Corazón pensante

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Leo a Susanna Tamaro desde que apareció su novela “Donde el corazón te lleve” (1994). Su pluma es ágil y escribe, como aconsejaría el gaucho Martín Fierro, cosas de fundamento. He leído con gusto “Todo ángel es terrible” (2015) y “Corazón pensante” (2016), textos de corte autobiográfico; este último con muchas reflexiones personales –en clave políticamente incorrecta- sobre los usos y rasgos culturales de nuestro tiempo. Me quiero detener en este libro.

Susanna fue una niña callada, con un silencio “similar al de un cartujo, silencio de la boca, pero no del corazón. En las profundidades más secretas de mi persona –cuenta la autora-, se desarrollaba un diálogo ininterrumpido, y de una intensidad casi ensordecedora”. Su padre iba y venía de un lugar para otro. Estaba en muchos sitios, pero no en casa. Su mamá, decepcionada del hombre y del hogar que soñó y no encontró, pronto se desentendió de sus tres hijos. “Sentía que dentro de mí se escondía un tigre agazapado –continúa contando Tamaro-, atemorizado temporalmente por el látigo. Y junto al tigre, el acróbata, con su voluntad y su deseo de despegarse de la tierra y girar, sin peso y sin esfuerzo, suspendido en el aire por un instante en la gracia”. La niña lloró mucho, le venían a la mente muchas preguntas de las que no tenía respuestas y llegó a la adolescencia con muy pocas gotas de cariño, la de sus abuelos.

¿Qué la mantuvo viva y le permitió salir a flote en medio de la adversidad que la rodeó? La voz de su corazón y la capacidad de asombrarse: “Asombro ante la belleza, asombro ante la armonía que, de todas formas, veía—y veo— a mi alrededor. Fue seguramente este sentido para percibir el bien y la belleza lo que me ha salvado en los momentos más oscuros de mi vida”. Corazón de artista que, asimismo, no descansa hasta llegar al fundamento de la realidad, a la verdad de las cosas. Dice: “Conmigo no van ni la lista de cuentas —doy tanto para tener tanto—, ni la seguridad de estar en lo justo —y, por eso, de poder juzgar—, ni la tristeza claustrofóbica del moralismo. Yo quiero llegar al fundamento, quiero descubrir las columnas sobre las que se sostiene la realidad, quiero la verdad porque en el fondo de mi conciencia hay una voz que me dice que ésta es la meta de mi vida y de todas las vidas que anhelan alcanzar la plenitud”.

Detenerse, mirar, reposar en silencio forman parte del aprendizaje lento y amoroso de la realidad. En otro libro, “Querida Mathilda” (1998), Tamaro observa que “la comunicación emotiva pasa a través de la mirada y no a través de las elaboraciones racionales del pensamiento”. Y fue, precisamente, la mirada de los ojos de Jesucristo, totalmente abiertos en el crucifijo, lo que la conmovió profundamente en una escena que me recuerda la mirada de Santa Teresa de Jesús a la imagen del Cristo flagelado que la llevó a cambiar el rumbo de su entrega a Dios.

Tamaro capta los latidos del corazón humano y, por contraste, pienso en el protagonismo que han cobrado la racionalidad técnica y la eficacia en las empresas, dispuestas a medir hasta el menor aleteo de sus clientes, al precio de desfigurar la dimensión volitiva y afectiva del ser humano. Sus mediciones de satisfacción del cliente, convierten en estatuas de sal la vida que no se deja encorsetar por la mejor encuesta o el mejor sistema estadístico. Me reconozco más en esta observación de Tamaro: “Desde siempre he tenido la clara percepción de que el núcleo del ser no se encuentra en las elucubraciones cerebrales, sino en la plenitud viva y cálida del corazón. Es el corazón quien siempre nos indica el justo camino que recorrer. Es el corazón, con su vulnerabilidad, el que nos hace comprender —si aceptamos el riesgo de entrar en su parte más profunda— que nuestro propio corazón y el de Dios se compenetran y se regeneran mutuamente y de forma constante, gracias al soplo luminoso del Espíritu Santo”.

