Diario de oración

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“¿Puede enseñarme alguien a rezar?” pregunta Flannery O´Connor (1925-1964) en su “Diario de oración” (Madrid, 2018) publicado, recientemente, en español. Es un pequeño texto que recoge los apuntes de la joven escritora entre los 21 y 22 años. Son sus conversaciones con Dios, sus luchas, sus ilusiones, sus logros y desilusiones en su afán de ser una buena católica, cultivando su vida interior y esforzándose por ser una gran escritora, cuya pluma quiere poner al servicio de la Fe. Así lo dice: “Quiero ser la mejor artista, en Dios, que pueda llegar a ser (…) Querido Dios, ayúdame a ser una buena artista, por favor, haz que mi arte lleve a Ti”.

Sus ruegos son enternecedores, tienen la lozanía y sinceridad de la juventud en flor. Escribe: “Tengo miedo de las manos insidiosas, oh Señor, que manoseen la oscuridad de mi alma. Por favor, sé mi guardián contra ellas”. Y ciertamente, al poco que uno se ponga delante de Dios a rezar, descubre pronto la oscuridad que anida en el corazón, grande cuando ama, y tan pequeño cuando de él brotan los malos deseos, la soberbia, la envidia, la ira… Manos insidiosas, ambiente permisivo, están alrededor nuestro, rugiendo como león encadenado, dispuesto a dar su zarpazo en el alma.

O´Connor continúa su oración y anota: “Dame la gracia, querido Dios, de adorarte porque ni siquiera puedo hacer esto sola. Dame la gracia de adorarte con el entusiasmo que tenían los sacerdotes antiguos cuando te sacrificaban un cordero”. Y es en la Sagrada Eucaristía en donde podemos adorar por antonomasia al Dios que se hace presente con su cuerpo, sangre, alma y divinidad. Al igual que Flannery, ya nos gustaría tener el entusiasmo de los sacerdotes antiguos, la pureza humildad y devoción de la Virgen María, el espíritu y fervor de los santos.
Me resulta muy familiar esta exclamación de la joven escritora: “Tengo miedo al dolor y me figuro que eso es lo que tenemos que experimentar para obtener la gracia. Dame valor, oh Señor, para soportar el dolor que lleve a la gracia”. Llevo sobre mis hombros bastante años y una alforja en la que hay de todo, como en botica. El dolor hace su aparición sin ser llamado, en la propia carne, en la de los seres queridos, en todo el orbe. Le tengo miedo al dolor. Cuando llega, recuerdo con frecuencia lo que decía san Juan Pablo II: ¿el dolor? No preguntes por el por qué, piensa más en el para qué. Aún así, el dolor duele, no estoy al nivel del Cristo en el monte de los Olivos que dice: “Padre, si quieres, aparta de mí este cáliz; pero no se haga mi voluntad, sino la tuya” (Lc. 22, 42). Me quedo con la primera parte, Señor, y sé que sin tu ayuda no sería capaz de dar el salto para amar tu voluntad con la entereza de tu Hijo.

Las dos novelas y muchos cuentos que escribió esta gran novelista norteamericana son expresión de su vida interior, capaz de percibir que “lo bueno en el hombre a veces se manifiesta a través de su interés material, pero, si sucede, no es a causa de ese interés. Quizá la idea debería ser que lo bueno puede mostrarse incluso a través de lo rastrero”. Sus narraciones son fuertes, no tienen el color rosa de la vida fácil, se asemejan más bien al rojo carmesí de la piel del Señor después de la flagelación.

La enfermedad del “lupus” acabó con su vida a la edad de 39 años. Sufrió mucho y, precisamente, en esos últimos años de su vida, salen las mejores narraciones de su pluma. Flannery anhelaba ser “una santa inteligente”. Se miraba como una “tonta presuntuosa”, e intuyó, desde muy joven, que esa cosa que la sostenía en su esfuerzo por ser una buena persona y una buena escritora, fue la “esperanza”. Ciertamente, la vida cristiana se nutre de fe, esperanza y caridad. Sabernos hijos pequeños de Dios, malcriados tantas veces, nos llena de esperanza en este empeño por ser cada día un poquito mejores.

Lima, 18 de abril de 2019.

