Familia “democrática”

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Tengo la alegría inmensa de haber nacido y crecido en una familia. Han pasado los años y mi familia ha crecido mucho: nuevos miembros, cuñados, sobrinos, primos, tías y no hay forma de parar. Nos hemos reído que da gusto, también hemos llorado; tiempo de bonanza y de falencia económica. Correrías de unos y otros, preocupaciones, peleas entre los hermanos. Papá con muy pocas palabras, un San José de silencios, y dispuesto a sacar a la familia a como dé lugar porque nunca han faltado gobiernos que, en lugar de darle felicidad al país, nos han hundido en el caos. Mamá no se queda atrás: trabajadora, comiéndose los problemas que le quitaban tranquilidad mientras los hermanos crecíamos. Sí, me he criado en una bonita familia y conozco la mar de familias que, con sus más y sus menos, reproducen imágenes parecidas. En honor a la verdad, tengo que decir que nunca he conocido familias “democráticas” y menos mal.

Me resulta pintoresco el reciente Decreto Legislativo para el Fortalecimiento y la Prevención de la Violencia Familiar. La finalidad es buenísima: fortalecer la familia y prevenir la violencia familiar. No comparto, sin embargo, la visión de la norma y su andamiaje ideológico. La norma pretende fomentar familias democráticas. La democracia es una forma de gobierno, pertenece al ámbito político y al espacio público de la convivencia social. Nunca como ahora, he visto tal desbarajuste entre los poderes del Estado: poder ejecutivo, poder legislativo, poder judicial, todos en pugna. Es decir, en buen romance, nuestros políticos están enzarzados en relaciones de poder asimétricas, la violencia verbal entre ellos es ofensiva, el respeto brilla por su ausencia; simplemente no saben vivir en democracia. Pues bien, el gobierno nos quiere vender la fórmula para prevenir la violencia familiar: la familia democrática. Le vendría bien al gobierno aplicarse el viejo refrán familiar: “médico, cúrate a ti mismo”. Introducir instrumentos políticos en la familia, no es enriquecerla, es empequeñecerla.

Más bien diría que es el tiempo de la familia y el gobierno ganaría mucho si aprende del mundo de la vida, de la familia, en donde se cocina el cariño verdadero, la preocupación por el otro y en donde el cálculo democrático no funciona, gracias a Dios. Si Santa Mónica hubiese sido demócrata, qué habría sido de Agustín, su hijo. Pero no, ella dale que dale, con el amor que sólo una mamá puede manifestar, allí detrás del hijo y del hijo tarambana tuvimos al grandioso San Agustín. Quiero decir, en la familia se vive de la entrega de unos y de otros y no del cálculo costo/beneficio. Ante la magnanimidad, la igualdad del “hago para que hagas” es chancay de veinte. Mucho ganaría el país si nuestros gobernantes, en lugar de empequeñecer la familia, miran sus propias casas y llevan al espacio público, la reciprocidad y el desinterés propio de la vida familiar.

Lima, 15 de septiembre de 2018.

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El miedo a prometer

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Vuelvo sobre otro libro de Chesterton. Esta vez se trata de “El acusado”, cuya edición original fue en 1901. Es un pequeño libro de artículos que tienen un común denominador: una defensa de las causas perdidas y que, por su aparente nimiedad, no vale la pena sacar la cara por ellas. Chesterton, a sus 27 años publica el libro rebosante de agudeza y de sentido del humor. Saca a relucir su ingeniosa pluma y defiende las novelas baratas, la cultura popular, la publicidad, el sinsentido, las cosas feas… Me quedo con la defensa de las promesas, un asunto sobre el que llevo años meditando.

Dice Chesterton que prometer es acordar “una cita consigo mismo en algún lugar o fecha lejanos. El peligro está en que no acudamos a la cita”. Nicola Di Bari en una de sus canciones le dice a su amada “Verás, yo volveré/ Te lo prometo volveré/ ¡Te lo juro amor, volveré…!/ porque te amo, ¡Te amo…!” La promesa estaba hecha, no sé si el desgarrado enamorado regresó en busca de su amada. Sí nos consta que el renombrado J. R. Tolkien, al cumplir los 21 años fue al encuentro de Edith, su futura esposa. Su tutor le había prohibido que la viera mientras estuviese estudiando en la Universidad. Cumplió ambas promesas, a su tutor y a su novia.