Llevo años dándole vuelta a la idea de que nuestra época requiere de una ética que aspire a la excelencia: ni barbarie ni mediocridad, ¡excelencia! De ahí que me entusiasme la sugerencia de Tamaro. Dice: “Nos conformamos con no hacer el mal, hacemos lo que podemos, y como podemos. ¿Pero no es esta la peor situación? No eres frío ni caliente, eres tibio, por eso voy a vomitarte, está escrito en el Apocalipsis. Los tiempos que vienen deben ser tiempos de coraje. Así como la mediocridad entorpece, en la misma medida la santidad inflama. Solo los corazones inmersos en el Espíritu de la santidad tienen el poder de propagar el incendio. La santidad es el auténtico fin de toda vida que pretenda ser plena”. Nos es poco lo que pide, nada menos que santidad, integridad de vida, hambre de Cielo.

“Ama y haz lo que quieras” decía San Agustín y quizá sea ésta la clave en la que hay que comprender la centralidad del corazón en todas las obras de Tamaro. No veo allí un llamado al sentimentalismo amorfo. Es más bien llamar la atención del papel que tiene la dimensión afectiva en la vida humana ante el riesgo de su desborde anárquico. Ante el culto a la eficacia técnica y su extremo dionisíaco del goce sensorial episódico, la propuesta amable de las obras de Tamaro, me saben a buen alimento para el alma nostálgica de eternidad.

Lima, 10 de julio de 2019.

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Geografía del alma

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Hay libros que consiguen expandir el alma, “De Homero a Kafka. 75 clásicos para una geografía del alma” (2018), de Rafael Gómez Pérez es uno de ellos. De cada clásico va un pequeño texto cargado de sabiduría y un comentario breve, suficiente. Son fogonazos de luz que iluminan la geografía del alma. Texto y pausa. Misterio y meditación. Homero, Sófocles, Cicerón, Cervantes, Quevedo, Pascal, Hölderlin, Chesterton, Eliot, Kafka acuden a las páginas del libro. Son apenas gotitas de buena literatura que alegran el alma del lector. Seriedad, unas veces; ingenio, otras; flaquezas y grandezas de la condición humana.

Leo a Gómez Pérez (1935) desde mi época universitaria. Rafael es un fino y culto humanista. Todo lo humano lo convoca y ha recorrido la narrativa, la historia, el ensayo, la filosofía, la política. Pertenece a la estirpe de los intelectuales, atentos al acontecer de los tiempos. Lo he conocido en su madurez, hemos conversado de lo humano y divino en su casa o un bar madrileño, al calor del café o del chocolate. Congeniamos y, sin duda, por eso me resulta tan connatural la selección realizada de autores y textos.

De Cervantes rescata este lindo pasaje del Quijote: “Unos van por el ancho campo de la ambición soberbia; otros, por el de la adulación servil y baja; otros, por el de la hipocresía engañosa, y algunos, por el de la verdadera religión; pero yo, inclinado de mi estrella, voy por la angosta senda de la caballería andante, por cuyo ejercicio desprecio la hacienda, pero no la honra. Yo he satisfecho agravios, enderezado tuertos, castigado insolencias, vencido gigantes y atropellado vestiglos; yo soy enamorado, no más de porque es forzoso que los caballeros andantes lo sean; y, siéndolo, no soy de los enamorados viciosos, sino de los platónicos continentes. Mis intenciones siempre las enderezo a buenos fines, que son de hacer bien a todos y mal a ninguno; si el que esto entiende, si el que esto obra, si el que desto trata merece ser llamado bobo, díganlo vuestras grandezas, duque y duquesa excelentes”.

