Verdad y mentira en política

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“Nadie ha dudado jamás con respecto al hecho de que la verdad y la política no se llevan demasiado bien, y nadie, que yo sepa, ha colocado la veracidad entre las virtudes políticas. La mentira siempre ha sido vista como una herramienta necesaria y justificable para la actividad no solo de los políticos y los demagogos sino también del hombre de Estado”. Así empieza el texto de Hannah Arendt, “Verdad y mentira en la política” (2017) escrito, originalmente, hace finales de los 60. Una vez más pone el dedo en la llaga. En este caso, la llaga está en el ámbito de los poderes del Estado e, incluso, en los privilegiados del cuarto poder, quienes hacen pasar su opinión publicada como si fuera la opinión pública.

Somos testigos de infinidad de mentiras, medias verdades y manipulación de los hechos por parte de muchos actores mediáticos de la política peruana. Hemos contaminado tanto el escenario social que, muy difícilmente, resulta creíble lo que oímos y vemos. Es corriente, por eso, que en las conversaciones entre amigos salte la pregunta: “aquí, ¿quién es el bueno? ¿quién dice la verdad?” No encuentro respuesta y vuelvo a considerar aquellos versos del poeta Pedro Salinas: “¿Quién te va a ti a conocer en lo que callas, o en esas palabras con que lo callas?” Ante las declaraciones de unos y otros, acusados en el banquillo o fiscales y jueces acusadores, me nace la duda del poeta: ¿será cierto? ¿qué quieres ocultar con tus palabras? ¿qué intereses defiendes? ¿te mueve la justicia o el odio o todo junto? Nunca imaginé que “el ser o no ser” de Hamlet, o el “dudo, luego existo” de Descartes tuvieran tanta vigencia en estos tiempos.

Los políticos que han llegado a la cúspide del poder a base de astucia, equilibrio de intereses y populismo, dice Maquiavelo, “serán siempre considerados honrosos y alabados por todos; porque el vulgo se deja siempre coger por las apariencias y por el acierto de la cosa y en el mundo no hay sino vulgo; los pocos espíritus penetrantes no tienen lugar en él, cuando la mayoría tiene dónde apoyarse. Un príncipe de nuestros tiempos, al cual no está bien nombrar, jamás predica otra cosa que paz y lealtad, y en cambio es enemigo acérrimo de una y otra; si él las hubiera observado, muchas veces le habrían quitado la reputación o el Estado”.

Este Poder, así habido -sentado en un curul, acusando en una audiencia, manipulando la opinión pública, comprando conciencias- tiene los pies de barro. Como están las cosas, hace falta la inocencia del niño para que, entre tanto halago a las ropas exquisitas que lleva el monarca, grite a voz en cuello que, en realidad, el rey está desnudo. Un toque de verdad y se viene abajo el mamotreto. La fuerza de la verdad no está en el poder, ciertamente; está en la nostalgia de la autenticidad, porque los seres humanos no estamos pensados para movernos en una red de mentiras.

Francisco Bobadilla Rodríguez
Lima, 15 de enero de 2019.

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La libertad de ser libres

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La filosofía práctica del siglo XX tiene en Hanna Arendt, Leo Strauss e Isaiah Berlin a tres de sus mejores cultores. De todos ellos se puede decir que han sido “hombres de letras” apasionados por la libertad en sí misma, “sin amo ni agobiados por ganarse la vida. En otras palabras –dice Arendt- personas que gozaban de los privilegios atenienses y romanos, con excepción de la participación en los asuntos de Estado que tanto ocupaba a los hombres libres de la Antigüedad”.

“La libertad de ser libres” (2018) es un ensayo inédito de Hanna Arendt, probablemente, escrito hacia 1967. Están en este breve texto las grandes preocupaciones de la autora: la revolución y la libertad. Recuerda que el significado original de la palabra “revolución” es el de restauración, es decir, una vuelta hacia atrás. Sólo a partir de la Revolución Americana y de la Revolución Francesa el término adquiere el significado que nos es familiar, como cambio novedoso en un giro de 180° de las cosas. “Es en el transcurso de ambas revoluciones, cuando sus actores iban adquiriendo conciencia de que se habían embarcado en una empresa completamente nueva y no en el regreso a una situación anterior, fue cuando la palabra <> adquirió, por consiguiente, su nuevo significado”.

