La ideología: debilidad apasionada

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Hay palabras y conceptos que con tan sólo mencionarlos caen como pedradas al ojo: machismo, fascismo, totalitarismo, fundamentalismo… La “ideología” se encuentra entre esos vocablos que, en las distintas formas de comprender la realidad, es la categoría más débil y precaria de pensamiento. Se la puede definir como ideas al servicio de intereses, forma simplificada de leer la realidad.

Marx le asestó uno de los mayores golpes al afirmar que toda ideología encubre la realidad y no es sino una forma de justificar los intereses de la clase dominante. Quizá el uso que nos sea más familiar es el de ideologías políticas, en su gran variedad liberal o socialista. En este sentido, una ideología se constituye como una forma simplificada de explicar el mundo y encaminada a la acción. Las ideologías no quieren pensar la sociedad, quieren cambiarla y por eso ofrecen visiones sencillas, reducibles a pocas reglas y con respuestas de cajón para resolver los problemas. Lo que les falta de rigor, les sobra de pasión.

En el conjunto del saber humano, las diversas disciplinas nos descubren variados aspectos de la realidad. Ante una rosa, el poeta dirá “no la toques que así es la rosa”; el agrónomo se da cuenta que está frente a una rosa injertada; el jardinero piensa en un vivero de flores; el teólogo verá en ella el símbolo de la Madre de Dios como Rosa mística; el geómetra se quedará admirado de la simetría de sus pétalos. Es la misma rosa y cuánto podemos decir de ella. A la ideología no le podemos pedir mucho, su mirada es corta, va al bulto, no matiza. Lo suyo es banalizar el pensamiento serio y convertirlo en un slogan efectivo: “proletarios del mundo, uníos”; “campesino, el patrón no comerá más de tu pobreza”; “abajo los orcos, arriba los elfos”.

Afortunadamente, la ciencia, la filosofía, la técnica, el arte, la ética, la teología son pensamiento fuerte y riguroso. La ideología es más bien parasitaria. Y por más que se vista de seda, mona se queda. Cada cual en su sitio y, así como para saber de física, no acudimos a las novelas de Julio Verne, para saber de la condición sexuada del ser humano, poco nos puede decir la ideología.

Lima, 18 de febrero de 2017

Mons. Ocáriz, Prelado del Opus Dei

Después de unas semanas del fallecimiento de Mons. Javier Echevarría, el Papa Francisco acaba de nombrar Prelado del Opus Dei a Mons. Fernando Ocáriz confirmando la elección realizada por el congreso electivo de la prelatura. En expresión pascaliana -a la que acudo frecuentemente-, Mons. Ocáriz tiene el perfil intelectual que combina la geometría con la fineza: la precisión y rigor de la ciencia física –su carrera civil- y la hondura y altura de la ciencia teológica en la que se doctoró en la Universidad de Navarra.

Si tuviera que utilizar una frase breve sobre él diría que “sabe estar”. Colaboró durante los últimos 22 años en la labor pastoral de Mons. Echevarría y ha realizado una intensa labor intelectual tanto en la universidad de la Santa Cruz como en la Curia romana de la que es consultor. Por experiencia sabemos que no es poco arte hacer compatible el trabajo y la vida de familia, la dedicación a los hijos y los viajes profesionales. Tampoco es fácil hacer dialogar la actividad pastoral y la vida intelectual como lo hace Mons. Ocáriz con esa serenidad alegre que le caracteriza.

De mi época de universitario, formado en la cultura marxista de los años 70, tengo grabados dos magníficos libros críticos de esa ideología: “El marxismo: visión crítica” del chileno Ibáñez Langlois y “El marxismo, teoría y práctica de una revolución” de Fernando Ocáriz: la síntesis conseguida en este último libro habla de la claridad y rigor intelectual de su autor. Y así, Mons. Ocáriz ha escrito de los asuntos cruciales, afanes y esperanzas que anidan en los corazones de los hombres y mujeres de nuestro tiempo. Las páginas sobre la condición cristiana de hijos de Dios se nutren directamente de la tradición de la Iglesia y de las enseñanzas de San Josemaría. Su libro “Naturaleza, gracia y gloria” desarrolla el dramático camino humano que enlaza libertad y providencia. Y el libro entrevista “Sobre Dios, la Iglesia y el mundo” es un canto a las virtudes teologales que se toma en serio la presencia real de Cristo en la Eucaristía.

