Ejecutivo: incompetencia manifiesta

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¡Qué tiempos los que nos ha tocado vivir! El mundo de las comunicaciones, probablemente, sea el que más se presta para percatarnos de la dinámica del cambio: nuevos aplicativos, velocidad de vértigo en el ciberespacio, dispositivos celulares con nuevas funciones… La política global y la peruana no son una excepción. La política ya no es lo que fue hace cinco, diez o veinte años. El entorno social es otro y, del mismo modo que los nativos digitales (jóvenes de 20 años) tienen unas competencias diferentes a los de mi generación, en política muchos de nuestros políticos al uso no han dado el salto cualitativo para hacerse con las nuevas competencias políticas que el cambiante entorno social requiere. En este campo, la teoría de juegos nos puede ayudar a comprender lo que resulta exacto calificar como la incompetencia política manifiesta del actual Poder Ejecutivo, con el presidente a la cabeza.

El modelo de juego de suma negativa viene como anillo al dedo para graficar el problema: todos pierden. Se puede ilustrar de modo sencillo, por ejemplo, imaginemos un sábado por la tarde de clima primaveral benigno. Mamá saca a pasear a sus dos hijos pequeños. Pedrito se antoja un helado y Marita, un chocolate. De pronto, Marita le pide a su hermano que le invite de su helado. Pedrito se niega una y otra vez. Interviene mamá y le dice con cierta energía que le invite a su hermanita. Pedrito en un berrinche comprensible, arroja el helado al suelo: ni para ti ni para mí, todos pierden. La lección es muy interesante. Cuando tengo que negociar con otro que tiene la sartén por el mango y sé que, además, es propenso a los berrinches y se negará una y otra vez a lo que le pido, mal haría en entrar a la confrontación con él. El resultado está cantado, cada partido de ajedrez terminará pateando el tablero. Lo que debo hacer es, como en el box, no entrar al cuerpo a cuerpo, sino bailar, de lo contrario el knockout es inevitable.

El actual Ejecutivo –con Kuczynski, primero; con Vizcarra, ahora- nació débil de las urnas. La sartén la tenía Fuerza Popular. Había que negociar, tener mucha correa y dar largos rodeos. Kuczynski no lo supo hacer porque era, entonces, un gobierno de entrada. Vizcarra tampoco lo supo hacer: a la fuerza respondió con altivez. Se quedó empantanado en el cascarón político y se mostró incapaz de construir. Su refugio ha sido la abstracción llamada pueblo, de la que se ha hecho su representante de facto. Ahora, asimismo, se ha convertido en un gobierno de salida. El resultado es penoso, porque en medio de la corrupción de unos y otros -de la que no queda títere con cabeza- tenemos uno de los gobiernos más incompetentes de las últimas décadas con entrada y salida, pero sin un periodo de intermedio de construcción efectiva.

Tenemos al frente del Ejecutivo, no a un gobernante, ni a un técnico, sino a un demagogo. El elenco que lo acompaña tampoco ha sido capaz de dar el do de pecho. Quiere ahora limpiar su paso por palacio de gobierno, con las elecciones adelantadas: un nuevo berrinche, cuando lo hidalgo es reconocer la propia incompetencia y renunciar.

Francisco Bobadilla Rodríguez
Lima, 16 de septiembre de 2019

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Las desdichas y asombros de Mendel Singer

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“Quien no ha sufrido una desgracia, tampoco cree en milagros”, exclama Deborah, esposa de Mendel Singer el protagonista del drama escrito por Joseph Roth, “Job”, publicado en 1930. En estas concisas palabras de Deborah se condensa la vida de Mendel, un sencillo maestro de la Biblia judía. No solo la enseña, la vive. Habita en una modesta casa de un pequeño pueblo centroeuropeo perteneciente a la Rusia de finales del siglo XIX. La historia del Job del Antiguo Testamento se reproduce en la biografía de nuestro protagonista.

Mendel tiene cuatro hijos: Jonás, Schemarjah, Miriam y Menuchim, este último nace con deficiencias mentales que requieren de cuidado continuo. Junto con Deborah, su esposa, han procurado formar a sus hijos en las creencias y cultura judía. Los chicos crecen, los dos varones mayores están en edad de servicio militar. La idea de que sean enrolados en las filas de los soldados cosacos inquieta grandemente a los padres y deciden facilitar la inmigración de uno de ellos hacia Estados Unidos, Nueva York. Jonás se enrola con los cosacos con mucho entusiasmo. Miriam ya es una bella adolescente, vivaz y desenvuelta. Frecuenta y es cortejada por jóvenes cosacos a quienes corresponde gustosamente. La sola idea de que su hija se case con un ruso, pone en jaque la estabilidad familiar y deciden migrar a Estados Unidos. Schemarjah –ahora llamado Sam en Nueva York- se encarga de llevarlos. Él se ha convertido en un próspero empresario. En el viaje no pueden llevar con ellos a Menuchim, su precaria salud no lo permite. Lo dejan en el pueblo a cuidado de unos parientes. En la mente de Deborah retumbaba una vez y otra el consejo que le había dado el rabino: “No lo abandones”.