Para Arendt, la Revolución Americana fue un éxito, no así la Revolución Francesa que terminó en el fracaso. “Los hombres de las primeras revoluciones –afirma Arendt-, aunque sabían muy bien que la liberación debía preceder a la libertad, no eran conscientes aún del hecho de que aquella significaba algo más que la liberación política de un poder absoluto y despótico; que la libertad de ser libres significaba ante todo ser libre no solo del temor, sino también de la necesidad (pobreza, miseria, hambre). Y la situación de pobreza desesperada de las masas del pueblo, de aquellos que por primera vez salieron a la luz cuando irrumpieron en las calles de París, no podía superarse por medios políticos (…). La Revolución estadounidense tuvo la suerte de no tener que enfrentarse a este obstáculo a la libertad y, de hecho, debió en gran medida su éxito a la falta de una pobreza desesperada entre los hombres libres del país y a la invisibilidad de los esclavos en las colonias del Nuevo Mundo”.

Arendt, asimismo, vuelve sobre una de sus ideas más queridas, la libertad, cuya plenitud sólo se alcanzaría en el espacio público. Dice “los derechos civiles son resultado de la liberación, pero no constituyen en absoluto la auténtica sustancia de la libertad, cuya esencia es la admisión en el ámbito público y la participación en los asuntos públicos”. Sin participación en el espacio público y en la administración de los asuntos comunes no hay pleno ejercicio de la libertad. Para este fin, Arendt sostiene que no toda forma de gobierno es pertinente. La forma ad hoc sólo sería la República, “que no sabe de súbditos ni tampoco, estrictamente hablando, de soberanos”. Una República supone ciudadanos comprometidos con el destino de su país y es inseparable de las virtudes cívicas de sus miembros. El “pueblo” sólo aclama, el ciudadano sostiene a su país, no sólo con su voz de protesta sino; fundamentalmente, con su laboriosidad y con el esfuerzo diario para intentar ser íntegro y honesto.

Qué lejos estamos aún los peruanos de conseguir una república de iguales. Lo que tenemos en el día a día es a unos precarios representantes enganchados en los poderes del Estado, enredados en conseguir cuotas del poder, alejados de las preocupaciones y sueños de los ciudadanos. No es tarea fácil, lo sé, pero quizá estamos en el momento de “ser libres para emprender un nuevo comienzo” desde abajo, desde el mundo de la vida: la familia, el barrio, el club…

Lima, 21 de diciembre de 2018.

El gusto de leer

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Descubrí al belga Simon Leys (1935-2014) hace poco. Su “Breviario de saberes inútiles” (2016) lo disfruté línea a línea. Ensayista con voz propia, agudo crítico literario, pensador libre de correcciones políticas, gran conocedor de la cultura y literatura china. Suelo hacer reseñas o comentarios de los libros que leo. Con éste no he podido, la amplitud de temas me desborda y no acabo de hacer una síntesis que diga algo. Ya llegará su momento.

En mis visitas a las librerías, había otro libro suyo que me acechaba de continuo. Con cierto temor lo compré. Se trata de “Ideas ajenas. Recopiladas idiosincráticamente por Simon Leys. Para el divertimento de los lectores ociosos” (2015). Resultó ser un acierto y lo he disfrutado en mis ratos de ocio de principio a fin. Son citas recopiladas al gusto del autor y, afortunadamente, también al gusto de este servidor. Cada texto me ha suscitado una cadencia: idea, lectura, pausa, sonrisa, pensamientos al aire y así sucesivamente.

