Los Salmos a cámara lenta

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En mi época de juventud, no me sentía cómodo con los Salmos. Me resultaban demasiado quejumbrosos. Aunque sabía, intelectualmente, que todo se le debemos a Dios y que sin Él somos una rama tirada al suelo sin tronco ni nutrientes, no me lo acababa de creer vivencialmente. Me hizo falta que los años me cayeran encima y que me enfrentara a las caídas hondas de los cristos del alma, hoyos existenciales en donde la tabla de salvación es la Cruz desnuda de Cristo. Episodios de la vida que nos llevan a experimentar la fragilidad de la condición humana. Las grandes fortalezas que uno cree tener –y, quizá, las tenga- penden de un alfiler: un pequeño movimiento en el ánimo basta para que se vengan al suelo. En la hondura de esos baches, el consuelo humano no basta. Y ahí estaban los Salmos, como esperando en la profundidad del abismo existencial para levantarnos y llevarnos a pasear “por verdes praderas”.

Los Salmos, como los buenos versos y tantas maravillas que despiertan el alma llenándola de sentido, requieren una lectura meditada, lenta. Tienen mucho de lamento, abandono. El orante busca refugio, se abraza ante su Dios omnipotente y bueno. Hay queja, reclamo, angustia, desconsuelo, desamparo. Es el niño que cuenta al papá sus penas y pide consuelo e, incluso, venganza. Son versos, muchas veces, de última instancia. Ya no hay más lugar a donde ir, ¿a quién podría acudir? Lo humano es insuficiente, más aún, lo humano ha sido derrotado.
“Soy tu hijo y me darás el mundo por heredad” (S II). El orante lo sabe, pero su fe vacila y llega angustiado a los pies de su Señor. Mil años no son nada ante la faz del Creador, mas, para el orante, un minuto de angustia es de un dolor insoportable. Bien podría decirle al Señor: “El instante me oprime, Señor, mil años son demasiados años para mí. Son una inmensidad sin sentido si Tú no los llenas de tu Gloria. Mis enemigos me acorralan, se mofan, ¿dónde estás, Señor de los débiles, dónde estás?”.

No basta con saber que los Salmos existen y que es muy conveniente meditarlos. La cabeza lo sabe, pero hace falta que el corazón sea instruido, dice Robert Spaemann. Y es que los salmos hay que sentirlos, saborearlos con una cierta connaturalidad. No son frases redondas de un trovador ingenioso, son desgarrones del alma, gritos de alegría, alabanzas desbordadas. Son los clamores o alabanzas que me gustaría decir a voz en cuello desde el hoyo oscuro o la verde pradera.

Qué a gusto se está en compañía de los Salmos cuando se está a disgusto en ciertos tramos de la vida. Pienso que estos versos de inspiración divina requieren de un interlocutor con el alma herida o con el corazón desbordado por la alegría o el agradecimiento, cuanto menos, así es como más los disfruto. De este modo, la oración se vuelve bálsamo que suaviza las heridas o incienso que llega al Cielo.

He encontrado un magnífico maestro en el gusto por los Salmos en los dos tomos que Robert Spaeman, filósofo alemán, ha escrito sobre ellos. Su título es modesto “Meditaciones de un cristiano”, su contenido es inspirador. Los recomiendo.

Lima, 25 de junio de 2018.

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El secreto del Padre Brown

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Los relatos incluidos en “El secreto del Padre Brown” de Chesterton ponen de manifiesto la hondura y, a la vez, la sencillez de la antropología cristiana del simpático padre Brown cuando desentraña los móviles de los crímenes que caen en sus manos. ¿Cuál es el secreto del padre Brown para dar con el crimen y con el criminal? No es, desde luego, sus conocimientos de criminología, de la que más bien desconfía, por la pretensiosa asepsia con la que los criminólogos estudian al delincuente “como si fuese un insecto gigantesco, bajo lo que ellos dirían que es una luz fría e imparcial; algo que yo llamaría –dice el padre Brown- una luz muerta y deshumanizada. Pretenden apartarse mucho de él como si fuese un lejano monstruo prehistórico”.