Caballerosidad, hombría de bien, nobleza de espíritu… Qué de cosas bellas y buenas se pueden decir de don Quijote, uno de mis personajes más queridos y tanto más, cuanto más desesperadas son sus aventuras. Y es que sin grandeza de ánimo, sin la disposición de hacer el bien y evitar el mal, la experiencia humana se empequeñece. No se puede vivir sanamente sin estas locuras del caballero andante. El cálculo, la seguridad le dan certeza a la vida, desde luego; pero la sola certeza acaba asfixiando el espíritu. No solo de pan vive el hombre.

T. S. Eliot aparece, brevemente, en el libro con unos versos de sus Cuartetos: “La única sabiduría que podemos esperar adquirir/ es la de la humildad: la humildad no termina nunca”. A lo que Gómez Pérez apunta: “Una cosa son los saberes y otra la sabiduría. La única que podemos esperar adquirir (no adquirirla sin más, sino esperar adquirir) es la humildad (…) Pero, a su vez, esa humildad no tiene fin (…) La humildad es la continua disposición de no pensarse superior a nadie”.

El mapa de la geografía del alma se queda corto. Podemos decir mucho de ella y aún así quedan fuera del mapa tantos de sus entresijos. Nos queda, sin embargo, el asombro y el buen sabor de estas lecturas que nos ayudan a caminar entre asombro y asombro.

Francisco Bobadilla Rodríguez
Lima, 17 de Junio de 2019

El espejo perverso

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El cuento “La Reina de las nieves” de Hans Christian Andersen (1805-1875) me resulta, especialmente, aleccionador en estos tiempos. Érase un duende perverso, nada menos que el demonio, quien inventa un espejo que “tenía la propiedad de que todo lo bueno y bello que se reflejaba en él desaparecía de inmediato y se quedaba prácticamente en nada, mientras que lo malo y feo resaltaba y se volvía aún peor. Los paisajes más hermosos parecían espinacas cocidas, y las mejores personas se volvían horribles”. En su intento de llevar el espejo al cielo, cayó y se rompió en billones de pedacitos que volaron por todo el mundo, de tal manera que cuando se le metían al ojo de las personas, éstas sólo veían el lado malo de las cosas.

Pareciera que, en nuestro tiempo, los efectos de este espejo perverso continúan afectando a muchos; pues, aunque en el mundo el trigo y la mala hierba conviven, hay quienes sólo aciertan a ver la mala hierba, la maldad, los desastres, los infortunios, reduciendo la realidad a sus aspectos lóbregos. Son personas que se regodean encontrando el lado feo de las cosas, desconfían que pueda haber buenas intenciones en su prójimo y buscan con regocijo las fallas de los que lo rodean. Del trigo, de las acciones buenas de la gente, de las cosas bellas de la vida, de tantas acciones desinteresadas de unos y otros, guardan perfecto silencio. Estas personas consideran que el lado oscuro de la fuerza ha triunfado y sólo tienen ojos para mirar el mal y absolutizarlo.

Cada vez que vuelvo sobre este cuento, pienso, también, en cierto periodismo (escrito, televisivo, digital…) afectado por tan singular enfermedad. Sus portadas, reportajes, notas son una lupa que agranda los males y empequeñece o hace desaparecer el lado verdadero, bueno y bello de la realidad y de las personas. Sus ojos, lentes y cámaras solo ven las maldades, delitos y desgracias de la sociedad. Es tal la cantidad de información de este sesgo que pareciera que el mal ha triunfado sobre la faz de la tierra. Son titulares, primeras planas, artículos rebosantes de malos augurios. Sus protagonistas se autoproclaman salvadores de ciudad gótica en sus peores momentos. Cuando alguna “inocente criatura” habla del bien, este periodismo perverso sonríe sarcásticamente.

