Europa en los ojos de Stefan Zweig

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De Stefan Zweig (1881-1942) conocemos muchas de sus biografías, críticas literarias, ensayos, novelas. En “El legado de Europa” (Acantilado, 2019), su editor alemán recopila semblanzas de algunos escritores a través de las cuales muestra la idea que Zweig tenía la civilización europea en la primera mitad del siglo XX. Inicia el libro con un largo ensayo sobre Michel de Montaigne (1533-1592). El texto fue escrito en Petrópolis, Brasil, en 1941-1942, poco antes del suicidio de Zweig y su esposa en esa ciudad. La semblanza de Montaigne es, al mismo tiempo, la caracterización espiritual del mismo Zweig. Un Montaigne culto, dedicado a la vida intelectual en escape continuo del mundanal ruido. Amante de los libros y celoso defensor de su “ciudadela” espiritual, su “yo” más íntimo, ajeno a las pompas y conflictos de su tiempo. Pacifista tal como lo fueron en su época Chateaubriand, Rolland, Rilke, Roth… De todos ellos, Zweig realza aquellos rasgos que le son connaturales. Escribe sobre ellos y está escribiendo sobre sí mismo.

Zweig conoce Europa y bastante de la literatura oriental. A propósito de Tagore anota que le conmueve el sereno optimismo del autor, pero echa en falta que despache “sin tormento alguno ni sobresaltos mentales, los conceptos más difíciles con los que lucha la humanidad desde la hora misma de su creación: la muerte y el mal”. Zweig, por el contrario, vivió las dos guerras mundiales con el alma desgarrada. Él, de temperamento erasmiano, ciudadano del mundo, educado en el zumo de la cultura europea, artesano de la unidad del género humano; sufrió hondamente al ver los tropiezos continuos de los seres humanos en las mismas piedras de la destrucción.

Llevó con dolida resignación las caídas de la civilización europea. Un año después de terminada la Primera Guerra Mundial escribe: “ha pasado un año, un solo año, incluso un año sin sangre ni asesinatos, y estamos ya viviendo en medio de la vieja mentira, en medio del desvarío. Más que nunca se aíslan los Estados unos de otros; los generales, incluso los vencidos, de nuevo se han convertido en héroes que de nuevo sirven las frases enmohecidas como pan de vida”. Las grandes promesas de paz, unidad, cooperación se deshicieron en muy poco tiempo. Algo semejante sucedió después de la Segunda Guerra Mundial. El hambre, la desolación, la carestía sufridas generaron deseos de empezar una nueva civilización más humilde y sobria, más integrada y solidaria. No sólo se recuperó el estándar de vida, sino que el primer mundo generó la sociedad del consumo atacada hoy por la pandemia del covid-19. ¿Durará mucho la nueva normalidad pos covid-19 anunciada? Parece que lo de “nueva” durará poco.

Una Europa civilizada, aunque tantas veces descendiera hasta la barbarie; una Europa integrada por su cultura fue el sueño de Zweig. Hoy en día, en nuestro mundo globalizado, ¿cuánto entendimiento podemos conseguir entre los Estados? ¿Será posible que las naciones se encuentren un día en lo alto de la Babel reconstruida como quería Zweig? El anhelo de paz y concordia dice mucho de la buena madera del ser humano. Zweig y varios de los retratados en “El legado de Europa” quisieron construir la unidad europea tratando de desenmarañar los nudos conflictivos de su tiempo, sin comprometer su “yo” íntimo, su ciudadela personal. Muchos otros, como Emmanuel Mounier hicieron lo propio, pero sabiendo de entrada que “los seres humanos nos comprometemos en causas impuras”. Me inclino a favor por esta segunda opción: hacer el bien, no sólo pensarlo, lleva consigo que alguna que otra mancha le salpique a la ciudadela personal.

Francisco Bobadilla Rodríguez
Lima, 6 de agosto de 2020.

Calma, tómate tu tiempo

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El filósofo coreano Byung-Chul Han vuelve con un nuevo libro: “La desaparición de los rituales. Una topología del presente (Herder, 2020)”. Como de costumbre, Han le toma el pulso a la cotidianeidad y encuentra que nuestro mundo sufre una fuerte ausencia de lo simbólico y ritual. Hay un simple trotar, todo pasa y poco queda. “Al tiempo –señala- le falta hoy un armazón firme. No es una casa, sino un flujo inconsistente. Se desintegra en la mera sucesión de un presente puntual. Se precipita sin interrupción. Nada le ofrece asidero. El tiempo que se precipita sin interrupción no es habitable”. Más que vivir, en muchos tramos del día, simplemente transcurrimos. Atropellamos las cosas y, aun a nuestro pesar, maltratamos las formas rituales que, “como la cortesía, posibilitan no solo un bello trato entre personas, sino también un pulcro y respetuoso manejo de las cosas”.