El secreto del padre Brown es otro. Dice: “no trato de apartarme del hombre, sino de ponerme en el pellejo del asesino…En realidad aún más, ¿no lo comprende? Estoy en su pellejo. Siempre en su pellejo, moviendo sus brazos y sus piernas, aunque siempre espero hasta estar seguro de que me he metido en el pellejo del asesino, de que pienso como él y que me debato con sus mismas pasiones”. La perspectiva del padre Brown no es la del hombre inmaculado que se considera incapaz de cometer crímenes horrendos. Se sabe de la misma pasta que el peor de los criminales y, por eso, es capaz de descubrir, en medio de las luces artificiales que encubren al delincuente, la oscuridad de su alma que tantas veces cobija envidia, codicia, odio, crueldad.

“Nadie puede ser bueno de verdad hasta que descubre lo malo que es, o podría llegar a ser, –afirma el padre Brown- hasta que repara en que no tiene derecho a hablar con tanto esnobismo y desdén sobre los criminales, como si fueran simios en un bosque a quince mil kilómetros de distancia, hasta que se libra de todos esos engaños sobre los tipos inferiores y los cráneos defectuosos, hasta que elimina de su alma la última gota del aceite de los fariseos, hasta que su única esperanza es de un modo u otro haber capturado a un criminal y dejarlo, sano y salvo, bajo su protección”.

Podemos mostrar indignación y rabia ante los crímenes de los que somos testigos. Es justa la denuncia de la corrupción. Sin embargo, hay un punto en el que la denuncia se puede tornar destemplada, justo cuando nos ponemos en el pódium de los “puros”, como si estuviéramos libres de toda maldad o intención torcida. Me parece más humana, por eso, la actitud del padre Brown: yo puedo ser ese criminal, de ahí que la arrogancia se torne en humildad.

El padre Brown no es un profeta, ni un Quijote, es un caminante “que sigue recorriendo la vida con su viejo paraguas, simpatizando con casi toda la gente con la que se encuentra y aceptando al mundo como compañero de viaje, pero nunca como juez”.

Lima, 4 de junio de 2018.

La integridad a baño María

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Queremos desterrar la corrupción en el sector público y privado, deseamos un país en que los niños estén protegidos y la mujer sea respetada. Grande es el desencanto cuando vemos que muchos políticos no buscan el bien común, que hay jueces inicuos dedicados a deshonrar la justicia, que hay un periodismo vendido al poder o al dinero dispuesto a falsear la verdad. Quien roba, soborna, extorsiona, maltrata, miente… sabe que comete un acto prohibido por la ley y por la moral. Las normas penales son muy claras y señalan los delitos con precisión. Cuando el escándalo es mayúsculo la severidad de las penas aumenta. Y, sin embargo, como lo dice el poeta, “el cadáver ¡ay! siguió muriendo”.

Vemos el mal y al instante –desde las diversas instancias del poder- ponemos sistemas de control para frenar y penalizar las malas prácticas de la corrupción. Somos conscientes de que el derecho no es suficiente y apelamos a la ética: verdad, honestidad, transparencia, servicio, integridad. ¿Programas de formación ética para todo el mundo? Sí, pero, aun así, nos quedamos cortos; entre otras cosas, porque –como lo dicen los entendidos y el sentido común de mamá- la ética no se enseña, se aprende en comunidades de práctica en donde directivos y colaboradores, funcionarios y empleados, aprenden las buenas prácticas valorativas que se comunican por contagio y con el ejemplo. Si éstas faltan, la mejor norma nace y muere en el papel.

Kierkegaard (1813-1855) lo vio con singular claridad, señalando que lo crucial no está en elaborar una buena teoría ética, sino en vivir y existir éticamente. Desde luego, nos viene bien saber qué es la honestidad y cómo se refleja en los sistemas contables. Esto es solo un buen inicio. Lo que sigue ya no depende de la norma, está en las manos del actor. Es el viaje hacia el fondo de uno mismo, allí donde se forjan el amor a la verdad, el respeto a los demás, el espíritu de servicio, la humildad para saber que tenemos pies de barro, la sencillez para evitar posturas vanidosas. Es decir, la integridad no se predica, se vive y sabe Dios cuánto cuesta. Predicadores apasionados de honestidad abundan en el escenario político peruano: les sobra ira, les falta autenticidad.