Ahí no terminan los efectos dañinos de tan siniestros cristales, pues algunos trocitos del espejo entraron en el corazón de algunas personas, “y era horrible pues el corazón se les convertía en un pedazo de hielo”, frío, insensible, calculador, inmisericorde. Un corazón así confunde la justicia con la venganza y el odio. Una sociedad gobernada por corazones de hielo pierde humanidad. La justicia sin caridad, sin misericordia, convierte en témpanos de hielo todo lo que toca: hay frío y nieve, la vida duerme e inverna.

Los pequeños personajes del cuento de Andersen logran vencer a la Reina de las nieves y a los cristales perversos. Gerda al encontrar a su amiguito Kay, víctima de los cristales, llora cálidas lágrimas sobre el pecho de Kay. El trocito de hielo que tenía en su corazón se derritió y, por fin, pudo volver a ver la realidad en su amplitud. Reconoció a Gerda y, por donde iban, los vientos se calmaban, salía el sol, aparecían los brotes verdes en los árboles… Un cuento de hadas, sí, y cuánta sabiduría recoge: para ver bien, hay que tener un corazón bueno. Existe la mala hierba, desde luego, pero es más abundante el trigo.

Lima, 15 de junio de 2019.

Diario de oración

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“¿Puede enseñarme alguien a rezar?” pregunta Flannery O´Connor (1925-1964) en su “Diario de oración” (Madrid, 2018) publicado, recientemente, en español. Es un pequeño texto que recoge los apuntes de la joven escritora entre los 21 y 22 años. Son sus conversaciones con Dios, sus luchas, sus ilusiones, sus logros y desilusiones en su afán de ser una buena católica, cultivando su vida interior y esforzándose por ser una gran escritora, cuya pluma quiere poner al servicio de la Fe. Así lo dice: “Quiero ser la mejor artista, en Dios, que pueda llegar a ser (…) Querido Dios, ayúdame a ser una buena artista, por favor, haz que mi arte lleve a Ti”.

Sus ruegos son enternecedores, tienen la lozanía y sinceridad de la juventud en flor. Escribe: “Tengo miedo de las manos insidiosas, oh Señor, que manoseen la oscuridad de mi alma. Por favor, sé mi guardián contra ellas”. Y ciertamente, al poco que uno se ponga delante de Dios a rezar, descubre pronto la oscuridad que anida en el corazón, grande cuando ama, y tan pequeño cuando de él brotan los malos deseos, la soberbia, la envidia, la ira… Manos insidiosas, ambiente permisivo, están alrededor nuestro, rugiendo como león encadenado, dispuesto a dar su zarpazo en el alma.

O´Connor continúa su oración y anota: “Dame la gracia, querido Dios, de adorarte porque ni siquiera puedo hacer esto sola. Dame la gracia de adorarte con el entusiasmo que tenían los sacerdotes antiguos cuando te sacrificaban un cordero”. Y es en la Sagrada Eucaristía en donde podemos adorar por antonomasia al Dios que se hace presente con su cuerpo, sangre, alma y divinidad. Al igual que Flannery, ya nos gustaría tener el entusiasmo de los sacerdotes antiguos, la pureza humildad y devoción de la Virgen María, el espíritu y fervor de los santos.
Me resulta muy familiar esta exclamación de la joven escritora: “Tengo miedo al dolor y me figuro que eso es lo que tenemos que experimentar para obtener la gracia. Dame valor, oh Señor, para soportar el dolor que lleve a la gracia”. Llevo sobre mis hombros bastante años y una alforja en la que hay de todo, como en botica. El dolor hace su aparición sin ser llamado, en la propia carne, en la de los seres queridos, en todo el orbe. Le tengo miedo al dolor. Cuando llega, recuerdo con frecuencia lo que decía san Juan Pablo II: ¿el dolor? No preguntes por el por qué, piensa más en el para qué. Aún así, el dolor duele, no estoy al nivel del Cristo en el monte de los Olivos que dice: “Padre, si quieres, aparta de mí este cáliz; pero no se haga mi voluntad, sino la tuya” (Lc. 22, 42). Me quedo con la primera parte, Señor, y sé que sin tu ayuda no sería capaz de dar el salto para amar tu voluntad con la entereza de tu Hijo.