Simon Leys tiene sus preferidos: Simone Weil, Henry Thoreau, Paul Valéry, Wilde, Su Dongpo, Paulhan, Montherlant, Montaigne, John Hery Newman, Lao Zi, O´Connor, Samuel Johnson, Leon Bloy, Chateaubriand, Chesterton, Emerson, Bernanos, Baudelaire, San Bernardo… Simon Weil es la más citada. Entre otras cosas señala: “Un antiguo ejemplo de decisión democrática: la demanda popular de liberar a Barrabás y de crucificar a Jesús”. Conocemos al personaje, es Poncio Pilato. Lo suyo fue lavarse las manos, zafar cuerpo y dejar pasar la injusticia; sabía de la incorrección e incluso del ilícito penal o moral, pero lo dejó pasar: yo no he sido, ustedes verán. Lindo texto para este nuestro precario contexto político y social. Con qué facilidad se limpian las manos muchos cuando las papas queman. Y, asimismo, cuánta presión la de los grandes medios de comunicación social, que se adjudican la representación de la opinión pública ciudadana, cuando las más de las veces son los altavoces interesados de los señores feudales de la comunicación y su equipo de periodistas. Cuando, además, se juntan dinero, poder y comunicación, ¡agárrense!

Flannery O´Connor aparece y dice: “la gente no se da cuenta de lo que cuesta la religión. Pensar que la fe es una gran manta eléctrica, cuando es evidente, que se trata de la Cruz”. Ciertamente, “al pan, pan y al vino, vino”. Fe y vida de fe. Vivir cristianamente cuesta Dios y su ayuda. Convertir las razones en obras de amor es pasar por una continua conversión del corazón. Hay Navidad, pesebre, regalos, ternura; también, hay –en la vida del cristiano- Pasión y Cruz.

Del Príncipe de Ligne, Leys anota el siguiente aforismo: “¿Por qué siempre representamos a la justicia con una espada y una balanza? A veces me gustaría ponerle un velo. A veces corresponde a la justicia no hacer justicia”. Los romanos lo sabían y de ahí ese otro adagio jurídico: “summun ius summa iniuria”, pegarse a la letra de la ley, puede ser la máxima injusticia. El Padre Brown, personaje de los cuentos policíacos de Chesterton lo sabe muy bien. También lo sabe el estricto Hércules Poirot en el caso “Asesinato en el Orient Express” de Agatha Christie. La justicia sin prudencia puede llegar a ser muy injusta.

Les dejo un par de aforismos más que no tienen pierde:
Apetito. “La desgracia de Thoureau es que carece de apetito. No come ni bebe. ¿Qué puede tenerse en común con alguien que no conoce la diferencia entre el helado y la col y que no tiene ninguna experiencia con el vino o la cerveza? Emerson.
Sueños. “Romper son las cosas reales no es nada. Mas, ¡Ay! con los recuerdos. El corazón se rompe al separarse de los sueños, de tan poca realidad que habita en el hombre”. Chateaubriand.
Buen provecho con el libro.

Lima, 19 de diciembre de 2018

Un juez con alma de poeta

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“El club de los negocios raros” (1905) es una de las primeras novelas escritas por Chesterton, compuesta de historias breves que involucran a los hermanos Grant: Basil y Rupert. Este último es un investigador, cuyo “modo de razonar se distingue por su frialdad y su clarividencia, pero siempre le induce a error. En cambio, la vena poética que se le manifiesta bruscamente le permite acertar a menudo”. Basil Grant, en cambio, es un místico y contemplativo, un ilustre juez que un día decide dejar la magistratura para dedicarse a ser juez de tribunales privados de honor.

El personaje central es Basil con todos los rasgos propios del ingenio y sentido del humor de Chesterton. Me ha resultado un personaje simpático y he hecho buenas migas con él, quizá porque provengo del mundo del derecho y porque he visto de cerca el oficio de juez en mi padre. Mi formación jurídica estuvo inundada de ingeniería social y de mucha sociología del derecho. Una buena resolución judicial –aprendí- es aquella que tiene sólidos fundamentos de hecho y la mejor doctrina jurídica para los fundamentos de derecho. Había que ser un buen investigador de hechos al estilo de Sherlock Holmes: “hechos, hechos, hechos; sin ladrillos no puedo construir paredes”. Y, también, un gran conocedor de la pirámide kelseniana: normas contantes y sonantes.