Las normas señalan el camino, pero no caminan. Quien suda la gota gorda es la persona que está en la operación, quien ve pasar el dinero por sus manos un día y otro y resiste en el bien, rechazando la tentación de encontrar la trampa a la ley. Sí, vivir lo que se predica es reduplicar existencialmente la integridad ética. La integridad no es el resultado de leyes anticorrupción, ni mucho menos el resultado de una exitosa campaña de imagen. Como están las cosas, lo que urge son jefes íntegros, más que decretos de urgencia. Y dado que la integridad se cocina en la intimidad del corazón humano, invirtamos más en la formación de las personas, cuya maduración compagina más con el baño maría, que con la llama ardiente.

Lima, 29 de mayo de 2018.

El sentido de la vida

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En más de una oportunidad nos hemos topado con hechos o dichos a los que no les encontramos lógica, pues escapan a una secuencia racional y decimos “esto no tiene sentido”. Esta experiencia es, quizá, la más cercana a la idea de lo que solemos entender como “el sentido de la vida”, es decir una biografía personal con dirección, rumbo, en la que cada tramo existencial nos da peso específico.

“Arrieros somos y en el camino nos encontramos” dice el refrán popular. Caminar es, ciertamente, uno de los rasgos que más nos definen como seres humanos. Sin embargo, una vida con sentido no es solo un caminar sobre senderos trazados o por hacer. Importa, desde luego, el hacia dónde vamos; pero es, igualmente esencial, lo que queda atrás como saldo. Y ese saldo se mide por lo que pesa, más que por lo que luce. Un peso que le otorga consistencia a la vida en un tramado de logros y fracasos, alegrías y penas. Poco aportan a este propósito, las risas huecas, las horas locas, los vértigos existenciales. Con estas últimas experiencias se flota, se olvida, se vive el instante; su saldo es el vacío.

El sentido de la vida articula pasado, presente y futuro; su fruto es la serenidad y combina muy bien con el oro viejo, nada llamativo y siempre valioso. Combina, asimismo, más con una actitud humilde de búsqueda que con la actitud altanera del genio de la lámpara de Aladino que todo lo puede. Encontrar el sentido de la vida se parece mucho a jugar a “las escondidas”: cierra los ojos y, al cabo de un corto tiempo, busca. En tanto que búsqueda supone un cierto desasosiego, una incomodidad con el presente y desorientación respecto del futuro, mas no es búsqueda sin término. El “ampay” llega, te encontré. Ya tengo un “qué” en las manos y la vida se va coloreando. Paso a paso el paisaje se llena de formas, tonalidades, perspectivas; un toque aquí, otro allá. Llega el cansancio, se descansa y vuelta a tomar el pincel.

Una vida sin sentido, lo sabemos, es una vida vacía cuyo telón de fondo puede ser el fracaso existencial. Vivimos en una sociedad que nos hace correr de un sitio a otro. No hay tiempo para el reposo, todo pasa muy rápido cual película de acción en las que no hace falta pensar nada. Un ambiente así, no se presta para asumir la conducción consistente de nuestra vida: ¡calma, alma! Y dado que encontrar el sentido de la propia existencia es un asunto serio, démonos tiempo para buscar nuestra misión en la vida. Búsqueda serena, sin inventarnos angustias gratuitas y sabiendo que la vida es para vivirla, es decir, tampoco nos pasemos los días y meses rizando el rizo. Después de todo es condición de vida, como lo dice San Pablo, “ver ahora como en espejo, borrosamente”. Así que, a caminar, pues cada paso nos desvela el sentido de la vida.