El Papa Francisco ha puesto en las manos de Mons. Ocáriz la Prelatura del Opus Dei, una partecita de la Iglesia que quiere servirla con su mejor empeño.

Lima, 24 de enero de 2017.

Utopía

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Tomás Moro (1478-1535) es uno de los políticos más fascinantes de todos los tiempos. Abogado, humanista de los grandes, codo a codo con Erasmo, Luis Vives. Llegó a ser Lord Canciller de Inglaterra durante el reinado de Enrique VIII. En 1516 escribe el libro “Utopía”, un clásico de la ciencia política hasta nuestros días. Desde entonces, utilizamos  la expresión “utopía” para referirnos a los proyectos políticos y sociales que son irreales, ilusorios e, incluso dañinos, si se los intentara realizar.

La “Utopía” de Moro es una fábula política que nunca pretendió hacerse realidad. En ese reino no hay propiedad privada, todas las casas son iguales, no hay afán de lucro ni diferencias económicas o religiosas, sus costumbres son semejantes, todos trabajan y tienen una clara vocación humanista y hay espacio para el contacto con la naturaleza a través del trabajo agrícola. Un paraíso al que se suma la alta exigencia moral que se espera de su príncipe.

Moro sabía muy bien que Inglaterra y sus súbditos en nada se parecían a Utopía y, sin embargo, no renunció a su trabajo como juez y a su actividad política en la magistratura más alta de su época. Como juez conocía las pequeñas y grandes debilidades de los seres humanos y, como político tocó todas las intrigas internas e internacionales del muy movido siglo XVI: el conflictivo matrimonio de Enrique VIII con Catalina de Aragón, la reforma protestante iniciada por Lutero.

Moro renuncia al cargo de Canciller, no por discrepancias de políticas económicas o corrupción de funcionarios, sino por razones de conciencia: se negó a admitir como válido el segundo matrimonio de Enrique VIII con Ana Bolena y no aceptó la supremacía del monarca sobre la iglesia anglicana. Su conciencia estuvo por encima de las “razones de Estado” y, hasta el final, no dejó de ser un súbdito leal de la corona y un buen hijo de la Iglesia católica, aunque la integridad moral le costara la vida: prisionero en la Torre y decapitado, después.

No pretendo que la actividad política termine en martirio, me bastaría ver una mayor coherencia en nuestros políticos. Esperemos que en el 2017 nos curemos, en parte, del déficit de virtudes morales que nos deja el año que termina.

Lima, 29 de diciembre de 2016.

Mons. Javier Echevarría en el Cielo

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El día de ayer, Fiesta de la Virgen de Guadalupe, falleció en Roma Mons. Javier Echevarría (1932-2016), Prelado del Opus Dei desde 1994. Estuvo en el Perú en dos oportunidades. La primera vez en 1996 y la segunda, en el 2010. En ambas ocasiones visitó Piura y mantuvo tertulias con numerosas personas en el Campus verde de la Udep, de la que fue Gran Canciller.

Un hombre de Dios, formado al calor de dos grandes maestros de la santidad: San Josemaría, el santo de lo ordinario y el beato Álvaro del Portillo, ejemplo de fidelidad y bondad sin igual. Tremenda responsabilidad la que recayó en sus hombros cuando fue nombrado Prelado del Opus Dei. Fue un padre solícito y hasta el final tuvo en su corazón y en sus oraciones a todos sus hijos e hijas. Lo conocí en el año 96 y volví a verlo en Piura en el 2010. La misma imagen en ambas oportunidades: un padre acogedor, cariñoso y de una lucidez amable y ponderada.

Su fidelidad a la Iglesia fue notable. Tuvo la finura de alma de San Juan Pablo II. Para mi gusto, su libro “Getsemaní”, consideraciones espirituales alrededor de la oración del Señor en el Huerto de Getsemaní antes de su Pasión, quedará como un clásico de la espiritualidad cristiana. El amor a la liturgia sigue las huellas del papa emérito Benedicto XVI. Dedicó muchas de sus prédicas al cuidado de la Eucaristía y la Santa Misa. Y en los últimos años secundó, con renovado esfuerzo, la amplia catequesis del Papa Francisco quien ha resaltado el rostro misericordioso de Dios.