“Los ritos –anota Han- son acciones simbólicas. Transmiten y representan aquellos valores y órdenes que mantienen cohesionada una comunidad (…). En el vacío simbólico se pierden aquellas imágenes y metáforas generadoras de sentido y fundadoras de comunidad que dan estabilidad a la vida. Disminuye la experiencia de la duración. Y aumenta radicalmente la contingencia”. Los ritos, pues, no son meras “formalidades”, vestigios inertes que lastren la vida e impidan que ésta fluya en su espontaneidad y frescura. Esto último solo les pasa a aquellos rituales que, como hojas secas de un árbol, caen al faltarles la sabia vivificante del troco de la vida. No es así, en cambio, con aquellos ritos que permanecen unidos al movimiento actual de la vida en su dimensión humana y trascendente.

Qué importante son las formas y la experiencia de la duración para tratar adecuadamente los diversos ámbitos en los que nos desenvolvemos. Por ejemplo, anota Han, “con ayuda de la misa los sacerdotes aprenden a manejar pulcramente las cosas: sostener con cuidado el cáliz y la hostia, limpiar pausadamente los recipientes, pasar las hojas del libro. Y el resultado del manejo pulcro de las cosas es una jovialidad que da alas al corazón”. A cada actividad hemos de darle lo suyo, el trato que le corresponde. Así, en el plano de las relaciones interpersonales cuánta belleza ganan los vínculos filiales, fraternos, amicales con las buenas maneras en el trato. Los detalles de cariño, las muestras de afecto tienen sus ritos y su duración. No se puede ser tierno en un segundo. La ternura requiere tiempo, delicadeza, ¡duración!

Byung-Chul Han acierta al indicar que los rituales despiertan en nosotros la capacidad de orientarnos hacia el otro, nos ayudan a salir de nosotros mismos. Dice: “quien se entrega a los rituales tiene que olvidarse de sí mismo. Los rituales generan una distancia hacia sí mismo, hacen que uno se trascienda a sí mismo (…). El culto narcisista a la autenticidad nos vuelve ciegos para la fuerza simbólica de las formas, que ejerce una influencia no desdeñable sobre los sentimientos y los pensamientos. Sería concebible un giro a lo ritual, en el que las formas volvieran a ser prioritarias. Ese giro invertiría la relación entre dentro y fuera, entre espíritu y cuerpo”. Esta función de los ritos fortalece las competencias vinculadas al servicio: quienes están familiarizados con los protocolos de atención al cliente y mejora de la experiencia del cliente lo saben de primera mano.

Finalmente, del mismo modo que decoramos la casa para celebrar la fiesta de la Navidad, “los rituales y las ceremonias son actos genuinamente humanos que hacen que la vida resulte festiva y mágica. Su desaparición degrada y profana la vida reduciéndola a mera supervivencia”. La vida buena y bonita se consigue con la práctica de los ritos, signos vivos de la nobleza espiritual.

Francisco Bobadilla Rodríguez
Lima, 2 de agosto de 2020.

Ni vanguardia ni retaguardia, simplemente, seguir a Cristo

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Escribe Pieter van der Meer de Walcheren (1880-1970) que “el mundo moderno, absorbido por completo por el progreso utilitario, está cada día más ajeno al orden espiritual. Empeñado en producir siempre más en el orden material, es incapaz de captar la dignidad de una actividad puramente interior y oculta. E ignora que lo que da al hombre su verdadero valor, es menos lo que hace que lo que es”. Una reflexión escrita hace 90 años en su libro “El paraíso blanco”, una crónica espiritual de la visita que el autor hizo al Monasterio de Valsainte en las montañas suizas en el que experimentó el silencio contemplativo de los monjes cartujos. Un lugar en donde el alma se encuentra con Dios y consigo misma, los sentidos se repliegan y se arroja el ripio que esconde el oro de la vida interior.

El libro está prologado por Jacques Maritain, quien hace una presentación sustanciosa del Pieter van del Meer. Tanto Pieter, holandés de nacimiento, como su esposa Cristina forman parte de esos jóvenes intelectuales que acudieron al consejo de Leon Bloy para ponerle rostro a su nostalgia de trascendencia. Así fue y en 1911 se convirtió al catolicismo. “Pieter –cuenta Maritain- encuentra su puesto y su misión. ¡Nada más sencillo! Ha tomado en serio el bautismo; sabe que el agua por la que Dios pasa, no sólo alcanza la frente del hombre sino al hombre completo, y llega, en su corazón, hasta ese último reducto donde se ocultan cautelosamente el arte y la poesía. Lo ha dado todo, como Dios desea. ¡Nada más sencillo! Pero eso todo lo cambia. También el arte y la poesía deben ser sepultados con Cristo para renacer con Él… ¡Adiós bravatas! ¡Adiós aires de suficiencia, y fuerza del orgullo, adiós estima de la vanguardia o la retaguardia!”.