Lima, 7 de junio de 2018

Marx, doscientos años después

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La fecha de nacimiento de Karl Marx, 5 de mayo de 1818, la tengo memorizada de mi época de cachimbo universitario en los años setenta. Todos los cursos que llevé, salvo uno de literatura, fueron de orientación marxista. Pude leer, por activa y por pasiva, gran parte de las obras de Marx: varios de sus escritos juveniles y los más conocidos de su época de madurez: el “Manifiesto del Partido Comunista” (1848, en colaboración con Engels) y el Tomo I de “El Capital” (1867), entre otros. Desde luego, formaron parte de mis lecturas las obras de Engels (de un determinismo espantoso), Lenin, Stalin, Mao y bastantes de los revisionistas y neomarxistas: Trotsky, Plejánov, Luxemburgo, Lukács, Garaudy, Gramsci… Marx es el mismo en sus escritos juveniles y en los de madurez.

Hasta entonces no tenía idea de la existencia del marxismo. De la noche a la mañana me encontré con esta ideología que lo abarcaba todo y leía la historia en clave de lucha de clases, burgueses y proletarios, revolución armada, estructura y superestructura, alienación, dependencia. Cuando aparecía un hecho que dejaba mal parada esta ideología, venía la “dialéctica de los contrarios” y arreglaba el conflicto. Lo que más me asombró de toda esta fanfarria de marxismo fue la desaparición de la idea de responsabilidad personal y culpa. Ambas ideas las había aprendido en casa y en el colegio. Resultaba que ahora ya no había ni responsabilidad ni culpa personales, todo era producto de las leyes inexorables de la historia: la revolución se daría sí o sí y lo razonable era sumarse a la lucha de clases, partera de la idílica sociedad sin clases. Yo ya no era culpable de nada, era un mero producto de las maléficas relaciones de la propiedad privada.

El esquema marxista es un pensamiento excluyente, no sabe convivir en paz con otras formas de pensar. Aún guardo las imágenes de aquellos años: puños cerrados, caras amargas, gritos destemplados, calles tomadas, fuerza bruta y escaso discernimiento. Este pensamiento único me rebeló en mi primera juventud y me resultó chocante que se nos quisiera imponer qué pensar y cómo actuar. Los fallidos proyectos históricos del socialismo real que causaron millones de muertos no son errores de los iluminados que lo llevaron a cabo, son errores más profundos. Hay un defecto de fábrica en el marxismo: el desconocimiento del valor de la persona individual, por encima de la clase; de la libertad, por encima de las leyes de la historia.

Provengo de las añejas canteras ideológicas del marxismo en su tinta y me pasa lo que a Rubashov, el viejo personaje de “El cero y el infinito” de Arthur Koestler: amo la libertad, me conmueve la persona individual, no las estructuras; y desconfío de los totalitarismos ideológicos que me quitan la respiración. Han pasado doscientos años y Marx no ha mejorado. Sus seguidores lo han empeorado bastante más. Lo mejor para Marx es quedarse en sus libros.

Lima, 15 de mayo de 2018.

La fineza de espíritu en la empresa

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Las empresas buscan, entre otras cosas, que sus productos o servicios sean adquiridos por sus clientes. De los buenos resultados económicos pende la sostenibilidad de la misma organización. Llegar a las metas planeadas supone un gran esfuerzo para todos los miembros de la empresa. Estrategias, operaciones, sistemas de control se ponen en marcha para hacer frente a la competencia del mercado. No hay lonche gratis, lo sabemos.

A la par, también somos conscientes de que una empresa no se reduce a una máquina que fabrica productos y dinero. Interactuamos entre seres humanos y cada uno es una biografía compleja en donde confluyen aspiraciones, ilusiones, ambiciones, sueños. Aportamos a la empresa nuestras competencias operativas y buscamos, asimismo, un lugar en donde la propia dignidad personal sea reconocida, acogida y celebrada. Nadie, de ordinario, busca la infelicidad en su trabajo. Queremos empresas con alma, es decir, organizaciones en donde el talento profesional sea reconocido y, a la vez, se trabaje a gusto porque las relaciones interpersonales están cargadas de sentido y de fineza de espíritu.

