Rápidos y furiosos: Hobbs & Shaw o la nostalgia por la imperfección

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He visto la película “Rápidos y furiosos: Hobbs & Shaw” (2019). El cine de acción y ficción me suele divertir y descansar, ésta es de ese género. La trama es sencilla. Hobbs (agente americano), junto con Shaw (agente inglés) son convocados a regañadientes para que trabajen en un delicado y peligroso caso. Eteon, una empresa criminal, está detrás de un virus biológico para eliminar a los humanos débiles e imperfectos. La organización trabaja en tecnología de última generación para recrear solo a los seres humanos más aptos. Para tal fin, ha reconstruido a Brixton –un ex agente- con implantes cibernéticos, que le permite realizar acciones por encima de las posibilidades humanas. En medio de todo el conflicto está Hattie, la hermana de Shaw quien se ha inoculado el virus para ponerlo a salvo del criminal.

La acción transcurre rápida y furiosa. Después de mucho trajinar, los agentes cumplen su cometido: ponen a salvo el virus de las manos criminales de Brixton y la empresa. Los amantes de este género seguro que se han divertido mucho al verla. A mí ha dejado con una idea a la que le he dado muchas vueltas: se trata de la nostalgia que existe en mucha gente –me incluyo- de vivir sin estar pendientes de conseguir la perfección en las dietas, calorías, salud, implantes, rutinas, chequeos. Es decir, la nostalgia de lo sencillo, lo no forzado, lo bucólico; incluso, lo romántico. Me explicaré.

Para extraer de Hattie el virus que se inoculó tienen que utilizar una máquina ah doc, dañada en la huida. Hobbs se acuerda de su familia en Samoa de la que se alejó hace 25 años. Allí está su hermano Jonah, capaz de arreglar el instrumento. El reencuentro es brusco entre ellos hasta que interviene la mamá para calmarlos. Toda la familia lo apoya. El lugar al que han llegado es la antípoda de una ciudad moderna y de la perfección que persigue la empresa Eteon. Se trata de una aldea sencilla, casa de madera en medio del campo. Todos los familiares están bien alimentados y subidos de peso, incluida la mamá. Cuando Hobbs le pide a ella que le lleve al cuarto de las armas, la mamá le abre un aparador lleno de armas tradicionales de madera. Las modernas armas, ella las había destruido, precisamente porque, una vez causaron la muerte de gran parte de sus parientes.

La batalla final es un encuentro entre el ingenio tecnológico de Eteon y el ingenio artesanal de Samoa; la cabeza fría de Brixton y el corazón ardiente de los habitantes de la aldea. No es de ninguna manera el enfrentamiento entre el pasado y el futuro, o el retraso y el progreso; es, simplemente, la confrontación entre lo inhumano y lo humano. Me gusta este lance final porque nos recuerda que los seres humanos no hemos sido creados para ser perfectos, sino para ser felices, en medio de afanes, exitosos unas veces; ruinosos, otras. Nos recuerda que es una pobre meta pensar que la vida es ser campeones, exitosos, famosos; estar entre los “top ten” de lo que sea. Es el afán de logro convertido en cáncer que carcome el afán de servicio.

No pretendo negar el rol positivo de la técnica, me basta con decir que no lo es todo ni en la ciencia ficción, ni en la empresa ni en la vida. ¿De qué nos sirve ser más eficaces si somos menos humanos? Prefiero mil veces un rostro alegre o doloroso a una faz saludable rebosante de calorías, proteínas e implantes científicamente medidos.

Lima, 10 de noviembre de 2019.

Robert Benson: de la inquietud al sosiego

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Robert Hugh Benson (1871-1914) fue un sacerdote católico, converso del anglicanismo. Un hombre de letras: novelista, dramaturgo, ensayista. Su novela “El Señor del mundo” es una de las tres grandes distopías del siglo XX, junto a “Mundo feliz” de Huxley y “1984” de Orwell. Cuenta su conversión al catolicismo, ocurrida en 1903, en “Confesiones de un converso”. Un libro breve que me ha resultado, especialmente, esclarecedor para tener una idea más cercana del talante espiritual de Benson. Acompañémosle en su narración.

Su conocimiento de Dios, en un inicio, es más bien frío y distante. Dice: “no creo haber amado a Dios conscientemente, pero al menos no me asustaba en Su presencia ni me aterraba la amenaza del infierno. Le aceptaba fríamente como a una Presencia y Autoridad Paternas. Aprendí más de nuestro Señor a través de los Evangelios que gracias a una experiencia espiritual, y cuando pensaba en Él, le situaba en el pasado y en el futuro, pero muy pocas veces en el presente”. Sabía de Dios, pero no lo había tocado aún.

Se ordena como sacerdote anglicano. En su práctica pastoral e ideas se orienta hacia la “High Church” anglicana. No acaba de encontrarse cómodo doctrinalmente. Empiezan sus dudas. Lee y estudia. No le basta la cabeza y se da cuenta que “el rompecabezas que Dios le había planteado constaba de unas piezas que necesitaban para su solución –además de la cabeza- el corazón, intuición y la imaginación”. La intranquilidad se hace cada vez más acuciante, su alma sufre y anota: “cuando un alma alcanza el punto culminante de un conflicto, deja de ser lógica; se convierte, más bien, en algo muy delicado, muy sensible, con todas sus fibras en agónica tensión, que se contrae ante el más ligero roce y desea refugiarse únicamente en las manos que fueron taladradas”.