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El jugador

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Pocas veces me atrapa una novela. Me ha pasado con “El Jugador” de Dostoyevski. La leí de un tirón. No es una obra monumental como “Crimen y castigo” o “Los hermanos Karamasov”. Es una narración corta y se lee con facilidad. Aleksieyi Ivánovich es un joven tutor en una familia rusa. La novela transcurre en un hotel de la ficticia ciudad alemana de Rulettenburg. La trama se desarrolla alrededor de su pasión servil hacia Polina –distante, enigmática, señorial- y el vicio del juego de la ruleta.

La novela, contada en primera persona, es una suerte de collage hecha de las apreciaciones psicológicas que Aleksieyi hace de los otros personajes que lo acompañan: el general ruso, mademoiselle Blanche, míster Astley, el marqués De-Grilletun, la abuela y, claro, Polina. Todos, salvo Polina, están a la espera de la muerte de la abuela para heredar su fortuna y pagar deudas o ganar posiciones en la vida.

Los datos que nos da Aleksieyi no pasan de ser como “pantallazos” de los personajes, todos ellos atrapados en su papel, incluido el propio personaje. Su amor a Polina es apasionado, una pasión que ella maneja al nivel de “mírame, pero no me toques”. Amor obsesionado, tóxico. Y sólo capaz de ser reemplazado por otro clavo, igual de dañino y embriagador: el juego. Es sed insaciable de apostar a ganar o perder.

La narración no es nada del otro jueves, pero me han atraído las descripciones psicológicas de los personajes. Desde luego, no tienen la profundidad y complejidad de los entresijos de la condición humana que Dostoyevski consigue en otras narraciones. Quizá, por eso mismo, esta pequeña novela resulta atractiva. Aleksieyi piensa que conoce a sus contertulios, sin embargo, son muchos los cabos que quedan sueltos y ellos conducen; más que a atrapar al ser humano en unas coordenadas cartesianas, a colocarlo en el umbral de su natural misterio.

Además de pasar un buen rato con la novela, me queda el buen sabor de boca de que al ser humano no se le “explica”, ni basta una vida entera para conocerlo. Ante el ser humano va mejor el verso de Juan Ramón Jiménez: “No le toques ya más, que así es la rosa”

Lima, 10 de abril de 2019.

El pueblo soy yo

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El “populismo”, entendido como lo hace Enrique Krauze en su último libro “El pueblo soy yo” (2018), es el uso demagógico que un líder carismático hace de la legitimidad democrática para prometer la vuelta de un orden tradicional o el acceso a una utopía posible, y logrado el triunfo, consolidar un poder personal al margen de las leyes, las instituciones y las libertades”. Presidentes populistas los hubo antes (Perón, Evita, Fidel, Chávez) y los hay ahora (Maduro, López Obrador, Trump). En todos los casos, hay ruptura de la institucionalidad y debilitamiento de la división de poderes. El libro de Krauze es sugestivo, aunque no pretende ser un tratado sobre el “populismo”. Deja, sin embargo, suficientes señas de esta forma de poder personal absoluto. Más que un cuadro terminado, es un boceto al que le falta la unidad que hubiese sido de esperar.

“La esencia del populismo –señala Krauze- está en el vínculo directo (hipnótico, mediático) del líder que arenga al “pueblo” contra el “no pueblo” merced a su irrepetible persona, no a su impersonal investidura”. El presidente Vizcarra no necesita de pajaritos que le hablen, le basta el oído para escuchar al pueblo peruano que le pide acabar con la corrupción, pasando por encima de las instituciones políticas corruptas: Legislativo y Judicial/Ministerio Público. Voz filtrada y amplificada por los grandes medios de comunicación. A diferencia de Chávez que se adueñó de la palabra, el presidente cuenta con los “mass media” para levantar o acallar lo que dañe su popularidad. El pueblo pide reformas, todos los demás (oposición, enemigos políticos, partidos políticos, poderes del Estado) serían, desde esta óptica, el “no pueblo”.