Hasta ahí la teoría. La realidad es muy otra. Los hechos están ahí, pero el periodista, el juez, el fiscal, el abogado defensor, los pueden agrupar según sus particulares perspectivas y a los mismos hechos les podemos hacer decir lo que nos conviene. Basil Grant lo sabe y exclama: “¡Los hechos! (…). ¡Cómo oscurecen los hechos la verdad! Yo seré un insensato (a decir verdad, no estoy en mis cabales); pero nunca he podido creer en ese hombre… ¿cómo se llama el protagonista de esas famosas historias…? Sherlock Holmes. Todos los detalles conducen a algo, no cabe duda; pero por regla general a algo equivocado. Los hechos apuntan, a mi parecer, en todas direcciones, como las ramas de un árbol. Únicamente es la vida del árbol la que ofrece unidad y la que se eleva… Únicamente es su verde savia la que brota como un surtidor hacia las estrellas”. Coincido bastante con Basil: ¡cuánto se puede manipular en el periodismo y en la judicatura con los hechos!

¿A qué se dedica ahora Basil Grant? A ser un juez que resuelve diferencias estrictamente morales en tribunales de honor, de carácter extraoficial. Juzga a la gente, “no por las bagatelas vulgares de las que nadie se preocupa, tales como la comisión de un asesinato o el tener un perro sin licencia, no –afirma Basil- mis delincuentes eran juzgados por los delitos que verdaderamente hacen imposible la vida social. Comparecían voluntariamente ante mí al verse atenazados por un egoísmo o una vanidad inaceptable, o por su inclinación a la difamación, o por su ruindad hacia los amigos o subalternos. Claro está que estos tribunales no poseían poder coercitivo alguno. La ejecución de sus castigos dependía completamente del honor de las damas y los caballeros interesados, así como del honor de los delincuentes”.

Basil Grant pertenece al mundo de Chesterton: paradójico, romántico, alegre; incluso, dramático, pero nunca trágico. En la maraña de leyes que asfixia al sistema jurídico contemporáneo, nos hace falta más justicia y menos legalismo, más respeto y menos venganza, menos hígado y más corazón.

Lima, 7 de diciembre de 2018.

La extorsión: perversión de la justicia

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La película “Perfume de mujer” (1992) con Al Pacino, como el teniente coronel Frank Slade, y Chris O`Donnell, como Charlie Simm, la he visto y meditado en varias oportunidades. Frank, de mediana edad, ha quedado ciego y trama un plan de corte hedonista para terminar con su vida: una buena cena, un buen hotel, una mujer en la cama y, luego, pegarse un tiro en la sien. Charlie es un estudiante pobre, becado en una escuela de nivel donde los preparan para postular a Harvard: acompañará a Frank ese fin de semana.

Me quiero fijar en la historia de Charlie. Una noche, Charlie y George Willis son espectadores de una broma de mal gusto que un grupo de sus compañeros traman contra el director de la escuela. Por la información que el director recibe de una dependiente de la escuela, ambos son sindicados como presuntos testigos de los hechos, quien los llama y les conmina a que digan lo que han visto. La situación de Charlie es muy delicada, pues el director le dice que, por su gran rendimiento académico, había pensado recomendarlo para su ingreso directo a Harvard. Si no delataba a sus compañeros perdería la beca y sería expulsado de la escuela.

En buen romance, Charlie es extorsionado por el director: o delatas o te quedas sin escuela y sin beca. La Real Academia de la lengua española define la extorsión como la “presión que se ejerce sobre alguien mediante amenazas para obligarlo a actuar de determinada manera y obtener así dinero u otro beneficio”. En este caso, es una amenaza de expulsión a cambio de que delate a sus compañeros.