Sabe lo que se está jugando y pone toda la carne en el asador. No se refugia en su verdad, busca la verdad. Valentía y sinceridad se dan la mano y escribe: “yo no quería ir por un camino tras otro, según mis deseos: quería saber cuál era el camino que Dios deseaba que recorriera. No quería ser libre para dar la espalda a la verdad; quería una verdad que me hiciera libre. No ansiaba los espaciosos caminos placenteros, sino el angosto Camino que es Verdad y Vida. Y para todas esas cosas mi antigua Iglesia no me servía de ayuda”.

Los meses previos a su conversión son densos. Busca a sus amigos, recibe consejos, estudia más y, finalmente, es recibido en la Iglesia Católica. Me conmueve su sinceridad. Lo cuenta así: “creo que nadie habrá entrado en la Ciudad de Dios con menos emoción que yo. Me sentía totalmente insensible: ni alegría, ni tristeza, ni temor ni ilusión. Allí estaba la verdad, tan lejana como una cumbre helada, y yo tenía que abrazarla. Nunca, ni por un instante, dudé de ella, ni –es innecesario decirlo- he dudado desde entonces. Yo intentaba reprocharme mi frialdad, pero fracasaba. Pasaba del brillo de la luz artificial, del calor, la claridad y la amistad, a la pálida luz de la fría y monótona certeza. Estaba completamente seguro, pero indiferente. (…). Debo confesar que este estado de ánimo duró no sólo durante mi recepción y mi Primera Comunión, sino a lo largo de algunos meses más”. Ni arrebatos místicos, ni cantos angélicos; eso sí, una Fe fuerte, aunque de tono mate.

Descubre pronto los misteriosos caminos de Dios y la incapacidad humana para ver con absoluta claridad la presencia divina. Nos movemos como a tientas. “Por una parte, es verdad que el alma debe estar siempre buscando, contemplando a través de la oscuridad a Dios que se esconde; recordando siempre que lo Infinito trasciende lo finito y que un cierto no acabar de entender debe ser un elemento de todo credo; es como si la ascensión de este mundo al otro discurriera entre tinieblas. La luz que brilla a través de las vidrieras y de las esculpidas tracerías basta para caminar”. Sin la luz de la Fe, la media luz del alma se convertiría en tinieblas. “Dios se da a conocer en el silencio por medio de los misterios que Él mismo proclama”.

Así transcurre la existencia humana y así la experimentó Robert Benson en el peregrinaje de su conversión. “A un lado, la sed, el deseo y la inquietud; al otro, el sosiego y la paz. No hay un instinto sin su objetivo; ni estanque sin el reflejo del sol, ni un punto de la afeada tierra que no tenga un cielo para sí. Y, a través de toda esa desolación, Él, en Su infinita bondad, -afirma Benson- me llevó al lugar donde Jerusalén descendió del cielo y que es la madre de todos nosotros”.

Inquietud, serenidad y plenitud diría Víctor Andrés Belaunde. Es la historia de Benson y la historia de todo buscador de la Verdad. Aspiramos a la plenitud expuesta de continuo a la inquietud y el sosiego. Unas veces, lo vemos todo con claridad; otras veces, la neblina se hace espesa. Con la Fe percibimos la presencia de Dios envuelta por su silencio.

Lima, 27 de octubre de 2019.

Pregoneros de la esperanza y la alegría

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Me llamó la atención y entusiasmó el libro de Richard Bastien, Cinco defensores de la fe y la razón (Rialp, 2019): Newman, Chesterton, Lewis, Kreeft y MacIntyre; todos católicos, salvo Lewis que perteneció a la High Church anglicana. El libro es una magnífica introducción, tipo aperitivo, a la obra intelectual de estos pensadores; involucrados en el debate cultural de su tiempo. Desde luego, como menciona Bastien, son sinceros defensores de la concordia entre la fe y la razón; pero, sobre todo, son intelectuales pregoneros de la esperanza y la alegría, abocados a comprender las fibras del acontecer humano, en cuyo despliegue se alza el sentido trascendente de la vida.

San John Henry Newman (1801-1890), recientemente canonizado, es ejemplo de honradez intelectual e integridad existencial. Un buscador apasionado de la verdad, aunque en su andar se tuviera que espinar la mano, como dice la canción. Indagó en los padres de la Iglesia y llegó al catolicismo, desde su tradición anglicana. Duro camino tuvo que recorrer. Un intelectual fuera de serie. Sus escritos teológicos son de referencia obligada. Sus homilías ayudan a crecer en vida interior. Sobre la Universidad ha dejado textos que hasta ahora nos sirven para ubicarnos en el conocimiento de sus raíces más profundas.

Chesterton (1874-1936) es el hombre corriente, el hombre que no renuncia a ser feliz. Como se dio cuenta de la seriedad de la vida, la miró con mucho sentido del humor. Polemista amable, maestro de la paradoja; escritor de lo humano y lo divino sin disimulo. Su mejor arma: el sentido común. Se disfruta leyéndolo y deja un pozo de alegría en el alma. Salvando las distancias, su personaje emblemático, el Padre Brown, más que un detective policíaco, es un desata nudos, al estilo de la Virgen Desatanudos. No rompe a los delincuentes, procura salvarlos de sus propios demonios.

