Blas Pascal (1623-1662), en la época en que el pensamiento quedaba prisionero en la coordenadas cartesianas y la realidad era medida sólo por las matemáticas, el cálculo y las ideas claras y distintas, introdujo una distinción que nos viene bien para entender mejor el difícil equilibrio entre los sistemas y las personas en las organizaciones; entre los manuales estandarizadores de las operaciones y la libertad y creatividad de los seres humanos que trabajamos en las empresas. Pascal distinguió entre el espíritu de geometría y el espíritu de finura.
El directivo con espíritu de geometría ordena coherentemente procesos y personas. Maneja unos pocos principios claros, limpios y puros como el agua de bidón. Se agencia de una buena hoja de cálculo e introduce a  la empresa en sus cuadrículas. Todo entra en ella. Lo que se sale del libreto no cuenta o dicho de otro modo, procesos y personas tienen que adecuarse al libreto, a los personajes definidos y al escenario fabricado. ¿Ventajas? Bastantes. La primera de ella, es el control. Las operaciones de la empresa están determinadas, los productos perfectamente perfilados, el control de calidad asegurado y las funciones de los empleados están claramente especificadas. Basta un click en la lap top y se obtiene la foto a tiempo real de la empresa.
Si las organizaciones fueran sólo  máquinas al estilo de las fajas transportadoras de maletas en un terminal de aeropuerto, el espíritu de geometría basta y sobra en la empresa y lo único que nos haría falta sería rodearnos de buenos geómetras (gentes de sistemas, matemáticos, especialistas en logística, contadores); todo lo demás sería poesía, bonita, pero ineficaz a efectos de gestionar el buen funcionamiento de la organización-máquina. Es el modelo de empresa que se ideó a principios del siglo XX, el llamado modelo taylorista de organización que cada cierto tiempo se reedita con nuevos nombres, pero el espíritu de geometría es el mismo.
Pascal se dio cuenta (y la empresa de finales del siglo XX, también) que la vida no cabe en una ecuación. El espíritu de finura sabe que el corazón tiene razones que la razón no comprende. Sus principios apenas se ven o como lo diría Saint-Exupery en el Principito, lo esencial es invisible a los ojos. “Son cosas tan delicadas y numerosas -diría Pascal-, que es menester un sentido muy delicado y agudo para sentirlas, y juzgar derecha y justamente de acuerdo con este sentimiento, sin que las más de las veces sea posible demostrarlas por orden como en geometría… Es preciso ver súbitamente la cosa en un solo golpe de vista, y no con un razonamiento progresivo”. Aquí resalta la singularidad del ser humano. No se trata ya sólo del departamento de contabilidad o de la sala de redacción. Allí están Juan, María, Luciana, con unos modos de ser singulares aunque realicen la misma función. El mismo puesto, pero sus estilos son diferentes.
Una empresa para nuestro tiempo requiere de geometría y de finura. Ceder a la tentación tecnocrática puede arrojar líneas en azul en la cuenta final de resultados, pero el precio es convertir a nuestros colaboradores en simples autómatas y como decía el viejo Aristóteles dirigir esclavos no tiene ningún interés.

Piura, 16. X. 09

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