Charlie cuenta su dilema al teniente coronel. Su consejo fue: delata. Ya no es tiempo de principios ni de lealtades. Por sentido práctico debería salvar su pellejo y que los otros paguen su fechoría. Llega el día del juicio ante el tribunal de honor de la escuela. George habla y señala a los presuntos autores de la broma. Le toca el turno a Charlie, no habla, calla. Puede más la lealtad. El director pide al comité que se expulse a Charlie. En ese momento interviene Frank. Dice: esta escuela tiene como lema “cuna de líderes”, pues no es así, si expulsan a Charlie, la escuela se convertirá en cuna de soplones. Delatar es muy provechoso, pero no es nada noble –continúa diciendo Frank- Charlie ha escogido el camino de los principios: no maten lo único de nobleza que aún nos queda como herencia para los jóvenes. El jurado absuelve a Charlie, no aceptan que el director lo haya extorsionado.

“Algo huele a podrido en Dinamarca” se dice en el Hamlet de Shakespeare. Pues, también algo huele mal en la llamada lucha jurídica contra la corrupción en nuestro país. El fiscal investiga –y arma con los hechos o indicios el rompecabezas que mejor se adapta al tipo penal elegido-. Sienta en el banquillo a los inculpados con la amenaza de 36 meses de prisión preventiva. El fin es la confesión, el medio intimidante es la prisión. La extorsión se ha legalizado llamándola colaborador eficaz. Y aunque la extorsión se vista de ley, mona se queda.

El soborno es inmoral, la extorsión, también, venga de donde venga: el fin no justifica los medios. Encuentro perversa la figura del colaborador eficaz y se presta a chantaje la figura de la prisión preventiva. La idea de esta última es que el inculpado no huya y no obstaculice la investigación: bien. Pero tiene un efecto perverso: te voy a obligar a confesar con la amenaza de la cárcel, la tortura de ayer es la extorsión de ahora. No veo justicia, veo perversión de la justicia.
Lima, 27 de noviembre de 2018.

¿La corrupción es causa o efecto?

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El refrán “el hábito no hace al monje” lo solemos decir para significar que las apariencias, lo externo de alguna persona o de una organización no define la autenticidad de la identidad personal o institucional. Es decir, hacer una declaración de principios de la más alta calidad ética no significa que la persona o la institución encarne esos valores. Pensaba en ese refrán a propósito de la situación caótica que vivimos en el Perú. Nuestro problema se llama corrupción, soborno, extorsión. En cristiano, nos encontramos ante el vicio capital de la avaricia: afán desmedido por tener cosas, dinero. Y la avaricia es un vicio que nace en las personas, no en las estructuras políticas o económicas.

Me parece que los remedios que se proponen no van a la raíz del problema. Se está orientando la lucha contra la corrupción atacando los efectos y no las causas del problema. Y me temo que la democracia liberal al uso está incapacitada para ir a la causa. Vivimos en una democracia que lo apuesta todo a los sistemas de control externo: normas penales más rigoristas, sistemas de “criminal compliance” en las empresas, modificaciones en la Constitución Política del Perú. Con estos mayores controles se quiere disuadir al potencial infractor por la vía de los castigos severos o cuanto menos, se pretende ponerle muchos obstáculos al defraudador.

La democracia liberal ha renunciado desde hace mucho a sostenerse en las virtudes personales de sus ciudadanos. Estas virtudes las ha empaquetado en una bolsa llamada espacio privado (familia, amigos, vida personal) en donde nos podemos tomar las libertades y deslices que se nos antojen, sin mayores consecuencias para el ejercicio de la función pública. Se puede ser desleal con la esposa, con los hijos y eso queda reducido a la vida privada y no pasa nada. Sin embargo, no vemos problema en denunciar la falta de lealtad del político que ha traicionado sus promesas electorales.

La corrupción no es efecto de la falta de controles jurídicos más sólidos. La corrupción es efecto de una causa distinta: la falta de integridad personal sostenible. Es decir, el foco de infección está en el corazón humano y no en los sistemas. Se equivocó Mandeville (1670-1733) cuando en su “Fábula de las abejas” sostuvo que los vicios privados generan beneficios públicos. Se quedó corto James Buchanan (1919-2013), premio Nobel de economía en 1986, cuando recomendó salvarnos del egoísmo natural de los funcionarios públicos colocando estrictas normas constitucionales que eviten el oportunismo político. La historia reciente de nuestro país nos ha mostrado que los vicios privados (avaricia, vanidad, soberbia, lujuria, pereza…) acarrean males públicos y que, hecha la ley, hecha la trampa. Es la persona la llamada a resistir en el bien, los sistemas jurídicos y administrativos son, a lo sumo, el hábito del monje.

