La promesa de América Latina

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Guzmán Carriquiry vuelve a escribir sobre América Latina a propósito del bicentenario de la independencia de los países latinoamericanos (“Memoria, Coraje y Esperanza. A la luz del Bicentenario de la Independencia de América Latina”. Presentación del Papa Francisco. Editorial Nuevo Inicio. Granada, 2017). Antes, en el 2005 publicó Una apuesta por América Latina. Siguió a este libro El bicentenario de la independencia de los países latinoamericanos (2011). Estos dos últimos libros fueron prologados por el arzobispo de Buenos Aires, Jorge Mario Bergoglio. La nueva entrega de Guzmán Carriquiry, que ahora nos ocupa, es presentada por el Papa Francisco. La lectura de Memoria, Coraje y Esperanza dice mucho del pensamiento del profesor uruguayo, actual Vicepresidente de la Comisión Pontificia para América Latina y, también, dice de la visión del Papa Francisco sobre América Latina, expresada en sus viajes a Ecuador, Bolivia, Paraguay, Colombia, Chile y Perú.

El profesor Guzmán Carriquiry forma parte de la tradición uruguaya de intelectuales preocupados en el destino de América Latina y que se ocuparon de pensarla. Un hito importante de esta veta intelectual es el uruguayo Methol Ferré (1929-2009), a quien estuvo unido por lazos de amistad y de coincidencia académica. Guzmán Carriquiry ofrece, en su último libro, una gran síntesis de lo que significó la independencia histórica de los países latinoamericanos de España y Portugal. Doscientos años de trayectoria republicana que, desde entonces, tiene aún tareas pendientes, cuya realización pende del esfuerzo, coraje y creatividad de las sucesivas generaciones de latinoamericanos.

Guzmán Carriquiry señala que la “revolución iberoamericana se inscribe en la larga onda de liquidación del ‘’Ancien Regime’’ y de la pujanza de tendencias liberales que, en la política como en la economía y la cultura, fueron imponiéndose con la emergencia del mundo burgués. Hay una continuidad evidente entre el reformismo ilustrado de las monarquías absolutas y el liberalismo pos-revolucionario: ambos quisieron ‘’ilustrar’’ a una sociedad llena de ignorancia, criticar muchas tradiciones a la luz de la razón, someter la Iglesia al Estado, promover la libertad de comercio, desamortizar la propiedad y disminuir la autonomía de los pueblos y de las corporaciones” (p.47). Y, así como en la Revolución francesa se suprimieron los gremios profesionales y se prohibió todo tipo de asociación, pasó, también, en nuestra naciente república peruana, en donde las comunidades campesinas quedaron desprotegidas. La ideología del ciudadano solo frente al Estado del naciente liberalismo, sin ningún tipo de mediación, pudo más que la realidad.

El resultado de esta revolución emancipadora se “resolvió en balcanización. Quedó una ‘’nación inconclusa’’. Y, ciertamente, aun cuando hemos realizado esfuerzos encaminados a buscar la integración de la Región, éstos no acaban de ser lo suficientemente significativos para pensar que detrás del concepto de América Latina tenemos una realidad sólida que la avale.
Jorge Basadre, en la primera mitad del siglo XX, habló de la “promesa de la vida peruana” (1945), algo que no somos todavía, pero que deberíamos llegar a ser. En eso estamos. Quizá de América Latina deberíamos decir algo semejante. Tenemos muchos elementos históricos, religiosos, culturales que nos unen y, también, bastante historia en estos doscientos años que nos han llevado a configurarnos como países independientes. Nos sabemos pertenecientes a una Patria, pero quizá todavía hay mucho camino que recorrer para sabernos y sentirnos pertenecientes de la Patria Grande latinoamericana. América Latina no es una unidad integrada, pero es una buena apuesta como lo sugiere Guzmán Carriquiry; no es una realidad tangible ahora, mas es una promesa retadora como lo afirmara Jorge Basadre respecto al Perú.

