Un juez con alma de poeta

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“El club de los negocios raros” (1905) es una de las primeras novelas escritas por Chesterton, compuesta de historias breves que involucran a los hermanos Grant: Basil y Rupert. Este último es un investigador, cuyo “modo de razonar se distingue por su frialdad y su clarividencia, pero siempre le induce a error. En cambio, la vena poética que se le manifiesta bruscamente le permite acertar a menudo”. Basil Grant, en cambio, es un místico y contemplativo, un ilustre juez que un día decide dejar la magistratura para dedicarse a ser juez de tribunales privados de honor.

El personaje central es Basil con todos los rasgos propios del ingenio y sentido del humor de Chesterton. Me ha resultado un personaje simpático y he hecho buenas migas con él, quizá porque provengo del mundo del derecho y porque he visto de cerca el oficio de juez en mi padre. Mi formación jurídica estuvo inundada de ingeniería social y de mucha sociología del derecho. Una buena resolución judicial –aprendí- es aquella que tiene sólidos fundamentos de hecho y la mejor doctrina jurídica para los fundamentos de derecho. Había que ser un buen investigador de hechos al estilo de Sherlock Holmes: “hechos, hechos, hechos; sin ladrillos no puedo construir paredes”. Y, también, un gran conocedor de la pirámide kelseniana: normas contantes y sonantes.

Hasta ahí la teoría. La realidad es muy otra. Los hechos están ahí, pero el periodista, el juez, el fiscal, el abogado defensor, los pueden agrupar según sus particulares perspectivas y a los mismos hechos les podemos hacer decir lo que nos conviene. Basil Grant lo sabe y exclama: “¡Los hechos! (…). ¡Cómo oscurecen los hechos la verdad! Yo seré un insensato (a decir verdad, no estoy en mis cabales); pero nunca he podido creer en ese hombre… ¿cómo se llama el protagonista de esas famosas historias…? Sherlock Holmes. Todos los detalles conducen a algo, no cabe duda; pero por regla general a algo equivocado. Los hechos apuntan, a mi parecer, en todas direcciones, como las ramas de un árbol. Únicamente es la vida del árbol la que ofrece unidad y la que se eleva… Únicamente es su verde savia la que brota como un surtidor hacia las estrellas”. Coincido bastante con Basil: ¡cuánto se puede manipular en el periodismo y en la judicatura con los hechos!

¿A qué se dedica ahora Basil Grant? A ser un juez que resuelve diferencias estrictamente morales en tribunales de honor, de carácter extraoficial. Juzga a la gente, “no por las bagatelas vulgares de las que nadie se preocupa, tales como la comisión de un asesinato o el tener un perro sin licencia, no –afirma Basil- mis delincuentes eran juzgados por los delitos que verdaderamente hacen imposible la vida social. Comparecían voluntariamente ante mí al verse atenazados por un egoísmo o una vanidad inaceptable, o por su inclinación a la difamación, o por su ruindad hacia los amigos o subalternos. Claro está que estos tribunales no poseían poder coercitivo alguno. La ejecución de sus castigos dependía completamente del honor de las damas y los caballeros interesados, así como del honor de los delincuentes”.

Basil Grant pertenece al mundo de Chesterton: paradójico, romántico, alegre; incluso, dramático, pero nunca trágico. En la maraña de leyes que asfixia al sistema jurídico contemporáneo, nos hace falta más justicia y menos legalismo, más respeto y menos venganza, menos hígado y más corazón.

Lima, 7 de diciembre de 2018.

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La extorsión: perversión de la justicia

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La película “Perfume de mujer” (1992) con Al Pacino, como el teniente coronel Frank Slade, y Chris O`Donnell, como Charlie Simm, la he visto y meditado en varias oportunidades. Frank, de mediana edad, ha quedado ciego y trama un plan de corte hedonista para terminar con su vida: una buena cena, un buen hotel, una mujer en la cama y, luego, pegarse un tiro en la sien. Charlie es un estudiante pobre, becado en una escuela de nivel donde los preparan para postular a Harvard: acompañará a Frank ese fin de semana.

