Política para perplejos

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Lo que pasa entre nosotros con los escándalos políticos, judiciales, empresariales que saltan día a día generan indignación, impotencia, desconcierto, perplejidad. No es tiempo para el lamento –aunque motivos no faltan-, es más bien ocasión para templar el ánimo y ahondarnos al fondo de la condición humana, de donde nacen la avaricia, la vanidad, la injusticia, el tráfico de influencias, la fanfarronería y demás vicios que nos aquejan.

Quizá tendríamos que volver a repensar la política para saber lo que podemos esperar de ella y lo que escapa de sus manos. Una política que solo se queda en procedimientos es fácil presa de las tentaciones del poder, el dinero, la soberbia. Según lo recuerda en uno de sus recientes libros, Daniel Innerarity (Política para perplejos, 2018), conviene volver a recordar que “el objetivo de la política es conseguir que la voluntad popular sea la última palabra, pero no la única, que el juicio de los expertos se tenga en cuenta, pero que no nos sometamos a él, que las naciones reconozcan su pluralidad interior y se abran a redefinir y negociar las condiciones de pertenencia”.

El mundo se ha vuelto complejo en sus problemas y actores, en sus luces y sombras. Una mirada rápida al entorno nacional o extranjero nos muestra un hecho: la corrupción y la codicia –por señalar un par de males que nos aquejan- anidan en todos los colores y direcciones del espectro político: derecha, centro e izquierda, liberales y socialistas. “Derecha corrupta” e “izquierda honesta ya no sirven como bandera. La honestidad no hay que buscarla en las ideologías, hay que cultivarla en las personas. Por eso, hemos de hacer un doble esfuerzo. Por un lado, como lo sugiere Innnerarity, “diseñar los sistemas políticos de manera que los malos gobernantes (jueces, funcionarios públicos) no hagan demasiado daño”. Y de otro lado, agrego, insistir en la formación ética de todos, especialmente, de quienes ocupan el espacio público de la vida social.

Para los sistemas, podemos echar mano de la ciencia política. Para la formación, en cambio, de políticos y funcionarios públicos buenos, hemos de volver a la ciencia ética, no sólo en sus expresiones normativas, sino también –y más decisivo si cabe- en su encarnación en virtudes. Es decir, una formación que haga que las Tablas de la Ley lleguen al corazón de los ciudadanos y se manifiesten en comportamientos observables valiosos. Tarea ardua, larga que empieza en la casa y la escuela y continúa en los centros de formación superior y en los centros laborales.

Ciertamente, necesitamos expertos en finanzas, contabilidad, gestión. Más urgente es que ellos mismos sepan discernir entre el bien y el mal y, sobre todo, que no se cansen de hacer el bien.

Lima, 10 de julio de 2018.

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Cultura de la apariencia

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Aparentar, dice la Real Academia Española, es “manifestar o dar a entender lo que no es o no hay”. En la publicidad comercial se asemeja a la publicidad engañosa: me haces creer que es acero inoxidable y no es ni lo uno ni lo otro. Colinda con la hipocresía que es “fingimiento de cualidades o sentimientos contrarios a los que verdaderamente se tienen o experimentan”. En política, su correlato es el oportunismo: según a quien se dirija, el hombre público tendrá un discurso u otro, veleta que se mueve de acuerdo a los vientos que soplan.

Estas manifestaciones falsas, cuando son esporádicas, son simples tropezones en un camino llano. Cuando son la regla, generan una fangosa cultura de la apariencia enemiga de la autenticidad, la sinceridad y la objetividad. Sin estas últimas, la vida social se convierte en un mercado de vanidades fundado en las patologías del poder, el dinero o la fama: quién puede más, cómo es, cuánta exposición mediática consigo.

Me viene a la memoria, por contraste, aquel pasaje del Evangelio que dice: “contemplad los lirios, cómo crecen; no se fatigan ni hilan, y yo os digo que ni Salomón en toda su gloria pudo vestirse como uno de ellos” (Lc. 12, 27). Pienso, también, en el modesto geranio, el elegante clavel, la delicada violeta africana… Son lo que son. Podemos podarlas, regarlas, limpiarlas y de seguro mejoramos su apariencia. Serán más bellas, más aromáticas y siempre serán flores, aun cuando pasemos delante de ellas sin darnos cuenta.