“Unidos por la esperanza” es mucho más que un lema, es un programa de trabajo que el Papa Francisco propone para América Latina, cuyo “testigo” toma Guzmán Carriquiry en esta carrera de relevo generacional: “la esperanza que el actual pontificado siembra en nuestros pueblos ha de revertirse en movilizaciones populares y debates políticos e intelectuales en pos de un renovado proyecto histórico para América Latina, no obstante, las condiciones por cierto confusas y críticas, del contexto internacional. ¡Que no se diga nuevamente que América Latina es el continente de las oportunidades perdidas…!” (p.76).

Lima, 18 de febrero de 2018

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Chantaje a la conciencia

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Este año es un doble aniversario para la memoria del escritor e historiador ruso Aleksandr Solzhenitsyn (1918-2008): cien años de su nacimiento en diciembre, diez años de su muerte en agosto. Solzhenitsyn llamó la atención de los horrores del Gulag soviético y alertó a Occidente del cáncer del totalitarismo comunista (Alerta a Occidente, El error de Occidente). Su gran arma fue mostrar la “verdad” de la historia rusa y desvelar la mentira sobre la que se sostenía la dictadura soviética, con los millones de muertos que supuso tan horrendo proyecto.

Cuando cayó el Muro de Berlín (1989) y se deshizo el imperio soviético, Solzhenitsyn regresó a Moscú y publicó dos pequeñas historias recogidas ahora en un volumen: “Ego” seguido de “En el filo” (Barcelona, 2016). La primera narración “Ego” es fascinante, con el estilo parco y sobrio de aquel otro texto “Un día en la vida de Ivan Desinovich”. Ego, un cooperativista, cuenta la rebelión de Tambov una de los mayores levantamientos de campesinos contra los bolcheviques. Campesinos, rebeldes y cosacos caen exterminados por el Ejército Rojo.

“Pável Vasílievich Éktov (Ego) siempre había permanecido unido a los campesinos, a sus padecimientos, su concepción de la vida y su sentido de la frugalidad (las botas para la Iglesia; las alpargatas para ir al pueblo, y los pies descalzos para arar. Y ahora ese corazón sufría lo indecible por la insensata ruina del campo: los bolcheviques habían saqueado los pueblos de Tambov (y cada aprovechado instructor o inspector de turno robaba más que el anterior)”.

Destaca el hondo sentido de familia de los “mujiks” (campesinos pobres). Ego sabe que la familia es goce y también dolor: “hay que tener una herradura en vez de corazón para no estremecerse por los seres queridos cuando los pueden estar destrozando unas malditas garras”. A este dilema de conciencia se tiene que enfrentar cuando cae en manos del Ejército Rojo: delatar a los rebeldes o sacrificar a su familia. “¿Había alguien o algo en el mundo de lo que se sintiese más responsable que de ellas? Eran toda su vida. ¿Entregárselas él? A Polina le pegarían un tiro. Y a Marinka, su hija, tampoco la perdonarían. ¿Y si con ello salvaba a los campesinos? Pero los rebeldes ya habían sido derrotados –se decía a sí mismo para aquietar su conciencia-. Y se rindió, sería un traidor, se odiaba a sí mismo… ¡El dolor de Judas en la mano ¿Quién puede comprender tal tormento si no lo ha experimentado personalmente?”.
Y como Ego muchísimos más. Los bolcheviques los tenían agarrados por la familia. Me pongo en el lugar de Ego. Es dolorosísimo actuar en contra de la conciencia: delatar o ver morir a su familia. Poner a una persona en un dilema tal es de suma crueldad. Humillar a un ser humano es abominable, pero es aún más cruel doblegar la conciencia de una persona con el chantaje: queda anulada en su dignidad.

¿Las atrocidades del experimento soviético se debieron a la demencia de Stalin? Me parece que no, la historia de la revolución bolchevique es consecuencia del desatino radical de la ideología marxista.