Lo suyo fue amar y enseñar a amar. De continuo, en las muchísimas reuniones que tenía con gentes de todo el mundo y de todas las edades y condiciones, resaltaba con naturalidad los diversos rostros del amor. Cuando lo oía, recordaba aquellos pasajes de San Juan, apóstol, cuando se dirigía a los fieles de la naciente Iglesia y les decía “hijitos míos, que os queráis unos a otros”. Y es cierto, en el amor siempre nos quedamos cortos y podemos amar más, ser mejores hijos, amigos, padres, profesores. En definitiva, ser más verdaderos. Y ya que hemos sido “misericordiados” –como dice el papa Francisco- ojalá seamos, también, misericordiosos. ¡Descanse en paz, don Javier!

Lima, 12 de diciembre de 2016.

Enamorado del Perú

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“Para conocer bien, sobre todo hay que tener en el alma un buen amor”, dice certeramente Carlos Cardona. Pienso que de José Agustín de la Puente –distinguido historiador y educador peruano- se puede afirmar que, gracias a su profundo amor al Perú, ha escrito las más nobles y equilibradas páginas de nuestra Independencia. El reciente doctorado “honoris causa” que la Universidad de Piura le ha otorgado, no hace sino reconocer la calidad humana e intelectual de quien ha sabido leer nuestra historia republicana con ojos de enamorado, piedad de hijo y rigor de historiador.

Desde que lo conocí en los años setenta, cuando estudiaba en la PUCP, he admirado en él su gran capacidad para ver el bien en el decurso de la historia. Un optimista antes y ahora. En su pluma no hay trazas de amargura, ni actitudes altisonantes. Un caballero siempre, incluso con quienes no han guardado la compostura en sus críticas al referirse a la tesis que el maestro de la Puente sostiene en sus investigaciones. Allí donde tantos sólo encuentran ocasiones para lamentarse, el profesor de la Puente sabe encontrar el hilo de la madeja que anuncia promesas para nuestro futuro cercano.

En épocas de algarabía tecnocrática como la actual en dónde el “hacer” y el “tener” le hacen carga montón al “ser”, resulta urgente volver la mirada a la realidad nacional en extensión y profundidad. Prontos a conmemorar el Bicentenario de la Independencia, lo que escasea no son soles ni dólares, nos falta Patria –como bien lo recordaba Víctor Andrés Belaunde en 1914-. La Peruanidad, lo ha recordado tantas veces el profesor de la Puente, no es una exageración semántica, es una realidad entretejida con todas las sangres que se abre paso década tras década entre los desiertos de la costa, las montañas de los Andes y la Selva de nuestra Amazonía.

El profesor de la Puente ha tenido la valentía intelectual de pensar al Perú: el pasado sin prejuicios y el futuro sin miedo. Cada conversación con él se convierte en bocanadas de optimismo. ¿De dónde le viene esa alegría vital reflejada en la serenidad de sus escritos? Sus amigos y discípulos de seguro tienen alguna respuesta. A mí me basta decir que es uno de los hombres más agradecidos que he conocido y lleno de confianza en el Señor de la Historia.

Lima, 27 de noviembre de 2016.

Religión y política

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Somos un Estado no confesional y un país creyente. Para muestra un botón morado: El Señor de los Milagros. Formamos parte de esa gran comunidad internacional en donde la laicidad del Estado ha tomado un sentido positivo y amical. Autonomía que da al César lo que es del César y a Dios lo que es de Dios. Y a su vez, colaboración entre Iglesia y Estado según lo enuncia la Constitución política que reconoce a “la iglesia católica como elemento importante en la formación histórica, cultural y moral del Perú (Artículo 50)”.

No somos, ni por historia, ni por idiosincrasia, un pueblo rabioso y anticlerical. La Independencia del Perú de 1821 no fue la Revolución Francesa de 1789 que arremetió contra la Iglesia y marcó un estilo de laicidad negativa, agresiva y distante con lo religioso institucional. La presencia de la Iglesia Católica no se perdió en la Independencia del Perú. Goyeneche, obispo de Arequipa antes de la Independencia, significó la continuidad institucional, reflejo de un pueblo creyente y devoto. Al cabo de unos años llegó a ser arzobispo de Lima, en el Perú republicano.