Me quiero fijar en la historia de Charlie. Una noche, Charlie y George Willis son espectadores de una broma de mal gusto que un grupo de sus compañeros traman contra el director de la escuela. Por la información que el director recibe de una dependiente de la escuela, ambos son sindicados como presuntos testigos de los hechos, quien los llama y les conmina a que digan lo que han visto. La situación de Charlie es muy delicada, pues el director le dice que, por su gran rendimiento académico, había pensado recomendarlo para su ingreso directo a Harvard. Si no delataba a sus compañeros perdería la beca y sería expulsado de la escuela.

En buen romance, Charlie es extorsionado por el director: o delatas o te quedas sin escuela y sin beca. La Real Academia de la lengua española define la extorsión como la “presión que se ejerce sobre alguien mediante amenazas para obligarlo a actuar de determinada manera y obtener así dinero u otro beneficio”. En este caso, es una amenaza de expulsión a cambio de que delate a sus compañeros.

Charlie cuenta su dilema al teniente coronel. Su consejo fue: delata. Ya no es tiempo de principios ni de lealtades. Por sentido práctico debería salvar su pellejo y que los otros paguen su fechoría. Llega el día del juicio ante el tribunal de honor de la escuela. George habla y señala a los presuntos autores de la broma. Le toca el turno a Charlie, no habla, calla. Puede más la lealtad. El director pide al comité que se expulse a Charlie. En ese momento interviene Frank. Dice: esta escuela tiene como lema “cuna de líderes”, pues no es así, si expulsan a Charlie, la escuela se convertirá en cuna de soplones. Delatar es muy provechoso, pero no es nada noble –continúa diciendo Frank- Charlie ha escogido el camino de los principios: no maten lo único de nobleza que aún nos queda como herencia para los jóvenes. El jurado absuelve a Charlie, no aceptan que el director lo haya extorsionado.

“Algo huele a podrido en Dinamarca” se dice en el Hamlet de Shakespeare. Pues, también algo huele mal en la llamada lucha jurídica contra la corrupción en nuestro país. El fiscal investiga –y arma con los hechos o indicios el rompecabezas que mejor se adapta al tipo penal elegido-. Sienta en el banquillo a los inculpados con la amenaza de 36 meses de prisión preventiva. El fin es la confesión, el medio intimidante es la prisión. La extorsión se ha legalizado llamándola colaborador eficaz. Y aunque la extorsión se vista de ley, mona se queda.

El soborno es inmoral, la extorsión, también, venga de donde venga: el fin no justifica los medios. Encuentro perversa la figura del colaborador eficaz y se presta a chantaje la figura de la prisión preventiva. La idea de esta última es que el inculpado no huya y no obstaculice la investigación: bien. Pero tiene un efecto perverso: te voy a obligar a confesar con la amenaza de la cárcel, la tortura de ayer es la extorsión de ahora. No veo justicia, veo perversión de la justicia.
Lima, 27 de noviembre de 2018.

¿La corrupción es causa o efecto?

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El refrán “el hábito no hace al monje” lo solemos decir para significar que las apariencias, lo externo de alguna persona o de una organización no define la autenticidad de la identidad personal o institucional. Es decir, hacer una declaración de principios de la más alta calidad ética no significa que la persona o la institución encarne esos valores. Pensaba en ese refrán a propósito de la situación caótica que vivimos en el Perú. Nuestro problema se llama corrupción, soborno, extorsión. En cristiano, nos encontramos ante el vicio capital de la avaricia: afán desmedido por tener cosas, dinero. Y la avaricia es un vicio que nace en las personas, no en las estructuras políticas o económicas.