Lima, 8 de febrero de 2018

El estilo directivo del Papa Francisco

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El Papa Francisco es el vicario de Cristo para los católicos. También es la cabeza del pequeño Estado del Vaticano, líder espiritual y gobernante de millones de fieles en la Iglesia Católica. Durante los días que estuvo entre nosotros avivó la fe del pueblo peruano, en su inmensa mayoría católico. Se reunió con las comunidades indígenas, con sacerdotes, religiosas, consagrados, jóvenes y adultos, autoridades políticas, periodistas… Mientras lo veía en los distintos escenarios iba juntando sus gestos, palabras, movimientos, consejos, reflexiones, improvisaciones a fin de dar con lo que en las organizaciones se denomina “el estilo directivo del gobernante”.

El estilo no es el qué, sino el “cómo lo hace”. Y así, hay directivos acartonados, acogedores, espantapájaros, laxos, amarrones, déspotas, simpáticos… El Papa Francisco, ¿cómo lo hace? Veámoslo. Salta a la vista –en palabras suyas- que es un directivo con olor a oveja. No es de los que esperan los informes del jefe de producción: número de ovejas, precio de mercado, ventas. Tiempo de escritorio, el necesario; pero no el tiempo más importante. Papeles, presupuestos, planeamientos, los indispensables; mas no lo esencial. Sabe que la realidad es más que la idea y que, por tanto, por más reconstrucción con obras ofrecidas, no significa que las obras se hagan por el sólo hecho de estén autorizadas en el papel. El Papa Francisco es un directivo que sale de su reducto y busca a su gente, no espera que los problemas toquen a su puerta, va al encuentro de ellos. Camina pasillos, toma mate y conversa.

Otro rasgo conmovedor del Papa Francisco es su capacidad de abrazar al doliente. Es el directivo que, no sólo quiere el bien de cada uno de sus colaboradores, sino que se juega por ellos, les hace el bien. El Santo Padre lo dijo claramente cuando se dirigió a los Obispos del Perú y mencionó cómo Santo Toribio de Mogrovejo pasó la mayor parte de su oficio como obispo visitando a sus fieles por toda la geografía peruana. Visitaba, personalmente, a sus sacerdotes para saber de primera mano cómo estaban. Nada de filtros, ni indicadores, sino encuentro personal para sopesar lo que los sistemas de información no pueden dar: la densidad o el vacío que anida en el corazón humano.

Las organizaciones verticales tuvieron su tiempo, ahora se estilan organizaciones chatas, horizontales, pero todavía hay directivos que no se han enterado que los protocolos, las formas –necesarias para dar prestancia- no deben impedir la sencillez en el trato. Tener un cargo directivo no es estar más alto, sino más adentro de la organización. El Papa Francisco no es hombre de formalidades rígidas. Es austero, campechano, cercano, jovial: más apretones de manos y abrazos sinceros que alfombras rojas.

¿Hay algo que aprender? Bastante, me parece y, especialmente, los directivos de organizaciones cuya riqueza está en la calidez de las relaciones humanas. Desde luego, hay que dedicar atención a los despachos, a los indicadores de calidad; sin embargo, pienso que el mejor tiempo del directivo es el que dedica a su gente.

Lima, 28 de enero de 2018.

El Papa Francisco y América Latina

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Quedan muy pocos días para la visita del Papa Francisco al Perú, antes estará en Chile. San Juan Pablo II y Benedicto XVI no tenían una mirada de conjunto de América Latina, el Papa Francisco sí la tiene. Ha seguido muy atentamente los diversos aniversarios alrededor de las conmemoraciones del Bicentenario de la independencia de la América hispana y portuguesa y comparte las propuestas de dos prestigiosos pensadores uruguayos: Alberto Methol Ferré (1929-2009) y Guzmán Carriquiry, actual Secretario encargado de la Vice Presidencia de la Comisión Pontificia para América Latina.

La visión del Papa Francisco sobre América Latina no es chauvinista. Conjuga la idea de la patria chica y la de la patria grande, en diálogo con la entera comunidad internacional: identidad histórica y cultural y apertura a lo universal, nunca mero mimetismo. Lo dijo con mucha claridad en el viaje de vuelta de Manila (2015) a los periodistas: “Cuando los imperios colonizadores imponen sus condiciones, pretenden que los pueblos pierdan su identidad y que se cree uniformidad. Ésa es la globalización de la esfera: todos los puntos son equidistantes del centro. Pero la verdadera globalización –me gusta decir esto– no es la esfera. Es importante globalizar, pero no como la esfera, sino como el poliedro, es decir, que cada pueblo, cada parte, conserve su identidad, su ser, sin ser colonizado ideológicamente. A esto llamo “colonizaciones ideológicas”.