Tiene tres hijos. Uno de ellos muere en la niñez. Su hijo Pieter Leon se hace monje benedictino. Muere joven, a los 30 años. Su hija, Ana María ingresa más adelante a la Abadía de Nuestra Señora de Oosterhout. La vida y la pluma de Pieter está acrisolada por el fuego del amor y del dolor. Lo que anota de los monjes cartujos, bien se puede decir de Pieter y Cristina: una vida serena y humilde, “inconscientes de su heroísmo, no se buscaban a sí mismos, sino que simplemente prestaban un oído atento a la Palabra de Dios, y dialogaban en voz queda con su Angel Guardián”. ¿Con quién dialogar sino en esos tramos duros de la existencia? Pasión, Muerte y Resurrección de Jesucristo fue para la pareja una vivencia cercana. Pieter continúa con su trabajo intelectual: funda revistas, escribe libros y pronto se convierte en el centro de referencia de la juventud holandesa.

A propósito de los monjes cartujos, Pieter anota: “Toda vida es misteriosa en su origen y su realización. La vida contemplativa es la más profunda de todas, la más verdadera. Y por eso mismo es también la más secreta y la más inexplicable. Demasiado simple, demasiado espiritual para que puedan expresarla por completo las palabras humanas”. La intimidad humana es, desde luego, un misterio. Sin la asistencia del Espíritu Santo, la oración personal quedaría reducida a simple examen introspectivo. En cambio, “en un alma asimilada a Cristo, el Padre encuentra a su Hijo bienamado, a su Hijo que vive en todos los miembros de su Cuerpo Místico. Se ha alcanzado el último término y la expresión más profunda de lo que constituye nuestra vida, dejar que Dios se reconozca y se complazca en nosotros”.

Qué bien nos hace encontrarnos con esas “almas elevadas y serenas que tienen en sí mismas el equilibrio, como un día luminoso, y conocen la verdadera paz. Su sosegado corazón recibe y contiene todos los sufrimientos y martirios de sus hermanos. El abismo de la luz es su morada”. Son portadoras de serenidad y alegría porque se han forjado en las llamas del amor y del dolor, no porque la vida les resulte fácil. Las mujeres y hombres de Dios saben de Tabor y de Calvario porque van tras las huellas del Señor.

Francisco Bobadilla Rodríguez
Lima, 28 de julio de 2020.

Zagajewski: una leve exageración

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Cuenta Adam Zagajewski que a su padre -ingeniero, catedrático universitario, con quien tuvo magníficas relaciones- en una entrevista le preguntaron qué pensaba de los escritos de su hijo, citándole unos textos suyos, salpicados de metáforas y arrebatos poéticos. Pensó un buen rato y respondió: “es una leve exageración”. Esa era la idea que su padre tenía de la poesía y con esa frase ha titulado su último libro publicado por Acantilado en 2019. No es un poemario, son apuntes de actualidad cultural y recuerdos familiares, escritos con elegancia y fina cortesía. Hay datos autobiográficos con hondo sentido filial hacia su familia y agudos comentarios de obras y autores que han conformado su entorno intelectual. No es de los libros que leo de un tirón, he ido paso a paso, sin correr. Los pasajes de los poetas y escritores del este europeo me han resultado nuevos.

En su casa vivían ajustados. Cuenta que “durante varios años, al catedrático no le llegaba para comprarse un traje decente. El catedrático poseía un gran talento para ignorar el valor del dinero y también un fuerte instinto moral; la suma de estas dos virtudes condenaba a nuestra familia a llevar una vida modesta e irreprochable”. Su mamá procuraba conservar la dignidad del hogar como antes de la guerra. Eran, literalmente, desterrados. “Probablemente –continúa recordando Zagajewski- el hecho de haber podido observar en la infancia a aquella gran comunidad de desterrados que fue trasladada a Silesia y haber sido testigo de cómo aquellas personas, a menudo ya muy mayores, pisaban con desconfianza los adoquines que aún no hacía mucho eran alemanes me marcó de por vida y encauzó mi imaginación”.

Con Paul Claudel tiene buena química. Cita una frase suya: “quien admira siempre tiene razón”. “Me complace darle vueltas a esta frase –escribe- (…), afirma en el fondo que la admiración y el entusiasmo son espiritualmente superiores a la crítica, al sarcasmo y a una actitud puramente irónica, el “debunking” de los ingleses y a lo que nosotros llamamos desmitificación, es decir al aire que respiran hoy en día los periódicos y la mayoría de los libros”. Observación exacta del poeta aplicable, también, a nuestro entorno cultural. Medios de comunicación abocados a la denuncia y a escarbar en los trasteros de la vida, enrareciendo aún más el aire que respiramos; narrativa de poco calado, alimentada sólo de las zonas oscuras de los seres humanos. Para admirar y entusiasmarse no basta con tener buena pluma, hay que tener, igualmente, nobleza espiritual.