Son tiempos de convulsión en Europa, Sam y su socio americano Mac, se enrolan en el ejército y van a luchar en la Primera Guerra Mundial. La angustia familiar aumenta. Por fin, vuelven los soldados. Mac regresa, Sam, no: murió en el frente. Deborah llora amargamente, no soporta la noticia. Un ataque al corazón acaba con su vida. Al poco tiempo, Miriam sufre un cuadro de histeria que le lleva a confesar a Mac –su prometido- que durante todo el tiempo de su ausencia no le había sido fiel. El ataque de nervios se convierte en una enfermedad mental que obliga a Mendel a internarla en un hospital psiquiátrico, con muy escasas esperanzas de curación.

La desesperación de Mendel es muy grande y grita: “Se acabó, se acabó, se acabó Mendel Singer (…). No le queda ningún hijo. No tiene hija. No tiene mujer. No tiene patria. No tiene dinero. Dios dice: he castigado a Mendel Singer. ¿Para qué castiga Dios? ¿Por qué no a Lemmel, el carnicero? ¿Por qué no castiga a Menkes? ¡Solo castiga a Mendel!” Quema sus pertenencias más queridas. Sus amigos procuran detenerlo. No hay forma y con aplomo les dice: “Lo aseguro, no estoy loco. Estaba loco. Durante sesenta años he estado loco. Hoy ya no lo estoy”. “¡Pues dinos lo que quieres quemar! –responden los amigos”. “Quiero quemar a Dios”, responde lacónicamente Mendel. Es la rebeldía del hombre abatido por el infortunio. Es rabia y desesperación juntos. Es el peso aplastante de la soledad. El corazón herido se desborda y apaga todo atisbo de luz. Desde entonces, la indolencia se adueña de Mendel y más que vivir, sólo vegeta.

A los pocos meses llega la fiesta de la Pascua judía. Mendel participa de la cena en casa de unos amigos. En plena celebración y, de manera inopinada, llega a la casa el director de una orquesta europea que estaba de temporada en Nueva York. Venía, expresamente a conocer y visitar a Mendel Singer. El joven caballero afirma ser del pueblo de Mendel y le da señas de su familia. Le comunica que Jonás sigue vivo, aunque es prisionero de guerra. Llega el turno de la pregunta más inquietante. El dueño de casa le pregunta al visitante: “Mi amigo Mendel tenía también un pobre hijo enfermo llamado Menuchim. ¿Qué ha sido de él?”. La respuesta no puede ser más asombrosa: “¡Menuchim vive!” La sorpresa es mayúscula para todos. “¿Dónde está ahora Menuchim?” pregunta temeroso Mendel. “Y despacio Alexej Kossak contesta: Yo soy Menuchim”. Todos se levantan de pronto de sus asientos (…) El propio Mendel se pone en pie tan violentamente que tras él la silla cae provocando un gran estruendo”.

Skowronnek, amigo de Mendel sale de la reunión y va de casa en casa. Grita: “¡Ha ocurrido un milagro! Venid a mi casa y lo veréis. Mendel les sale al encuentro y, mudo, les estrecha la mano. Menkes, el más prudente de todos, toma la palabra: Mendel –dice- hemos venido para verte en tu felicidad, tal y como de vimos en la desdicha (…) Ahora vives un milagro en tu propia carne. Tal y como entonces nos entristecimos contigo, hoy nos alegramos contigo. Grandes son los milagros que realiza el Eterno… ¡Alabado sea su nombre!”.

Mientras leía la novela, la memoria y la imaginación me traían a la mente escenas de la película de Spielberg, “La lista de Schindler”, toda en blanco y negro. Cavilaba, así ha transcurrido la vida de Mendel Singer: plana, en blanco y negro, días grises como el cielo limeño de invierno. Un infortunio tras otro, fe inquebrantable en el Dios de Abraham y Jacob, y observancia cabal de los mandamientos de la ley judía. Hasta que su resistencia cede a la desesperanza y explota: ¡no más Dios, no más Biblia, no más mundo, no más nada! No es resignación lo que embarga su alma, es amargura. Las palabras de consuelo de sus amigos no sirven. Ha perdido el apetito de vivir. El mundo para él es la sinrazón. ¿Qué podemos decirle a Mendel Singer, y en él, qué le decimos a todos los Job que nos rodean?

Sólo se me ocurre pensar qué grande y misterioso es el silencio de Dios. Y ante su silencio, me nace acompañar a Mendel Singer con mi presencia y silencio. Decirle algo es prematuro. Es lo mismo que experimentó C. S. Lewis a la temprana muerte de su esposa. ¿Entender? No entendía nada. El por qué le sucedía esa desgracia se quedaba sin respuesta y sólo atinaba a escribir una y otra vezs: “sentimientos, sentimientos, ¡quién pudiera pensar!”.

El desenlace de la historia de Mendel es maravilloso. De repente, el escenario se llena de luz y la película en blanco y negro se llena de color. Aparecen las mañanas risueñas, vuelve a llenarse la habitación con el aroma del té. Acontece un milagro, el Eterno se hace presente con Menuchim, el último de sus hijos, el más débil, de quien el rabino había dicho: “el dolor le hará sabio. La deformidad, bondadoso. La amargura dulce. Y la enfermedad, fuerte. Su mirada será amplia y profunda. Su oído, fino y lleno de resonancias. Su boca callará, pero cuando abra los labios, anunciará cosas buenas”. Palabras proféticas que resuenan en el alma de Mendel y se ven cumplidas ahora en su pequeño Menuchim, convertido en un famoso director de orquesta clásica y compositor de música. El infortunio ahora es dicha: ¡los caminos de Dios, que misteriosos son los caminos de Dios!