Ya en la Exhortación Apostólica Evangelii Gaudium, el Papa Francisco expuso que la realidad es más que la idea y, ciertamente, cuando la ideología -en cualquiera de sus expresiones, ya sea de género o cargada de mesianismo político- toma el poder pretende imponer sus abstracciones (sueños de la razón) de espaldas a la historia, al pueblo, a las tradiciones y creencias religiosas. El Papa Francisco es, en este sentido, un sesudo crítico de estas deformaciones ideológicas, de salón y de caviar. No es casualidad, por eso, que haya prologado tres libros escritos por Guzmán Carriquiry sobre América Latina, defendiendo las raíces culturales de nuestra sociedad y la apuesta por una América unida.

El pensamiento del Papa Francisco no es de libro. Ha mantenido una mirada cercana con la realidad argentina, primero; con la latinoamericana, después y; ahora, con la mirada de un líder universal. La actitud que muestra para escuchar, dialogar y tender puentes manifiesta su vocación de acercarse a la verdad allí donde esté. Se entiende, por eso, que por talante rechace el “pensamiento único”, tantas veces intolerante y agresivo. Es lo que ha llamado, también, progresismo adolescente: “una suerte de entusiasmo por el progreso que se agota en las mediaciones, abortando la posibilidad de un progreso sensato y fundante relacionado con las raíces de los pueblos. Este “progresismo adolescente” –sigue diciendo el entonces cardenal Bergoglio en el prólogo al libro “Apuesta por América Latina”- configura el colonialismo cultural de los imperios y tiene relación con una concepción de la laicidad del Estado que más bien es laicismo militante, cuyas propuestas “constituyen insidias antipopulares, antinacionales, antilatinoamericanas, aunque se disfracen a veces con máscaras progresistas”.

Francisco viene a estar con sus hijos peruanos y lo acompañaremos con nuestra presencia y la de nuestras devociones cristianas: el Señor de los Milagros, la Virgen de las Mercedes de Paita, el Señor del Cautivo de Ayabaca, la Cruz de Motupe… La convulsa foto política que el Papa Francisco encontrará del Perú no es la realidad honda de nuestro país. La inmensa mayoría del pueblo peruano “ama, se sacrifica, reza y mantiene viva la esperanza” de levantarse una y otra vez de esas “caídas hondas de los Cristo del alma”. La crisis pasa, la fe queda: ¡bienvenido al Perú, Santo Padre!

Lima, 7 de enero de 2018

El Ministerio de la verdad

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George Orwell (1903-1950) escribió la novela “1984”, una de las grandes distopías literarias del siglo XX. Como toda distopía, Orwell pretende mostrar al lector el horror que supone un Estado que controle todo. “El Gran Herman” está en todo: no hay vida privada, todo es público y todo se manipula a favor del partido único. “1984” tiene esa finalidad: llevar hasta el extremo la idea de Estado totalitario para que el ciudadano esté alerta y no permita que eso suceda. Pero Orwell se quedó corto.

En el mundo descrito por Orwell hay un Ministerio de la Verdad encargado de corregir la historia casi en tiempo real: “En cuanto se reunían y ordenaban todas las correcciones que había sido necesario introducir en un número determinado del “Times”, ese número volvía a ser impreso, el ejemplar primitivo se destruía y el ejemplar corregido ocupaba su puesto en el archivo. Este proceso de continua alteración no se aplicaba sólo a los periódicos, sino a los libros, revistas, folletos, carteles, programas, películas, bandas sonoras, historietas para niños, fotografías…, es decir, a toda clase de documentación o literatura que pudiera tener algún significado político o ideológico. Diariamente y casi minuto por minuto, el pasado era puesto al día”.