Sin especial esfuerzo, nos sale del alma invocar al Dios todopoderoso del preámbulo de la Constitución, pidiendo su protección de las calamidades de la naturaleza, y también, de las malas artes de algunos políticos. Reconocer que somos devotos del Cautivo de Ayabaca, de la Virgen de las Mercedes de Paita, del Cristo Morado de Pachacamilla, del Señor de los Temblores del Cusco, de la Virgen de Chapi en Arequipa, es -simplemente- sociología de la religión y obediencia al mandato del pueblo como bien lo recuerda la Constitución peruana.

Cada tiempo tiene sus problemas, los de ahora los tenemos muy claros: la inseguridad ciudadana, la recuperación de la confianza en los agentes económicos, la corrupción pública. ¿Qué necesidad hay de tocar tambores de guerra en un problema que no existe entre la fe cristiana del pueblo peruano y la no confesionalidad del Estado? Ambas son realidades sociológicas y jurídicas que han convivido pacíficamente en toda nuestra historia republicana. Recordemos que no estamos en la Francia anticlerical del siglo XVIII. Estamos en el Perú del Señor de los Milagro y es tiempo de incienso, turrón de doña Pepa y procesiones multitudinarias.

Lima, 27 de octubre de 2016

Dirigir con sentido cristiano

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Cada cierto tiempo llegan a mis manos libros que me sorprenden gratamente, con la alegría del nacimiento de la rosa inesperada como lo diría Martín Adán. Se trata de un libro que recoge tres discursos de Mons. Javier Echevarría –Prelado del Opus Dei- ante el claustro de profesores de la escuela de negocios IESE (España): “Dirigir empresas con sentido cristiano” (Pamplona, 2015). Los textos son cortos e invitan a una lectura pausada para volver a considerar que sobre las agitadas aguas de la urgencia reposa en el fondo marino lo importante.

Cuenta Mons. Echevarría que en una reunión con empresarios, uno de ellos le preguntó a San Josemaría Escrivá cual debería ser la primera virtud del empresario. “La respuesta se centró en la caridad… porque, aunque la justicia es dar a cada uno lo suyo, no basta. Por mucho que cada uno merezca, hay que darle más, porque cada alma es una obra maestra de Dios”. Justicia y prudencia son virtudes de un buen directivo, pero el mensaje cristiano apunta más alto. De ahí que, en la dirección de empresas, el buen directivo se ha de esforzar por “querer a las personas, a todas y cada una…; descubrirlas en su propia singularidad: sus necesidades, su manera de ser, sus capacidades, sus circunstancias. Nunca pueden considerarse como simples recursos, o como números de una simple estadística, o como piezas para el diseño de una determinada estrategia”.

Si nos preguntáramos cuál es el fin de una empresa, de ordinario se pueden escuchar respuestas como las siguientes: crear riqueza, brindar un servicio a la sociedad, hacer crecer a los trabajadores… Todo eso es cierto, pero me resulta más retador la sugerencia de Mons. Echevarría. Dice: “Una empresa correctamente orientada persigue el bien de las personas, y no sólo unas meras y caducas satisfacciones materiales”. Resultados, por supuesto, pero ante todo “el servicio a las personas, de todo el hombre y de la entera comunidad humana”.

Poco hemos conseguido en la empresa si nos lanzamos a una búsqueda frenética de dividendos jugosos y nos olvidáramos que “la atención a las personas y a su desarrollo integral son la principal clave para la buena marcha de la empresa”. Ganar el mundo al precio de perder el alma es un mal negocio.

Lima, 6 de octubre de 2016.

Política y complejidad social

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Tenemos un Gabinete ministerial con apenas unas semanas en funciones. Tres economistas en posiciones clave del Ejecutivo: el Presidente del Perú es economista, al igual que el Premier y el ministro de economía. A PPK se le ha elegido como gobernante, no como economista; y del Premier se debe esperar lo mismo. Ambos han de lidiar con la complejidad social del momento, en conflictos e ideas. Quién ha de manejar el presente y el futuro del país es el gobernante que es tanto como decir el político, no el economista.