Zagajewski sostiene que “en poesía, es imposible no decir nada (…)”. Le desagrada profundamente “la poesía del todo incomprensible que procura asemejarse a la música”. Tampoco le entusiasma la música académica, “como ayer –cuenta- no me entusiasmó el concierto de Jazz de una big-band de Alemania formada por profesionales excelentes: se notaba a la legua que habían recibido una educación musical impecable (…). Y, no obstante, les faltaba algo. Los grandes jazzmen negros no tenían una formación tan exquisita, pero a cambio tenían otra cosa: les atormentaba la sed de expresión, tenían algo que decir, y nos hablaban de su infancia en las barriadas, alternando las quejas con explosiones de júbilo”. Lo que afirma el poeta de la poesía y de la música, puede, asimismo, decirse de las publicaciones académicas. Ha entrado una cierta desesperación por publicar a toda costa. Es un índice exigido para estar entre los grandes (investigadores, universidades). De seguro son investigaciones rigurosas, pero, muchas de ellas adolecen de una orfandad fatal: no dicen nada.

Zagajewski es un autor que dice cosas y con el que se pude dialogar amablemente, estar de acuerdo o disentir. La cordialidad es una de sus cualidades.

Francisco Bobadilla Rodríguez
Lima, 26 de julio de 2020.

Monjas y soldados: nostalgia de la inocencia

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Iris Murdoch (1919-1999), filósofa y escritora irlandesa, formada en Oxford y Cambridge reúne un perfil singular cuando hace narrativa. “Monjas y soldados” (1980) es una novela de madurez en donde comparece el genio de la autora en el tema y personajes, aun cuando ella sostenía que los personajes no podían ser absorbidos por sus creadores. Por más que lo intente, la trama de la novela y el devenir de los personajes tienen su sello.

Presté atención en Murdoch el año pasado a propósito del centenario de su nacimiento que llevó consigo artículos conmemorativos, ediciones de sus libros, entre ellos “Monjas y soldados” (Impedimenta, 2019). Antes de leer la novela, ya había leído algunos de sus ensayos filosóficos: “La soberanía del bien” (Taurus, 2019) y “La salvación por las palabras” (Siruela, 2018). Sus ideas sobre el bien, la ética, el arte, Dios, la religión aparecen en estos libros de modo reiterado. Su visión del arte y del bien está configurada en contrapunto crítico con Platón. Espero dedicarle otro artículo a estos temas más adelante. Vuelvo a la novela.

El primer tercio de la novela me cautivó rápidamente. Guy y Gertrud, una pareja de esposos jóvenes de buena posición económica y esmerada educación, mantienen una tertulia habitual de amigos. Conversaciones en donde se entremezclan las incidencias de la jornada, adobadas por comentarios literarios y filosóficos estimulantes. Guy está postrado en cama, grave de salud, con los días contados de vida. Gertrud tiene verdadera devoción por su esposo. Los amigos giran alrededor de la fuerte y atractiva personalidad de Guy. Destacan entre los contertulios el Conde, de ascendencia polaca, enamorado silente de Gertrud; y Tim, un joven y despreocupado pintor sin fortuna ni arte.

Entra en el escenario Ann, amiga íntima de Gertrud. Acaba de dejar el monasterio después de quince años allí. Ann abandonó la vida conventual y desea seguir haciendo el bien; tiene clara la presencia de Cristo en su vida, uno Cristo muy suyo, por cierto. Pesa más en su vida una suerte de mandato imperativo de hacer el bien. Vuelve a ser la confidente de Gertrud. Sus amigos la llaman “la monja”. Al poco tiempo, muere Guy. La joven viuda, desolada, va a una casa de campo de la familia y se encuentra con Tim con quien empieza una insólita relación amorosa, apasionada, juvenil. El desconcierto entre la familia y los amigos es muy grande, pero finalmente se casan. Un matrimonio que se mantiene, no exento de sus más y sus menos.

La religión católica está presente a lo largo de la novela como telón de fondo. Un cristianismo descafeinado que asoma, tímidamente, en la vida de algunos de los personajes. Gertrud, Ann y el Conde están cortados a semejanza del “estadio ético” de Kierkegaard. Tienen la capacidad de distinguir el bien del mal, toman decisiones y quieren comprometerse en proyectos de largo plazo. Se habla de Dios, pero está fuera del escenario, en el palco. Lo que sostiene la trama es el voluntarismo ético de los personajes: debo hacer el bien o enderezar los entuertos porque hay que hacer el bien y punto. Una mezcla de kantismo y estoicismo. Tim es harina de otro costal. Sólo tiene presente, reducido al instante. Así vivió con su anterior pareja, Daisy, hasta antes de enamorarse de Gertrud. Tim encaja en el “estadio estético” de Kierkegaard. La persona que vive el momento, pura sensorialidad, incapaz de decidir ni de hacer planes de futuro.

Murdoch maneja muy bien la narrativa de la sensualidad y eso se aprecia en el segundo tercio de la novela, cuando pasa revista a las relaciones amorosas de unos y otros. El final es abierto. ¿Qué pasará en el futuro con los protagonistas? No se sabe. Todos los personajes añoran encontrar la inocencia que un día perdieron. Hay unos atisbos de esperanza humana muy humana. No da para decir “sólo Dios sabe”. La novela me deja un sinsabor inquietante. La algarabía angelical y despreocupada de la pareja Tim y Gertrud resulta superficial. Ann, el Conde y Daisy manifiestan una tristeza resignada. Y por más que se abran las ventanas, el escenario de sus vidas queda impregnado de un tono lánguido, similar al de una pena acostumbrada.