Me pongo a pensar en el fin de año y en el saldo de deshonestidad que nos deja. Cuánto trabajo tendrán los ministerios de la verdad de empresas y del Estado para corregir la historia: eliminar hechos, borrar información, eliminar fotografías, romper las páginas de los libros de firmas para desaparecer a los que hasta ayer fueron notables, rehacer vídeos, sacar de las nubes informáticas los datos almacenados…

“El que controla el pasado controla también el futuro” dice el slogan del Partido y lo ha sabido utilizar muy bien cierta historiografía ideologizada que ha escrito la historia del Perú. Es la historia que han aprendido los escolares y universitarios de los últimos veinte años: objetividad, poca; cizaña, mucha. En muchos casos, como en el mundo de Orwell, si “todos aceptaban la mentira que impuso el Partido, si todos los testimonios decían lo mismo, entonces la mentira pasaba a la Historia y se convertía en verdad”.

El Ministerio del Amor, por su parte, se encarga de reeducar a los inadaptados. Winston y Julia lo son. Saben que los pueden obligar a confesar, pues es imposible no hacerlo ante el poder de la tortura y se refugian en el santuario de su conciencia: “Pueden forzarte a decir cualquier cosa, pero no hay manera de que te lo hagan creer. Dentro de ti no pueden entrar nunca”. Así pensaba Winston hasta que escucha, aterrado, las palabras de su torturador: “No te traemos sólo para hacerte confesar y para castigarte. ¿Quieres que te diga para qué te hemos traído? ¡¡Para curarte!! ¡¡Para volverte cuerdo!! Debes saber Winston, que ninguno de los que traemos aquí sale de nuestras manos sin haberse curado. No nos interesan esos estúpidos delitos que has cometido. Al Partido no le interesan los actos realizados; nos importa sólo el pensamiento. No sólo destruimos a nuestros enemigos, sino que los cambiamos. ¿Comprendes lo que quiero decir?”.

Winston, después del lavado de cerebro que le hicieron, terminó amando al Gran Hermano. George Orwell quería que nos horroricemos ante la corrupción de la verdad y la pérdida de la conciencia. La conciencia, por donde se mire, es el último reducto de la dignidad humana, no se vende, no tiene precio, ¿o sí?

Lima, 23 de diciembre de 2017

La Tigresa y el acróbata

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El fin de año es tiempo de balance: ¿qué hice? ¿qué conseguí? También es tiempo de futuro: ¿qué proyectos para el año siguiente? ¿A dónde quiero llegar? La crisis política y moral por la que atraviesa nuestro país agrega una pregunta perentoria: ¿todo lo que hice y conseguí me hace mejor persona? No es suficiente llenarse la boca diciendo: soy poderoso, tengo mucho dinero, manejo la opinión pública como quiera. Los ídolos del poder, el dinero y la persuasión tienen los pies de barro, una pequeña dosis de moralidad y se vienen por los suelos. Después del derrumbe, solo queda la soledad, el deshonor, la decepción, el decaimiento moral.

Susanna Tamaro, escritora italiana, conocida por sus novelas “Donde el corazón te lleve” y “Anima mundi”, vuelve a la arena narrativa con una bella fábula: “La Tigresa y el acróbata” (2016). Se lee rápido y a gusto. El personaje, una tigresa siberiana, emprende la búsqueda de lo que quiere llegar a ser. Los bosques fríos no le bastan. “Ser el terror de todos y no querer ser el terror de nadie, esa era su condena. Renegar de su propia naturaleza para ir en busca de una nueva cuyo rostro ni siquiera conocía, vagar en una soledad extrema deseando tan solo la alegría de un encuentro”.

¿Quién soy yo? ¿Acaso no lo sabemos? ¿Acaso no hemos tomado decisiones que nos embarcan en proyectos de largo plazo e, incluso, de toda la vida? En algún tramo de nuestra andadura poseemos respuestas firmes a esas inquietantes preguntas. No obstante, a la vuelta de una esquina, salta nuevamente la duda: ¿la imagen que ves en el espejo es la tuya? Y vuelvo a preguntarme quién soy yo. ¿Por qué esta inquietud si tengo lo que para tantos es sinónimo de felicidad?