La fineza de espíritu forma parte del modo de ser personal y, por tanto, es una cualidad transversal que se expresa en el comportamiento de los integrantes de la empresa. Es decir, la fineza de espíritu no es patrimonio exclusivo del área de servicio, de atención al cliente o de recursos humanos; es una competencia que forma parte de la calidad humana de cada miembro de la organización y que configura la cultura organizacional dándole un tono de cordialidad, benevolencia, beneficencia y amistad a las relaciones interpersonales.
Cordialidad que se expresa en el tono amable, buenos modales y trato respetuoso con los clientes internos y externos. Benevolencia manifestada en el trato cálido y sincero que celebra los logros de los compañeros de trabajo. Beneficencia acreditada en la disposición continua de servir a los colegas y estar atentos a sus necesidades reales. Finalmente, amistad franca orientada a buscar el bien para cada uno de nuestros colaboradores, sabiendo pasar con elegancia las fricciones propias de la convivencia profesional.

La fineza de espíritu no sustituye a los resultados en azul de una empresa, pero sí pone una cuota de alegría a la exigente carga laboral de cada día.

Lima, 2 de mayo de 2018.

La incredulidad del padre Brown

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El padre Brown es el personaje que Chesterton (1874-1936) creó para sus cuentos policiacos. “La incredulidad del padre Brown” lo escribió en 1936 y consta de ocho cuentos, unos más sabrosos que otros, cuyo eje central es, precisamente, la incredulidad o descreimiento de este simpático sacerdote católico ante los casos que se le presentaban y que, aparentemente, tenían un sesgo milagroso.

Chesterton está entre mis autores preferidos e intento tener siempre a mano alguno de sus textos que me devuelven el sentido del humor ante la vida y le sacan punta al ingenio. Pienso que una buena dosis de lectura de sus cuentos, novelas, crónicas, ensayos, poemas son un buen equipaje intelectual para ir con garbo en el laberinto de la cultura contemporánea marcada, muchas veces, por un exceso de cinismo y de escaso sentido común.

En el cuento “El oráculo del perro”, el padre Brown le resta valor al carácter mágico que algunos de sus contertulios atribuían al perro de la narración. Dice: “Los animales son muy sencillos; viven en un mundo de perogrulladas. Fíjese si no en el caso que voy a exponer: un perro ladra a un hombre, y el hombre huye del perro. Creo que usted no es lo bastante sencillo para traslucir el sentido de todo esto: el perro ladraba porque no le gustaba el individuo y el hombre huyó porque se asustó del perro. No tenían otro motivo ni lo necesitaban tampoco. Pero usted no se contenta con ello, sino que introduce en el caso misterios psicológicos con la suposición de que el perro tiene motivos paranormales y que actuaba como misteriosa voz del destino. Por eso, usted cree, según su teoría, que el hombre no huía del perro, sino del muerto”.
“El sino de los Darnaway” es una buena muestra de cómo razón y fe se abrazan de tal modo que la primera sana a la fe de fideísmo y la fe sana a la razón de racionalismo. Los supersticiosos creen en la leyenda que dice que todos los Darnaway acabarán suicidándose. El doctor Barnet, en cambio, basado en sus conocimientos de genética, dirá que los Darnaway se suicidan por una tara genética. La opinión del padre Brown es otra y le dice a Barnet: “ya veo que usted, también, cree en la superstición”. Barnet le responde: “yo creo en el suicidio por necesidad científica. ¿Es que usted no cree en las leyes de la herencia?” A lo que el sacerdote contestó: “Ya he dicho que creo en la luz del día y no quiero pararme en escoger entre dos túneles de superstición subterránea, que acaba en la oscuridad. Y la prueba es ésta: que todos ustedes están completamente a oscuras respecto de lo que allí sucedió”. Y respondieron: “¿Lo del suicidio?”. “Lo del asesinato, afirmo yo—dijo el padre Brown, y aunque solo había levantado un poco la voz pareció llenar por completo el espacio—Ha sido un asesinato y siempre será ésta una cosa que Dios dejó a la libre voluntad del hombre”.

Ni superstición ciega, ni racionalismo determinista. La fe amplía la racionalidad y hace que ésta comprenda el misterio cuando lo hay y, asimismo, despeja las tinieblas de las maldiciones y supersticiones cuando encubren hechos que se quieren ocultar. La fe y la razón en estos relatos del padre Brown son las dos alas con las que se puede volar para ver el lado luminoso y oscuro de la condición humana, sin dramatismos desgarradores ni la ingenuidad del naturalismo.