La cultura contemporánea no favorece la capacidad de prometer y menos la de hacer promesas de largo plazo o de toda la vida. Podemos cambiar de productos y de marcas con mucha facilidad. Moverse de un trabajo a otro es relativamente fácil, sobre todo cuando se es joven y competitivo. La cultura del éxito, fomentada en bastantes ámbitos educativos, lleva a formar jóvenes que desean llegar cuanto antes a buenos puestos y mejores salarios. La virtud de la paciencia es la menos fomentada. Todo se quiere para ahorita. Un ambiente así deteriora la capacidad de compromiso: a la menor molestia, se rompe la promesa y no se está dispuesto a resistir e insistir.

No le falta razón a Chesterton cuando señala que en nuestro tiempo hay un cierto “terror a uno mismo, a la debilidad y mutabilidad propias”. “Un hombre moderno –continúa diciendo- se abstiene de jurar que contará las hojas de uno de cada tres árboles que encuentre en, no porque hacerlo sea estúpido, sino porque posee la profunda convicción de que, antes de haber llegado a la hoja número trescientos veintinueve del primer árbol, estará demasiado cansado del asunto y querrá volver a casa para tomar el té”. Dicho de otro modo, podemos anidar en nuestro interior el temor de que llegada la luna llena, nos convirtamos en otra persona distinta del que hizo la promesa. Las dudas nos asaltan: ¿y si en lugar de Julieta, más adelante aparece Beatriz? ¿Por qué mantener la obligación de venderle a Juan según contrato firmado, si puedo vender mi mercancía a Pedro, a mejor precio? ¿Por qué comprometerme a acudir a la cita, si ya no tengo ganas o me ha salido un plan mejor?

Jugarme por una promesa, ser leal a una persona o a unos principios, estar en las buenas y en las malas, supone un temple especial, aquel que lleva a honrar la palabra empeñada. Tomarse en serio la promesa es estar dispuesto a quemar las naves para dedicarse ardientemente al proyecto de vida escogido, sin lancha aguardando a la orilla por si en el camino nos desanimamos. No hay vuelta, para disfrutar de la fragancia de la vida lograda, hay de pasar por las penalidades del soldado.

Lima, 20 de agosto de 2018

El lobo estepario

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Hermann Hesse (1877-1962) es uno de los grandes novelistas del siglo XX. Su novela, “El lobo estepario”, es una perturbadora narración del vacío y sinsentido al que puede llegar el hombre en nuestro tiempo. El papa emérito, Benedicto XVI, en el libro entrevista “Ultimas conversaciones” (2016) dice que esta novela, con su “análisis despiadado del hombre caído, es una imagen de lo que hoy ocurre con el ser humano”. De principio a fin de la lectura se instala en el alma del lector un punto de inquietud. El paisaje surrealista del espacio urbano que transita Harry Haller, protagonista de la narración, destila sinsabor, inconformidad; no tanto con el mundo, sino, principalmente, con la propia biografía del personaje. Harry no está contra el mundo, está, más bien, terriblemente decepcionado de sí mismo.

“Harry encuentra en sí un ‘’hombre’’, esto es, un mundo de ideas, sentimientos, de cultura, de naturaleza dominada y sublimada, y a la vez encuentra allí al lado, también dentro de sí, un ‘’lobo’’, es decir, un mundo sombrío de instintos, de fuerza, de crueldad, de naturaleza ruda no sublimada”. Una vida rutinaria, cómoda, ordenada, superficial. Busca autenticidad y solo encuentra simulacros: “sonidos en lugar de música, placer en lugar de alegría, dinero en lugar de alma, ocupación en lugar de trabajo verdadero”.

Quería independencia y sólo consigue ser un lobo estepario, solitario, desadaptado. Conoce gente, le escriben cartas, recibe regalos. Hay cordialidad, pero no existe cercanía. “Nadie se acercaba, nunca surgía una unión, nadie se sentía dispuesto o capaz de compartir su vida”. No le importaba a nadie y él, sin proponérselo, correspondía del mismo modo. Un abandono de las relaciones humanas y una apatía que sólo le llevaba a vegetar.

