humanista, pues los vicios personales, tarde o temprano explotan en vicios públicos. La integridad personal es un atributo de todo el ser humano, se muestra en la esfera privada y en la esfera pública. No es un camino fácil, cuesta y mucho. Es una tarea para toda la vida. No basta con pensar bien para ser una persona íntegra, hay que vivir bien, igualmente. La integridad no es logro, es meta. Se cultiva en la humildad y huye del alarde.

Lima, 11 de marzo de 2018.

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