Francisco Bobadilla Rodríguez
Lima, 5 de septiembre de 2019.

La leyenda del santo bebedor

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Joseph Roth (1894-1939), novelista judío, proveniente de Austria, bebedor empedernido, errante de aquí para allá, terminó su corta vida en París, huyendo de los nazis. Su lectura ha sido para mí un gozoso descubrimiento. Su estilo narrativo sobrio consigue contar una historia y, en pocos trazos, logra dibujar el alma de sus personajes. No lo dice todo de ellos, ni hace falta. El lector tiene que trabajar para sumergirse en el fondo humano de los actores. No sólo interviene lo terreno, lo sobrenatural irrumpe en la narración como en su pequeña novela “La leyenda del santo bebedor”, publicada en 1939, el año de su muerte.

¿Cuánto de autobiográfico hay en esta breve novela? Bastante, probablemente. Andreas Kartak, de origen polaco –el personaje de esta narración- es un vagabundo que vive en París, en los puentes del Sena, dado a la bebida alcohólica y vive de limosnas. La vida no le ha sonreído para nada. Minero de oficio, emigra a París en busca de fortuna. Comete un crimen y pasa dos años en prisión. Sale y no es ni tiene nada. Un día se cruza con un caballero quien le ofrece darle 200 pesos para que atienda a sus necesidades, con el cargo de que apenas consiga ese dinero lo entregue a la Iglesia de Sainte Marie des Batignolles, donde hay una capilla dedicada a santa Teresa de Lisieux, a quien el caballero atribuye su conversión al catolicismo. Andreas, pasado el desconcierto, acepta el préstamo y le dice que él es un hombre de honor y cumplirá con devolver al dinero a la santa.

De manera inexplicable se encuentra en varias oportunidades con dinero en el bolsillo y se pone en camino de la Iglesia para cumplir el encargo y saldar su deuda con la santa, pero en todas esas ocasiones el encuentro con amigos o antiguas amigas le impiden devolver el dinero, pues en esos tropezones gasta el dinero que tenía; hasta que, finalmente, en uno de esos intentos llega al bar una jovencita que llevaba por nombre Teresa y a quien Andreas considera que se trata de la santa que ha tenido la finura de facilitarle la devolución. En el instante en que quiere entregarle el dinero, ante el desconcierto de la chica, fallece fulminantemente.

La historia de esta breve narración me ha hecho pensar en la fragilidad humana. Andreas sabía muy bien lo que debería hacer: devolver el dinero a la primera que lo tuviera. Era un hombre de honor y quería cumplir su palabra. No llegó a la Iglesia, en el camino le aparecían situaciones que le hacían gastar el dinero. Unas veces era el licor. Se decía a sí mismo: una copita para entonarse, pero el alcohol le podía. Adiós dinero. En otras ocasiones se encontraba con amigos que lo llevaban al bar: bien, se decía, un ratito y, una vez más, se quedaba sin plata. No le faltaron encuentros con antiguas amigas en cuyos agasajos se gastaba lo que llevaba encima. Sabía lo que debía hacer: devolver el préstamo, quería cumplir con el encargo, pero su talón de Aquiles estaba en el deseo que le llevaba a quedarse detenido ante los bienes placenteros: el licor, las chicas de vida alegre, los amigos de vida disipada. Su deseo era fuerte; su voluntad, débil. Para cumplir con su encargo fue necesario que lo sobrenatural, lo insólito apareciera en su camino.

Pocas páginas las de esta narración de Joseph Roth, las suficientes para recordarnos que muchas veces lo decisivo de la acción humana no está en saber lo que debemos hacer, sino en tener la fuerza de voluntad para hacerlo y los apetitos placenteros ordenados (comida, bebida, sensualidad…). En tantas ocasiones, las fuerzas humanas no bastan: el Cielo debe acudir en nuestra ayuda.

Lima, 31 de agosto de 2019.

Coraje para decir y mostrar la verdad

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Empecé a leer a Alexandr Solzhenitsin (1918-2008) a finales de los años 70, durante mi formación universitaria. Comencé con “Un día en la vida de Iván Denísovich”, una breve narración de los campos de concentración en la Unión Soviética, siguió “Archipiélago Gulág”, “El Primer Círculo”… Sigo releyendo sus ensayos y discursos. Me sigue resonando en la memoria una idea que se repite de continuo en su obra: decir la verdad, mostrar la verdad. Sus novelas/reportajes muestran el horror de los campos de concentración del comunismo soviético. Sus personajes caen destrozados por la maquinaria militar al servicio del poder. Me he referido a algunos de sus escritos en otras oportunidades. Ahora,quiero volver sobre su célebre discurso en Harvard el 8 de junio de 1978, un poco más de cuarenta años atrás. Lo sigo encontrando agudo, actual, valiente.