Las dos novelas y muchos cuentos que escribió esta gran novelista norteamericana son expresión de su vida interior, capaz de percibir que “lo bueno en el hombre a veces se manifiesta a través de su interés material, pero, si sucede, no es a causa de ese interés. Quizá la idea debería ser que lo bueno puede mostrarse incluso a través de lo rastrero”. Sus narraciones son fuertes, no tienen el color rosa de la vida fácil, se asemejan más bien al rojo carmesí de la piel del Señor después de la flagelación.

La enfermedad del “lupus” acabó con su vida a la edad de 39 años. Sufrió mucho y, precisamente, en esos últimos años de su vida, salen las mejores narraciones de su pluma. Flannery anhelaba ser “una santa inteligente”. Se miraba como una “tonta presuntuosa”, e intuyó, desde muy joven, que esa cosa que la sostenía en su esfuerzo por ser una buena persona y una buena escritora, fue la “esperanza”. Ciertamente, la vida cristiana se nutre de fe, esperanza y caridad. Sabernos hijos pequeños de Dios, malcriados tantas veces, nos llena de esperanza en este empeño por ser cada día un poquito mejores.

Lima, 18 de abril de 2019.

El jugador

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Pocas veces me atrapa una novela. Me ha pasado con “El Jugador” de Dostoyevski. La leí de un tirón. No es una obra monumental como “Crimen y castigo” o “Los hermanos Karamasov”. Es una narración corta y se lee con facilidad. Aleksieyi Ivánovich es un joven tutor en una familia rusa. La novela transcurre en un hotel de la ficticia ciudad alemana de Rulettenburg. La trama se desarrolla alrededor de su pasión servil hacia Polina –distante, enigmática, señorial- y el vicio del juego de la ruleta.

La novela, contada en primera persona, es una suerte de collage hecha de las apreciaciones psicológicas que Aleksieyi hace de los otros personajes que lo acompañan: el general ruso, mademoiselle Blanche, míster Astley, el marqués De-Grilletun, la abuela y, claro, Polina. Todos, salvo Polina, están a la espera de la muerte de la abuela para heredar su fortuna y pagar deudas o ganar posiciones en la vida.

Los datos que nos da Aleksieyi no pasan de ser como “pantallazos” de los personajes, todos ellos atrapados en su papel, incluido el propio personaje. Su amor a Polina es apasionado, una pasión que ella maneja al nivel de “mírame, pero no me toques”. Amor obsesionado, tóxico. Y sólo capaz de ser reemplazado por otro clavo, igual de dañino y embriagador: el juego. Es sed insaciable de apostar a ganar o perder.

La narración no es nada del otro jueves, pero me han atraído las descripciones psicológicas de los personajes. Desde luego, no tienen la profundidad y complejidad de los entresijos de la condición humana que Dostoyevski consigue en otras narraciones. Quizá, por eso mismo, esta pequeña novela resulta atractiva. Aleksieyi piensa que conoce a sus contertulios, sin embargo, son muchos los cabos que quedan sueltos y ellos conducen; más que a atrapar al ser humano en unas coordenadas cartesianas, a colocarlo en el umbral de su natural misterio.

Además de pasar un buen rato con la novela, me queda el buen sabor de boca de que al ser humano no se le “explica”, ni basta una vida entera para conocerlo. Ante el ser humano va mejor el verso de Juan Ramón Jiménez: “No le toques ya más, que así es la rosa”

Lima, 10 de abril de 2019.