Su compañera de viaje es Armanda: joven, de buen parecer, divertida. Ella en la flor de la vida, él en el otoño. Su vida se anima, pero es el camino de un ciego que guía a otro ciego. Armanda lo sabe ver con lúcido cinismo: “Tú, Harry, te asombras de que yo soy feliz porque se bailar y me arreglo tan perfectamente en la superficie de la vida. Y yo amigo mío me admiro de que tú estés tan desengañado del mundo, hallándote en tu elemento precisamente en las cosas más bellas y profundas, en el espíritu, en el arte, en el pensamiento. Por eso nos hemos atraído mutuamente, por eso somos hermanos. Yo te enseñaré a bailar y a jugar, y a sonreír y a no estar contento, sin embargo. Y aprenderé de ti a pensar y a saber, y a no estar satisfecha, a pesar de todo”. Rotos y descosidos se encuentran en un callejón sin salida.

Harry y Armanda, dos solitarios, se tropiezan, caminan, se divierten, pero no están alegres. Saben quiénes son, dónde están. Ignoran de dónde vienen y a dónde van. Dos soledades no hacen compañía. Dos sinsentidos no hacen rumbo. Inquietud, inquietud, sólo descansa el corazón en la hondura de la trascendencia, sólo desde ella se comprende que el mundo es bueno y que el ser humano es muy bueno.

Lima, 8 de agosto de 2018.

Gollum o la identidad corporativa corrompida

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Gollum o la identidad corporativa corrompida

Gollum es un personaje de la saga de “El Señor de los anillos” de Tolkien. En sus años mozos fue un hobbit simpático como lo fueron Frodo, Bilbo o Sam. Su aspecto era el de un hobbit y su nombre original era Sméagol. Un buen día sale de pesca con otro amigo de la Comarca. En lugar de un pez, sacó el anillo. La codicia -ese afán desmedido por tener- se apoderó de Sméagol y mató a su compañero. El vicio de la codicia corroe el alma y el cuerpo del hobbit hasta convertirse en la deforme criatura que conocemos como Gollum. El anillo, su “precioso”, su “único” destroza su personalidad, su propia identidad hasta convertirse en el personaje ladino, servil, mentiroso, ambicioso, desleal que termina muriendo junto con el anillo al caer en el Monte del Destino.

He pensado en esta figura para graficar lo que le puede pasar a una empresa cuando la codicia comercial se apodera de la alta dirección y, por el afán de estar con lo último, de ponerse al tono de los tiempos; por estar un paso delante de su competencia, por afán desmedido de ganar más cuota de mercado, traiciona su identidad corporativa disolviéndose en el oportunismo del instante.

La identidad corporativa es una mezcla delicada entre permanecer y caminar. En donde “permanecer” no es continuar en el mercado a cualquier precio. Es más profundo, se trata de seguir siendo Sméagol y no el codicioso portador del anillo, lindo, valioso, poderoso; pero, a su vez, venenoso. Gollum ya no es un hobbit de la Comarca y es un enemigo, asimismo, de la Tierra Media. Podríamos decir, que la empresa que olvida quién es, negando con sus hechos ideario, valores y misión, traiciona a sus clientes internos (Comarca) y a sus clientes externos (Tierra Media). Un cliente no sólo busca el producto o servicio, busca más. Le interesa que el producto respete la ecología ambiental y la humana. Mira qué tipo de publicidad realiza, a quién patrocina, qué causas promueve. Permanecer es, por tanto, ser fiel al pacto fundacional y al pacto implícito con sus clientes.

El segundo elemento de la identidad corporativa es “caminar”, quizá el aspecto más líquido de una empresa. El miedo a quedar rezagados puede empujar a tomar decisiones cortoplacistas que ponen en peligro la personalidad de la organización. La empresa dice ser fiel a su ideario, pero toma decisiones que deshacen lo que predica. Hay momentos cruciales en la toma de decisiones en donde, no necesariamente, lo más provechoso es lo más noble. Lo sabe el directorio, quizá lo ignoran los accionistas, pero la decisión pesará sobre los hombros del gerente general. Arrojarse a los brazos de la moda asegura, desde luego, estar en lo último; incluso, es muestra de que la empresa corre, pero no asegura que corra por el camino adecuado.

La empresa que está con lo último es una empresa de vanguardia, sin embargo, si sólo está a la moda se disuelve con ella. Tiene un anillo precioso al precio de dejar de ser Sméagol y convertirse en Gollum.

Lima, 18 de julio de 2018.