Lewis (1898-1963), muy conocido por sus Crónicas de Narnia, es un escritor del sentido de la vida. Lewis le pone esperanza a la biografía humana. Sin dejar de notar los pesos y afanes del día, su todo no es crispado. Esto es de agradecer hoy en día, cuando estamos inundados de libros llenos de amargura y cinismo. Sus novelas tocan el nervio de la existencia personal, llega al fondo, pisa tierra y se eleva al cielo. Sabe hacerlo, hace pensar, saca del hoyo, eleva. Su novela Mientras no tengamos rostro está entre las top ten que me han dejado huella. Borda la experiencia de las relaciones interpersonales: amistad, amor; alegría, dolor. Llega al amor esponsal en su madurez. El romance dura muy poco, su esposa muere de un cáncer incurable. El dolor es mucho. Su escritura se hace más densa, la esperanza siempre saca la cabeza.

Peter Kreeft (1937, USA) es uno de los intelectuales católicos más renombrados en la actualidad. Gran conocedor de Chesterton, Pascal, Tomás de Aquino. Agudo, divertido. Conozco muy pocos libros suyos traducidos al español. El más reciente, Cristianismo para paganos modernos (Tecnos, 2016), es una deliciosa glosa de los Pensamientos de Pascal. “La gente –dice Kreeft- nunca es simple. Es buena-y-mala, feliz-y-mísera. Y también somos carne-y-espíritu”. Me encanta el estilo de Kreeft que, como Pascal, considera que la vida requiere de espíritu de geometría y de espíritu de fineza. Se alegra al comprobar que “hasta el momento presente, no hay psicólogo que haya explicado por qué se enamora precisamente de Julieta”. Me uno a su alegría y también comparto su pedido: “recemos para que a nadie le dé por explicarla jamás”.

MacIntyre (1929, Glasgow, Escocia) es harina de otro costal. Es filósofo de oficio, de los grandes. Viene de las canteras del marxismo. Su descubrimiento de Aristóteles y Tomás de Aquino le dan nuevos rumbos a su filosofía. Se convierte al catolicismo. Sus trabajos sobre ética no dejan indiferentes a ninguno. Desde Después de la virtud hasta Ética en los conflictos de la modernidad (Rialp, 2017) es un continuo profundizar en las claves de la condición humana en su dimensión ética. Su lectura es ardua y requiere de mucho entusiasmo y cierta formación filosófica: lo vale. En este último libro plantea el dilema: o expresivismo emotivo o neoaristotelismo. El expresivismo es una suerte de “yo y mis circunstancias” siempre hacia adelante sin anclajes hacia atrás. El neoaristotelismo es una búsqueda de la mejor persona que puedo llegar a ser, con raíces en la naturaleza humana. MacIntyre se decanta por esta última postura.

La propuesta de Bastien cae como agua de mayo y refresca el ambiente convulsionado en el que se mueve el mundo. Estos intelectuales, en su andadura intelectual, “nos revelan que nuestro mundo tiene urgente necesidad, no tanto de reformas económicas o políticas, sino de una cura espiritual. El resto, vienen a decir, se nos dará por añadidura”.

Lima, 22 de octubre de 2019.

Ernestina de Champourcin: lo que huye no existe

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Copio, a continuación, unos versos tomados de los poemarios de Ernestina de Champourcin (1905-1999). Una descubrimiento reciente de esta gran poetisa española. Disfruto de su claridad y frescura en cada poema. Muchos de ellos son meditaciones de una persona que ha encontrado a Dios en su vida, son plegarias puestas en verso. Me identifico con los claroscuros de su vida. Hay en sus versos el lamento agustiniano del “tarde te amé”. Quizá por eso mismo, sus versos son expresión de un alma madura que se sabe barro/polvo, pero barro/polvo enamorado como diría Francisco de Quevedo. Los dejo con algunos trocitos de los poemas/oración de Ernestina.

1. El juego de la gracia
Las victorias son tuyas; los fracasos son nuestros.
Pero sabemos muy bien que mientras se camina
no se puede perder el juego siempre…
¡El juego de la Gracia!
Cartas cerradas, 1968

2. Que no falte nadie
No te duermas, Señor,
y cuídanos la barca.
¡Haz que no falte nadie
si regresa a la playa!
Cartas cerradas, 1968

3. Barro
Hasta en lo más indigno
hiciste grandes cosas.
¡Cómo canta mi barro
tu gracia redentora!
El nombre que me diste, 1960

4. Emaús
Porque he sido rebelde
y he buscado el peligro,
y escudriñé curiosa
las cumbres y el abismo,
perdóname, Señor,
y quédate conmigo.

5. Magnificat
Porque has visto en mis ojos la pequeñez del mundo
y la codicia ruin que nos ensucia el pecho.
Te dignaste a venir Tú mismo a redimirme
en el tierno esplendor de un celaje de otoño.

6. Monte de Dios
Monte de Dios. ¡Tan alto!
En la cuesta empinada,
uno a uno, mis pasos.
Que nunca mire atrás
(…)
¡Mi anhelo, qué de prisa,
mis plantas, qué despacio!
¡Monte de Dios, tan cerca!
¡Monte de Dios, tan alto!
El nombre que me diste, 1960

7. Zaqueo
Quise crecer, Señor,
porque no te veía…
– ¡Qué raquítico apoyo
buscó la desmedida
vanidad de mis sueños!
Ningún árbol empina
cuando el amor es poco
y la ambición exigua…
Mas yo esperaba verte.
Tu voz se me vertía
buscándome la sed…
Pero yo no sabía
que en Ti sólo florecen
las ramas que se inclinan.