Ante el torrente de publicidad comercial que nos ofrece la felicidad, la propaganda política que nos asegura la salvación y las calles convertidas en pasarelas de modas, añoro la autenticidad de lo verdadero sin maquillajes, con tan solo unos pocos toques que realcen la belleza del espíritu encarnado de las personas con las que nos encontramos. Una buena conversación, en el calor de una mesa romántica o en la sala de trabajo, es aquella que es expresión sincera del ser personal. La charla almidonada, temerosa y medida, por el riesgo de un audio o video escondido, es la muerte de la confianza.

Los seres humanos estamos pensados para regocijarnos en la verdad de las cosas, en las relaciones interpersonales sinceras. Llegar a casa nos vuelve a reconciliar con lo que sencillamente somos y amamos. Nos ponemos cómodos, bajamos la guardia, simplemente estamos y nos dejamos ser. ¿Dos mundos distintos? Sí, pero en el de la cultura de la apariencia hay una dosis peligrosa de perversión.

Lima, 9 de julio de 2018.

La sal de la vida

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Los momentos estelares de nuestra vida suelen ser pocos, alegrías intensas que recordamos con verdadero entusiasmo y quedan recogidos en la cabeza y el corazón como los tesoros más preciados. Lo ordinario, sin embargo, lo constituyen los días soleados o grises con sus rutinas, afanes y problemas que ocupan nuestro mayor tiempo. Leer a Chesterton es, precisamente, como agua fresca primaveral que nos anima a “ser felices en esos momentos tranquilos en que recordamos que estamos vivos; no en esos momentos ruidosos en que se nos olvida”. Idea sencilla al alcance de todos los bolsillos recogida en uno de los últimos textos escritos por Chesterton tres meses antes de morir y que forma parte del libro “La sal de la vida y otros ensayos” (Sevilla, 2017).

Esta selección de ensayos fue hecha por su secretaria, Dorothy Collins. Para mi gusto, de las mejores antologías chestertonianas que he leído. Lo es por su equilibrio en las materias que trata y porque deja ver el ingenio, la agudeza, la gracia, el sentido del humor, la frescura de la pluma de este gran escritor inglés. Me anima, entre otras cosas, saber que la felicidad no está en las experiencias de vértigo, de esas que quitan la respiración y dejan la billetera sin un cobre: viajes maravillosos, experiencias refinadas, comidas exquisitas, bebidas alucinantes… Desde luego, esa oferta existe, pero quizá no esté pensada para el hombre común e, incluso, ni siquiera le saca brillo a lo mejor de los seres humanos. Hay un punto de perversión en ese afán de vender felicidad en experiencias que embotan los sentidos.

Me inclino más bien por llenar de felicidad las experiencias diarias que tenemos a la mano. En esto Chesterton la tiene clara y nos dice que “el mundo moderno no tiene futuro, si no es capaz de entender que no tiene que buscar lo que sea cada vez más emocionante, sino que más bien tiene la emocionante tarea de descubrir la diversión en las cosas que parecen aburridas”. Y es que la felicidad es tímida y discreta, destila sus gotas de alegría una a una y no a borbotones. Problemas los tendremos a montones. Lo que no llega a montones es el dinero. En cambio, puede estar a nuestro alcance la sonrisa del pequeño de la casa que nos llena de contento el alma. La migraña sigue presente, el problema continúa sin solución, pero, comprendemos que la vida es mucho más que sus dolores. Una sonrisa nos basta.

Celebrar la vida en la abundancia y en la escasez, en la salud y en la enfermedad es de los mayores retos que tenemos los seres humanos y no es imposible. Chesterton es el pensador alegre de lo ordinario, capaz de hacer fiesta con un pan y una lata de atún; también, con un mero norteño, por cierto. ¿Y los disgustos? No los niego, existen. Me preocupa más el alma malhumorada que destila desencanto, amargura, cinismo. Tiene ojos y no ve que el ser humano “puede ser feliz simplemente por vivir”.