El discurso en cuestión está en la línea de sus libros “Alerta a Occidente” y “El error de Occidente”. Su pluma se orienta a poner en sobre aviso a los líderes del deterioro de la cultura occidental. Muy mal la Unión Soviética, desde luego, “pero si alguien me preguntara –afirma Solzhenitsin- en cambio, si yo propondría a Occidente, tal como es en la actualidad, como modelo para mi país, francamente respondería en forma negativa. No. No recomendaría vuestra sociedad como un ideal para la transformación de la nuestra. A través de profundos sufrimientos, las personas en nuestro país han tenido un desarrollo espiritual de tal intensidad que el sistema occidental, en su presente estado de agotamiento, ya no aparece como atractivo”.

¿Y qué echa en falta en la cultura occidental el premio Nobel? En nuestra sociedad con una hipersensibilidad a las preguntas, perdida muchas veces en divagaciones, donde la verdad queda a merced del consenso fuera el que fuere; el comentario de Solzhenitsin es lapidario, pues lo que no encuentra es valentía. Dice: “la merma de coraje puede ser la característica más sobresaliente que un observador imparcial nota en Occidente en nuestros días. El mundo Occidental ha perdido en su vida civil el coraje, tanto global como individualmente, en cada país, en cada gobierno, cada partido político y por supuesto en las Naciones Unidas”. Duro comentario, pero certero, pues hace falta mucho coraje para comprarse un pleito, para ser auténtico, defender unos principios, resistir a la presión mediática o estar por encima de las encuestas de opinión.

Comenta el pensador ruso que en la Unión Soviética no existía el imperio de la ley, pero –continúa diciendo- “una sociedad sin otra escala que la legal tampoco es completamente digna del hombre. Una sociedad basada sobre los códigos legales, y que nunca llega a algo más elevado, pierde la oportunidad de aprovechar a pleno todo el rango completo de las posibilidades humanas. Un código legal es algo demasiado frío y formal como para poder tener una influencia beneficiosa sobre la sociedad. Siempre que el fino tejido de la vida se teje de relaciones juridicistas, se crea una atmósfera de mediocridad moral, que paraliza los impulsos más nobles del hombre”. Sin espíritu de la ley y sin hombres y mujeres con un hondo sentido prudencial del derecho, queda abierto el camino a las componendas o al abuso del derecho.

En la raíz de este debilitamiento de la cultura de Occidente, Solzhenitsin encuentra el antropocentrismo nacido de la buena simiente del Humanismo, pero que derivó en un creciente individualismo cada vez más centrado en los deseos y los derechos, opacando el cumplimiento de los deberes y del sentido de responsabilidad en el ejercicio de la libertad. Esta antropología “angelical” lleva a concepciones laxas de la ética, cada vez más indefensa para discernir el mal del bien. “El sesgo de la libertad hacia el mal –sostiene el pensador ruso- se ha producido en forma gradual, pero evidentemente emana de un concepto humanista y benevolente según el cual el ser humano – el rey de la creación – no es portador de ningún mal intrínseco y todos los defectos de la vida resultan causados por sistemas sociales descarriados que, por consiguiente, deben ser corregidos”. El ser humano no quiere ver la malicia que anida en su corazón y espera su salvación de las mejoras sociales. El esfuerzo se pone en los sistemas y se renuncia a todo esfuerzo de conversión personal.

De Solzhenitsin admiro, principalmente, el coraje que siempre mostró para decir y mostrar la verdad. Criticó la falta de humanidad del sistema soviético, afincado en la mentira y la complicidad de quienes la sostenían. Agradeció la acogida que recibió en Occidente y, al mismo tiempo, señaló el desvarío de su cultura al renegar de sus raíces cristianas y humanistas.

Lima, 21 de julio de 2019.

Elogio a la tierra desde el jardín

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En gran parte porque pasé mi infancia en el campo, miro con agrado jardines, plantas, árboles, flores, frutos; disfruto, asimismo, de sus aromas, colores, sabores y texturas. Y nada más sorprenderte que encontrarme con un reciente libro de Byung Chul Han -filósofo coreano recriado en Alemania- dedicado a meditar sobre la tierra, el jardín y sus flores: “Loa a la tierra: un viaje al jardín” (2019). Como sus anteriores libros, éste es también pequeño, en una edición especialmente cuidada, ilustrada con dibujos de plantas y flores en blanco y gris. El autor se entretiene en la descripción minuciosa de las flores y, como sembrador en surco de chacra, deja caer –de trecho en trecho- reflexiones íntimas sobre la condición humana y el cuidado de la tierra.

Dicen los filósofos clásicos que el ser, la verdad, el bien y la belleza son los radicales que toda criatura tiene y que estos radicales se comunican entre sí. Esta es, justamente, la experiencia de Han: de la contemplación de la belleza llega a la existencia de Dios, el Ser por antonomasia. Dice: “De algún modo mi jardín me ha dado la fe en Dios. La existencia de Dios ya no es para mí un asunto de fe, sino una certeza, e incluso una evidencia. Dios existe, luego yo existo. Utilicé la esterilla de gomaespuma para las rodillas como mi alfombra de oraciones. Recé a Dios: «¡Alabo tu creación y su belleza! ¡Gracias! ¡Grazie!». Pensar es agradecer. La filosofía no es otra cosa que un amor a lo bello y bueno. El jardín es el bien más bello, la belleza suprema, to kalon”. La belleza salvará al mundo decía Dostoyewski. A su estilo, también lo decía Aleksandr Solzhenitsyn en su discurso de recepción del Premio Nobel de Literatura de 1970: de la belleza artística a la verdad de la realidad.