8. Amor de cada instante…
duro amor sin delicias: cadena cruz, cilicio,
gloria ausente, esperada,
gozo y tortura a un tiempo (…)
Pues, “mi ejercicio”, ahora, es amarte en la ausencia,
y aferrarme a esta nada porque también es tuya
y beber ese polvo de soledad y vacío
que es Tu don del momento y Tu clara promesa
(…)
Y así voy caminando por este desconcierto
oscuro y luminoso, por este amor amargo,
veteado de gloria.
Cartas cerradas, 1968

9. Y para ser, estar.
Lo que huye no existe
(…)
Para ser de verdad,
estate ahí en tu sitio,
en tu raíz. Jamás
te disperses en rumbos
que no te acogerán.
Poemas del ser y del estar, 1972

Lima, 14 de octubre de 2019

Un invierno con Homero

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Sylvain Tesson ha escrito un entretenido libro titulado “Un verano con Homero” (2019). Lo he leído a sorbos y no de un tirón en este gélido invierno limeño. Lectura amena, en capítulos y párrafos cortos recreando los personajes, dramas, tragedias, paisajes de “La Ilíada” y “La Odisea”. Un libro atento al canto de Homero, salpicado de sugestivos comentarios por parte de Tesson quien ve, en los textos griegos y sus actores, las constantes de la condición humana: honor, excelencia, fragilidad, fuerza, furia, piedad, libertad, destino.

La lectura de Homero y de las tragedias griegas me fascinaron desde mi época de colegial. Vuelvo a ellas con frecuencia. La combinación de mitos e historia, el dramatismo de las narraciones, la cercanía de hombres y dioses, las escenas de grandeza y miseria humana, ilustran e iluminan la narrativa humana de nuestro tiempo en sus raíces. Tesson nos hace conversar -sin pretensiones eruditas- con los héroes mitológicos. Vemos la furia de Aquiles, la grandeza de ánimo de Héctor, el ingenio de Ulises, el alma desgarrada de Andrómaca, esposa de Héctor a quien se dirige con estas dolorosas palabras: “¡Desgraciado! Te habrá de perder tu valor. No te apiadas de tu hijo tan tierno y tampoco de mí, ¡oh desdichada!, viuda pronto porque los aqueos te habrán de dar muerte”.

Dice Tesson que “dentro de mil años seguiremos leyendo a Homero. Y hoy encontraremos en el poema la forma de entender las mutaciones que agitan nuestro mundo en estos inicios del siglo XXI. Lo que dicen Aquiles, Héctor y Ulises nos permite esclarecer de forma anticipada los análisis de los expertos, esos técnicos de lo incomprensible que enmascaran su ignorancia en la bruma de la complejidad. Homero, en cambio, se contenta con exhumar las constantes del alma”. Sin ánimo de poner en el mismo costal a todos los expertos, coincido con Tesson en que hay asuntos demasiado sustanciales y vitales como para dejarlos en las manos de los técnicos. Uno de ellos es la condición humana en lectura distendida de la Ilíada y la Odisea.

La lectura de Tesson sobre los poemas homéricos es vivaz. Desliza, como es de esperar, sus opiniones sobre la actualidad. No hace falta estar de acuerdo con todo lo que sostiene. En cambio, en sus anotaciones sobre la naturaleza humana es clásico: “creo en la invariabilidad del hombre” dice el autor. Después de 2500 años de la guerra de Troya, podemos seguir leyendo con gozo y asombro a Homero. En tiempos como los que vivimos, corriendo de un lado para otro, muchas veces sin norte claro; volver a Homero es recuperar la memoria de lo que somos: una caña pensante, de cuya fragilidad partimos para llegar a cumbres de excelencia afirmando libremente nuestro ser.

Francisco Bobadilla Rodríguez
Lima, 22 de septiembre de 2019.

Ejecutivo: incompetencia manifiesta

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¡Qué tiempos los que nos ha tocado vivir! El mundo de las comunicaciones, probablemente, sea el que más se presta para percatarnos de la dinámica del cambio: nuevos aplicativos, velocidad de vértigo en el ciberespacio, dispositivos celulares con nuevas funciones… La política global y la peruana no son una excepción. La política ya no es lo que fue hace cinco, diez o veinte años. El entorno social es otro y, del mismo modo que los nativos digitales (jóvenes de 20 años) tienen unas competencias diferentes a los de mi generación, en política muchos de nuestros políticos al uso no han dado el salto cualitativo para hacerse con las nuevas competencias políticas que el cambiante entorno social requiere. En este campo, la teoría de juegos nos puede ayudar a comprender lo que resulta exacto calificar como la incompetencia política manifiesta del actual Poder Ejecutivo, con el presidente a la cabeza.

El modelo de juego de suma negativa viene como anillo al dedo para graficar el problema: todos pierden. Se puede ilustrar de modo sencillo, por ejemplo, imaginemos un sábado por la tarde de clima primaveral benigno. Mamá saca a pasear a sus dos hijos pequeños. Pedrito se antoja un helado y Marita, un chocolate. De pronto, Marita le pide a su hermano que le invite de su helado. Pedrito se niega una y otra vez. Interviene mamá y le dice con cierta energía que le invite a su hermanita. Pedrito en un berrinche comprensible, arroja el helado al suelo: ni para ti ni para mí, todos pierden. La lección es muy interesante. Cuando tengo que negociar con otro que tiene la sartén por el mango y sé que, además, es propenso a los berrinches y se negará una y otra vez a lo que le pido, mal haría en entrar a la confrontación con él. El resultado está cantado, cada partido de ajedrez terminará pateando el tablero. Lo que debo hacer es, como en el box, no entrar al cuerpo a cuerpo, sino bailar, de lo contrario el knockout es inevitable.