Lima, 1 de julio de 2018.

Entre la mermelada y la mordaza

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El derecho a la información, en su doble significado de libertad de expresión y de información, es un derecho humano, cuyo sujeto universal es el público; es decir, cada uno de los habitantes que leemos, miramos, escribimos en cualquier medio. Este derecho, como sintéticamente lo recoge la Declaración Universal de los Derechos Humanos, nos faculta a cada de los mortales a recibir, comunicar, investigar informaciones y fundar empresas informativas de gran calado o caseras. La empresa informativa lo tiene más fácil para hacerse oír y los periodistas son los profesionales que cumplen con el deber de informar. En cualquier caso, y como se ha resaltado en estos días a propósito de la Ley Mulder, el constitutivo esencial del mensaje informativo es la verdad. Y me alegra que, una época como la nuestra en la que se niega la capacidad de conocerla, volvamos a platearnos el asunto de la verdad a secas en esta polémica entre la mermelada y la mordaza.

Qué lejos estamos todavía de tomarnos en serio que el titular del derecho a la información es el público, la mujer y el hombre de a pie. La situación es otra. Pareciera que el derecho a la información lo acaparan las empresas informativas y un grupo reducido de periodistas. Dicho en cristiano, esto significa que es sólo el sujeto profesional de la información el abanderado de la comunicación. Y no está mal. Pero, ojalá que fuera así, al punto que el gran público podamos quedar tranquilos sabiendo que la verdad informativa está en buenas manos.

Son los mismos medios y el periodismo que practican –hay salvadas excepciones y dejo flotando la manzana de la discordia- los que han contribuido en gran medida a crear esta cultura de la sospecha. Nos han enseñado a leer detrás de la declaración de un político sus “verdaderas intenciones”, nos instruyen y nos destapan “los intereses turbios” que se ocultan en un acto económico o político. La ley Mulder ha hecho saltar todo este tinglado y unos y otros (a favor y en contra) acuden a los principios que se salvan o se niegan: controlar el gasto público, evitar que la publicidad desvíe o hipoteque la línea editorial; atentado a la libertad de expresión y de investigación, daño a la libertad de contratación, detrimento del derecho a saber del público…

Como están las cosas, me viene a la mente la letra de una vieja canción: “¿qué secreto hay en tus ojos que no puedo adivinar?”. También me acuerdo de estos maravillosos versos de Pedro Salinas: “¿Quién te va a ti a conocer/ en lo que callas, o en esas/ palabras con que lo callas?” Me entusiasma que en la polémica entre la mermelada y la mordaza se traigan al debate los grandes principios de la vida democrática y de un Estado constitucional. Pero lo cierto es que en el debate público de los dos últimos años nos hemos engañado tanto, que me inclino a darle la razón a los maestros de la sospecha y pregunto: ¿qué intereses ocultas detrás de tan nobles principios?

Lima, 23 de junio de 2018

Los Salmos a cámara lenta

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En mi época de juventud, no me sentía cómodo con los Salmos. Me resultaban demasiado quejumbrosos. Aunque sabía, intelectualmente, que todo se le debemos a Dios y que sin Él somos una rama tirada al suelo sin tronco ni nutrientes, no me lo acababa de creer vivencialmente. Me hizo falta que los años me cayeran encima y que me enfrentara a las caídas hondas de los cristos del alma, hoyos existenciales en donde la tabla de salvación es la Cruz desnuda de Cristo. Episodios de la vida que nos llevan a experimentar la fragilidad de la condición humana. Las grandes fortalezas que uno cree tener –y, quizá, las tenga- penden de un alfiler: un pequeño movimiento en el ánimo basta para que se vengan al suelo. En la hondura de esos baches, el consuelo humano no basta. Y ahí estaban los Salmos, como esperando en la profundidad del abismo existencial para levantarnos y llevarnos a pasear “por verdes praderas”.