Francisco Bobadilla Rodríguez Lima, 21 de julio de 2020.

Raïssa Maritain: brasa encendida del hogar

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Raïssa Maritain (1883-1960) está asociada a la figura del gran filósofo neotomista Jacques Maritain (1882-1973). Como me lo ha hecho notar en varias oportunidades una colega, éste es un caso en el que el filósofo Maritain no hubiese alcanzado la altura intelectual a la que llegó sin la cooperación, inspiración y aporte de su esposa: fue su musa, colega, amiga, confidente.

Los Maritain captaron mi atención desde hace varios años atrás. La lectura del libro de Raïssa, “Las grandes amistades”, da noticia de los años de juventud de ambos. Desfilan por sus páginas sus amigos, intelectuales la mayor parte de ellos. Raïsa, de ascendencia judía y nacionalidad rusa, conoce a Jacques en La Sorbona, en donde estudiaban filosofía. Se enamoraron y se casaron en 1904. Al poco tiempo conocieron a Leon Bloy, quien los introdujo al conocimiento del catolicismo, convirtiéndose ambos en 1906. Raïssa fue la brasa encendida en la casa familiar que mantuvo el calor de su hogar, convertido en una suerte de casa de Nazareth, luminoso y acogedor, a donde acudían los amigos a la tertulia habitual. Muchos encontraron la fe católica al contacto de la exquisita sensibilidad poética de Raïssa, aunada a su intensa vida interior.

A su muerte, Raïssa dejó unos apuntes sobre la oración que Jacques Maritain ordenó y publicó –con notas suyas- en 1961 bajo el título “El padre nuestro”, un pequeño libro en el que Raïssa comenta cada una de las peticiones de esta oración dominical. Sabe Raïssa que “la perfección cristiana cierra los ojos sobre uno mismo para abrirlos sobre Jesús y su Padre… No es una perfección de impecabilidad, sino de amor”. Es el amor a Jesús lo que lleva al cristiano a buscar la santidad en su vida ordinaria, con sus más y sus menos, en ejercicio continuo de salir de uno mismo para dejar lugar al amor de Dios y al prójimo.

Al comentar el “hágase tu voluntad, así en la Tierra como en el Cielo”, Raïssa trae a colación la escena del Señor en Getsemaní y dice: “Después de haber dicho: Padre mío, si es posible, que pase de mí este cáliz, añadió, “pero no se haga mi voluntad, sino la tuya”. Esta oración de Jesús está en el centro de todo dolor y de toda esperanza humana. Tenía que morir, porque ha tomado sobre sí todos los pecados y todos los sufrimientos del mundo”. Estas palabras me resuenan con particular fervor. Pienso en los padecimientos originados en esta pandemia y en sus secuelas en la vida familiar de millones de personas: inseguridad, dolor, miedo. El consuelo humano no es suficiente muchas veces. El rincón a donde podemos acudir, en última instancia, es a Getsemaní, uniéndonos a la oración agónica de Jesús, sabiendo que de alguna manera nuestro dolor actual ha sido asumido por el dolor de Cristo: no conozco mejor bálsamo que le dé sentido al sufrimiento.

Me resulta especialmente luminoso el comentario que Raïssa hace de la sexta petición “y no nos dejes caer en tentación”. “Es la oración de nuestra flaqueza –escribe-, la oración de un ser que se sabe débil y que pide no serlo hoy (…). Nos pone en guardia contra la presunción. Es una oración de humildad (…). Un hombre que conoce su flaqueza en toda su realidad no rechazará la prueba, no olvidará que en medio de las peores aflicciones y de las peores tentaciones Dios le ayudará siempre. Pero desconfía de sí mismo, sabe que poco basta para descarriarle; sabe que es capaz de todas las cobardías y de todas las locuras, de todas las resistencias a la gracia”. Una bella y realista lección de humildad que nos debería llevar a ser menos altaneros porque no estamos muy lejos de las flaquezas del peor criminal posible.

Francisco Bobadilla Rodríguez
Lima, 19 de julio de 2020.

Manuel García Morente: testimonio de integridad personal

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El primer ciclo de Estudios Generales en una universidad nacional en donde empecé mis estudios de Derecho hace 45 años, me encontré con una malla de cursos de orientación marxista en su totalidad. Tanto marxismo me abrumó, acostumbrado como estaba -por mi casa y mi colegio- a llegar libre y razonadamente a la verdad de las cosas. Ante ese desconcierto empecé a leer “Lecciones preliminares de Filosofía” de Manuel García Morente (1886-1942), un libro que formaba parte de la biblioteca de mi papá. Fue como agua de Mayo y me resultó más familiar a lo que había aprendido en mi colegio. Era mi primer encuentro con la filosofía en su singularidad, amplitud y complejidad. Desde aquella primera vez, guardo el recuerdo imborrable de García Morente como un escritor claro, amable, aun cuando me llevara a la conclusión de que la filosofía terminaba en Kant.