El actual Ejecutivo –con Kuczynski, primero; con Vizcarra, ahora- nació débil de las urnas. La sartén la tenía Fuerza Popular. Había que negociar, tener mucha correa y dar largos rodeos. Kuczynski no lo supo hacer porque era, entonces, un gobierno de entrada. Vizcarra tampoco lo supo hacer: a la fuerza respondió con altivez. Se quedó empantanado en el cascarón político y se mostró incapaz de construir. Su refugio ha sido la abstracción llamada pueblo, de la que se ha hecho su representante de facto. Ahora, asimismo, se ha convertido en un gobierno de salida. El resultado es penoso, porque en medio de la corrupción de unos y otros -de la que no queda títere con cabeza- tenemos uno de los gobiernos más incompetentes de las últimas décadas con entrada y salida, pero sin un periodo de intermedio de construcción efectiva.

Tenemos al frente del Ejecutivo, no a un gobernante, ni a un técnico, sino a un demagogo. El elenco que lo acompaña tampoco ha sido capaz de dar el do de pecho. Quiere ahora limpiar su paso por palacio de gobierno, con las elecciones adelantadas: un nuevo berrinche, cuando lo hidalgo es reconocer la propia incompetencia y renunciar.

Francisco Bobadilla Rodríguez
Lima, 16 de septiembre de 2019

Las desdichas y asombros de Mendel Singer

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“Quien no ha sufrido una desgracia, tampoco cree en milagros”, exclama Deborah, esposa de Mendel Singer el protagonista del drama escrito por Joseph Roth, “Job”, publicado en 1930. En estas concisas palabras de Deborah se condensa la vida de Mendel, un sencillo maestro de la Biblia judía. No solo la enseña, la vive. Habita en una modesta casa de un pequeño pueblo centroeuropeo perteneciente a la Rusia de finales del siglo XIX. La historia del Job del Antiguo Testamento se reproduce en la biografía de nuestro protagonista.

Mendel tiene cuatro hijos: Jonás, Schemarjah, Miriam y Menuchim, este último nace con deficiencias mentales que requieren de cuidado continuo. Junto con Deborah, su esposa, han procurado formar a sus hijos en las creencias y cultura judía. Los chicos crecen, los dos varones mayores están en edad de servicio militar. La idea de que sean enrolados en las filas de los soldados cosacos inquieta grandemente a los padres y deciden facilitar la inmigración de uno de ellos hacia Estados Unidos, Nueva York. Jonás se enrola con los cosacos con mucho entusiasmo. Miriam ya es una bella adolescente, vivaz y desenvuelta. Frecuenta y es cortejada por jóvenes cosacos a quienes corresponde gustosamente. La sola idea de que su hija se case con un ruso, pone en jaque la estabilidad familiar y deciden migrar a Estados Unidos. Schemarjah –ahora llamado Sam en Nueva York- se encarga de llevarlos. Él se ha convertido en un próspero empresario. En el viaje no pueden llevar con ellos a Menuchim, su precaria salud no lo permite. Lo dejan en el pueblo a cuidado de unos parientes. En la mente de Deborah retumbaba una vez y otra el consejo que le había dado el rabino: “No lo abandones”.

Son tiempos de convulsión en Europa, Sam y su socio americano Mac, se enrolan en el ejército y van a luchar en la Primera Guerra Mundial. La angustia familiar aumenta. Por fin, vuelven los soldados. Mac regresa, Sam, no: murió en el frente. Deborah llora amargamente, no soporta la noticia. Un ataque al corazón acaba con su vida. Al poco tiempo, Miriam sufre un cuadro de histeria que le lleva a confesar a Mac –su prometido- que durante todo el tiempo de su ausencia no le había sido fiel. El ataque de nervios se convierte en una enfermedad mental que obliga a Mendel a internarla en un hospital psiquiátrico, con muy escasas esperanzas de curación.

La desesperación de Mendel es muy grande y grita: “Se acabó, se acabó, se acabó Mendel Singer (…). No le queda ningún hijo. No tiene hija. No tiene mujer. No tiene patria. No tiene dinero. Dios dice: he castigado a Mendel Singer. ¿Para qué castiga Dios? ¿Por qué no a Lemmel, el carnicero? ¿Por qué no castiga a Menkes? ¡Solo castiga a Mendel!” Quema sus pertenencias más queridas. Sus amigos procuran detenerlo. No hay forma y con aplomo les dice: “Lo aseguro, no estoy loco. Estaba loco. Durante sesenta años he estado loco. Hoy ya no lo estoy”. “¡Pues dinos lo que quieres quemar! –responden los amigos”. “Quiero quemar a Dios”, responde lacónicamente Mendel. Es la rebeldía del hombre abatido por el infortunio. Es rabia y desesperación juntos. Es el peso aplastante de la soledad. El corazón herido se desborda y apaga todo atisbo de luz. Desde entonces, la indolencia se adueña de Mendel y más que vivir, sólo vegeta.