¿Cómo vamos a la causa del problema? ¿Cómo conseguimos la integridad personal sostenible? Lo conseguiremos fortaleciendo la familia y fomentando una educación básica y superior que no se centre sólo en formar gente exitosa, con afán de tener mucho dinero. La educación ha de tener una cota más profunda: formar en competencias éticas. Reducir la calidad educativa a solo indicadores de eficacia ignorando el componente ético personal, es miopía antropológica que siempre pasa la factura.

Lima 11 de noviembre de 2018.

Mayo del 68: libres y sin compromisos

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Cincuenta años de Mayo del 68, una revuelta estudiantil que dejó revuelta a gran parte de la cultura europea occidental. El epicentro fue París. A nosotros nos llegaron unas ondas más bien débiles. Y si en París se levantaron barricadas y pancartas con eslóganes provocativos, lúdicos, absurdos; en nuestro país, las ideologías de izquierda marxista fueron por otros caminos a los pocos años: los de las armas. En Estados Unidos se puso de moda por aquella época leer a Tolkien y venía a pelo decir: ¡vivan los elfos, mueran los orcos! Nuestro camino fue, lamentablemente, otro: de “la tierra es para quien la trabaja” pasamos al sendero luminoso del fusil en mano. En la década de los setenta, en la que me formé en la secundaria y en la universidad, el pensamiento dominante fue el marxismo. De Mayo del 68, nada; a lo sumo un poco de Marcuse y de los “revisionistas” de la Escuela de Frankfurt.

Vuelvo a Mayo del 68 a propósito de un célebre ensayo de Raymond Aron que se ha vuelto a publicar este año: “La libertad, ¿liberal o libertaria? La Nueva Izquierda y las revueltas del 68”. Este ensayo se publicó en 1969. Aron es un clásico de la tradición liberal del siglo XX, claro en su escritura y en su pensamiento, defensor de la libertad, la tolerancia y, también, un agudo y honesto polemista del pensamiento de izquierda. Aron era ya un consagrado intelectual y profesor universitario cuando se dan las revueltas en París. Fue, asimismo, uno de sus críticos más serenos.

Hacia los años 70, las sociedades capitalistas no eran lo que Marx había vaticinado e, igualmente, las revoluciones marxistas de la Unión Soviética, China, Cuba no fueron resultado de las leyes inexorables de la historia. Aron encuentra en todas ellas un común denominador: líderes portadores de un voluntarismo acérrimo que dirigieron la revolución a espaldas de las estructuras económicas capitalistas que no existían.

Aron recibe el golpe que supone la revuelta de Mayo del 68 al pensamiento liberal y considera que le viene bien el remezón: no bastan las libertades formales, hay que trabajar con el mismo fervor por conseguir las condiciones que capaciten a todos su real ejercicio. No es suficiente predicar el derecho a la educación, es necesario hacer accesible la educación al hijo del burgués y al del obrero.

Mayo del 68 es un buen despertador para una sociedad demasiado satisfecha de sí misma, pero allí queda. Aron critica a los revolucionarios su falta de compromiso. Hay protestas, pero no hay propuestas; derriban todo, mas no construyen nada. Un planteamiento así –continúa diciendo Aron- es “una caricatura de la libertad auténtica, (…) una forma de disimular la anomia que sufren, el miedo a las responsabilidades que el orden liberal impone a todos”. Libertad y responsabilidad se dan la mano.

Lima, 4 de noviembre de 2018.