Me parece que los remedios que se proponen no van a la raíz del problema. Se está orientando la lucha contra la corrupción atacando los efectos y no las causas del problema. Y me temo que la democracia liberal al uso está incapacitada para ir a la causa. Vivimos en una democracia que lo apuesta todo a los sistemas de control externo: normas penales más rigoristas, sistemas de “criminal compliance” en las empresas, modificaciones en la Constitución Política del Perú. Con estos mayores controles se quiere disuadir al potencial infractor por la vía de los castigos severos o cuanto menos, se pretende ponerle muchos obstáculos al defraudador.

La democracia liberal ha renunciado desde hace mucho a sostenerse en las virtudes personales de sus ciudadanos. Estas virtudes las ha empaquetado en una bolsa llamada espacio privado (familia, amigos, vida personal) en donde nos podemos tomar las libertades y deslices que se nos antojen, sin mayores consecuencias para el ejercicio de la función pública. Se puede ser desleal con la esposa, con los hijos y eso queda reducido a la vida privada y no pasa nada. Sin embargo, no vemos problema en denunciar la falta de lealtad del político que ha traicionado sus promesas electorales.

La corrupción no es efecto de la falta de controles jurídicos más sólidos. La corrupción es efecto de una causa distinta: la falta de integridad personal sostenible. Es decir, el foco de infección está en el corazón humano y no en los sistemas. Se equivocó Mandeville (1670-1733) cuando en su “Fábula de las abejas” sostuvo que los vicios privados generan beneficios públicos. Se quedó corto James Buchanan (1919-2013), premio Nobel de economía en 1986, cuando recomendó salvarnos del egoísmo natural de los funcionarios públicos colocando estrictas normas constitucionales que eviten el oportunismo político. La historia reciente de nuestro país nos ha mostrado que los vicios privados (avaricia, vanidad, soberbia, lujuria, pereza…) acarrean males públicos y que, hecha la ley, hecha la trampa. Es la persona la llamada a resistir en el bien, los sistemas jurídicos y administrativos son, a lo sumo, el hábito del monje.

¿Cómo vamos a la causa del problema? ¿Cómo conseguimos la integridad personal sostenible? Lo conseguiremos fortaleciendo la familia y fomentando una educación básica y superior que no se centre sólo en formar gente exitosa, con afán de tener mucho dinero. La educación ha de tener una cota más profunda: formar en competencias éticas. Reducir la calidad educativa a solo indicadores de eficacia ignorando el componente ético personal, es miopía antropológica que siempre pasa la factura.

Lima 11 de noviembre de 2018.

Mayo del 68: libres y sin compromisos

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Cincuenta años de Mayo del 68, una revuelta estudiantil que dejó revuelta a gran parte de la cultura europea occidental. El epicentro fue París. A nosotros nos llegaron unas ondas más bien débiles. Y si en París se levantaron barricadas y pancartas con eslóganes provocativos, lúdicos, absurdos; en nuestro país, las ideologías de izquierda marxista fueron por otros caminos a los pocos años: los de las armas. En Estados Unidos se puso de moda por aquella época leer a Tolkien y venía a pelo decir: ¡vivan los elfos, mueran los orcos! Nuestro camino fue, lamentablemente, otro: de “la tierra es para quien la trabaja” pasamos al sendero luminoso del fusil en mano. En la década de los setenta, en la que me formé en la secundaria y en la universidad, el pensamiento dominante fue el marxismo. De Mayo del 68, nada; a lo sumo un poco de Marcuse y de los “revisionistas” de la Escuela de Frankfurt.

Vuelvo a Mayo del 68 a propósito de un célebre ensayo de Raymond Aron que se ha vuelto a publicar este año: “La libertad, ¿liberal o libertaria? La Nueva Izquierda y las revueltas del 68”. Este ensayo se publicó en 1969. Aron es un clásico de la tradición liberal del siglo XX, claro en su escritura y en su pensamiento, defensor de la libertad, la tolerancia y, también, un agudo y honesto polemista del pensamiento de izquierda. Aron era ya un consagrado intelectual y profesor universitario cuando se dan las revueltas en París. Fue, asimismo, uno de sus críticos más serenos.