Política para perplejos

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Lo que pasa entre nosotros con los escándalos políticos, judiciales, empresariales que saltan día a día generan indignación, impotencia, desconcierto, perplejidad. No es tiempo para el lamento –aunque motivos no faltan-, es más bien ocasión para templar el ánimo y ahondarnos al fondo de la condición humana, de donde nacen la avaricia, la vanidad, la injusticia, el tráfico de influencias, la fanfarronería y demás vicios que nos aquejan.

Quizá tendríamos que volver a repensar la política para saber lo que podemos esperar de ella y lo que escapa de sus manos. Una política que solo se queda en procedimientos es fácil presa de las tentaciones del poder, el dinero, la soberbia. Según lo recuerda en uno de sus recientes libros, Daniel Innerarity (Política para perplejos, 2018), conviene volver a recordar que “el objetivo de la política es conseguir que la voluntad popular sea la última palabra, pero no la única, que el juicio de los expertos se tenga en cuenta, pero que no nos sometamos a él, que las naciones reconozcan su pluralidad interior y se abran a redefinir y negociar las condiciones de pertenencia”.

El mundo se ha vuelto complejo en sus problemas y actores, en sus luces y sombras. Una mirada rápida al entorno nacional o extranjero nos muestra un hecho: la corrupción y la codicia –por señalar un par de males que nos aquejan- anidan en todos los colores y direcciones del espectro político: derecha, centro e izquierda, liberales y socialistas. “Derecha corrupta” e “izquierda honesta ya no sirven como bandera. La honestidad no hay que buscarla en las ideologías, hay que cultivarla en las personas. Por eso, hemos de hacer un doble esfuerzo. Por un lado, como lo sugiere Innnerarity, “diseñar los sistemas políticos de manera que los malos gobernantes (jueces, funcionarios públicos) no hagan demasiado daño”. Y de otro lado, agrego, insistir en la formación ética de todos, especialmente, de quienes ocupan el espacio público de la vida social.

Para los sistemas, podemos echar mano de la ciencia política. Para la formación, en cambio, de políticos y funcionarios públicos buenos, hemos de volver a la ciencia ética, no sólo en sus expresiones normativas, sino también –y más decisivo si cabe- en su encarnación en virtudes. Es decir, una formación que haga que las Tablas de la Ley lleguen al corazón de los ciudadanos y se manifiesten en comportamientos observables valiosos. Tarea ardua, larga que empieza en la casa y la escuela y continúa en los centros de formación superior y en los centros laborales.

Ciertamente, necesitamos expertos en finanzas, contabilidad, gestión. Más urgente es que ellos mismos sepan discernir entre el bien y el mal y, sobre todo, que no se cansen de hacer el bien.

Lima, 10 de julio de 2018.

Cultura de la apariencia

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Aparentar, dice la Real Academia Española, es “manifestar o dar a entender lo que no es o no hay”. En la publicidad comercial se asemeja a la publicidad engañosa: me haces creer que es acero inoxidable y no es ni lo uno ni lo otro. Colinda con la hipocresía que es “fingimiento de cualidades o sentimientos contrarios a los que verdaderamente se tienen o experimentan”. En política, su correlato es el oportunismo: según a quien se dirija, el hombre público tendrá un discurso u otro, veleta que se mueve de acuerdo a los vientos que soplan.

Estas manifestaciones falsas, cuando son esporádicas, son simples tropezones en un camino llano. Cuando son la regla, generan una fangosa cultura de la apariencia enemiga de la autenticidad, la sinceridad y la objetividad. Sin estas últimas, la vida social se convierte en un mercado de vanidades fundado en las patologías del poder, el dinero o la fama: quién puede más, cómo es, cuánta exposición mediática consigo.

Me viene a la memoria, por contraste, aquel pasaje del Evangelio que dice: “contemplad los lirios, cómo crecen; no se fatigan ni hilan, y yo os digo que ni Salomón en toda su gloria pudo vestirse como uno de ellos” (Lc. 12, 27). Pienso, también, en el modesto geranio, el elegante clavel, la delicada violeta africana… Son lo que son. Podemos podarlas, regarlas, limpiarlas y de seguro mejoramos su apariencia. Serán más bellas, más aromáticas y siempre serán flores, aun cuando pasemos delante de ellas sin darnos cuenta.