El pueblo soy yo

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El “populismo”, entendido como lo hace Enrique Krauze en su último libro “El pueblo soy yo” (2018), es el uso demagógico que un líder carismático hace de la legitimidad democrática para prometer la vuelta de un orden tradicional o el acceso a una utopía posible, y logrado el triunfo, consolidar un poder personal al margen de las leyes, las instituciones y las libertades”. Presidentes populistas los hubo antes (Perón, Evita, Fidel, Chávez) y los hay ahora (Maduro, López Obrador, Trump). En todos los casos, hay ruptura de la institucionalidad y debilitamiento de la división de poderes. El libro de Krauze es sugestivo, aunque no pretende ser un tratado sobre el “populismo”. Deja, sin embargo, suficientes señas de esta forma de poder personal absoluto. Más que un cuadro terminado, es un boceto al que le falta la unidad que hubiese sido de esperar.

“La esencia del populismo –señala Krauze- está en el vínculo directo (hipnótico, mediático) del líder que arenga al “pueblo” contra el “no pueblo” merced a su irrepetible persona, no a su impersonal investidura”. El presidente Vizcarra no necesita de pajaritos que le hablen, le basta el oído para escuchar al pueblo peruano que le pide acabar con la corrupción, pasando por encima de las instituciones políticas corruptas: Legislativo y Judicial/Ministerio Público. Voz filtrada y amplificada por los grandes medios de comunicación. A diferencia de Chávez que se adueñó de la palabra, el presidente cuenta con los “mass media” para levantar o acallar lo que dañe su popularidad. El pueblo pide reformas, todos los demás (oposición, enemigos políticos, partidos políticos, poderes del Estado) serían, desde esta óptica, el “no pueblo”.

Según Krauze, el populismo tiene sus reglas. He aquí algunas de ellas tropicalizadas a nuestro caso: 1) El caudillo nos librará de una vez para siempre de la corrupción, 2) el caudillo enardece a las masas y las convoca para legitimar sus propuestas, 3) el populista desprecia el orden legal y se las amaña para digitalizar el Congreso y la Judicatura, 4) “el populismo mina, domina y, en último término, domestica o cancela las instituciones y libertades de la democracia, de ahí que se entrometa en la autonomía de los otros poderes del Estado, contrarios a la “voluntad popular”. A nuestro aspirante a caudillo populista, la opinión pública le ha sido favorable; pero, voluble como es, las últimas mediciones ya le dan porcentajes en baja

El populismo, ciertamente, no es una teoría ni una ideología es, simple y llanamente –afirma Krauze- una forma de poder y, como tal, es juego de tronos, golpes estratégicos para conseguir el máximo de control. ¿Quién nos librará de la corrupción? No, precisamente, un líder populista y menos si está tan cuestionado en sus vínculos con la corrupción.

Lima, 21 de febrero de 2019

Liberar la educación

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Octavio Paz (1914-1998) acuñó la expresión “el ogro filantrópico” (1979) para referirse al crecimiento monstruoso del Estado convertido en el Gran Hermano que lo ve todo, está en todo y cree saberlo todo. Vuelvo a esta feliz caracterización para mirar al ogro burocrático estatal metido hasta el tuétano en el sector educación, al nivel básico como al nivel superior. ¿Cómo se pretende formar ciudadanos libres, solidarios, creativos con un Ministerio de Educación metido en las cuadrículas de los indicadores que, más que mejorar la calidad, la fosiliza en formatos al mejor estilo mecanicista?

Las escuelas, los institutos y las universidades no son colmenas de abejas, construcciones perfectas, con sus celdas todas iguales, una abeja reina fecunda, sus zánganos y sus miles de obreras acarreando insumos. Pareciera que esta es la imagen que se tiene de la educación desde MINEDU: educación básica y superior reducida a los sistemas formales, olvidándose del espíritu y de la fuerza creativa de la libertad. Hay, desde luego, muchos buenos técnicos dedicados a medir la operación: infraestructura, profesores, inversión en capacitación, comprobar la consistencia del modelo educativo, etc. Magníficos supervisores y fiscalizadores colocados en las tribunas de las canchas, pero no pocos carentes de la sensibilidad para percibir el proceso educativo en su integridad. Miran, pero no juegan el partido.