“La tierra –afirma Han- es una artista, una jugadora y una seductora. Es romántica. Suscita en mí un sentimiento de agradecimiento. Y me ha dado mucho de que pensar. Pensar es agradecer”. Para llegar a esta convicción hay que tener el talante del buen jardinero para quien, continúa diciendo Han, “el trabajo en el jardín no es un trabajo, sino una meditación, un demorarse en el silencio”. Y, ciertamente, la jardinería tiene de saber hacer y tiene mucho de contemplación. Las rosas no se tocan, se las deja estar, se las contempla, se aspira su aroma; pétalo tras pétalo, muestran pudorosamente su misterio. Con su solo estar, dan gloria a Dios. No se arrancan, se cortan y así adornan un altar, decoran una sala o halagan a Julieta.

Acostumbrados como estamos a veredas, pistas y edificios, el exceso de asfalto y cemento ocultan a la tierra. No la vemos, pasamos de largo y no acabamos de comprender la vida que corre por la savia de las plantas, ni la fertilidad de la tierra que las alimenta. No le falta razón a Han cuando señala que “La digitalización aumenta el ruido de la comunicación. No solo acaba con el silencio, sino también con lo táctil, con lo material, con los aromas, con los colores fragantes, sobre todo con la gravedad de la tierra. La palabra humano viene de humus, tierra. La tierra es nuestro espacio de resonancia, que nos llena de dicha. Cuando abandonamos la tierra nos abandona la dicha”. La alegría, la dicha, el contento, son bienes que ya nos gustaría disfrutar a manos llenas. No siempre llegan y, una cosa es tener la barriga llena, y otra, tener el alma contenta. La dicha que viene de la tierra hace bailar el alma.

La tecnología, las pantallas de TV, la realidad virtual nos pone delante de los ojos las maravillas de la naturaleza: bien, pero no lo es todo. Un jardín es otra cosa, aun cuando sea pequeño como una maceta. Una planta requiere cuidado, la tierra, también: se agota y hay que abonarla. Se siembra y se espera. En una sociedad como la nuestra, tan llena de prisas, cuánto bien nos haría tener la paciencia del jardinero: le toma su tiempo dar flores a un rosal.

Lima, 18 de julio de 2019.

Corazón pensante

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Leo a Susanna Tamaro desde que apareció su novela “Donde el corazón te lleve” (1994). Su pluma es ágil y escribe, como aconsejaría el gaucho Martín Fierro, cosas de fundamento. He leído con gusto “Todo ángel es terrible” (2015) y “Corazón pensante” (2016), textos de corte autobiográfico; este último con muchas reflexiones personales –en clave políticamente incorrecta- sobre los usos y rasgos culturales de nuestro tiempo. Me quiero detener en este libro.

Susanna fue una niña callada, con un silencio “similar al de un cartujo, silencio de la boca, pero no del corazón. En las profundidades más secretas de mi persona –cuenta la autora-, se desarrollaba un diálogo ininterrumpido, y de una intensidad casi ensordecedora”. Su padre iba y venía de un lugar para otro. Estaba en muchos sitios, pero no en casa. Su mamá, decepcionada del hombre y del hogar que soñó y no encontró, pronto se desentendió de sus tres hijos. “Sentía que dentro de mí se escondía un tigre agazapado –continúa contando Tamaro-, atemorizado temporalmente por el látigo. Y junto al tigre, el acróbata, con su voluntad y su deseo de despegarse de la tierra y girar, sin peso y sin esfuerzo, suspendido en el aire por un instante en la gracia”. La niña lloró mucho, le venían a la mente muchas preguntas de las que no tenía respuestas y llegó a la adolescencia con muy pocas gotas de cariño, la de sus abuelos.

¿Qué la mantuvo viva y le permitió salir a flote en medio de la adversidad que la rodeó? La voz de su corazón y la capacidad de asombrarse: “Asombro ante la belleza, asombro ante la armonía que, de todas formas, veía—y veo— a mi alrededor. Fue seguramente este sentido para percibir el bien y la belleza lo que me ha salvado en los momentos más oscuros de mi vida”. Corazón de artista que, asimismo, no descansa hasta llegar al fundamento de la realidad, a la verdad de las cosas. Dice: “Conmigo no van ni la lista de cuentas —doy tanto para tener tanto—, ni la seguridad de estar en lo justo —y, por eso, de poder juzgar—, ni la tristeza claustrofóbica del moralismo. Yo quiero llegar al fundamento, quiero descubrir las columnas sobre las que se sostiene la realidad, quiero la verdad porque en el fondo de mi conciencia hay una voz que me dice que ésta es la meta de mi vida y de todas las vidas que anhelan alcanzar la plenitud”.

Detenerse, mirar, reposar en silencio forman parte del aprendizaje lento y amoroso de la realidad. En otro libro, “Querida Mathilda” (1998), Tamaro observa que “la comunicación emotiva pasa a través de la mirada y no a través de las elaboraciones racionales del pensamiento”. Y fue, precisamente, la mirada de los ojos de Jesucristo, totalmente abiertos en el crucifijo, lo que la conmovió profundamente en una escena que me recuerda la mirada de Santa Teresa de Jesús a la imagen del Cristo flagelado que la llevó a cambiar el rumbo de su entrega a Dios.