Ante el torrente de publicidad comercial que nos ofrece la felicidad, la propaganda política que nos asegura la salvación y las calles convertidas en pasarelas de modas, añoro la autenticidad de lo verdadero sin maquillajes, con tan solo unos pocos toques que realcen la belleza del espíritu encarnado de las personas con las que nos encontramos. Una buena conversación, en el calor de una mesa romántica o en la sala de trabajo, es aquella que es expresión sincera del ser personal. La charla almidonada, temerosa y medida, por el riesgo de un audio o video escondido, es la muerte de la confianza.

Los seres humanos estamos pensados para regocijarnos en la verdad de las cosas, en las relaciones interpersonales sinceras. Llegar a casa nos vuelve a reconciliar con lo que sencillamente somos y amamos. Nos ponemos cómodos, bajamos la guardia, simplemente estamos y nos dejamos ser. ¿Dos mundos distintos? Sí, pero en el de la cultura de la apariencia hay una dosis peligrosa de perversión.

Lima, 9 de julio de 2018.

La sal de la vida

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Los momentos estelares de nuestra vida suelen ser pocos, alegrías intensas que recordamos con verdadero entusiasmo y quedan recogidos en la cabeza y el corazón como los tesoros más preciados. Lo ordinario, sin embargo, lo constituyen los días soleados o grises con sus rutinas, afanes y problemas que ocupan nuestro mayor tiempo. Leer a Chesterton es, precisamente, como agua fresca primaveral que nos anima a “ser felices en esos momentos tranquilos en que recordamos que estamos vivos; no en esos momentos ruidosos en que se nos olvida”. Idea sencilla al alcance de todos los bolsillos recogida en uno de los últimos textos escritos por Chesterton tres meses antes de morir y que forma parte del libro “La sal de la vida y otros ensayos” (Sevilla, 2017).

Esta selección de ensayos fue hecha por su secretaria, Dorothy Collins. Para mi gusto, de las mejores antologías chestertonianas que he leído. Lo es por su equilibrio en las materias que trata y porque deja ver el ingenio, la agudeza, la gracia, el sentido del humor, la frescura de la pluma de este gran escritor inglés. Me anima, entre otras cosas, saber que la felicidad no está en las experiencias de vértigo, de esas que quitan la respiración y dejan la billetera sin un cobre: viajes maravillosos, experiencias refinadas, comidas exquisitas, bebidas alucinantes… Desde luego, esa oferta existe, pero quizá no esté pensada para el hombre común e, incluso, ni siquiera le saca brillo a lo mejor de los seres humanos. Hay un punto de perversión en ese afán de vender felicidad en experiencias que embotan los sentidos.

Me inclino más bien por llenar de felicidad las experiencias diarias que tenemos a la mano. En esto Chesterton la tiene clara y nos dice que “el mundo moderno no tiene futuro, si no es capaz de entender que no tiene que buscar lo que sea cada vez más emocionante, sino que más bien tiene la emocionante tarea de descubrir la diversión en las cosas que parecen aburridas”. Y es que la felicidad es tímida y discreta, destila sus gotas de alegría una a una y no a borbotones. Problemas los tendremos a montones. Lo que no llega a montones es el dinero. En cambio, puede estar a nuestro alcance la sonrisa del pequeño de la casa que nos llena de contento el alma. La migraña sigue presente, el problema continúa sin solución, pero, comprendemos que la vida es mucho más que sus dolores. Una sonrisa nos basta.

Celebrar la vida en la abundancia y en la escasez, en la salud y en la enfermedad es de los mayores retos que tenemos los seres humanos y no es imposible. Chesterton es el pensador alegre de lo ordinario, capaz de hacer fiesta con un pan y una lata de atún; también, con un mero norteño, por cierto. ¿Y los disgustos? No los niego, existen. Me preocupa más el alma malhumorada que destila desencanto, amargura, cinismo. Tiene ojos y no ve que el ser humano “puede ser feliz simplemente por vivir”.

Lima, 1 de julio de 2018.