Los Salmos, como los buenos versos y tantas maravillas que despiertan el alma llenándola de sentido, requieren una lectura meditada, lenta. Tienen mucho de lamento, abandono. El orante busca refugio, se abraza ante su Dios omnipotente y bueno. Hay queja, reclamo, angustia, desconsuelo, desamparo. Es el niño que cuenta al papá sus penas y pide consuelo e, incluso, venganza. Son versos, muchas veces, de última instancia. Ya no hay más lugar a donde ir, ¿a quién podría acudir? Lo humano es insuficiente, más aún, lo humano ha sido derrotado.
“Soy tu hijo y me darás el mundo por heredad” (S II). El orante lo sabe, pero su fe vacila y llega angustiado a los pies de su Señor. Mil años no son nada ante la faz del Creador, mas, para el orante, un minuto de angustia es de un dolor insoportable. Bien podría decirle al Señor: “El instante me oprime, Señor, mil años son demasiados años para mí. Son una inmensidad sin sentido si Tú no los llenas de tu Gloria. Mis enemigos me acorralan, se mofan, ¿dónde estás, Señor de los débiles, dónde estás?”.

No basta con saber que los Salmos existen y que es muy conveniente meditarlos. La cabeza lo sabe, pero hace falta que el corazón sea instruido, dice Robert Spaemann. Y es que los salmos hay que sentirlos, saborearlos con una cierta connaturalidad. No son frases redondas de un trovador ingenioso, son desgarrones del alma, gritos de alegría, alabanzas desbordadas. Son los clamores o alabanzas que me gustaría decir a voz en cuello desde el hoyo oscuro o la verde pradera.

Qué a gusto se está en compañía de los Salmos cuando se está a disgusto en ciertos tramos de la vida. Pienso que estos versos de inspiración divina requieren de un interlocutor con el alma herida o con el corazón desbordado por la alegría o el agradecimiento, cuanto menos, así es como más los disfruto. De este modo, la oración se vuelve bálsamo que suaviza las heridas o incienso que llega al Cielo.

He encontrado un magnífico maestro en el gusto por los Salmos en los dos tomos que Robert Spaeman, filósofo alemán, ha escrito sobre ellos. Su título es modesto “Meditaciones de un cristiano”, su contenido es inspirador. Los recomiendo.

Lima, 25 de junio de 2018.

El secreto del Padre Brown

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Los relatos incluidos en “El secreto del Padre Brown” de Chesterton ponen de manifiesto la hondura y, a la vez, la sencillez de la antropología cristiana del simpático padre Brown cuando desentraña los móviles de los crímenes que caen en sus manos. ¿Cuál es el secreto del padre Brown para dar con el crimen y con el criminal? No es, desde luego, sus conocimientos de criminología, de la que más bien desconfía, por la pretensiosa asepsia con la que los criminólogos estudian al delincuente “como si fuese un insecto gigantesco, bajo lo que ellos dirían que es una luz fría e imparcial; algo que yo llamaría –dice el padre Brown- una luz muerta y deshumanizada. Pretenden apartarse mucho de él como si fuese un lejano monstruo prehistórico”.

El secreto del padre Brown es otro. Dice: “no trato de apartarme del hombre, sino de ponerme en el pellejo del asesino…En realidad aún más, ¿no lo comprende? Estoy en su pellejo. Siempre en su pellejo, moviendo sus brazos y sus piernas, aunque siempre espero hasta estar seguro de que me he metido en el pellejo del asesino, de que pienso como él y que me debato con sus mismas pasiones”. La perspectiva del padre Brown no es la del hombre inmaculado que se considera incapaz de cometer crímenes horrendos. Se sabe de la misma pasta que el peor de los criminales y, por eso, es capaz de descubrir, en medio de las luces artificiales que encubren al delincuente, la oscuridad de su alma que tantas veces cobija envidia, codicia, odio, crueldad.