Un misterio, desde luego, lo que no quiere decir que el camino sea a ciegas y tientas. Nos pasa lo que con tanto tino decía Víctor Andrés Belaunde: la condición humana es una síntesis de inquietud y serenidad aunadas por la plenitud. La tigresa de la fábula lo aprendió a golpes y comprendió que “hay paredes que se escalan con las manos y paredes que se escalan con el corazón. Del mismo modo, hay vidas que solo conocen la monotonía de la llanura y otras a las que continuamente se les exige subir”. Llanura y cumbre, caminar y escalar, ritmos naturales de la existencia humana que hemos de aprender a aceptar libremente.

Fin de año, tiempo de hacer cuentas. Tiempo para poner en la balanza de la vida lo realizado y lo proyectado procurando que el saldo salga a favor del ser más, antes que del tener más.

Lima, 18 de diciembre de 2017.

Cien años después de la Revolución Rusa

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La Revolución Rusa (1917-1991) pone fin a la Rusia Zarista el 25 de octubre de 1917 (según el calendario juliano) y entroniza al bolchevismo, con Lenin a la cabeza. Se inicia la historia del comunismo soviético, un intento de hacer un mundo feliz acá en la tierra, cuyo costo fue millones de muertos, gulags, economía centralizada y el fracaso total, muy poco después de la caída del muro de Berlín (9 de noviembre de 1987).

Se ha escrito mucho y se sigue escribiendo sobre este régimen totalitario, me quedo con lo que dijo San Juan Pablo II en lo que fue su último libro (Memoria e identidad, 2005), para quien el nazismo y el comunismo marxista han sido las “ideologías del mal”. Lo dice el santo, el pensador y el doliente; pues, su patria, Polonia, sufrió ambas opresiones. Quiero poner la atención en la “ideología” de la Revolución Rusa, porque el comunismo ha sido y es una “ideología” en sus múltiples y sanguinarias realizaciones: la Unión Soviética, la China de Mao, Albania, Checoslovaquia, Cuba, Sendero Luminoso…

Una ideología es un conjunto de ideas simples que hacen una lectura deforme de la realidad y buscan poner su proyecto en práctica, caiga quien caiga y, en el caso del comunismo marxista, muera quien muera (claro, mejor si el que muere es el de la clase dominante). El origen de esta ideología está en el pensamiento de Carlos Marx (1818-1883). Estaba convencido –al igual que Hegel y el idealismo alemán- de que había descubierto las leyes de la historia en el sentido fuerte de la palabra, es decir, leyes como las de la gravedad por la que los cuerpos caen, sí o sí. Toda la historia habría sido la historia de la lucha de clases: amos oprimiendo a esclavos, señores feudales oprimiendo a siervos, burgueses oprimiendo a proletarios.

Sólo faltaba el último paso, la última tormenta: la revolución violenta entre proletarios y burgueses. La lucha sería sangrienta, pero al final vendría el paraíso en la tierra, todos iguales y sin clases sociales. La felicidad habría llegado a la tierra para quedarse para siempre. ¿Lindo sueño? No, ¡monstruoso proyecto! Rusia tuvo su revolución bolchevique, nosotros tuvimos Sendero Luminoso, de desdichada memoria.

Los nostálgicos del marxismo consideran que lo que ha fallado ha sido la realización de la utopía, pero que la idea marxista sigue siendo válida. Stalin, Mao, Fidel, o Abimael habrían sido unos errores y se tendría que volver al pensamiento original de Marx, incluso al Marx juvenil de los “Manuscritos económico-filosóficos” (1844). Intento falaz, me parece, porque el problema no ha sido que el autor material de la revolución se equivocó, sino que el autor intelectual (Marx) estuvo equivocado. Comprender la totalidad, como pensó Hegel y Marx, es simplemente un exceso. Ponerse al fin de la historia y verla venir es pura soberbia.