A los pocos meses llega la fiesta de la Pascua judía. Mendel participa de la cena en casa de unos amigos. En plena celebración y, de manera inopinada, llega a la casa el director de una orquesta europea que estaba de temporada en Nueva York. Venía, expresamente a conocer y visitar a Mendel Singer. El joven caballero afirma ser del pueblo de Mendel y le da señas de su familia. Le comunica que Jonás sigue vivo, aunque es prisionero de guerra. Llega el turno de la pregunta más inquietante. El dueño de casa le pregunta al visitante: “Mi amigo Mendel tenía también un pobre hijo enfermo llamado Menuchim. ¿Qué ha sido de él?”. La respuesta no puede ser más asombrosa: “¡Menuchim vive!” La sorpresa es mayúscula para todos. “¿Dónde está ahora Menuchim?” pregunta temeroso Mendel. “Y despacio Alexej Kossak contesta: Yo soy Menuchim”. Todos se levantan de pronto de sus asientos (…) El propio Mendel se pone en pie tan violentamente que tras él la silla cae provocando un gran estruendo”.

Skowronnek, amigo de Mendel sale de la reunión y va de casa en casa. Grita: “¡Ha ocurrido un milagro! Venid a mi casa y lo veréis. Mendel les sale al encuentro y, mudo, les estrecha la mano. Menkes, el más prudente de todos, toma la palabra: Mendel –dice- hemos venido para verte en tu felicidad, tal y como de vimos en la desdicha (…) Ahora vives un milagro en tu propia carne. Tal y como entonces nos entristecimos contigo, hoy nos alegramos contigo. Grandes son los milagros que realiza el Eterno… ¡Alabado sea su nombre!”.

Mientras leía la novela, la memoria y la imaginación me traían a la mente escenas de la película de Spielberg, “La lista de Schindler”, toda en blanco y negro. Cavilaba, así ha transcurrido la vida de Mendel Singer: plana, en blanco y negro, días grises como el cielo limeño de invierno. Un infortunio tras otro, fe inquebrantable en el Dios de Abraham y Jacob, y observancia cabal de los mandamientos de la ley judía. Hasta que su resistencia cede a la desesperanza y explota: ¡no más Dios, no más Biblia, no más mundo, no más nada! No es resignación lo que embarga su alma, es amargura. Las palabras de consuelo de sus amigos no sirven. Ha perdido el apetito de vivir. El mundo para él es la sinrazón. ¿Qué podemos decirle a Mendel Singer, y en él, qué le decimos a todos los Job que nos rodean?

Sólo se me ocurre pensar qué grande y misterioso es el silencio de Dios. Y ante su silencio, me nace acompañar a Mendel Singer con mi presencia y silencio. Decirle algo es prematuro. Es lo mismo que experimentó C. S. Lewis a la temprana muerte de su esposa. ¿Entender? No entendía nada. El por qué le sucedía esa desgracia se quedaba sin respuesta y sólo atinaba a escribir una y otra vezs: “sentimientos, sentimientos, ¡quién pudiera pensar!”.

El desenlace de la historia de Mendel es maravilloso. De repente, el escenario se llena de luz y la película en blanco y negro se llena de color. Aparecen las mañanas risueñas, vuelve a llenarse la habitación con el aroma del té. Acontece un milagro, el Eterno se hace presente con Menuchim, el último de sus hijos, el más débil, de quien el rabino había dicho: “el dolor le hará sabio. La deformidad, bondadoso. La amargura dulce. Y la enfermedad, fuerte. Su mirada será amplia y profunda. Su oído, fino y lleno de resonancias. Su boca callará, pero cuando abra los labios, anunciará cosas buenas”. Palabras proféticas que resuenan en el alma de Mendel y se ven cumplidas ahora en su pequeño Menuchim, convertido en un famoso director de orquesta clásica y compositor de música. El infortunio ahora es dicha: ¡los caminos de Dios, que misteriosos son los caminos de Dios!

Francisco Bobadilla Rodríguez
Lima, 5 de septiembre de 2019.

La leyenda del santo bebedor

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Joseph Roth (1894-1939), novelista judío, proveniente de Austria, bebedor empedernido, errante de aquí para allá, terminó su corta vida en París, huyendo de los nazis. Su lectura ha sido para mí un gozoso descubrimiento. Su estilo narrativo sobrio consigue contar una historia y, en pocos trazos, logra dibujar el alma de sus personajes. No lo dice todo de ellos, ni hace falta. El lector tiene que trabajar para sumergirse en el fondo humano de los actores. No sólo interviene lo terreno, lo sobrenatural irrumpe en la narración como en su pequeña novela “La leyenda del santo bebedor”, publicada en 1939, el año de su muerte.

¿Cuánto de autobiográfico hay en esta breve novela? Bastante, probablemente. Andreas Kartak, de origen polaco –el personaje de esta narración- es un vagabundo que vive en París, en los puentes del Sena, dado a la bebida alcohólica y vive de limosnas. La vida no le ha sonreído para nada. Minero de oficio, emigra a París en busca de fortuna. Comete un crimen y pasa dos años en prisión. Sale y no es ni tiene nada. Un día se cruza con un caballero quien le ofrece darle 200 pesos para que atienda a sus necesidades, con el cargo de que apenas consiga ese dinero lo entregue a la Iglesia de Sainte Marie des Batignolles, donde hay una capilla dedicada a santa Teresa de Lisieux, a quien el caballero atribuye su conversión al catolicismo. Andreas, pasado el desconcierto, acepta el préstamo y le dice que él es un hombre de honor y cumplirá con devolver al dinero a la santa.