“Nadie puede ser bueno de verdad hasta que descubre lo malo que es, o podría llegar a ser, –afirma el padre Brown- hasta que repara en que no tiene derecho a hablar con tanto esnobismo y desdén sobre los criminales, como si fueran simios en un bosque a quince mil kilómetros de distancia, hasta que se libra de todos esos engaños sobre los tipos inferiores y los cráneos defectuosos, hasta que elimina de su alma la última gota del aceite de los fariseos, hasta que su única esperanza es de un modo u otro haber capturado a un criminal y dejarlo, sano y salvo, bajo su protección”.

Podemos mostrar indignación y rabia ante los crímenes de los que somos testigos. Es justa la denuncia de la corrupción. Sin embargo, hay un punto en el que la denuncia se puede tornar destemplada, justo cuando nos ponemos en el pódium de los “puros”, como si estuviéramos libres de toda maldad o intención torcida. Me parece más humana, por eso, la actitud del padre Brown: yo puedo ser ese criminal, de ahí que la arrogancia se torne en humildad.

El padre Brown no es un profeta, ni un Quijote, es un caminante “que sigue recorriendo la vida con su viejo paraguas, simpatizando con casi toda la gente con la que se encuentra y aceptando al mundo como compañero de viaje, pero nunca como juez”.

Lima, 4 de junio de 2018.

La integridad a baño María

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Queremos desterrar la corrupción en el sector público y privado, deseamos un país en que los niños estén protegidos y la mujer sea respetada. Grande es el desencanto cuando vemos que muchos políticos no buscan el bien común, que hay jueces inicuos dedicados a deshonrar la justicia, que hay un periodismo vendido al poder o al dinero dispuesto a falsear la verdad. Quien roba, soborna, extorsiona, maltrata, miente… sabe que comete un acto prohibido por la ley y por la moral. Las normas penales son muy claras y señalan los delitos con precisión. Cuando el escándalo es mayúsculo la severidad de las penas aumenta. Y, sin embargo, como lo dice el poeta, “el cadáver ¡ay! siguió muriendo”.

Vemos el mal y al instante –desde las diversas instancias del poder- ponemos sistemas de control para frenar y penalizar las malas prácticas de la corrupción. Somos conscientes de que el derecho no es suficiente y apelamos a la ética: verdad, honestidad, transparencia, servicio, integridad. ¿Programas de formación ética para todo el mundo? Sí, pero, aun así, nos quedamos cortos; entre otras cosas, porque –como lo dicen los entendidos y el sentido común de mamá- la ética no se enseña, se aprende en comunidades de práctica en donde directivos y colaboradores, funcionarios y empleados, aprenden las buenas prácticas valorativas que se comunican por contagio y con el ejemplo. Si éstas faltan, la mejor norma nace y muere en el papel.

Kierkegaard (1813-1855) lo vio con singular claridad, señalando que lo crucial no está en elaborar una buena teoría ética, sino en vivir y existir éticamente. Desde luego, nos viene bien saber qué es la honestidad y cómo se refleja en los sistemas contables. Esto es solo un buen inicio. Lo que sigue ya no depende de la norma, está en las manos del actor. Es el viaje hacia el fondo de uno mismo, allí donde se forjan el amor a la verdad, el respeto a los demás, el espíritu de servicio, la humildad para saber que tenemos pies de barro, la sencillez para evitar posturas vanidosas. Es decir, la integridad no se predica, se vive y sabe Dios cuánto cuesta. Predicadores apasionados de honestidad abundan en el escenario político peruano: les sobra ira, les falta autenticidad.

Las normas señalan el camino, pero no caminan. Quien suda la gota gorda es la persona que está en la operación, quien ve pasar el dinero por sus manos un día y otro y resiste en el bien, rechazando la tentación de encontrar la trampa a la ley. Sí, vivir lo que se predica es reduplicar existencialmente la integridad ética. La integridad no es el resultado de leyes anticorrupción, ni mucho menos el resultado de una exitosa campaña de imagen. Como están las cosas, lo que urge son jefes íntegros, más que decretos de urgencia. Y dado que la integridad se cocina en la intimidad del corazón humano, invirtamos más en la formación de las personas, cuya maduración compagina más con el baño maría, que con la llama ardiente.

Lima, 29 de mayo de 2018.