Estamos a cien años de la Revolución Rusa y todavía no acabamos de horrorizarnos de lo que los hombres somos capaces de hacer contra nosotros mismos.

Lima, 29 de octubre de 2017.

El Perú es un Estado laico creyente

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Los años pasan volando y el 2021 nos queda cada vez más cerca. El Bicentenario es de esas fechas emblemáticas en las que los peruanos volvemos a plantearnos preguntas radicales, en el sentido de que hemos de ir a nuestras raíces para responder quiénes somos, después de esta andadura de doscientos años de vida republicana. Federico Prieto, autor del libro “Así se hizo el Perú. Crónica política de 1939 a 2009” (2010), vuelve a pensar el Perú con un reciente libro “La segunda Independencia” (2017) o cómo llegamos al 2021. No indaga sobre el PBI, ni los nuevos mercados internacionales. Es más bien una mirada hacia dentro en busca de la condición humana de los peruanos en el sentido en que lo entiende Hanna Arendt.

El presente no agota la identidad nacional y tampoco se trata de lanzarse al futuro prescindiendo de nuestro pasado histórico, creencias y derivas. Como menciona Martín Santiváñez en el prólogo del libro, el Bicentenario que conmemoraremos “implica volver a colocar el acento en esta lucha fundamental: o realismo o utopía. O realismo o ideología. O realidad o ensoñación”.

Una de esas grandes variables de la condición peruana es la naturaleza del Estado peruano que para Prieto es la de “un Estado laico creyente, no un estado laicista neopagano”. En este sentido, Estado e Iglesia reclaman libertad e independencia recíprocas, “lo que obviamente no impide reconocimientos históricos ni colaboraciones oportunas, como ocurre en el Perú”.

Somos, ciertamente, un Estado laico y ésta es una de las materias en donde realidad e ideología se desencuentran, porque quienes quisieran destruir todo puente entre el Estado y la Iglesia católica fallan en el diagnóstico, a causa de la ideología que reduce su mirada. No quieren ver lo evidente: el Estado no es el que tiene fe, son los ciudadanos quienes son creyentes (o no lo son). Basta ver la devoción a Santa Rosa de Lima a los cuatrocientos años de su muerte o la próxima llegada del mes morado con las calles de Lima abarrotadas de miles de fieles acompañando al Señor de los Milagros, para darnos cuenta que la fuerza de la realidad deja sin discurso a quienes pretenden borrar las huellas de Dios en la Constitución Política del Perú.

Celebro el libro de Federico Prieto, políticamente incorrecto, valiente en su propuesta y defensor de la Constitución histórica del Perú, la real, con olor a incienso y a rosas y sabor a turrón de doña Pepa.

Lima, 19 de septiembre de 2017.

Cultura y ciencia en la Universidad

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“Cultura y ciencia en la universidad” (1954) es un sugerente ensayo de Honorio Delgado (1892-1969), padre de la psiquiatría peruana, fino humanista y universitario cabal. Entiende a la cultura “no como suma de conocimientos sino como porte y forma de vida”. Es formación no acumulación de información. Por eso sostiene que “en la universidad la tensión entre variedad y unidad del contenido de la cultura se resuelve en la formación del espíritu de tal suerte que, sin dispersarse en la adquisición de conocimientos infinitos, adquiera una amplia perspectiva de saber preciso señoreado por el criterio personal en trabajo íntimo” (p. 7).

La cultura afirma Honorio Delgado “denota a la vez variedad y unidad, libertad y sujeción, universalidad e idiosincrasia, estabilidad y metamorfosis, conformidad y lucha”. Pares de antagonismos que confluyen en una síntesis, de tal modo que la cultura se configura como “una totalidad de vida espiritual en la que los extremos ponen en tensión el alma del hombre… gracias a lo cual su ser se ilumina y adquiere fuste allende la realidad de la naturaleza, y en consonancia de los más altos modelos de la humanidad” (p. 9).