Según Krauze, el populismo tiene sus reglas. He aquí algunas de ellas tropicalizadas a nuestro caso: 1) El caudillo nos librará de una vez para siempre de la corrupción, 2) el caudillo enardece a las masas y las convoca para legitimar sus propuestas, 3) el populista desprecia el orden legal y se las amaña para digitalizar el Congreso y la Judicatura, 4) “el populismo mina, domina y, en último término, domestica o cancela las instituciones y libertades de la democracia, de ahí que se entrometa en la autonomía de los otros poderes del Estado, contrarios a la “voluntad popular”. A nuestro aspirante a caudillo populista, la opinión pública le ha sido favorable; pero, voluble como es, las últimas mediciones ya le dan porcentajes en baja

El populismo, ciertamente, no es una teoría ni una ideología es, simple y llanamente –afirma Krauze- una forma de poder y, como tal, es juego de tronos, golpes estratégicos para conseguir el máximo de control. ¿Quién nos librará de la corrupción? No, precisamente, un líder populista y menos si está tan cuestionado en sus vínculos con la corrupción.

Lima, 21 de febrero de 2019

Liberar la educación

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Octavio Paz (1914-1998) acuñó la expresión “el ogro filantrópico” (1979) para referirse al crecimiento monstruoso del Estado convertido en el Gran Hermano que lo ve todo, está en todo y cree saberlo todo. Vuelvo a esta feliz caracterización para mirar al ogro burocrático estatal metido hasta el tuétano en el sector educación, al nivel básico como al nivel superior. ¿Cómo se pretende formar ciudadanos libres, solidarios, creativos con un Ministerio de Educación metido en las cuadrículas de los indicadores que, más que mejorar la calidad, la fosiliza en formatos al mejor estilo mecanicista?

Las escuelas, los institutos y las universidades no son colmenas de abejas, construcciones perfectas, con sus celdas todas iguales, una abeja reina fecunda, sus zánganos y sus miles de obreras acarreando insumos. Pareciera que esta es la imagen que se tiene de la educación desde MINEDU: educación básica y superior reducida a los sistemas formales, olvidándose del espíritu y de la fuerza creativa de la libertad. Hay, desde luego, muchos buenos técnicos dedicados a medir la operación: infraestructura, profesores, inversión en capacitación, comprobar la consistencia del modelo educativo, etc. Magníficos supervisores y fiscalizadores colocados en las tribunas de las canchas, pero no pocos carentes de la sensibilidad para percibir el proceso educativo en su integridad. Miran, pero no juegan el partido.

La escuela la hacen los padres de familia, los profesores y los alumnos. Un buen maestro le saca jugo a la tiza. ¿Tablets, escuela digital, actividades, programaciones? Bien, pero la relación maestro/alumno es otra cosa. Lo que nos deja huella en un colegio es habernos topado con un buen maestro, más que con una buena carpeta. El estilo universitario, asimismo, es un modo de ser perteneciente, más al espíritu de finura que la mera suma de indicadores. Me he encontrado en el órgano supervisor de las universidades con muy buenos profesionales, pero con casi ningún universitario. Han reducido a las universidades a un esquema cartesiano sin vida y sin espíritu. Para tener el espíritu universitario no basta con ser abogado, administrador, contador, estadístico. Ser universitario es una vocación que no cabe en ningún indicador. Con esto intento decir que sólo entenderá, adecuadamente, lo que es un colegio o una universidad quien la ha vivido y vive desde dentro en su complejidad: geometría y fineza.

El Estado burocrático no puede con su alma y, mucho menos, con el peso del país real. Debe reconocer sus limitaciones y dejar que la iniciativa privada asuma el rol que le compete por derecho propio. Quien debe pedir permiso es el Estado no la sociedad civil. Imponer un currículo porque así lo deciden unos ilustrados, diseñadores de modelos a espaldas de la realidad, es una arbitrariedad. A SUNEDU le pasa otro tanto y me recuerda aquello que Vicente Rodríguez Casado –un universitario cabal- contaba de un congreso al que había asistido sobre los conventos españoles. Se habló mucho de los garbanzos que cultivaban los monjes –nos contaba-, pero nada del espíritu que animó a esos religiosos a ser monjes. Percibo lo mismo de SUNEDU: se fija demasiado en los garbanzos y olvida el espíritu universitario.

Es tiempo de liberar a la educación, hay que liberarla del ogro burocrático que quiere reducirla a una colmena de abejas.

Lima, 17 de febrero de 2019.