Hacia los años 70, las sociedades capitalistas no eran lo que Marx había vaticinado e, igualmente, las revoluciones marxistas de la Unión Soviética, China, Cuba no fueron resultado de las leyes inexorables de la historia. Aron encuentra en todas ellas un común denominador: líderes portadores de un voluntarismo acérrimo que dirigieron la revolución a espaldas de las estructuras económicas capitalistas que no existían.

Aron recibe el golpe que supone la revuelta de Mayo del 68 al pensamiento liberal y considera que le viene bien el remezón: no bastan las libertades formales, hay que trabajar con el mismo fervor por conseguir las condiciones que capaciten a todos su real ejercicio. No es suficiente predicar el derecho a la educación, es necesario hacer accesible la educación al hijo del burgués y al del obrero.

Mayo del 68 es un buen despertador para una sociedad demasiado satisfecha de sí misma, pero allí queda. Aron critica a los revolucionarios su falta de compromiso. Hay protestas, pero no hay propuestas; derriban todo, mas no construyen nada. Un planteamiento así –continúa diciendo Aron- es “una caricatura de la libertad auténtica, (…) una forma de disimular la anomia que sufren, el miedo a las responsabilidades que el orden liberal impone a todos”. Libertad y responsabilidad se dan la mano.

Lima, 4 de noviembre de 2018.

La vida es juego

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Con Chesterton voy de sorpresa en sorpresa. Su novela “El hombre vivo” (1912) es de las más gratas leídas de su pluma, en particular; la pongo en el elenco de mis preferidas, en general. Innocent Smith –personaje central de la narración- rompe los esquemas conceptuales de las personas serias y “aunque es un optimista, no en el absurdo sentido de mantener que la vida sea todo beber y jugar, sí parecía defender realmente que ésa era la parte más seria de la vida”. No sólo se encuentra en esta novela el inconfundible estilo de Chesterton, maestro de la paradoja y del buen humor, sino que están también sus temas más queridos y sus ideas más profundas sobre la vida y el ser humano.

Tomarse la vida seriamente no es vivirla con el ceño fruncido y el espíritu almidonado. Tomar en serio las relaciones interpersonales más significativas, la mujer amada, la familia, los amigos, los colegas del trabajo es vivir de estreno cada día. Es festejar junto con Cat Stevens el despertar de la mañana como si fuera el primer amanecer de la creación u oír al tordo cantar como si fuera su primer canto. Es soñar, como lo hicieron Carl y Ellie –los personajes de la película de animación “Up”-, en trasladar la casa a la cima de una catarata y contemplar embelesados la fuerza encantadora de la naturaleza. Es enamorarse una vez y otra de la misma mujer: Julieta a los 15 años, a los 30, a los 60 o a los 80.

Innocent Smith lo dice mejor: “Solo hay una cosa buena que descubriera jamás la ciencia…: que el mundo es redondo…Quiero decir que dar la vuelta al mundo es el camino más corto para llegar a donde ya se está”. La objeción salta a la vista: “¿no es más corto quedarse donde se está?” A lo que Innocent responde: “No, no, no. Ese camino es muy largo y muy cansado. En el fin del mundo, detrás de la aurora, encontraré a la esposa con la que realmente me casé y la casa que es en verdad mía (…) Eso es la revolución… dar la vuelta. Toda revolución, como todo arrepentimiento, es una vuelta”.

La vida es trabajo con retos, afanes y apuros. La vida es también juego. Lo primero que aprendemos es a jugar y a reír. El juego es el ungüento de la dureza de la vida y del cumplimiento del deber. Es, asimismo, semejanza divina, pues Dios “juega con el orbe de la tierra y su delicia es estar con los hijos de Adán” (Proverbios 8, 31). La seriedad no es sinónimo de aburrimiento, como tampoco la vida loca es sinónimo de alegría. Nos viene bien recordar que un día moriremos, pero también nos hacen falta “poetas que recuerden a los hombres que aún no están muertos”. Esa es la tarea de Innocent Smith: despertar a sus amigos a la vida. “Es precisamente porque no le gusta robar, por lo que no codicia los bienes ajenos, de ahí que emplee el truco de codiciar sus propios bienes (…) Es precisamente porque ama a una esposa por lo que tiene cientos de lunas de miel con ella”.