Los problemas políticos han de ser resueltos con soluciones políticas y en esta materia, la última palabra la tiene el gobernante, no el técnico. Como lo ha señalado Daniel Innerarity, “hay muchas cuestiones técnicas y periciales en el mundo de la política, por supuesto, y no se pueden tomar las decisiones correctas si no están precedidas por un trabajo de estudio y asesoramiento técnico… Ahora bien, cuando los técnicos y los administrativos han hecho su trabajo y sigue sin estar absolutamente claro qué es lo que debe hacerse. Es en ese momento de evidencias escasas cuando aparece la visión política”.

La política es el espacio de la polémica y la discusión por excelencia. En política hay poco espacio para los iluminados que creen tener “la agenda” cultural o social que salvará al Perú. Y en democracia, todos tenemos voz y voto. Acude a la plaza el rico y el pobre, el letrado y el menos letrado, el creyente y el ateo, jóvenes y adultos. Cada cual plantea su discurso desde lo que vive y por eso, no podemos pretender, que el ciudadano se despoje de sus pertenencias, historia, tradiciones y creencias. Estamos en los tiempos en los que no basta la legalidad para que una propuesta tenga carta de ciudadanía, hace falta también la legitimidad, es decir, el espaldarazo social que avale la propuesta.

Si para un proyecto minero exigimos la consulta previa y la licencia social, con mayor razón no se puede prescindir de la deliberación amplia y de la anuencia social cuando se pone en debate la integridad de la familia y el cuidado de la vida. “Los problemas políticos son demasiado complejos como para dejarlos en manos de quienes gestionan la exactitud” y carecen de imaginación política

Lima, 22 de septiembre de 2016

Orientación a las personas

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Faber-Castell es una empresa que conocemos desde niños. Utilizamos lapiceros, lápices, plumones y una serie de productos de escritorio. Recientemente apareció una entrevista a Mary y Charles von Faber-Castell, miembros del directorio de la empresa. Están buscando al nuevo CEO de la transnacional con un perfil muy particular: “orientado en la gente y que aprecie las relaciones con los socios”. Agregan que ha de ser alguien “que sepa trabajar en equipo, que vele por los intereses de la familia, con visión de largo plazo, que tenga cultura y orgullo por el equipo”.

Se da por supuesto que sepa del negocio. Lo importante, para esta gran empresa familiar, está puesto en las competencias blandas del directivo y, ciertamente, no le falta razón Mary von Faber-Castell cuando afirma que “hay cualidades que se pueden aprender, pero hay otras que no, como la confianza o el carácter”. Es algo parecido al “encanto”, se tiene o no se tiene. Las fórmulas para ser encantador no funcionan: se nota a kilómetros que esos gestos son sólo muecas. No es fácil encontrar al CEO que buscan.

Martin Buber, referente esencial de la filosofía del diálogo, dice que hay dos grandes actitudes en el ser humano: la actitud Yo-Tú y la Yo-Ello. La primera permite tratar al prójimo como persona; la segunda, lo trata como objeto. Mirado desde las empresas se puede decir que en los directivos hay dos grandes sellos que marcan su estilo: orientados a las personas u orientados a las cosas. Ambos consiguen resultados, pero de distinta manera. Si el directivo está orientado a las cosas, las personas de su organización son medios para conseguir ventas, metas, objetivos. Buena cosecha: números. En cambio, si el directivo está orientado a las personas, los resultados son más bien medios para crecer y hacer a su gente. Cosecha números y felicidad.

Directivos que se juegan por su gente y consiguen mantener vivo el entusiasmo de pertenecer a su empresa. No es poco lo que pide Faber-Castell a sus ejecutivos, pero empresas como éstas me llenan de esperanza. Son lo que hace algún tiempo llamé “empresas con alma” que es tanto como decir empresas organizadas como comunidad de personas y no sólo una fábrica de resultados.

Lima, 7 de septiembre de 2016.