La ciencia aporta a la formación del hombre culto, “aunque por sí misma, según afirmaba Platón, ´separada de la justicia y de la virtud, [la ciencia] no pasa de ser habilidad para el maleficio´, unida a ellas es poderosa disciplina de recto juicio en general, de discernimiento penetrante, de prudencia frente a la complejidad de los sucesos, y sobre todo de amor a la verdad y de modestia ante la riqueza de lo real y la inmensidad de lo arcano” (p. 13). Una ciencia, por tanto, anclada en la verdad y en continua actitud admirativa frente a la amplitud, altitud y profundidad de lo real.

La filosofía, por su parte, “persigue el ahonde de la esencia, la existencia y el valor del ser, el cual, a diferencia de los hechos, desborda la objetividad. El pensamiento filosófico hace fecundo el espíritu de quien lo profesa, a condición de que éste posea capacidad y poder para seguir con independencia el movimiento de la problemática, en procura de trascendencia” (p. 18). Ambas, ciencia y filosofía, respetando sus particularidades, afinan la visión y sentido último del hombre: ni generalizaciones impropias ni construcción de conceptos vacíos.

Cultura, ciencia y filosofía en la Universidad lleva consigo una comunidad de maestros y alumnos en continuo aprendizaje. La integración de todos los saberes, “su máxima eficacia –sigue diciendo Honorio Delgado- depende, no de las enseñanzas ni de los métodos pedagógicos, sino del ejemplo del maestro en el trabajo y en la vida. De ahí la importancia del porte personal, de cuyo íntimo peso depende en último análisis la grandeza, la mediocridad o la insignificancia de los institutos de alta cultura” (p. 22).
Conocimientos prácticos, desde luego, pero sin caer en el reduccionismo de la sola eficacia que hace del criterio utilitarista su único criterio. Integración de saberes y visión amplia de la vida supone, por tanto, una “cultura integral que sobrepone al saber de rendimiento, el saber docto y el saber formativo, y a todo saber, la elevación moral” (p. 23).

Lima, 23 de agosto de 2017.

Zagajewski: belleza y verdad

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Adam Zagajewski, poeta polaco, ha sido galardonado con el Premio Princesa de Asturias de las Letras 2017. Sus libros de poemas y ensayos están traducidos desde hace un buen tiempo al español. Le pasó lo que a tantos en la época de la ocupación comunista de su país: “En la niñez perdí dos patrias: perdí la ciudad donde nací, y en la que antes de mi venida al mundo habían vivido numerosas generaciones de mi familia, pero también, con la llegada del estilo soviético de gobierno, se me privó del fácil y de algún modo natural acceso a la evidencia universal de la verdad. Necesité luego muchos años para volver a la corriente principal de la vida, para admitir las más elementales certidumbres, esas que sólo los locos y los farsantes ponen en duda”.

Sabe que hay horror en los afanes humanos, pero procura descubrir, asimismo la belleza del trajinar prosaico. Para Zagajewski, “la defensa de la poesía es la defensa de algo que alienta en el hombre, la capacidad fundamental de experimentar el milagro del mundo, de descubrir la divinidad en el cosmos y en otro hombre, en una lagartija y en las hojas de los castaños, de asombrarse y de quedar sumido durante un largo instante en ese asombro. Si esta capacidad se marchita, la especie humana seguirá existiendo, pero empeorada, debilitada”.

En su poesía hay espacio para la imaginación, los sueños, la magia y las grandes preguntas que intentan develar algo del misterio del ser humano y del mundo. “Miraba con avidez las caras humanas: cada una era diferente, cada una decía algo… reía, sufría. Pensé que las ciudades no las construyen las casas, ni las plazas o las avenidas… sólo las caras que se iluminan como lámparas”.

Poesía sobria, abre a la belleza e invita a pensar, también a elevar el alma a Dios: “en la Iglesia del Corpus Christi enciendo una vela a mis muertos, que viven lejos de aquí, no sé dónde, y siento que en la llama roja ellos también se calientan”. Belleza y verdad de la palabra van de la mano en los versos del poeta. Y de los escombros de la agitada historia de la Europa de su tiempo saca a relucir el bien que, igualmente, existe entre la cizaña del mal.

Chosica, 9 de julio de 2017,