Lima, 9 de octubre de 2018.

Ley extrema, suprema injusticia

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La noticia que resuena aún entre nosotros y la prensa internacional ha sido la publicación de la Resolución N° 10 del Juzgado de Investigación Preparatoria de la Corte Suprema de Justicia por la que se declara la no aplicación del indulto por razones humanitarias a Alberto Fujimori. Una minuciosa resolución –en apariencia- de 225 páginas que los especialistas mirarán línea a línea. Mi impresión es que se trata no de un acto de justicia, sino más bien de suma injusticia.

Los prudentes romanos acuñaron un adagio jurídico que dice “summum ius, summa iniuria” (sumo derecho, suma injusticia) para indicar que cuando el juzgador se pega a la letra pequeña de la ley, el resultado puede ser un acto a todas luces injusto. En cristiano significa que el juez es quien sabe de justicia y de prudencia, no en vano los romanos llamaron Jurisprudencia –prudencia del derecho- a la ciencia de lo justo y de lo injusto. Por la interpretación de la norma positiva y la valoración de las pruebas aportadas, probablemente, el juez ha sido minucioso. En cambio, por el tenor de su decisión, me parece que ha sido muy poco prudente, generando una decisión injusta.

No considero que queden a salvo “los principios que rigen el Estado constitucional y democrático de derecho en nuestro país”. Más bien se trata de una sentencia que remueve el orden jurídico y político del Perú. ¿Qué necesidad hay de este ensañamiento con un ex gobernante que ha purgado muchos años de cárcel? No es un adolescente, es un señor de 80 años, con una salud frágil como la de tantas personas de esa edad. Ha purgado con inmediatez años de prisión por delitos graves de autoría mediata que, como tantas cosas inmediatas de nuestro presente, serán juzgados mediatamente por el tribunal de la historia en unos pocos decenios y sabe Dios el juicio que harán las nuevas generaciones.

Una resolución judicial que como todas las resoluciones se pueden ajustar mejor o peor a la ley y eso verá en la instancia que corresponda. Una resolución que desde ya considero muy poco ajustada a la prudencia jurídica y política. No está la Magdalena para tafetanes, ni el Perú para introducir más elementos de fragmentación y controversia. Además, en tiempos en los que la confianza en los poderes del Estado está tan devaluada, qué poco favor le hace a nuestra frágil democracia una decisión judicial que echa leña al fuego.

Lima, 3 de octubre de 2018.

Familia “democrática”

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Tengo la alegría inmensa de haber nacido y crecido en una familia. Han pasado los años y mi familia ha crecido mucho: nuevos miembros, cuñados, sobrinos, primos, tías y no hay forma de parar. Nos hemos reído que da gusto, también hemos llorado; tiempo de bonanza y de falencia económica. Correrías de unos y otros, preocupaciones, peleas entre los hermanos. Papá con muy pocas palabras, un San José de silencios, y dispuesto a sacar a la familia a como dé lugar porque nunca han faltado gobiernos que, en lugar de darle felicidad al país, nos han hundido en el caos. Mamá no se queda atrás: trabajadora, comiéndose los problemas que le quitaban tranquilidad mientras los hermanos crecíamos. Sí, me he criado en una bonita familia y conozco la mar de familias que, con sus más y sus menos, reproducen imágenes parecidas. En honor a la verdad, tengo que decir que nunca he conocido familias “democráticas” y menos mal.