El desprecio por la verdad

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“Sostenemos que nunca se ha mentido tanto como en la actualidad, ni se ha mentido de manera tan masiva y tan absoluta como se hace hoy en día”. Así se expresaba Alexandre Koyré (1892-1962), filósofo e historiador de la ciencia en un pequeño texto titulado “La función política de la mentira moderna” escrito en 1943. Coincido con el traductor y prologuista de esta obra (2015) al señalar que varias de las prácticas totalitarias a las que se refiere el escrito de Koyré siguen siendo plenamente actuales, tristemente actuales.

Para el histórico totalitarismo “el criterio de Verdad no radica en su valor universal sino en su conformidad con el espíritu de la raza, de la nación o de la clase social”. El populismo de nuestro tiempo se afinca en la abstracción llamada “pueblo”, incluso, en su versión descabellada de “el pueblo soy yo”, en palabras de Enrique Krauze. Adiós Estado Constitucional de Derecho. En su lugar se instala el caudillismo que halaga a las pasiones, odios y miedos de tantos. “Los regímenes totalitarios –afirma Koyré- no son sino conspiraciones que nacen del odio, del miedo, de la envidia, que se nutren de un deseo de venganza, de dominación, de rapiña”.

El caudillo de entonces “intensificará, muy en especial, el sentimiento de superioridad de la nueva clase dirigente, su convicción de pertenecer a una élite, a una aristocracia por completo separada de las masas”. El salvador de ahora, colocado en los poderes del Estado o en el poder de la prensa privilegiada por su posición de dominio, se autocalifica como portador de una calidad moral que la aparta radicalmente de los “otros”, los corruptos. Los caudillos de nuestro tiempo no tienen el menor pudor de instalarse más allá del bien y del mal. Las bajas pasiones son de los “otros”, la ira suya es santa. Paradoja divertida, por cierto, porque en tiempos tan democráticos como los que vivimos, de tanto predicar que están “sin mancha”, se han convertido en los aristócratas del puritanismo.

En la misma línea de George Orwell, quien en su novela “1984”, denunciaba la existencia de los ministerios de la verdad encargados de reescribir la historia al gusto de los dictadores, Koyré señala que estos caudillos “más fuertes que el mismo Dios todopoderoso, transforman a su antojo el presente, incluso el pasado”. El Gran Hermano de Orwell lo sabe: “quien controla el pasado controla el futuro, quien controla el presente controla el pasado”. Y también lo sabe Thanos, quien con la gema del tiempo controla los acontecimientos a su antojo. Mi esperanza está, claro, en evitar que nuestros aspirantes a Thanos no lleguen a obtener las seis gemas del infinito.

Francisco Bobadilla Rodríguez

Verdad y mentira en política

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“Nadie ha dudado jamás con respecto al hecho de que la verdad y la política no se llevan demasiado bien, y nadie, que yo sepa, ha colocado la veracidad entre las virtudes políticas. La mentira siempre ha sido vista como una herramienta necesaria y justificable para la actividad no solo de los políticos y los demagogos sino también del hombre de Estado”. Así empieza el texto de Hannah Arendt, “Verdad y mentira en la política” (2017) escrito, originalmente, hace finales de los 60. Una vez más pone el dedo en la llaga. En este caso, la llaga está en el ámbito de los poderes del Estado e, incluso, en los privilegiados del cuarto poder, quienes hacen pasar su opinión publicada como si fuera la opinión pública.

Somos testigos de infinidad de mentiras, medias verdades y manipulación de los hechos por parte de muchos actores mediáticos de la política peruana. Hemos contaminado tanto el escenario social que, muy difícilmente, resulta creíble lo que oímos y vemos. Es corriente, por eso, que en las conversaciones entre amigos salte la pregunta: “aquí, ¿quién es el bueno? ¿quién dice la verdad?” No encuentro respuesta y vuelvo a considerar aquellos versos del poeta Pedro Salinas: “¿Quién te va a ti a conocer en lo que callas, o en esas palabras con que lo callas?” Ante las declaraciones de unos y otros, acusados en el banquillo o fiscales y jueces acusadores, me nace la duda del poeta: ¿será cierto? ¿qué quieres ocultar con tus palabras? ¿qué intereses defiendes? ¿te mueve la justicia o el odio o todo junto? Nunca imaginé que “el ser o no ser” de Hamlet, o el “dudo, luego existo” de Descartes tuvieran tanta vigencia en estos tiempos.