Entre la mermelada y la mordaza

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El derecho a la información, en su doble significado de libertad de expresión y de información, es un derecho humano, cuyo sujeto universal es el público; es decir, cada uno de los habitantes que leemos, miramos, escribimos en cualquier medio. Este derecho, como sintéticamente lo recoge la Declaración Universal de los Derechos Humanos, nos faculta a cada de los mortales a recibir, comunicar, investigar informaciones y fundar empresas informativas de gran calado o caseras. La empresa informativa lo tiene más fácil para hacerse oír y los periodistas son los profesionales que cumplen con el deber de informar. En cualquier caso, y como se ha resaltado en estos días a propósito de la Ley Mulder, el constitutivo esencial del mensaje informativo es la verdad. Y me alegra que, una época como la nuestra en la que se niega la capacidad de conocerla, volvamos a platearnos el asunto de la verdad a secas en esta polémica entre la mermelada y la mordaza.

Qué lejos estamos todavía de tomarnos en serio que el titular del derecho a la información es el público, la mujer y el hombre de a pie. La situación es otra. Pareciera que el derecho a la información lo acaparan las empresas informativas y un grupo reducido de periodistas. Dicho en cristiano, esto significa que es sólo el sujeto profesional de la información el abanderado de la comunicación. Y no está mal. Pero, ojalá que fuera así, al punto que el gran público podamos quedar tranquilos sabiendo que la verdad informativa está en buenas manos.

Son los mismos medios y el periodismo que practican –hay salvadas excepciones y dejo flotando la manzana de la discordia- los que han contribuido en gran medida a crear esta cultura de la sospecha. Nos han enseñado a leer detrás de la declaración de un político sus “verdaderas intenciones”, nos instruyen y nos destapan “los intereses turbios” que se ocultan en un acto económico o político. La ley Mulder ha hecho saltar todo este tinglado y unos y otros (a favor y en contra) acuden a los principios que se salvan o se niegan: controlar el gasto público, evitar que la publicidad desvíe o hipoteque la línea editorial; atentado a la libertad de expresión y de investigación, daño a la libertad de contratación, detrimento del derecho a saber del público…

Como están las cosas, me viene a la mente la letra de una vieja canción: “¿qué secreto hay en tus ojos que no puedo adivinar?”. También me acuerdo de estos maravillosos versos de Pedro Salinas: “¿Quién te va a ti a conocer/ en lo que callas, o en esas/ palabras con que lo callas?” Me entusiasma que en la polémica entre la mermelada y la mordaza se traigan al debate los grandes principios de la vida democrática y de un Estado constitucional. Pero lo cierto es que en el debate público de los dos últimos años nos hemos engañado tanto, que me inclino a darle la razón a los maestros de la sospecha y pregunto: ¿qué intereses ocultas detrás de tan nobles principios?

Lima, 23 de junio de 2018

Los Salmos a cámara lenta

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En mi época de juventud, no me sentía cómodo con los Salmos. Me resultaban demasiado quejumbrosos. Aunque sabía, intelectualmente, que todo se le debemos a Dios y que sin Él somos una rama tirada al suelo sin tronco ni nutrientes, no me lo acababa de creer vivencialmente. Me hizo falta que los años me cayeran encima y que me enfrentara a las caídas hondas de los cristos del alma, hoyos existenciales en donde la tabla de salvación es la Cruz desnuda de Cristo. Episodios de la vida que nos llevan a experimentar la fragilidad de la condición humana. Las grandes fortalezas que uno cree tener –y, quizá, las tenga- penden de un alfiler: un pequeño movimiento en el ánimo basta para que se vengan al suelo. En la hondura de esos baches, el consuelo humano no basta. Y ahí estaban los Salmos, como esperando en la profundidad del abismo existencial para levantarnos y llevarnos a pasear “por verdes praderas”.

Los Salmos, como los buenos versos y tantas maravillas que despiertan el alma llenándola de sentido, requieren una lectura meditada, lenta. Tienen mucho de lamento, abandono. El orante busca refugio, se abraza ante su Dios omnipotente y bueno. Hay queja, reclamo, angustia, desconsuelo, desamparo. Es el niño que cuenta al papá sus penas y pide consuelo e, incluso, venganza. Son versos, muchas veces, de última instancia. Ya no hay más lugar a donde ir, ¿a quién podría acudir? Lo humano es insuficiente, más aún, lo humano ha sido derrotado.
“Soy tu hijo y me darás el mundo por heredad” (S II). El orante lo sabe, pero su fe vacila y llega angustiado a los pies de su Señor. Mil años no son nada ante la faz del Creador, mas, para el orante, un minuto de angustia es de un dolor insoportable. Bien podría decirle al Señor: “El instante me oprime, Señor, mil años son demasiados años para mí. Son una inmensidad sin sentido si Tú no los llenas de tu Gloria. Mis enemigos me acorralan, se mofan, ¿dónde estás, Señor de los débiles, dónde estás?”.