Me resulta pintoresco el reciente Decreto Legislativo para el Fortalecimiento y la Prevención de la Violencia Familiar. La finalidad es buenísima: fortalecer la familia y prevenir la violencia familiar. No comparto, sin embargo, la visión de la norma y su andamiaje ideológico. La norma pretende fomentar familias democráticas. La democracia es una forma de gobierno, pertenece al ámbito político y al espacio público de la convivencia social. Nunca como ahora, he visto tal desbarajuste entre los poderes del Estado: poder ejecutivo, poder legislativo, poder judicial, todos en pugna. Es decir, en buen romance, nuestros políticos están enzarzados en relaciones de poder asimétricas, la violencia verbal entre ellos es ofensiva, el respeto brilla por su ausencia; simplemente no saben vivir en democracia. Pues bien, el gobierno nos quiere vender la fórmula para prevenir la violencia familiar: la familia democrática. Le vendría bien al gobierno aplicarse el viejo refrán familiar: “médico, cúrate a ti mismo”. Introducir instrumentos políticos en la familia, no es enriquecerla, es empequeñecerla.

Más bien diría que es el tiempo de la familia y el gobierno ganaría mucho si aprende del mundo de la vida, de la familia, en donde se cocina el cariño verdadero, la preocupación por el otro y en donde el cálculo democrático no funciona, gracias a Dios. Si Santa Mónica hubiese sido demócrata, qué habría sido de Agustín, su hijo. Pero no, ella dale que dale, con el amor que sólo una mamá puede manifestar, allí detrás del hijo y del hijo tarambana tuvimos al grandioso San Agustín. Quiero decir, en la familia se vive de la entrega de unos y de otros y no del cálculo costo/beneficio. Ante la magnanimidad, la igualdad del “hago para que hagas” es chancay de veinte. Mucho ganaría el país si nuestros gobernantes, en lugar de empequeñecer la familia, miran sus propias casas y llevan al espacio público, la reciprocidad y el desinterés propio de la vida familiar.

Lima, 15 de septiembre de 2018.

El miedo a prometer

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Vuelvo sobre otro libro de Chesterton. Esta vez se trata de “El acusado”, cuya edición original fue en 1901. Es un pequeño libro de artículos que tienen un común denominador: una defensa de las causas perdidas y que, por su aparente nimiedad, no vale la pena sacar la cara por ellas. Chesterton, a sus 27 años publica el libro rebosante de agudeza y de sentido del humor. Saca a relucir su ingeniosa pluma y defiende las novelas baratas, la cultura popular, la publicidad, el sinsentido, las cosas feas… Me quedo con la defensa de las promesas, un asunto sobre el que llevo años meditando.

Dice Chesterton que prometer es acordar “una cita consigo mismo en algún lugar o fecha lejanos. El peligro está en que no acudamos a la cita”. Nicola Di Bari en una de sus canciones le dice a su amada “Verás, yo volveré/ Te lo prometo volveré/ ¡Te lo juro amor, volveré…!/ porque te amo, ¡Te amo…!” La promesa estaba hecha, no sé si el desgarrado enamorado regresó en busca de su amada. Sí nos consta que el renombrado J. R. Tolkien, al cumplir los 21 años fue al encuentro de Edith, su futura esposa. Su tutor le había prohibido que la viera mientras estuviese estudiando en la Universidad. Cumplió ambas promesas, a su tutor y a su novia.

La cultura contemporánea no favorece la capacidad de prometer y menos la de hacer promesas de largo plazo o de toda la vida. Podemos cambiar de productos y de marcas con mucha facilidad. Moverse de un trabajo a otro es relativamente fácil, sobre todo cuando se es joven y competitivo. La cultura del éxito, fomentada en bastantes ámbitos educativos, lleva a formar jóvenes que desean llegar cuanto antes a buenos puestos y mejores salarios. La virtud de la paciencia es la menos fomentada. Todo se quiere para ahorita. Un ambiente así deteriora la capacidad de compromiso: a la menor molestia, se rompe la promesa y no se está dispuesto a resistir e insistir.