Los políticos que han llegado a la cúspide del poder a base de astucia, equilibrio de intereses y populismo, dice Maquiavelo, “serán siempre considerados honrosos y alabados por todos; porque el vulgo se deja siempre coger por las apariencias y por el acierto de la cosa y en el mundo no hay sino vulgo; los pocos espíritus penetrantes no tienen lugar en él, cuando la mayoría tiene dónde apoyarse. Un príncipe de nuestros tiempos, al cual no está bien nombrar, jamás predica otra cosa que paz y lealtad, y en cambio es enemigo acérrimo de una y otra; si él las hubiera observado, muchas veces le habrían quitado la reputación o el Estado”.

Este Poder, así habido -sentado en un curul, acusando en una audiencia, manipulando la opinión pública, comprando conciencias- tiene los pies de barro. Como están las cosas, hace falta la inocencia del niño para que, entre tanto halago a las ropas exquisitas que lleva el monarca, grite a voz en cuello que, en realidad, el rey está desnudo. Un toque de verdad y se viene abajo el mamotreto. La fuerza de la verdad no está en el poder, ciertamente; está en la nostalgia de la autenticidad, porque los seres humanos no estamos pensados para movernos en una red de mentiras.

Francisco Bobadilla Rodríguez
Lima, 15 de enero de 2019.

La libertad de ser libres

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La filosofía práctica del siglo XX tiene en Hanna Arendt, Leo Strauss e Isaiah Berlin a tres de sus mejores cultores. De todos ellos se puede decir que han sido “hombres de letras” apasionados por la libertad en sí misma, “sin amo ni agobiados por ganarse la vida. En otras palabras –dice Arendt- personas que gozaban de los privilegios atenienses y romanos, con excepción de la participación en los asuntos de Estado que tanto ocupaba a los hombres libres de la Antigüedad”.

“La libertad de ser libres” (2018) es un ensayo inédito de Hanna Arendt, probablemente, escrito hacia 1967. Están en este breve texto las grandes preocupaciones de la autora: la revolución y la libertad. Recuerda que el significado original de la palabra “revolución” es el de restauración, es decir, una vuelta hacia atrás. Sólo a partir de la Revolución Americana y de la Revolución Francesa el término adquiere el significado que nos es familiar, como cambio novedoso en un giro de 180° de las cosas. “Es en el transcurso de ambas revoluciones, cuando sus actores iban adquiriendo conciencia de que se habían embarcado en una empresa completamente nueva y no en el regreso a una situación anterior, fue cuando la palabra <> adquirió, por consiguiente, su nuevo significado”.

Para Arendt, la Revolución Americana fue un éxito, no así la Revolución Francesa que terminó en el fracaso. “Los hombres de las primeras revoluciones –afirma Arendt-, aunque sabían muy bien que la liberación debía preceder a la libertad, no eran conscientes aún del hecho de que aquella significaba algo más que la liberación política de un poder absoluto y despótico; que la libertad de ser libres significaba ante todo ser libre no solo del temor, sino también de la necesidad (pobreza, miseria, hambre). Y la situación de pobreza desesperada de las masas del pueblo, de aquellos que por primera vez salieron a la luz cuando irrumpieron en las calles de París, no podía superarse por medios políticos (…). La Revolución estadounidense tuvo la suerte de no tener que enfrentarse a este obstáculo a la libertad y, de hecho, debió en gran medida su éxito a la falta de una pobreza desesperada entre los hombres libres del país y a la invisibilidad de los esclavos en las colonias del Nuevo Mundo”.

Arendt, asimismo, vuelve sobre una de sus ideas más queridas, la libertad, cuya plenitud sólo se alcanzaría en el espacio público. Dice “los derechos civiles son resultado de la liberación, pero no constituyen en absoluto la auténtica sustancia de la libertad, cuya esencia es la admisión en el ámbito público y la participación en los asuntos públicos”. Sin participación en el espacio público y en la administración de los asuntos comunes no hay pleno ejercicio de la libertad. Para este fin, Arendt sostiene que no toda forma de gobierno es pertinente. La forma ad hoc sólo sería la República, “que no sabe de súbditos ni tampoco, estrictamente hablando, de soberanos”. Una República supone ciudadanos comprometidos con el destino de su país y es inseparable de las virtudes cívicas de sus miembros. El “pueblo” sólo aclama, el ciudadano sostiene a su país, no sólo con su voz de protesta sino; fundamentalmente, con su laboriosidad y con el esfuerzo diario para intentar ser íntegro y honesto.