No basta con saber que los Salmos existen y que es muy conveniente meditarlos. La cabeza lo sabe, pero hace falta que el corazón sea instruido, dice Robert Spaemann. Y es que los salmos hay que sentirlos, saborearlos con una cierta connaturalidad. No son frases redondas de un trovador ingenioso, son desgarrones del alma, gritos de alegría, alabanzas desbordadas. Son los clamores o alabanzas que me gustaría decir a voz en cuello desde el hoyo oscuro o la verde pradera.

Qué a gusto se está en compañía de los Salmos cuando se está a disgusto en ciertos tramos de la vida. Pienso que estos versos de inspiración divina requieren de un interlocutor con el alma herida o con el corazón desbordado por la alegría o el agradecimiento, cuanto menos, así es como más los disfruto. De este modo, la oración se vuelve bálsamo que suaviza las heridas o incienso que llega al Cielo.

He encontrado un magnífico maestro en el gusto por los Salmos en los dos tomos que Robert Spaeman, filósofo alemán, ha escrito sobre ellos. Su título es modesto “Meditaciones de un cristiano”, su contenido es inspirador. Los recomiendo.

Lima, 25 de junio de 2018.

El secreto del Padre Brown

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Los relatos incluidos en “El secreto del Padre Brown” de Chesterton ponen de manifiesto la hondura y, a la vez, la sencillez de la antropología cristiana del simpático padre Brown cuando desentraña los móviles de los crímenes que caen en sus manos. ¿Cuál es el secreto del padre Brown para dar con el crimen y con el criminal? No es, desde luego, sus conocimientos de criminología, de la que más bien desconfía, por la pretensiosa asepsia con la que los criminólogos estudian al delincuente “como si fuese un insecto gigantesco, bajo lo que ellos dirían que es una luz fría e imparcial; algo que yo llamaría –dice el padre Brown- una luz muerta y deshumanizada. Pretenden apartarse mucho de él como si fuese un lejano monstruo prehistórico”.

El secreto del padre Brown es otro. Dice: “no trato de apartarme del hombre, sino de ponerme en el pellejo del asesino…En realidad aún más, ¿no lo comprende? Estoy en su pellejo. Siempre en su pellejo, moviendo sus brazos y sus piernas, aunque siempre espero hasta estar seguro de que me he metido en el pellejo del asesino, de que pienso como él y que me debato con sus mismas pasiones”. La perspectiva del padre Brown no es la del hombre inmaculado que se considera incapaz de cometer crímenes horrendos. Se sabe de la misma pasta que el peor de los criminales y, por eso, es capaz de descubrir, en medio de las luces artificiales que encubren al delincuente, la oscuridad de su alma que tantas veces cobija envidia, codicia, odio, crueldad.

“Nadie puede ser bueno de verdad hasta que descubre lo malo que es, o podría llegar a ser, –afirma el padre Brown- hasta que repara en que no tiene derecho a hablar con tanto esnobismo y desdén sobre los criminales, como si fueran simios en un bosque a quince mil kilómetros de distancia, hasta que se libra de todos esos engaños sobre los tipos inferiores y los cráneos defectuosos, hasta que elimina de su alma la última gota del aceite de los fariseos, hasta que su única esperanza es de un modo u otro haber capturado a un criminal y dejarlo, sano y salvo, bajo su protección”.

Podemos mostrar indignación y rabia ante los crímenes de los que somos testigos. Es justa la denuncia de la corrupción. Sin embargo, hay un punto en el que la denuncia se puede tornar destemplada, justo cuando nos ponemos en el pódium de los “puros”, como si estuviéramos libres de toda maldad o intención torcida. Me parece más humana, por eso, la actitud del padre Brown: yo puedo ser ese criminal, de ahí que la arrogancia se torne en humildad.

El padre Brown no es un profeta, ni un Quijote, es un caminante “que sigue recorriendo la vida con su viejo paraguas, simpatizando con casi toda la gente con la que se encuentra y aceptando al mundo como compañero de viaje, pero nunca como juez”.

Lima, 4 de junio de 2018.