La vida es juego

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Con Chesterton voy de sorpresa en sorpresa. Su novela “El hombre vivo” (1912) es de las más gratas leídas de su pluma, en particular; la pongo en el elenco de mis preferidas, en general. Innocent Smith –personaje central de la narración- rompe los esquemas conceptuales de las personas serias y “aunque es un optimista, no en el absurdo sentido de mantener que la vida sea todo beber y jugar, sí parecía defender realmente que ésa era la parte más seria de la vida”. No sólo se encuentra en esta novela el inconfundible estilo de Chesterton, maestro de la paradoja y del buen humor, sino que están también sus temas más queridos y sus ideas más profundas sobre la vida y el ser humano.

Tomarse la vida seriamente no es vivirla con el ceño fruncido y el espíritu almidonado. Tomar en serio las relaciones interpersonales más significativas, la mujer amada, la familia, los amigos, los colegas del trabajo es vivir de estreno cada día. Es festejar junto con Cat Stevens el despertar de la mañana como si fuera el primer amanecer de la creación u oír al tordo cantar como si fuera su primer canto. Es soñar, como lo hicieron Carl y Ellie –los personajes de la película de animación “Up”-, en trasladar la casa a la cima de una catarata y contemplar embelesados la fuerza encantadora de la naturaleza. Es enamorarse una vez y otra de la misma mujer: Julieta a los 15 años, a los 30, a los 60 o a los 80.

Innocent Smith lo dice mejor: “Solo hay una cosa buena que descubriera jamás la ciencia…: que el mundo es redondo…Quiero decir que dar la vuelta al mundo es el camino más corto para llegar a donde ya se está”. La objeción salta a la vista: “¿no es más corto quedarse donde se está?” A lo que Innocent responde: “No, no, no. Ese camino es muy largo y muy cansado. En el fin del mundo, detrás de la aurora, encontraré a la esposa con la que realmente me casé y la casa que es en verdad mía (…) Eso es la revolución… dar la vuelta. Toda revolución, como todo arrepentimiento, es una vuelta”.

La vida es trabajo con retos, afanes y apuros. La vida es también juego. Lo primero que aprendemos es a jugar y a reír. El juego es el ungüento de la dureza de la vida y del cumplimiento del deber. Es, asimismo, semejanza divina, pues Dios “juega con el orbe de la tierra y su delicia es estar con los hijos de Adán” (Proverbios 8, 31). La seriedad no es sinónimo de aburrimiento, como tampoco la vida loca es sinónimo de alegría. Nos viene bien recordar que un día moriremos, pero también nos hacen falta “poetas que recuerden a los hombres que aún no están muertos”. Esa es la tarea de Innocent Smith: despertar a sus amigos a la vida. “Es precisamente porque no le gusta robar, por lo que no codicia los bienes ajenos, de ahí que emplee el truco de codiciar sus propios bienes (…) Es precisamente porque ama a una esposa por lo que tiene cientos de lunas de miel con ella”.

Lima, 9 de octubre de 2018.

Ley extrema, suprema injusticia

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La noticia que resuena aún entre nosotros y la prensa internacional ha sido la publicación de la Resolución N° 10 del Juzgado de Investigación Preparatoria de la Corte Suprema de Justicia por la que se declara la no aplicación del indulto por razones humanitarias a Alberto Fujimori. Una minuciosa resolución –en apariencia- de 225 páginas que los especialistas mirarán línea a línea. Mi impresión es que se trata no de un acto de justicia, sino más bien de suma injusticia.

Los prudentes romanos acuñaron un adagio jurídico que dice “summum ius, summa iniuria” (sumo derecho, suma injusticia) para indicar que cuando el juzgador se pega a la letra pequeña de la ley, el resultado puede ser un acto a todas luces injusto. En cristiano significa que el juez es quien sabe de justicia y de prudencia, no en vano los romanos llamaron Jurisprudencia –prudencia del derecho- a la ciencia de lo justo y de lo injusto. Por la interpretación de la norma positiva y la valoración de las pruebas aportadas, probablemente, el juez ha sido minucioso. En cambio, por el tenor de su decisión, me parece que ha sido muy poco prudente, generando una decisión injusta.