Qué lejos estamos aún los peruanos de conseguir una república de iguales. Lo que tenemos en el día a día es a unos precarios representantes enganchados en los poderes del Estado, enredados en conseguir cuotas del poder, alejados de las preocupaciones y sueños de los ciudadanos. No es tarea fácil, lo sé, pero quizá estamos en el momento de “ser libres para emprender un nuevo comienzo” desde abajo, desde el mundo de la vida: la familia, el barrio, el club…

Lima, 21 de diciembre de 2018.

El gusto de leer

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Descubrí al belga Simon Leys (1935-2014) hace poco. Su “Breviario de saberes inútiles” (2016) lo disfruté línea a línea. Ensayista con voz propia, agudo crítico literario, pensador libre de correcciones políticas, gran conocedor de la cultura y literatura china. Suelo hacer reseñas o comentarios de los libros que leo. Con éste no he podido, la amplitud de temas me desborda y no acabo de hacer una síntesis que diga algo. Ya llegará su momento.

En mis visitas a las librerías, había otro libro suyo que me acechaba de continuo. Con cierto temor lo compré. Se trata de “Ideas ajenas. Recopiladas idiosincráticamente por Simon Leys. Para el divertimento de los lectores ociosos” (2015). Resultó ser un acierto y lo he disfrutado en mis ratos de ocio de principio a fin. Son citas recopiladas al gusto del autor y, afortunadamente, también al gusto de este servidor. Cada texto me ha suscitado una cadencia: idea, lectura, pausa, sonrisa, pensamientos al aire y así sucesivamente.

Simon Leys tiene sus preferidos: Simone Weil, Henry Thoreau, Paul Valéry, Wilde, Su Dongpo, Paulhan, Montherlant, Montaigne, John Hery Newman, Lao Zi, O´Connor, Samuel Johnson, Leon Bloy, Chateaubriand, Chesterton, Emerson, Bernanos, Baudelaire, San Bernardo… Simon Weil es la más citada. Entre otras cosas señala: “Un antiguo ejemplo de decisión democrática: la demanda popular de liberar a Barrabás y de crucificar a Jesús”. Conocemos al personaje, es Poncio Pilato. Lo suyo fue lavarse las manos, zafar cuerpo y dejar pasar la injusticia; sabía de la incorrección e incluso del ilícito penal o moral, pero lo dejó pasar: yo no he sido, ustedes verán. Lindo texto para este nuestro precario contexto político y social. Con qué facilidad se limpian las manos muchos cuando las papas queman. Y, asimismo, cuánta presión la de los grandes medios de comunicación social, que se adjudican la representación de la opinión pública ciudadana, cuando las más de las veces son los altavoces interesados de los señores feudales de la comunicación y su equipo de periodistas. Cuando, además, se juntan dinero, poder y comunicación, ¡agárrense!

Flannery O´Connor aparece y dice: “la gente no se da cuenta de lo que cuesta la religión. Pensar que la fe es una gran manta eléctrica, cuando es evidente, que se trata de la Cruz”. Ciertamente, “al pan, pan y al vino, vino”. Fe y vida de fe. Vivir cristianamente cuesta Dios y su ayuda. Convertir las razones en obras de amor es pasar por una continua conversión del corazón. Hay Navidad, pesebre, regalos, ternura; también, hay –en la vida del cristiano- Pasión y Cruz.

Del Príncipe de Ligne, Leys anota el siguiente aforismo: “¿Por qué siempre representamos a la justicia con una espada y una balanza? A veces me gustaría ponerle un velo. A veces corresponde a la justicia no hacer justicia”. Los romanos lo sabían y de ahí ese otro adagio jurídico: “summun ius summa iniuria”, pegarse a la letra de la ley, puede ser la máxima injusticia. El Padre Brown, personaje de los cuentos policíacos de Chesterton lo sabe muy bien. También lo sabe el estricto Hércules Poirot en el caso “Asesinato en el Orient Express” de Agatha Christie. La justicia sin prudencia puede llegar a ser muy injusta.