De manera inexplicable se encuentra en varias oportunidades con dinero en el bolsillo y se pone en camino de la Iglesia para cumplir el encargo y saldar su deuda con la santa, pero en todas esas ocasiones el encuentro con amigos o antiguas amigas le impiden devolver el dinero, pues en esos tropezones gasta el dinero que tenía; hasta que, finalmente, en uno de esos intentos llega al bar una jovencita que llevaba por nombre Teresa y a quien Andreas considera que se trata de la santa que ha tenido la finura de facilitarle la devolución. En el instante en que quiere entregarle el dinero, ante el desconcierto de la chica, fallece fulminantemente.

La historia de esta breve narración me ha hecho pensar en la fragilidad humana. Andreas sabía muy bien lo que debería hacer: devolver el dinero a la primera que lo tuviera. Era un hombre de honor y quería cumplir su palabra. No llegó a la Iglesia, en el camino le aparecían situaciones que le hacían gastar el dinero. Unas veces era el licor. Se decía a sí mismo: una copita para entonarse, pero el alcohol le podía. Adiós dinero. En otras ocasiones se encontraba con amigos que lo llevaban al bar: bien, se decía, un ratito y, una vez más, se quedaba sin plata. No le faltaron encuentros con antiguas amigas en cuyos agasajos se gastaba lo que llevaba encima. Sabía lo que debía hacer: devolver el préstamo, quería cumplir con el encargo, pero su talón de Aquiles estaba en el deseo que le llevaba a quedarse detenido ante los bienes placenteros: el licor, las chicas de vida alegre, los amigos de vida disipada. Su deseo era fuerte; su voluntad, débil. Para cumplir con su encargo fue necesario que lo sobrenatural, lo insólito apareciera en su camino.

Pocas páginas las de esta narración de Joseph Roth, las suficientes para recordarnos que muchas veces lo decisivo de la acción humana no está en saber lo que debemos hacer, sino en tener la fuerza de voluntad para hacerlo y los apetitos placenteros ordenados (comida, bebida, sensualidad…). En tantas ocasiones, las fuerzas humanas no bastan: el Cielo debe acudir en nuestra ayuda.

Lima, 31 de agosto de 2019.

Coraje para decir y mostrar la verdad

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Empecé a leer a Alexandr Solzhenitsin (1918-2008) a finales de los años 70, durante mi formación universitaria. Comencé con “Un día en la vida de Iván Denísovich”, una breve narración de los campos de concentración en la Unión Soviética, siguió “Archipiélago Gulág”, “El Primer Círculo”… Sigo releyendo sus ensayos y discursos. Me sigue resonando en la memoria una idea que se repite de continuo en su obra: decir la verdad, mostrar la verdad. Sus novelas/reportajes muestran el horror de los campos de concentración del comunismo soviético. Sus personajes caen destrozados por la maquinaria militar al servicio del poder. Me he referido a algunos de sus escritos en otras oportunidades. Ahora,quiero volver sobre su célebre discurso en Harvard el 8 de junio de 1978, un poco más de cuarenta años atrás. Lo sigo encontrando agudo, actual, valiente.

El discurso en cuestión está en la línea de sus libros “Alerta a Occidente” y “El error de Occidente”. Su pluma se orienta a poner en sobre aviso a los líderes del deterioro de la cultura occidental. Muy mal la Unión Soviética, desde luego, “pero si alguien me preguntara –afirma Solzhenitsin- en cambio, si yo propondría a Occidente, tal como es en la actualidad, como modelo para mi país, francamente respondería en forma negativa. No. No recomendaría vuestra sociedad como un ideal para la transformación de la nuestra. A través de profundos sufrimientos, las personas en nuestro país han tenido un desarrollo espiritual de tal intensidad que el sistema occidental, en su presente estado de agotamiento, ya no aparece como atractivo”.

¿Y qué echa en falta en la cultura occidental el premio Nobel? En nuestra sociedad con una hipersensibilidad a las preguntas, perdida muchas veces en divagaciones, donde la verdad queda a merced del consenso fuera el que fuere; el comentario de Solzhenitsin es lapidario, pues lo que no encuentra es valentía. Dice: “la merma de coraje puede ser la característica más sobresaliente que un observador imparcial nota en Occidente en nuestros días. El mundo Occidental ha perdido en su vida civil el coraje, tanto global como individualmente, en cada país, en cada gobierno, cada partido político y por supuesto en las Naciones Unidas”. Duro comentario, pero certero, pues hace falta mucho coraje para comprarse un pleito, para ser auténtico, defender unos principios, resistir a la presión mediática o estar por encima de las encuestas de opinión.

Comenta el pensador ruso que en la Unión Soviética no existía el imperio de la ley, pero –continúa diciendo- “una sociedad sin otra escala que la legal tampoco es completamente digna del hombre. Una sociedad basada sobre los códigos legales, y que nunca llega a algo más elevado, pierde la oportunidad de aprovechar a pleno todo el rango completo de las posibilidades humanas. Un código legal es algo demasiado frío y formal como para poder tener una influencia beneficiosa sobre la sociedad. Siempre que el fino tejido de la vida se teje de relaciones juridicistas, se crea una atmósfera de mediocridad moral, que paraliza los impulsos más nobles del hombre”. Sin espíritu de la ley y sin hombres y mujeres con un hondo sentido prudencial del derecho, queda abierto el camino a las componendas o al abuso del derecho.