Tamaro capta los latidos del corazón humano y, por contraste, pienso en el protagonismo que han cobrado la racionalidad técnica y la eficacia en las empresas, dispuestas a medir hasta el menor aleteo de sus clientes, al precio de desfigurar la dimensión volitiva y afectiva del ser humano. Sus mediciones de satisfacción del cliente, convierten en estatuas de sal la vida que no se deja encorsetar por la mejor encuesta o el mejor sistema estadístico. Me reconozco más en esta observación de Tamaro: “Desde siempre he tenido la clara percepción de que el núcleo del ser no se encuentra en las elucubraciones cerebrales, sino en la plenitud viva y cálida del corazón. Es el corazón quien siempre nos indica el justo camino que recorrer. Es el corazón, con su vulnerabilidad, el que nos hace comprender —si aceptamos el riesgo de entrar en su parte más profunda— que nuestro propio corazón y el de Dios se compenetran y se regeneran mutuamente y de forma constante, gracias al soplo luminoso del Espíritu Santo”.

Llevo años dándole vuelta a la idea de que nuestra época requiere de una ética que aspire a la excelencia: ni barbarie ni mediocridad, ¡excelencia! De ahí que me entusiasme la sugerencia de Tamaro. Dice: “Nos conformamos con no hacer el mal, hacemos lo que podemos, y como podemos. ¿Pero no es esta la peor situación? No eres frío ni caliente, eres tibio, por eso voy a vomitarte, está escrito en el Apocalipsis. Los tiempos que vienen deben ser tiempos de coraje. Así como la mediocridad entorpece, en la misma medida la santidad inflama. Solo los corazones inmersos en el Espíritu de la santidad tienen el poder de propagar el incendio. La santidad es el auténtico fin de toda vida que pretenda ser plena”. Nos es poco lo que pide, nada menos que santidad, integridad de vida, hambre de Cielo.

“Ama y haz lo que quieras” decía San Agustín y quizá sea ésta la clave en la que hay que comprender la centralidad del corazón en todas las obras de Tamaro. No veo allí un llamado al sentimentalismo amorfo. Es más bien llamar la atención del papel que tiene la dimensión afectiva en la vida humana ante el riesgo de su desborde anárquico. Ante el culto a la eficacia técnica y su extremo dionisíaco del goce sensorial episódico, la propuesta amable de las obras de Tamaro, me saben a buen alimento para el alma nostálgica de eternidad.

Lima, 10 de julio de 2019.

Geografía del alma

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Hay libros que consiguen expandir el alma, “De Homero a Kafka. 75 clásicos para una geografía del alma” (2018), de Rafael Gómez Pérez es uno de ellos. De cada clásico va un pequeño texto cargado de sabiduría y un comentario breve, suficiente. Son fogonazos de luz que iluminan la geografía del alma. Texto y pausa. Misterio y meditación. Homero, Sófocles, Cicerón, Cervantes, Quevedo, Pascal, Hölderlin, Chesterton, Eliot, Kafka acuden a las páginas del libro. Son apenas gotitas de buena literatura que alegran el alma del lector. Seriedad, unas veces; ingenio, otras; flaquezas y grandezas de la condición humana.

Leo a Gómez Pérez (1935) desde mi época universitaria. Rafael es un fino y culto humanista. Todo lo humano lo convoca y ha recorrido la narrativa, la historia, el ensayo, la filosofía, la política. Pertenece a la estirpe de los intelectuales, atentos al acontecer de los tiempos. Lo he conocido en su madurez, hemos conversado de lo humano y divino en su casa o un bar madrileño, al calor del café o del chocolate. Congeniamos y, sin duda, por eso me resulta tan connatural la selección realizada de autores y textos.

De Cervantes rescata este lindo pasaje del Quijote: “Unos van por el ancho campo de la ambición soberbia; otros, por el de la adulación servil y baja; otros, por el de la hipocresía engañosa, y algunos, por el de la verdadera religión; pero yo, inclinado de mi estrella, voy por la angosta senda de la caballería andante, por cuyo ejercicio desprecio la hacienda, pero no la honra. Yo he satisfecho agravios, enderezado tuertos, castigado insolencias, vencido gigantes y atropellado vestiglos; yo soy enamorado, no más de porque es forzoso que los caballeros andantes lo sean; y, siéndolo, no soy de los enamorados viciosos, sino de los platónicos continentes. Mis intenciones siempre las enderezo a buenos fines, que son de hacer bien a todos y mal a ninguno; si el que esto entiende, si el que esto obra, si el que desto trata merece ser llamado bobo, díganlo vuestras grandezas, duque y duquesa excelentes”.

Caballerosidad, hombría de bien, nobleza de espíritu… Qué de cosas bellas y buenas se pueden decir de don Quijote, uno de mis personajes más queridos y tanto más, cuanto más desesperadas son sus aventuras. Y es que sin grandeza de ánimo, sin la disposición de hacer el bien y evitar el mal, la experiencia humana se empequeñece. No se puede vivir sanamente sin estas locuras del caballero andante. El cálculo, la seguridad le dan certeza a la vida, desde luego; pero la sola certeza acaba asfixiando el espíritu. No solo de pan vive el hombre.