El sentido de la vida

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En más de una oportunidad nos hemos topado con hechos o dichos a los que no les encontramos lógica, pues escapan a una secuencia racional y decimos “esto no tiene sentido”. Esta experiencia es, quizá, la más cercana a la idea de lo que solemos entender como “el sentido de la vida”, es decir una biografía personal con dirección, rumbo, en la que cada tramo existencial nos da peso específico.

“Arrieros somos y en el camino nos encontramos” dice el refrán popular. Caminar es, ciertamente, uno de los rasgos que más nos definen como seres humanos. Sin embargo, una vida con sentido no es solo un caminar sobre senderos trazados o por hacer. Importa, desde luego, el hacia dónde vamos; pero es, igualmente esencial, lo que queda atrás como saldo. Y ese saldo se mide por lo que pesa, más que por lo que luce. Un peso que le otorga consistencia a la vida en un tramado de logros y fracasos, alegrías y penas. Poco aportan a este propósito, las risas huecas, las horas locas, los vértigos existenciales. Con estas últimas experiencias se flota, se olvida, se vive el instante; su saldo es el vacío.

El sentido de la vida articula pasado, presente y futuro; su fruto es la serenidad y combina muy bien con el oro viejo, nada llamativo y siempre valioso. Combina, asimismo, más con una actitud humilde de búsqueda que con la actitud altanera del genio de la lámpara de Aladino que todo lo puede. Encontrar el sentido de la vida se parece mucho a jugar a “las escondidas”: cierra los ojos y, al cabo de un corto tiempo, busca. En tanto que búsqueda supone un cierto desasosiego, una incomodidad con el presente y desorientación respecto del futuro, mas no es búsqueda sin término. El “ampay” llega, te encontré. Ya tengo un “qué” en las manos y la vida se va coloreando. Paso a paso el paisaje se llena de formas, tonalidades, perspectivas; un toque aquí, otro allá. Llega el cansancio, se descansa y vuelta a tomar el pincel.

Una vida sin sentido, lo sabemos, es una vida vacía cuyo telón de fondo puede ser el fracaso existencial. Vivimos en una sociedad que nos hace correr de un sitio a otro. No hay tiempo para el reposo, todo pasa muy rápido cual película de acción en las que no hace falta pensar nada. Un ambiente así, no se presta para asumir la conducción consistente de nuestra vida: ¡calma, alma! Y dado que encontrar el sentido de la propia existencia es un asunto serio, démonos tiempo para buscar nuestra misión en la vida. Búsqueda serena, sin inventarnos angustias gratuitas y sabiendo que la vida es para vivirla, es decir, tampoco nos pasemos los días y meses rizando el rizo. Después de todo es condición de vida, como lo dice San Pablo, “ver ahora como en espejo, borrosamente”. Así que, a caminar, pues cada paso nos desvela el sentido de la vida.

Lima, 7 de junio de 2018

Marx, doscientos años después

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La fecha de nacimiento de Karl Marx, 5 de mayo de 1818, la tengo memorizada de mi época de cachimbo universitario en los años setenta. Todos los cursos que llevé, salvo uno de literatura, fueron de orientación marxista. Pude leer, por activa y por pasiva, gran parte de las obras de Marx: varios de sus escritos juveniles y los más conocidos de su época de madurez: el “Manifiesto del Partido Comunista” (1848, en colaboración con Engels) y el Tomo I de “El Capital” (1867), entre otros. Desde luego, formaron parte de mis lecturas las obras de Engels (de un determinismo espantoso), Lenin, Stalin, Mao y bastantes de los revisionistas y neomarxistas: Trotsky, Plejánov, Luxemburgo, Lukács, Garaudy, Gramsci… Marx es el mismo en sus escritos juveniles y en los de madurez.