No considero que queden a salvo “los principios que rigen el Estado constitucional y democrático de derecho en nuestro país”. Más bien se trata de una sentencia que remueve el orden jurídico y político del Perú. ¿Qué necesidad hay de este ensañamiento con un ex gobernante que ha purgado muchos años de cárcel? No es un adolescente, es un señor de 80 años, con una salud frágil como la de tantas personas de esa edad. Ha purgado con inmediatez años de prisión por delitos graves de autoría mediata que, como tantas cosas inmediatas de nuestro presente, serán juzgados mediatamente por el tribunal de la historia en unos pocos decenios y sabe Dios el juicio que harán las nuevas generaciones.

Una resolución judicial que como todas las resoluciones se pueden ajustar mejor o peor a la ley y eso verá en la instancia que corresponda. Una resolución que desde ya considero muy poco ajustada a la prudencia jurídica y política. No está la Magdalena para tafetanes, ni el Perú para introducir más elementos de fragmentación y controversia. Además, en tiempos en los que la confianza en los poderes del Estado está tan devaluada, qué poco favor le hace a nuestra frágil democracia una decisión judicial que echa leña al fuego.

Lima, 3 de octubre de 2018.

Familia “democrática”

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Tengo la alegría inmensa de haber nacido y crecido en una familia. Han pasado los años y mi familia ha crecido mucho: nuevos miembros, cuñados, sobrinos, primos, tías y no hay forma de parar. Nos hemos reído que da gusto, también hemos llorado; tiempo de bonanza y de falencia económica. Correrías de unos y otros, preocupaciones, peleas entre los hermanos. Papá con muy pocas palabras, un San José de silencios, y dispuesto a sacar a la familia a como dé lugar porque nunca han faltado gobiernos que, en lugar de darle felicidad al país, nos han hundido en el caos. Mamá no se queda atrás: trabajadora, comiéndose los problemas que le quitaban tranquilidad mientras los hermanos crecíamos. Sí, me he criado en una bonita familia y conozco la mar de familias que, con sus más y sus menos, reproducen imágenes parecidas. En honor a la verdad, tengo que decir que nunca he conocido familias “democráticas” y menos mal.

Me resulta pintoresco el reciente Decreto Legislativo para el Fortalecimiento y la Prevención de la Violencia Familiar. La finalidad es buenísima: fortalecer la familia y prevenir la violencia familiar. No comparto, sin embargo, la visión de la norma y su andamiaje ideológico. La norma pretende fomentar familias democráticas. La democracia es una forma de gobierno, pertenece al ámbito político y al espacio público de la convivencia social. Nunca como ahora, he visto tal desbarajuste entre los poderes del Estado: poder ejecutivo, poder legislativo, poder judicial, todos en pugna. Es decir, en buen romance, nuestros políticos están enzarzados en relaciones de poder asimétricas, la violencia verbal entre ellos es ofensiva, el respeto brilla por su ausencia; simplemente no saben vivir en democracia. Pues bien, el gobierno nos quiere vender la fórmula para prevenir la violencia familiar: la familia democrática. Le vendría bien al gobierno aplicarse el viejo refrán familiar: “médico, cúrate a ti mismo”. Introducir instrumentos políticos en la familia, no es enriquecerla, es empequeñecerla.

Más bien diría que es el tiempo de la familia y el gobierno ganaría mucho si aprende del mundo de la vida, de la familia, en donde se cocina el cariño verdadero, la preocupación por el otro y en donde el cálculo democrático no funciona, gracias a Dios. Si Santa Mónica hubiese sido demócrata, qué habría sido de Agustín, su hijo. Pero no, ella dale que dale, con el amor que sólo una mamá puede manifestar, allí detrás del hijo y del hijo tarambana tuvimos al grandioso San Agustín. Quiero decir, en la familia se vive de la entrega de unos y de otros y no del cálculo costo/beneficio. Ante la magnanimidad, la igualdad del “hago para que hagas” es chancay de veinte. Mucho ganaría el país si nuestros gobernantes, en lugar de empequeñecer la familia, miran sus propias casas y llevan al espacio público, la reciprocidad y el desinterés propio de la vida familiar.

Lima, 15 de septiembre de 2018.