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El padre Brown es el personaje que Chesterton (1874-1936) creó para sus cuentos policiacos. “La incredulidad del padre Brown” lo escribió en 1936 y consta de ocho cuentos, unos más sabrosos que otros, cuyo eje central es, precisamente, la incredulidad o descreimiento de este simpático sacerdote católico ante los casos que se le presentaban y que, aparentemente, tenían un sesgo milagroso.

Chesterton está entre mis autores preferidos e intento tener siempre a mano alguno de sus textos que me devuelven el sentido del humor ante la vida y le sacan punta al ingenio. Pienso que una buena dosis de lectura de sus cuentos, novelas, crónicas, ensayos, poemas son un buen equipaje intelectual para ir con garbo en el laberinto de la cultura contemporánea marcada, muchas veces, por un exceso de cinismo y de escaso sentido común.

En el cuento “El oráculo del perro”, el padre Brown le resta valor al carácter mágico que algunos de sus contertulios atribuían al perro de la narración. Dice: “Los animales son muy sencillos; viven en un mundo de perogrulladas. Fíjese si no en el caso que voy a exponer: un perro ladra a un hombre, y el hombre huye del perro. Creo que usted no es lo bastante sencillo para traslucir el sentido de todo esto: el perro ladraba porque no le gustaba el individuo y el hombre huyó porque se asustó del perro. No tenían otro motivo ni lo necesitaban tampoco. Pero usted no se contenta con ello, sino que introduce en el caso misterios psicológicos con la suposición de que el perro tiene motivos paranormales y que actuaba como misteriosa voz del destino. Por eso, usted cree, según su teoría, que el hombre no huía del perro, sino del muerto”.
“El sino de los Darnaway” es una buena muestra de cómo razón y fe se abrazan de tal modo que la primera sana a la fe de fideísmo y la fe sana a la razón de racionalismo. Los supersticiosos creen en la leyenda que dice que todos los Darnaway acabarán suicidándose. El doctor Barnet, en cambio, basado en sus conocimientos de genética, dirá que los Darnaway se suicidan por una tara genética. La opinión del padre Brown es otra y le dice a Barnet: “ya veo que usted, también, cree en la superstición”. Barnet le responde: “yo creo en el suicidio por necesidad científica. ¿Es que usted no cree en las leyes de la herencia?” A lo que el sacerdote contestó: “Ya he dicho que creo en la luz del día y no quiero pararme en escoger entre dos túneles de superstición subterránea, que acaba en la oscuridad. Y la prueba es ésta: que todos ustedes están completamente a oscuras respecto de lo que allí sucedió”. Y respondieron: “¿Lo del suicidio?”. “Lo del asesinato, afirmo yo—dijo el padre Brown, y aunque solo había levantado un poco la voz pareció llenar por completo el espacio—Ha sido un asesinato y siempre será ésta una cosa que Dios dejó a la libre voluntad del hombre”.

Ni superstición ciega, ni racionalismo determinista. La fe amplía la racionalidad y hace que ésta comprenda el misterio cuando lo hay y, asimismo, despeja las tinieblas de las maldiciones y supersticiones cuando encubren hechos que se quieren ocultar. La fe y la razón en estos relatos del padre Brown son las dos alas con las que se puede volar para ver el lado luminoso y oscuro de la condición humana, sin dramatismos desgarradores ni la ingenuidad del naturalismo.

Lima, 27 de marzo de 2018.

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