Les dejo un par de aforismos más que no tienen pierde:
Apetito. “La desgracia de Thoureau es que carece de apetito. No come ni bebe. ¿Qué puede tenerse en común con alguien que no conoce la diferencia entre el helado y la col y que no tiene ninguna experiencia con el vino o la cerveza? Emerson.
Sueños. “Romper son las cosas reales no es nada. Mas, ¡Ay! con los recuerdos. El corazón se rompe al separarse de los sueños, de tan poca realidad que habita en el hombre”. Chateaubriand.
Buen provecho con el libro.

Lima, 19 de diciembre de 2018

Un juez con alma de poeta

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“El club de los negocios raros” (1905) es una de las primeras novelas escritas por Chesterton, compuesta de historias breves que involucran a los hermanos Grant: Basil y Rupert. Este último es un investigador, cuyo “modo de razonar se distingue por su frialdad y su clarividencia, pero siempre le induce a error. En cambio, la vena poética que se le manifiesta bruscamente le permite acertar a menudo”. Basil Grant, en cambio, es un místico y contemplativo, un ilustre juez que un día decide dejar la magistratura para dedicarse a ser juez de tribunales privados de honor.

El personaje central es Basil con todos los rasgos propios del ingenio y sentido del humor de Chesterton. Me ha resultado un personaje simpático y he hecho buenas migas con él, quizá porque provengo del mundo del derecho y porque he visto de cerca el oficio de juez en mi padre. Mi formación jurídica estuvo inundada de ingeniería social y de mucha sociología del derecho. Una buena resolución judicial –aprendí- es aquella que tiene sólidos fundamentos de hecho y la mejor doctrina jurídica para los fundamentos de derecho. Había que ser un buen investigador de hechos al estilo de Sherlock Holmes: “hechos, hechos, hechos; sin ladrillos no puedo construir paredes”. Y, también, un gran conocedor de la pirámide kelseniana: normas contantes y sonantes.

Hasta ahí la teoría. La realidad es muy otra. Los hechos están ahí, pero el periodista, el juez, el fiscal, el abogado defensor, los pueden agrupar según sus particulares perspectivas y a los mismos hechos les podemos hacer decir lo que nos conviene. Basil Grant lo sabe y exclama: “¡Los hechos! (…). ¡Cómo oscurecen los hechos la verdad! Yo seré un insensato (a decir verdad, no estoy en mis cabales); pero nunca he podido creer en ese hombre… ¿cómo se llama el protagonista de esas famosas historias…? Sherlock Holmes. Todos los detalles conducen a algo, no cabe duda; pero por regla general a algo equivocado. Los hechos apuntan, a mi parecer, en todas direcciones, como las ramas de un árbol. Únicamente es la vida del árbol la que ofrece unidad y la que se eleva… Únicamente es su verde savia la que brota como un surtidor hacia las estrellas”. Coincido bastante con Basil: ¡cuánto se puede manipular en el periodismo y en la judicatura con los hechos!

¿A qué se dedica ahora Basil Grant? A ser un juez que resuelve diferencias estrictamente morales en tribunales de honor, de carácter extraoficial. Juzga a la gente, “no por las bagatelas vulgares de las que nadie se preocupa, tales como la comisión de un asesinato o el tener un perro sin licencia, no –afirma Basil- mis delincuentes eran juzgados por los delitos que verdaderamente hacen imposible la vida social. Comparecían voluntariamente ante mí al verse atenazados por un egoísmo o una vanidad inaceptable, o por su inclinación a la difamación, o por su ruindad hacia los amigos o subalternos. Claro está que estos tribunales no poseían poder coercitivo alguno. La ejecución de sus castigos dependía completamente del honor de las damas y los caballeros interesados, así como del honor de los delincuentes”.

Basil Grant pertenece al mundo de Chesterton: paradójico, romántico, alegre; incluso, dramático, pero nunca trágico. En la maraña de leyes que asfixia al sistema jurídico contemporáneo, nos hace falta más justicia y menos legalismo, más respeto y menos venganza, menos hígado y más corazón.

Lima, 7 de diciembre de 2018.