Hasta entonces no tenía idea de la existencia del marxismo. De la noche a la mañana me encontré con esta ideología que lo abarcaba todo y leía la historia en clave de lucha de clases, burgueses y proletarios, revolución armada, estructura y superestructura, alienación, dependencia. Cuando aparecía un hecho que dejaba mal parada esta ideología, venía la “dialéctica de los contrarios” y arreglaba el conflicto. Lo que más me asombró de toda esta fanfarria de marxismo fue la desaparición de la idea de responsabilidad personal y culpa. Ambas ideas las había aprendido en casa y en el colegio. Resultaba que ahora ya no había ni responsabilidad ni culpa personales, todo era producto de las leyes inexorables de la historia: la revolución se daría sí o sí y lo razonable era sumarse a la lucha de clases, partera de la idílica sociedad sin clases. Yo ya no era culpable de nada, era un mero producto de las maléficas relaciones de la propiedad privada.

El esquema marxista es un pensamiento excluyente, no sabe convivir en paz con otras formas de pensar. Aún guardo las imágenes de aquellos años: puños cerrados, caras amargas, gritos destemplados, calles tomadas, fuerza bruta y escaso discernimiento. Este pensamiento único me rebeló en mi primera juventud y me resultó chocante que se nos quisiera imponer qué pensar y cómo actuar. Los fallidos proyectos históricos del socialismo real que causaron millones de muertos no son errores de los iluminados que lo llevaron a cabo, son errores más profundos. Hay un defecto de fábrica en el marxismo: el desconocimiento del valor de la persona individual, por encima de la clase; de la libertad, por encima de las leyes de la historia.

Provengo de las añejas canteras ideológicas del marxismo en su tinta y me pasa lo que a Rubashov, el viejo personaje de “El cero y el infinito” de Arthur Koestler: amo la libertad, me conmueve la persona individual, no las estructuras; y desconfío de los totalitarismos ideológicos que me quitan la respiración. Han pasado doscientos años y Marx no ha mejorado. Sus seguidores lo han empeorado bastante más. Lo mejor para Marx es quedarse en sus libros.

Lima, 15 de mayo de 2018.

La fineza de espíritu en la empresa

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Las empresas buscan, entre otras cosas, que sus productos o servicios sean adquiridos por sus clientes. De los buenos resultados económicos pende la sostenibilidad de la misma organización. Llegar a las metas planeadas supone un gran esfuerzo para todos los miembros de la empresa. Estrategias, operaciones, sistemas de control se ponen en marcha para hacer frente a la competencia del mercado. No hay lonche gratis, lo sabemos.

A la par, también somos conscientes de que una empresa no se reduce a una máquina que fabrica productos y dinero. Interactuamos entre seres humanos y cada uno es una biografía compleja en donde confluyen aspiraciones, ilusiones, ambiciones, sueños. Aportamos a la empresa nuestras competencias operativas y buscamos, asimismo, un lugar en donde la propia dignidad personal sea reconocida, acogida y celebrada. Nadie, de ordinario, busca la infelicidad en su trabajo. Queremos empresas con alma, es decir, organizaciones en donde el talento profesional sea reconocido y, a la vez, se trabaje a gusto porque las relaciones interpersonales están cargadas de sentido y de fineza de espíritu.

La fineza de espíritu forma parte del modo de ser personal y, por tanto, es una cualidad transversal que se expresa en el comportamiento de los integrantes de la empresa. Es decir, la fineza de espíritu no es patrimonio exclusivo del área de servicio, de atención al cliente o de recursos humanos; es una competencia que forma parte de la calidad humana de cada miembro de la organización y que configura la cultura organizacional dándole un tono de cordialidad, benevolencia, beneficencia y amistad a las relaciones interpersonales.
Cordialidad que se expresa en el tono amable, buenos modales y trato respetuoso con los clientes internos y externos. Benevolencia manifestada en el trato cálido y sincero que celebra los logros de los compañeros de trabajo. Beneficencia acreditada en la disposición continua de servir a los colegas y estar atentos a sus necesidades reales. Finalmente, amistad franca orientada a buscar el bien para cada uno de nuestros colaboradores, sabiendo pasar con elegancia las fricciones propias de la convivencia profesional.

La fineza de espíritu no sustituye a los resultados en azul de una empresa, pero sí pone una cuota de alegría a la exigente carga laboral de cada día.

Lima, 2 de mayo de 2018.