A la vuelta de los años, he vuelvo a descubrir al filósofo y a la persona. Me encontré con un breve ensayo sobre “La vida privada” que me encantó. La distinción entre amistad, amor y soledad abren ventanas que permiten ver la intimidad con luces nuevas. El libro que le dedicó a Henri Bergson pasa vista a la obra del filósofo francés hasta llegar a “Las dos fuentes de la moralidad y de la religión”. Exposición, por lo demás, empática y en diálogo intelectual abierto. Leí, también, “El hecho extraordinario”, libro en el que García Morente cuenta su conversión y regreso al catolicismo en 1937. Un vuelco tremendo en su vida. Del agnosticismo pasa a ser un devoto creyente. Viudo como estaba, con dos hijas, decide hacerse sacerdote, ordenándose en 1940. Su filosofía la vuelve a reedificar sobre nuevas bases. Al bagaje que traía con Spinoza, Kant, Bergson, Scheller se agrega Santo Tomás de Aquino. De hecho, cuando su hija encuentra su cadáver, halla un tomo de la Suma sobre su velador.

Una vida corta la de García Morente, recreada en su vigor espiritual por Manuel Guerra Gómez en su libro “Conversión y santidad de un intelectual: Manuel García Morente” (2017). Señala Guerra que “la lectura de cualquiera de los escritos morentianos sorprende por la lucidez de ideas y la claridad expositiva. Morente es claro e inteligible hasta en sus trabajos filosóficos, también en su traducción de autores (Kant, Descartes, Bergson, Leibniz, Brentano, Husserl, Spengler, etc.,), con frecuencia más oscuros en el original. La misma lucidez y claridad le caracteriza en sus cartas y en sus conferencias. Si pronuncio muchas conferencias, no fueron menos las tenidas tras su conversión”. De sus estancias en Tucumán, Argentina nacieron varias de sus obras.

Parte importante de su vida interior aparece en sus diarios. “Por principio –anota Guerra- la humildad no fluiría espontánea en un hombre de gobierno, intelectual, filósofo, orador y sensible de cualidades tan armónicas y excelentes como las de Morente. Su nieta la destaca como primer rasgo de su abuelo: “Después de su conversión era de una humildad extraordinaria” (Carmen Bonelli G.-Morente). No obstante, el mismo don Manuel reconoce su defecto dominante: la vanidad (deseo de agradar, complacencia excesiva en las alabanzas por sus conferencias, etc.,) y, en menor grado, el orgullo (afán autoritario de mando), dos modos de la soberbia. Consecuentemente no menciona la timidez, el temor de quedar mal -el tercer modo de soberbia-”.

Sus obras –casi completas- han sido publicadas en España. Entre nosotros no es fácil tener acceso a todos sus escritos. Ensayos breves y atractivos como “Tres emociones filosóficas: humildad, admiración y anhelo”, “El chiste y su teoría”, “Elogio de la batuta”, “Sobre la ironía” nos dan una idea de la sencillez de su pensamiento, muy afincado en las cosas simples de la vida. García Morente: un gran filósofo, una buena persona y un sacerdote devoto; testimonio de integridad de vida.

Francisco Bobadilla Rodríguez
Lima, 17 de julio de 2020

La vida es difícil, pero eso no es grave

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Etty Hillesum (1914-1943) es una chica holandesa de origen judío, de cuya vida sabemos por sus cartas y diario escrito desde 1941 hasta su muerte en Auschwitz a finales de 1943. La fuerza y riqueza de su vida espiritual está bien resaltada en el libro de Michael Davide Semerano, escrito con motivo de los cien años del nacimiento de Etty. Una vida, en los albores de su juventud, dispersa, sin rumbo, sin Dios. Inicia la escritura de su diario a pedido de su psicólogo Julius Spier, quien la encamina al descubrimiento de sí misma. Lee a San Agustín, la Biblia, San Francisco de Asís, Kempis, Echhart; Dostoievski, Rilke, Jung.

Consigue un trabajo en Westerbork, un lugar de tránsito de judíos hacia los campos de exterminio. Allí, les procura ayuda a los judíos confinados, hasta que finalmente ella misma es confinada y llevada, junto con sus papás y dos hermanos, a Auschwitz donde mueren en las cámaras de gas. En este breve espacio de tiempo, el cambio que se opera en la vida de Etty es exponencial: la gracia irrumpe en su existencia.

Sus dos últimos años de vida son intensos. Es consciente de la presencia del mal en ella y el entorno que le rodea. “En esto –apunta Semerano- Etty Hillesum es auténtica maestra de lucidez: capacidad de dar un nombre preciso a lo que de negativo puede acaecer, sin olvidar que, a la par que algo horriblemente maligno está sucediendo, sigue creciendo el bien, que existe desde siempre y que es futuro, mientras que el mal no tiene futuro, aun cuando parezca ser tan tremendo que acapare toda la atención”. Es tan fuerte la convicción de la presencia de Dios en su alma que, en medio del dolor humano del campo de concentración anota en su diario: “Creo en Dios y en los hombres, y me atrevo a decirlo sin falso pudor. La vida es difícil, pero eso no es grave”.