Cómo destrozar a su empresa y quedarse tan tranquilo

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Josep Rosanas, profesor del IESE de Barcelona -una de las escuelas de negocios más prestigiosas de Europa- y consultor de empresas, ha escrito un libro que no tiene pierde. Se llama Cómo destrozar la propia empresa y creerse maravilloso (Barcelona, Granica, 2003). Un libro que rebosa sentido común y buen humor para examinar un tema nada agradable para el que lo sufre: la incompetencia de los jefes que con sus malas prácticas deterioran la empresa y hacen sufrir a su gente.

¿Qué hace el mal directivo de empresas? –se pregunta Rosanas- y responde: “Algo totalmente inmaterial: siembra infelicidad. Esencialmente entre sus clientes y sus empleados, pero la cosa puede ir más lejos, e incluir proveedores, gobiernos, financieros, ciudadanos de a pie…, todas aquellas personas o entidades a las que modernamente se les llama en inglés los stakeholders, es decir, todas aquellas personas que tienen algo que ver con la institución”. En efecto, el bien o el mal que un directivo hace no queda en casa, trasciende a la calle.

He aquí seis consejos tomados del libro -con muy ligeros retoques- que le vendrán bien al jefe que ha decidido destrozar su empresa:

1. Contrate y despida dependiendo de cómo van las cosas, principalmente los beneficios trimestrales. No invierta en formación de personal, más que en lo imprescindible para salir adelante y realizar los trabajos inmediatos. Cree en el empleado la idea de provisionalidad. Esto imposibilita que éste se identifique con su empresa. Si quiere completar el destrozo, no promueva a nadie de dentro. Contrate sistemáticamente “estrellas” venidas de fuera, con la formación que les ha proporcionado el “mercado” en lugar de la que usted necesita; y mucho mejor si es con salario sustancialmente superior al de las personas con similares cualificaciones que proceden de “dentro”.

2. Promueva proyectos personales, no compartidos por el resto de la organización (lo que inglés suele llamarse pet projects, es decir los proyectos-juguete del directivo, que se tienen más por placer que porque sean útiles). Premie fuertemente a las personas que le saquen adelante estos pet projects. De esta manera, consigue destrozar su empresa, molestando a la mayor parte de los que la integran.

3. No pierda el tiempo escuchando a su gente, ni mucho menos pretenda discutir los asuntos de la empresa con ellos. Usted ya tiene su opinión hecha, tiene una respuesta para todos y no necesita que nadie le diga nada. Su concepción de la empresa es monolítica e inmejorable. Usted sabe de sobra lo que hay que hacer en cada caso, y sólo la torpeza de sus subordinados hace que éstos no lo vean de inmediato. Su torpeza, y su falta de visión de conjunto (que no la van a tener porque es imposible que los subordinados la tengan). Usted sabe que todo marcha de maravillas en su empresa.

4. Innove en la empresa de acuerdo con sus caprichos y aquellos proyectos que le hacen ilusión a usted. Si disfraza como nuevo lo que es más viejo que la tos, y que es sabido por todos que a usted le encanta, mucho mejor para un destrozo más eficaz. Introduzca un grupo de ciudadanos privilegiados para que venzan la resistencia al cambio de los demás (que son los que salen perdiendo). Destruya la competencia distintiva de la empresa, pero diga que los valores fundamentales que tenía la cultura de la empresa se mantienen aunque todo el mundo vea que es falso.

5. Maltrate a las personas que forman parte de su empresa, cuanto más mejor. No físicamente (podría usted ir a la cárcel); tampoco no pagándoles lo debido, ni insultándoles de manera explícita (aunque esto, a veces, puede empezar a tener su eficacia). Esencialmente, tratándolos como cosas. Haga que se sientan defraudados con la mayor frecuencia posible. Cuando sea así, les recuerda que usted es el jefe y que tiene la ley de su parte para tomar la decisión que corresponda.

6. En resumen, y como el management consiste esencialmente en hacer las cosas a través de otras personas, para organizar un desastre haga lo que a estas otras personas les molesta. Haga que le odien. Haga que haya mal ambiente. Haga que todo el mundo se caliente. Pero ¡cuidado! Las personas tienen su propia manera de ver las cosas, y es posible que si usted pretende crear mal ambiente, se cree un buen ambiente… contra usted.

Lima, 22 de agosto de 2016