La escuela la hacen los padres de familia, los profesores y los alumnos. Un buen maestro le saca jugo a la tiza. ¿Tablets, escuela digital, actividades, programaciones? Bien, pero la relación maestro/alumno es otra cosa. Lo que nos deja huella en un colegio es habernos topado con un buen maestro, más que con una buena carpeta. El estilo universitario, asimismo, es un modo de ser perteneciente, más al espíritu de finura que la mera suma de indicadores. Me he encontrado en el órgano supervisor de las universidades con muy buenos profesionales, pero con casi ningún universitario. Han reducido a las universidades a un esquema cartesiano sin vida y sin espíritu. Para tener el espíritu universitario no basta con ser abogado, administrador, contador, estadístico. Ser universitario es una vocación que no cabe en ningún indicador. Con esto intento decir que sólo entenderá, adecuadamente, lo que es un colegio o una universidad quien la ha vivido y vive desde dentro en su complejidad: geometría y fineza.

El Estado burocrático no puede con su alma y, mucho menos, con el peso del país real. Debe reconocer sus limitaciones y dejar que la iniciativa privada asuma el rol que le compete por derecho propio. Quien debe pedir permiso es el Estado no la sociedad civil. Imponer un currículo porque así lo deciden unos ilustrados, diseñadores de modelos a espaldas de la realidad, es una arbitrariedad. A SUNEDU le pasa otro tanto y me recuerda aquello que Vicente Rodríguez Casado –un universitario cabal- contaba de un congreso al que había asistido sobre los conventos españoles. Se habló mucho de los garbanzos que cultivaban los monjes –nos contaba-, pero nada del espíritu que animó a esos religiosos a ser monjes. Percibo lo mismo de SUNEDU: se fija demasiado en los garbanzos y olvida el espíritu universitario.

Es tiempo de liberar a la educación, hay que liberarla del ogro burocrático que quiere reducirla a una colmena de abejas.

Lima, 17 de febrero de 2019.

El desprecio por la verdad

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“Sostenemos que nunca se ha mentido tanto como en la actualidad, ni se ha mentido de manera tan masiva y tan absoluta como se hace hoy en día”. Así se expresaba Alexandre Koyré (1892-1962), filósofo e historiador de la ciencia en un pequeño texto titulado “La función política de la mentira moderna” escrito en 1943. Coincido con el traductor y prologuista de esta obra (2015) al señalar que varias de las prácticas totalitarias a las que se refiere el escrito de Koyré siguen siendo plenamente actuales, tristemente actuales.

Para el histórico totalitarismo “el criterio de Verdad no radica en su valor universal sino en su conformidad con el espíritu de la raza, de la nación o de la clase social”. El populismo de nuestro tiempo se afinca en la abstracción llamada “pueblo”, incluso, en su versión descabellada de “el pueblo soy yo”, en palabras de Enrique Krauze. Adiós Estado Constitucional de Derecho. En su lugar se instala el caudillismo que halaga a las pasiones, odios y miedos de tantos. “Los regímenes totalitarios –afirma Koyré- no son sino conspiraciones que nacen del odio, del miedo, de la envidia, que se nutren de un deseo de venganza, de dominación, de rapiña”.

El caudillo de entonces “intensificará, muy en especial, el sentimiento de superioridad de la nueva clase dirigente, su convicción de pertenecer a una élite, a una aristocracia por completo separada de las masas”. El salvador de ahora, colocado en los poderes del Estado o en el poder de la prensa privilegiada por su posición de dominio, se autocalifica como portador de una calidad moral que la aparta radicalmente de los “otros”, los corruptos. Los caudillos de nuestro tiempo no tienen el menor pudor de instalarse más allá del bien y del mal. Las bajas pasiones son de los “otros”, la ira suya es santa. Paradoja divertida, por cierto, porque en tiempos tan democráticos como los que vivimos, de tanto predicar que están “sin mancha”, se han convertido en los aristócratas del puritanismo.