Etty sabe que es una vasija de barro quebradizo. En una de las entradas de su diario escribe: “Te estoy muy agradecida porque has elegido justo mi corazón, de estos tiempos, para hacerle soportar todo lo que venga. […] Retomaré la vieja, probada costumbre, y de tiempo en tiempo conversaré un poquito conmigo misma sobre estas rayitas azules. Hablaré contigo, mi Dios. ¿Puedo? Como las personas desaparecen, no me queda más que el deseo de hablar contigo. Amo tanto a los demás porque amo en cada uno un pedacito de ti, Dios mío. Te busco en todos los hombres y a menudo encuentro en ellos algo de ti. Y trato de desenterrarte de su corazón, mi Dios. Por ahora necesitaré mucha paciencia y reflexión y será muy difícil”.

La vida, ciertamente, tiene tramos difíciles cuyo peso, tantas veces, sobrepasa nuestras fuerzas. ¿A dónde voltear la vista? ¿A quién acudir? Es el momento de buscar en lo profundo del alma al Dios escondido que una mano amiga nos ayuda a desenterrar. Eso fue Etty en el campo de concentración: un bálsamo de alivio a los corazones desgarrados que acudían a ella en busca de consuelo. Su dulzura provenía de su intensa oración que dilataba su espíritu y le hacía ver el bien que, incluso, en esos terrenos del mal podía germinar. “Esta joven frágil e insatisfecha –dice el Papa Emérito Benedicto XVI- transfigurada por la fe, se convierte en una mujer llena de amor y de paz interior, capaz de afirmar: “Vivo constantemente en intimidad con Dios”.

Francisco Bobadilla Rodríguez
Lima, 16 de julio de 2020.

El clamor de las políticas identitarias

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“¿Quién soy? es una pregunta humana universal. Sin embargo, es difícil de responder cuando otras preguntas básicas resultan problemáticas o fuera de alcance. ¿Quién es mi hermano? ¿Quién es mi padre? ¿Dónde están mis primos, abuelos, sobrinas, sobrinos y el resto de las conexiones orgánicas que han servido de orientación para la existencia cotidiana de la humanidad hasta nuestros días?”. Esta pregunta la formula Mary Eberstadt en su reciente libro “Gritos primigenios: cómo la revolución sexual creó las políticas de identidad”. Esta es la pregunta de todos los siglos, desde “el conócete a ti mismo” de Sócrates hasta el “¿cómo te llamas?, ¿qué haces?” de ahora.

Las actuales políticas identitarias siguen esta misma lógica orientadas al reconocimiento de grupos o colectivos unidos por un común denominador racial, religioso, étnico, sexual, social cultural. En su origen hay un fondo de injusticia sufrida que explica, en parte, el tono fuerte y, a veces, furioso en que se expresan. Estas agrupaciones identitarias denuncian el desamparo y olvido que encuentran en la sociedad, incapaz de darles el soporte para vivir su singularidad. La tesis de Mary Eberstadt es que las reivindicaciones de estos colectivos expresan un clamor mucho más hondo anidado en la condición social y familiar del ser humano.

Señala la autora que la revolución sexual de los años 60 es el origen próximo de la desarticulación de los elementos configuradores de la identidad personal situada en la familia, portadora de las conexiones humanas más elementales. Desde entonces se ha producido un desmantelamiento de la familia: debilitamiento de la figura del padre y la paternidad, ausencia de hermanos, abandono de la dimensión trascendente de la vida. Dice Eberstadt: “La familia y la religión han sido las formas más usuales de responder a la pregunta ¿Quién soy yo? Y ahora, muchos de los que están menos familiarizados con una u otra ya no saben cómo satisfacer estas exigencias, ni son capaces siquiera de entenderlas como necesidades perennes de nuestra especie”.

La lenta disolución de la familia ha privado a muchísimos del aprendizaje social que allí se genera. No es de extrañar que, entre otras consecuencias, “miles de mujeres jóvenes con la mejor preparación estén siendo lanzadas a la sociedad y al mercado laboral sin ninguna protección. No es una casualidad que cada vez más de estas mujeres estén desprovistas de padres protectores: hombres a quienes pudieran haberse dirigido en momentos problemáticos; hombres que hubieran podido frustrar los planes de acosadores y abusadores; o incluso hombres, o mujeres, que hubieran podido ofrecer un consejo realista de acuerdo con sus experiencias y sugerir que algunos comportamientos podrían ser excesivos y deberían denunciarse”. La familia es el lugar de aceptación incondicional y la fuente del respeto y reconocimiento.