No le falta razón a Chesterton cuando señala que en nuestro tiempo hay un cierto “terror a uno mismo, a la debilidad y mutabilidad propias”. “Un hombre moderno –continúa diciendo- se abstiene de jurar que contará las hojas de uno de cada tres árboles que encuentre en, no porque hacerlo sea estúpido, sino porque posee la profunda convicción de que, antes de haber llegado a la hoja número trescientos veintinueve del primer árbol, estará demasiado cansado del asunto y querrá volver a casa para tomar el té”. Dicho de otro modo, podemos anidar en nuestro interior el temor de que llegada la luna llena, nos convirtamos en otra persona distinta del que hizo la promesa. Las dudas nos asaltan: ¿y si en lugar de Julieta, más adelante aparece Beatriz? ¿Por qué mantener la obligación de venderle a Juan según contrato firmado, si puedo vender mi mercancía a Pedro, a mejor precio? ¿Por qué comprometerme a acudir a la cita, si ya no tengo ganas o me ha salido un plan mejor?

Jugarme por una promesa, ser leal a una persona o a unos principios, estar en las buenas y en las malas, supone un temple especial, aquel que lleva a honrar la palabra empeñada. Tomarse en serio la promesa es estar dispuesto a quemar las naves para dedicarse ardientemente al proyecto de vida escogido, sin lancha aguardando a la orilla por si en el camino nos desanimamos. No hay vuelta, para disfrutar de la fragancia de la vida lograda, hay de pasar por las penalidades del soldado.

Lima, 20 de agosto de 2018

El lobo estepario

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Hermann Hesse (1877-1962) es uno de los grandes novelistas del siglo XX. Su novela, “El lobo estepario”, es una perturbadora narración del vacío y sinsentido al que puede llegar el hombre en nuestro tiempo. El papa emérito, Benedicto XVI, en el libro entrevista “Ultimas conversaciones” (2016) dice que esta novela, con su “análisis despiadado del hombre caído, es una imagen de lo que hoy ocurre con el ser humano”. De principio a fin de la lectura se instala en el alma del lector un punto de inquietud. El paisaje surrealista del espacio urbano que transita Harry Haller, protagonista de la narración, destila sinsabor, inconformidad; no tanto con el mundo, sino, principalmente, con la propia biografía del personaje. Harry no está contra el mundo, está, más bien, terriblemente decepcionado de sí mismo.

“Harry encuentra en sí un ‘’hombre’’, esto es, un mundo de ideas, sentimientos, de cultura, de naturaleza dominada y sublimada, y a la vez encuentra allí al lado, también dentro de sí, un ‘’lobo’’, es decir, un mundo sombrío de instintos, de fuerza, de crueldad, de naturaleza ruda no sublimada”. Una vida rutinaria, cómoda, ordenada, superficial. Busca autenticidad y solo encuentra simulacros: “sonidos en lugar de música, placer en lugar de alegría, dinero en lugar de alma, ocupación en lugar de trabajo verdadero”.

Quería independencia y sólo consigue ser un lobo estepario, solitario, desadaptado. Conoce gente, le escriben cartas, recibe regalos. Hay cordialidad, pero no existe cercanía. “Nadie se acercaba, nunca surgía una unión, nadie se sentía dispuesto o capaz de compartir su vida”. No le importaba a nadie y él, sin proponérselo, correspondía del mismo modo. Un abandono de las relaciones humanas y una apatía que sólo le llevaba a vegetar.

Su compañera de viaje es Armanda: joven, de buen parecer, divertida. Ella en la flor de la vida, él en el otoño. Su vida se anima, pero es el camino de un ciego que guía a otro ciego. Armanda lo sabe ver con lúcido cinismo: “Tú, Harry, te asombras de que yo soy feliz porque se bailar y me arreglo tan perfectamente en la superficie de la vida. Y yo amigo mío me admiro de que tú estés tan desengañado del mundo, hallándote en tu elemento precisamente en las cosas más bellas y profundas, en el espíritu, en el arte, en el pensamiento. Por eso nos hemos atraído mutuamente, por eso somos hermanos. Yo te enseñaré a bailar y a jugar, y a sonreír y a no estar contento, sin embargo. Y aprenderé de ti a pensar y a saber, y a no estar satisfecha, a pesar de todo”. Rotos y descosidos se encuentran en un callejón sin salida.