T. S. Eliot aparece, brevemente, en el libro con unos versos de sus Cuartetos: “La única sabiduría que podemos esperar adquirir/ es la de la humildad: la humildad no termina nunca”. A lo que Gómez Pérez apunta: “Una cosa son los saberes y otra la sabiduría. La única que podemos esperar adquirir (no adquirirla sin más, sino esperar adquirir) es la humildad (…) Pero, a su vez, esa humildad no tiene fin (…) La humildad es la continua disposición de no pensarse superior a nadie”.

El mapa de la geografía del alma se queda corto. Podemos decir mucho de ella y aún así quedan fuera del mapa tantos de sus entresijos. Nos queda, sin embargo, el asombro y el buen sabor de estas lecturas que nos ayudan a caminar entre asombro y asombro.

Francisco Bobadilla Rodríguez
Lima, 17 de Junio de 2019

El espejo perverso

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El cuento “La Reina de las nieves” de Hans Christian Andersen (1805-1875) me resulta, especialmente, aleccionador en estos tiempos. Érase un duende perverso, nada menos que el demonio, quien inventa un espejo que “tenía la propiedad de que todo lo bueno y bello que se reflejaba en él desaparecía de inmediato y se quedaba prácticamente en nada, mientras que lo malo y feo resaltaba y se volvía aún peor. Los paisajes más hermosos parecían espinacas cocidas, y las mejores personas se volvían horribles”. En su intento de llevar el espejo al cielo, cayó y se rompió en billones de pedacitos que volaron por todo el mundo, de tal manera que cuando se le metían al ojo de las personas, éstas sólo veían el lado malo de las cosas.

Pareciera que, en nuestro tiempo, los efectos de este espejo perverso continúan afectando a muchos; pues, aunque en el mundo el trigo y la mala hierba conviven, hay quienes sólo aciertan a ver la mala hierba, la maldad, los desastres, los infortunios, reduciendo la realidad a sus aspectos lóbregos. Son personas que se regodean encontrando el lado feo de las cosas, desconfían que pueda haber buenas intenciones en su prójimo y buscan con regocijo las fallas de los que lo rodean. Del trigo, de las acciones buenas de la gente, de las cosas bellas de la vida, de tantas acciones desinteresadas de unos y otros, guardan perfecto silencio. Estas personas consideran que el lado oscuro de la fuerza ha triunfado y sólo tienen ojos para mirar el mal y absolutizarlo.

Cada vez que vuelvo sobre este cuento, pienso, también, en cierto periodismo (escrito, televisivo, digital…) afectado por tan singular enfermedad. Sus portadas, reportajes, notas son una lupa que agranda los males y empequeñece o hace desaparecer el lado verdadero, bueno y bello de la realidad y de las personas. Sus ojos, lentes y cámaras solo ven las maldades, delitos y desgracias de la sociedad. Es tal la cantidad de información de este sesgo que pareciera que el mal ha triunfado sobre la faz de la tierra. Son titulares, primeras planas, artículos rebosantes de malos augurios. Sus protagonistas se autoproclaman salvadores de ciudad gótica en sus peores momentos. Cuando alguna “inocente criatura” habla del bien, este periodismo perverso sonríe sarcásticamente.

Ahí no terminan los efectos dañinos de tan siniestros cristales, pues algunos trocitos del espejo entraron en el corazón de algunas personas, “y era horrible pues el corazón se les convertía en un pedazo de hielo”, frío, insensible, calculador, inmisericorde. Un corazón así confunde la justicia con la venganza y el odio. Una sociedad gobernada por corazones de hielo pierde humanidad. La justicia sin caridad, sin misericordia, convierte en témpanos de hielo todo lo que toca: hay frío y nieve, la vida duerme e inverna.

Los pequeños personajes del cuento de Andersen logran vencer a la Reina de las nieves y a los cristales perversos. Gerda al encontrar a su amiguito Kay, víctima de los cristales, llora cálidas lágrimas sobre el pecho de Kay. El trocito de hielo que tenía en su corazón se derritió y, por fin, pudo volver a ver la realidad en su amplitud. Reconoció a Gerda y, por donde iban, los vientos se calmaban, salía el sol, aparecían los brotes verdes en los árboles… Un cuento de hadas, sí, y cuánta sabiduría recoge: para ver bien, hay que tener un corazón bueno. Existe la mala hierba, desde luego, pero es más abundante el trigo.

Lima, 15 de junio de 2019.

Diario de oración

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“¿Puede enseñarme alguien a rezar?” pregunta Flannery O´Connor (1925-1964) en su “Diario de oración” (Madrid, 2018) publicado, recientemente, en español. Es un pequeño texto que recoge los apuntes de la joven escritora entre los 21 y 22 años. Son sus conversaciones con Dios, sus luchas, sus ilusiones, sus logros y desilusiones en su afán de ser una buena católica, cultivando su vida interior y esforzándose por ser una gran escritora, cuya pluma quiere poner al servicio de la Fe. Así lo dice: “Quiero ser la mejor artista, en Dios, que pueda llegar a ser (…) Querido Dios, ayúdame a ser una buena artista, por favor, haz que mi arte lleve a Ti”.

Sus ruegos son enternecedores, tienen la lozanía y sinceridad de la juventud en flor. Escribe: “Tengo miedo de las manos insidiosas, oh Señor, que manoseen la oscuridad de mi alma. Por favor, sé mi guardián contra ellas”. Y ciertamente, al poco que uno se ponga delante de Dios a rezar, descubre pronto la oscuridad que anida en el corazón, grande cuando ama, y tan pequeño cuando de él brotan los malos deseos, la soberbia, la envidia, la ira… Manos insidiosas, ambiente permisivo, están alrededor nuestro, rugiendo como león encadenado, dispuesto a dar su zarpazo en el alma.