Las políticas identitarias suelen estar asociadas a los círculos de la izquierda política. Eberstadt piensa que de estos cuarteles no vendrá la liberación que proclaman. “La razón es simple –sostiene la autora-: no solo los identitarios, sino también los liberales y progresistas que ahora son anti-identitarios o identitarios escépticos, todos están de acuerdo, al menos hasta ahora, en un mismo punto cardinal: la revolución sexual es un fundamento, y como tal está fuera de los límites de una revisión intelectual, moral y política”. Y aquí es donde se encuentra la madre del cordero. Lo que hemos de rescatar es, nuevamente, la familia y sus nexos de pertenencia en donde hombres y mujeres vuelvan a vivir experiencias armónicas, socialmente sanas y no pobremente sexistas.

“La política identitaria –termina diciendo la autora- no es tanto política como un grito primigenio. Es el resultado de la Gran Dispersión: una dispersión familiar sin precedentes del mundo occidental, que ya lleva sesenta años en desarrollo. La histeria inexplicable de la política identitaria actual no es más que eso: el aullido humano colectivo de nuestro tiempo, elevado por criaturas ineludiblemente comunitarias que intentan desesperadamente identificar a los suyos”. Una vez más, a poco que caminemos, la familia es el lugar al que se vuelve.

Francisco Bobadilla Rodríguez
Lima, 11 de julio de 2020.

Max Scheler: el pensamiento desbordado por la vida

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Max Scheler (1874-1928) fue un filósofo genial, lleno de intuiciones luminosas; un maestro en el arte de descubrir realidades interesantes, un colonizador de tierras nuevas; no así un labrador de las verdades a las que llegaba. Le faltaba la paciencia del campesino capaz de sembrar, cuidar, esperar. Estas ideas me ha sugerido la deliciosa lectura de “La filosofía y la personalidad de Max Scheler” escrita por otro gran filósofo del siglo XX, Dietrich Von Hildebrand (1889-1977). Ambos amigos durante muchos años, abocados a la indagación de la ética de los valores.
Scheler es un referente imprescindible en la filosofía de los valores. San Juan Pablo II dedicó uno de sus primeros trabajos a su ética: “Max Scheler y la ética cristiana”. Las intuiciones alcanzadas por Scheler sentaron un nuevo giro en la ética filosófica que hasta entonces estaba signada por la ética kantiana. Así, frente a la psicología asociacionista destacó la libertad espiritual de la persona; frente a Kant afirmó la naturaleza espiritual también de los actos emocionales como el amor, la compasión o la alegría. Señaló las huellas del pecado original en la historia de la humanidad. Su conversión al catolicismo, revestida más de entusiasmo que de profundidad, no le duró mucho; pues, finalmente derivó en el panteísmo que antes había criticado.
Se produce un quiebre esencial en la vida del pensador en 1922. Después de ese año “se abandonó en ilusiones –anota Von Hildebrand-. No se encuentra ni un solo pensamiento que fuera llevado por lo objetivo como anteriormente. Todo se vuelve cada vez más construido, más subjetivo, más opaco, inauténtico, ya que en lugar del mirar filosófico y firme aparece la huida desesperada de la propia conciencia de culpa de un hombre desgarrado”. Esta deriva intelectual y vital lo lleva en sentido contrario a los hallazgos anteriormente encontrados.
Von Hildebrand señala que fueron dos los motivos más importantes que llevaron a Scheler a dar este abrupto cambio en su pensamiento. En primer lugar, “no llegaba casi nunca a un análisis filosófico verdadero, a un penetrar inexorable de cualquier problema”. En segundo lugar, “no podía descansar en la posesión de la verdad, entregándose amorosamente y volitivamente al objeto conocido, sino que al instante se sentía impulsado hacia nuevos conocimientos tan pronto como había conocido algo”. La vida le pudo y, aunque, escribió muy bien de la persona no consiguió establecer relaciones interpersonales duraderas y profundas con los muchísimos que conoció.
Este ensayo de Von Hildebrand me hizo recordar las líneas que Edith Stein (filósofa, de origen judío, conversa al catolicismo) le dedicó a Scheler en su libro autobiográfico “Life in a jewish family”. Cuenta que lo conoció en 1916: “en ninguna otra persona había encontrado el fenómeno del genio tan claramente. La luz de lo más valioso del mundo brillaba en sus grandes ojos azules. Sus rasgos eran agradables y nobles; aun así, la vida había dejado huellas devastadoras en su rostro. Betty Heymann dijo que le recordaba la pintura de Dorian Gray: ese misterioso retrato en el cual la vida disoluta del retratado pintaba sus líneas distorsionadas, mientras que la persona mantenía los apuestos rasgos de su juventud”. Aguda intuición femenina capaz de ver el ser en el aparecer humano. E insondables los caminos de Dios, pues, a la joven Stein la conversación con Scheler le abre una región de los “fenómenos” de los que no podría pasar a ciegas. La Fe vendría después.
Scheler, un pensador retador, una vida desgarrada, un torrente de vida desbordada que me recuerda –con temor y temblor- que si no se vive como se piensa se acaba pensando como se vive.

Francisco Bobadilla Rodríguez
Lima, 4 de julio de 2020.