Harry y Armanda, dos solitarios, se tropiezan, caminan, se divierten, pero no están alegres. Saben quiénes son, dónde están. Ignoran de dónde vienen y a dónde van. Dos soledades no hacen compañía. Dos sinsentidos no hacen rumbo. Inquietud, inquietud, sólo descansa el corazón en la hondura de la trascendencia, sólo desde ella se comprende que el mundo es bueno y que el ser humano es muy bueno.

Lima, 8 de agosto de 2018.

Gollum o la identidad corporativa corrompida

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Gollum o la identidad corporativa corrompida

Gollum es un personaje de la saga de “El Señor de los anillos” de Tolkien. En sus años mozos fue un hobbit simpático como lo fueron Frodo, Bilbo o Sam. Su aspecto era el de un hobbit y su nombre original era Sméagol. Un buen día sale de pesca con otro amigo de la Comarca. En lugar de un pez, sacó el anillo. La codicia -ese afán desmedido por tener- se apoderó de Sméagol y mató a su compañero. El vicio de la codicia corroe el alma y el cuerpo del hobbit hasta convertirse en la deforme criatura que conocemos como Gollum. El anillo, su “precioso”, su “único” destroza su personalidad, su propia identidad hasta convertirse en el personaje ladino, servil, mentiroso, ambicioso, desleal que termina muriendo junto con el anillo al caer en el Monte del Destino.

He pensado en esta figura para graficar lo que le puede pasar a una empresa cuando la codicia comercial se apodera de la alta dirección y, por el afán de estar con lo último, de ponerse al tono de los tiempos; por estar un paso delante de su competencia, por afán desmedido de ganar más cuota de mercado, traiciona su identidad corporativa disolviéndose en el oportunismo del instante.

La identidad corporativa es una mezcla delicada entre permanecer y caminar. En donde “permanecer” no es continuar en el mercado a cualquier precio. Es más profundo, se trata de seguir siendo Sméagol y no el codicioso portador del anillo, lindo, valioso, poderoso; pero, a su vez, venenoso. Gollum ya no es un hobbit de la Comarca y es un enemigo, asimismo, de la Tierra Media. Podríamos decir, que la empresa que olvida quién es, negando con sus hechos ideario, valores y misión, traiciona a sus clientes internos (Comarca) y a sus clientes externos (Tierra Media). Un cliente no sólo busca el producto o servicio, busca más. Le interesa que el producto respete la ecología ambiental y la humana. Mira qué tipo de publicidad realiza, a quién patrocina, qué causas promueve. Permanecer es, por tanto, ser fiel al pacto fundacional y al pacto implícito con sus clientes.

El segundo elemento de la identidad corporativa es “caminar”, quizá el aspecto más líquido de una empresa. El miedo a quedar rezagados puede empujar a tomar decisiones cortoplacistas que ponen en peligro la personalidad de la organización. La empresa dice ser fiel a su ideario, pero toma decisiones que deshacen lo que predica. Hay momentos cruciales en la toma de decisiones en donde, no necesariamente, lo más provechoso es lo más noble. Lo sabe el directorio, quizá lo ignoran los accionistas, pero la decisión pesará sobre los hombros del gerente general. Arrojarse a los brazos de la moda asegura, desde luego, estar en lo último; incluso, es muestra de que la empresa corre, pero no asegura que corra por el camino adecuado.

La empresa que está con lo último es una empresa de vanguardia, sin embargo, si sólo está a la moda se disuelve con ella. Tiene un anillo precioso al precio de dejar de ser Sméagol y convertirse en Gollum.

Lima, 18 de julio de 2018.