O´Connor continúa su oración y anota: “Dame la gracia, querido Dios, de adorarte porque ni siquiera puedo hacer esto sola. Dame la gracia de adorarte con el entusiasmo que tenían los sacerdotes antiguos cuando te sacrificaban un cordero”. Y es en la Sagrada Eucaristía en donde podemos adorar por antonomasia al Dios que se hace presente con su cuerpo, sangre, alma y divinidad. Al igual que Flannery, ya nos gustaría tener el entusiasmo de los sacerdotes antiguos, la pureza humildad y devoción de la Virgen María, el espíritu y fervor de los santos.
Me resulta muy familiar esta exclamación de la joven escritora: “Tengo miedo al dolor y me figuro que eso es lo que tenemos que experimentar para obtener la gracia. Dame valor, oh Señor, para soportar el dolor que lleve a la gracia”. Llevo sobre mis hombros bastante años y una alforja en la que hay de todo, como en botica. El dolor hace su aparición sin ser llamado, en la propia carne, en la de los seres queridos, en todo el orbe. Le tengo miedo al dolor. Cuando llega, recuerdo con frecuencia lo que decía san Juan Pablo II: ¿el dolor? No preguntes por el por qué, piensa más en el para qué. Aún así, el dolor duele, no estoy al nivel del Cristo en el monte de los Olivos que dice: “Padre, si quieres, aparta de mí este cáliz; pero no se haga mi voluntad, sino la tuya” (Lc. 22, 42). Me quedo con la primera parte, Señor, y sé que sin tu ayuda no sería capaz de dar el salto para amar tu voluntad con la entereza de tu Hijo.

Las dos novelas y muchos cuentos que escribió esta gran novelista norteamericana son expresión de su vida interior, capaz de percibir que “lo bueno en el hombre a veces se manifiesta a través de su interés material, pero, si sucede, no es a causa de ese interés. Quizá la idea debería ser que lo bueno puede mostrarse incluso a través de lo rastrero”. Sus narraciones son fuertes, no tienen el color rosa de la vida fácil, se asemejan más bien al rojo carmesí de la piel del Señor después de la flagelación.

La enfermedad del “lupus” acabó con su vida a la edad de 39 años. Sufrió mucho y, precisamente, en esos últimos años de su vida, salen las mejores narraciones de su pluma. Flannery anhelaba ser “una santa inteligente”. Se miraba como una “tonta presuntuosa”, e intuyó, desde muy joven, que esa cosa que la sostenía en su esfuerzo por ser una buena persona y una buena escritora, fue la “esperanza”. Ciertamente, la vida cristiana se nutre de fe, esperanza y caridad. Sabernos hijos pequeños de Dios, malcriados tantas veces, nos llena de esperanza en este empeño por ser cada día un poquito mejores.

Lima, 18 de abril de 2019.

El jugador

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Pocas veces me atrapa una novela. Me ha pasado con “El Jugador” de Dostoyevski. La leí de un tirón. No es una obra monumental como “Crimen y castigo” o “Los hermanos Karamasov”. Es una narración corta y se lee con facilidad. Aleksieyi Ivánovich es un joven tutor en una familia rusa. La novela transcurre en un hotel de la ficticia ciudad alemana de Rulettenburg. La trama se desarrolla alrededor de su pasión servil hacia Polina –distante, enigmática, señorial- y el vicio del juego de la ruleta.

La novela, contada en primera persona, es una suerte de collage hecha de las apreciaciones psicológicas que Aleksieyi hace de los otros personajes que lo acompañan: el general ruso, mademoiselle Blanche, míster Astley, el marqués De-Grilletun, la abuela y, claro, Polina. Todos, salvo Polina, están a la espera de la muerte de la abuela para heredar su fortuna y pagar deudas o ganar posiciones en la vida.

Los datos que nos da Aleksieyi no pasan de ser como “pantallazos” de los personajes, todos ellos atrapados en su papel, incluido el propio personaje. Su amor a Polina es apasionado, una pasión que ella maneja al nivel de “mírame, pero no me toques”. Amor obsesionado, tóxico. Y sólo capaz de ser reemplazado por otro clavo, igual de dañino y embriagador: el juego. Es sed insaciable de apostar a ganar o perder.

La narración no es nada del otro jueves, pero me han atraído las descripciones psicológicas de los personajes. Desde luego, no tienen la profundidad y complejidad de los entresijos de la condición humana que Dostoyevski consigue en otras narraciones. Quizá, por eso mismo, esta pequeña novela resulta atractiva. Aleksieyi piensa que conoce a sus contertulios, sin embargo, son muchos los cabos que quedan sueltos y ellos conducen; más que a atrapar al ser humano en unas coordenadas cartesianas, a colocarlo en el umbral de su natural misterio.

Además de pasar un buen rato con la novela, me queda el buen sabor de boca de que al ser humano no se le “explica”, ni basta una vida entera para conocerlo. Ante el ser humano va mejor el verso de Juan Ramón Jiménez: “No le toques ya más, que así es la rosa”

Lima, 10 de abril de 2019.