En la raíz de este debilitamiento de la cultura de Occidente, Solzhenitsin encuentra el antropocentrismo nacido de la buena simiente del Humanismo, pero que derivó en un creciente individualismo cada vez más centrado en los deseos y los derechos, opacando el cumplimiento de los deberes y del sentido de responsabilidad en el ejercicio de la libertad. Esta antropología “angelical” lleva a concepciones laxas de la ética, cada vez más indefensa para discernir el mal del bien. “El sesgo de la libertad hacia el mal –sostiene el pensador ruso- se ha producido en forma gradual, pero evidentemente emana de un concepto humanista y benevolente según el cual el ser humano – el rey de la creación – no es portador de ningún mal intrínseco y todos los defectos de la vida resultan causados por sistemas sociales descarriados que, por consiguiente, deben ser corregidos”. El ser humano no quiere ver la malicia que anida en su corazón y espera su salvación de las mejoras sociales. El esfuerzo se pone en los sistemas y se renuncia a todo esfuerzo de conversión personal.

De Solzhenitsin admiro, principalmente, el coraje que siempre mostró para decir y mostrar la verdad. Criticó la falta de humanidad del sistema soviético, afincado en la mentira y la complicidad de quienes la sostenían. Agradeció la acogida que recibió en Occidente y, al mismo tiempo, señaló el desvarío de su cultura al renegar de sus raíces cristianas y humanistas.

Lima, 21 de julio de 2019.

Elogio a la tierra desde el jardín

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cof


En gran parte porque pasé mi infancia en el campo, miro con agrado jardines, plantas, árboles, flores, frutos; disfruto, asimismo, de sus aromas, colores, sabores y texturas. Y nada más sorprenderte que encontrarme con un reciente libro de Byung Chul Han -filósofo coreano recriado en Alemania- dedicado a meditar sobre la tierra, el jardín y sus flores: “Loa a la tierra: un viaje al jardín” (2019). Como sus anteriores libros, éste es también pequeño, en una edición especialmente cuidada, ilustrada con dibujos de plantas y flores en blanco y gris. El autor se entretiene en la descripción minuciosa de las flores y, como sembrador en surco de chacra, deja caer –de trecho en trecho- reflexiones íntimas sobre la condición humana y el cuidado de la tierra.

Dicen los filósofos clásicos que el ser, la verdad, el bien y la belleza son los radicales que toda criatura tiene y que estos radicales se comunican entre sí. Esta es, justamente, la experiencia de Han: de la contemplación de la belleza llega a la existencia de Dios, el Ser por antonomasia. Dice: “De algún modo mi jardín me ha dado la fe en Dios. La existencia de Dios ya no es para mí un asunto de fe, sino una certeza, e incluso una evidencia. Dios existe, luego yo existo. Utilicé la esterilla de gomaespuma para las rodillas como mi alfombra de oraciones. Recé a Dios: «¡Alabo tu creación y su belleza! ¡Gracias! ¡Grazie!». Pensar es agradecer. La filosofía no es otra cosa que un amor a lo bello y bueno. El jardín es el bien más bello, la belleza suprema, to kalon”. La belleza salvará al mundo decía Dostoyewski. A su estilo, también lo decía Aleksandr Solzhenitsyn en su discurso de recepción del Premio Nobel de Literatura de 1970: de la belleza artística a la verdad de la realidad.

“La tierra –afirma Han- es una artista, una jugadora y una seductora. Es romántica. Suscita en mí un sentimiento de agradecimiento. Y me ha dado mucho de que pensar. Pensar es agradecer”. Para llegar a esta convicción hay que tener el talante del buen jardinero para quien, continúa diciendo Han, “el trabajo en el jardín no es un trabajo, sino una meditación, un demorarse en el silencio”. Y, ciertamente, la jardinería tiene de saber hacer y tiene mucho de contemplación. Las rosas no se tocan, se las deja estar, se las contempla, se aspira su aroma; pétalo tras pétalo, muestran pudorosamente su misterio. Con su solo estar, dan gloria a Dios. No se arrancan, se cortan y así adornan un altar, decoran una sala o halagan a Julieta.

Acostumbrados como estamos a veredas, pistas y edificios, el exceso de asfalto y cemento ocultan a la tierra. No la vemos, pasamos de largo y no acabamos de comprender la vida que corre por la savia de las plantas, ni la fertilidad de la tierra que las alimenta. No le falta razón a Han cuando señala que “La digitalización aumenta el ruido de la comunicación. No solo acaba con el silencio, sino también con lo táctil, con lo material, con los aromas, con los colores fragantes, sobre todo con la gravedad de la tierra. La palabra humano viene de humus, tierra. La tierra es nuestro espacio de resonancia, que nos llena de dicha. Cuando abandonamos la tierra nos abandona la dicha”. La alegría, la dicha, el contento, son bienes que ya nos gustaría disfrutar a manos llenas. No siempre llegan y, una cosa es tener la barriga llena, y otra, tener el alma contenta. La dicha que viene de la tierra hace bailar el alma.

La tecnología, las pantallas de TV, la realidad virtual nos pone delante de los ojos las maravillas de la naturaleza: bien, pero no lo es todo. Un jardín es otra cosa, aun cuando sea pequeño como una maceta. Una planta requiere cuidado, la tierra, también: se agota y hay que abonarla. Se siembra y se espera. En una sociedad como la nuestra, tan llena de prisas, cuánto bien nos haría tener la paciencia del jardinero: le toma su tiempo dar flores a un rosal.

Lima, 18 de julio de 2019.