En la misma línea de George Orwell, quien en su novela “1984”, denunciaba la existencia de los ministerios de la verdad encargados de reescribir la historia al gusto de los dictadores, Koyré señala que estos caudillos “más fuertes que el mismo Dios todopoderoso, transforman a su antojo el presente, incluso el pasado”. El Gran Hermano de Orwell lo sabe: “quien controla el pasado controla el futuro, quien controla el presente controla el pasado”. Y también lo sabe Thanos, quien con la gema del tiempo controla los acontecimientos a su antojo. Mi esperanza está, claro, en evitar que nuestros aspirantes a Thanos no lleguen a obtener las seis gemas del infinito.

Francisco Bobadilla Rodríguez

Verdad y mentira en política

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“Nadie ha dudado jamás con respecto al hecho de que la verdad y la política no se llevan demasiado bien, y nadie, que yo sepa, ha colocado la veracidad entre las virtudes políticas. La mentira siempre ha sido vista como una herramienta necesaria y justificable para la actividad no solo de los políticos y los demagogos sino también del hombre de Estado”. Así empieza el texto de Hannah Arendt, “Verdad y mentira en la política” (2017) escrito, originalmente, hace finales de los 60. Una vez más pone el dedo en la llaga. En este caso, la llaga está en el ámbito de los poderes del Estado e, incluso, en los privilegiados del cuarto poder, quienes hacen pasar su opinión publicada como si fuera la opinión pública.

Somos testigos de infinidad de mentiras, medias verdades y manipulación de los hechos por parte de muchos actores mediáticos de la política peruana. Hemos contaminado tanto el escenario social que, muy difícilmente, resulta creíble lo que oímos y vemos. Es corriente, por eso, que en las conversaciones entre amigos salte la pregunta: “aquí, ¿quién es el bueno? ¿quién dice la verdad?” No encuentro respuesta y vuelvo a considerar aquellos versos del poeta Pedro Salinas: “¿Quién te va a ti a conocer en lo que callas, o en esas palabras con que lo callas?” Ante las declaraciones de unos y otros, acusados en el banquillo o fiscales y jueces acusadores, me nace la duda del poeta: ¿será cierto? ¿qué quieres ocultar con tus palabras? ¿qué intereses defiendes? ¿te mueve la justicia o el odio o todo junto? Nunca imaginé que “el ser o no ser” de Hamlet, o el “dudo, luego existo” de Descartes tuvieran tanta vigencia en estos tiempos.

Los políticos que han llegado a la cúspide del poder a base de astucia, equilibrio de intereses y populismo, dice Maquiavelo, “serán siempre considerados honrosos y alabados por todos; porque el vulgo se deja siempre coger por las apariencias y por el acierto de la cosa y en el mundo no hay sino vulgo; los pocos espíritus penetrantes no tienen lugar en él, cuando la mayoría tiene dónde apoyarse. Un príncipe de nuestros tiempos, al cual no está bien nombrar, jamás predica otra cosa que paz y lealtad, y en cambio es enemigo acérrimo de una y otra; si él las hubiera observado, muchas veces le habrían quitado la reputación o el Estado”.

Este Poder, así habido -sentado en un curul, acusando en una audiencia, manipulando la opinión pública, comprando conciencias- tiene los pies de barro. Como están las cosas, hace falta la inocencia del niño para que, entre tanto halago a las ropas exquisitas que lleva el monarca, grite a voz en cuello que, en realidad, el rey está desnudo. Un toque de verdad y se viene abajo el mamotreto. La fuerza de la verdad no está en el poder, ciertamente; está en la nostalgia de la autenticidad, porque los seres humanos no estamos pensados para movernos en una red de mentiras.

Francisco Bobadilla Rodríguez
Lima, 15 de enero de 2019.