Lima, 27 de marzo de 2018.

La crisis moral de la democracia peruana

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Víctor Andrés Belaunde decía en su célebre discurso de 1914 que “todo fenómeno político envuelve una cuestión moral”. La crisis política que aqueja a nuestro país es, esencialmente, una crisis moral. Los conceptos y palabras que usamos en todos estos meses para denunciar la zozobra política tienen naturaleza moral: corrupción, incapacidad moral permanente; falta de honestidad, transparencia, lealtad y veracidad; carencia de autoridad moral, desconfianza social, falta de imparcialidad…

La democracia formal, cuyo pilar es el balance de poderes, está indefensa ante la magnitud de la crisis y desconfianza generalizada. No queda títere con cabeza. Congresistas, ministros, jueces, fiscales, políticos, empresas periodísticas, periodistas, empresarios no pueden esconder el rabo de paja que arrastran. Hemos perdido confianza en nuestras instituciones democráticas. Después de tantas decepciones y en medio de la guerra de dimes y diretes de unos y otros, el ciudadano medio queda a la intemperie, desangelado y desconcertado. ¿Alguno dice la verdad? ¿Qué oculta esa denuncia? ¿Qué quieres callar con lo que dices? ¿Puede un implicado en el delito convertirse en colaborador eficaz y así salvar el pellejo? Tirar la primera piedra en este ambiente de enrarecimiento moral es muy difícil.

El Montesinos de antaño es el Barata y el Odebrecht de ahora. Este último compra presidentes de la República, reparte sus ganancias mal habidas con grandes empresas peruanas, calla a la prensa y a los periodistas con publicidad o auspicios. ¿Todos en el mismo saco? No, tenemos políticos, jueces, periodistas íntegros. Los que son honestos lo saben. Los que se visten de seda, también lo saben.

Quedarse en la denuncia o en el solo lamento no es suficiente. A la democracia formal -la de reglas y procesos transparentes- lo único que se le ocurre es poner sistemas de control cada vez más exigentes y procurar procesos que hagan visibles las prácticas públicas y privadas. Es decir, del legalismo de Hobbes no sale, porque es todo lo que puede hacer. Hace tiempo renunció fiarse en las virtudes morales de sus ciudadanos y funcionarios públicos. Ahí está Mandelville (1670-1733) con “La fábula de las abejas” quien sostuvo que los vicios privados generan beneficios públicos. Es decir, afirmaba que una sociedad sería próspera si permite que su gente persiga sus intereses individuales, al punto, incluso, que los vicios privados serían generadores de bienestar público. Algo así como el “roba, pero hace”. La realidad es totalmente otra y la hemos vivido en carne propia. El avaro quiere plata y quiere cada vez más: no son mil soles, son cientos de miles de dólares. La avaricia jala a la vanidad y gasta en casas y lujos. El dinero facilita la lujuria. Ya no hace falta trabajar y la pereza vive de las rentas disfrazadas de conferencias, herencias, polladas. Un pecado capital llama, inmediatamente, a sus otros seis compañeros de viaje.

¿Qué hacemos? Volvamos al corazón de la República, tomemos en serio la república de las virtudes personales: si no formamos ciudadanos honestos, tampoco tendremos servidores públicos ni empresarios, ni jueces honestos. La educación no puede renunciar a la formación ética y humanista, pues los vicios personales, tarde o temprano explotan en vicios públicos. La integridad personal es un atributo de todo el ser humano, se muestra en la esfera privada y en la esfera pública. No es un camino fácil, cuesta y mucho. Es una tarea para toda la vida. No basta con pensar bien para ser una persona íntegra, hay que vivir bien, igualmente. La integridad no es logro, es meta. Se cultiva en la humildad y huye del alarde.

Lima, 11 de marzo de 2018.

La promesa de América Latina

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Guzmán Carriquiry vuelve a escribir sobre América Latina a propósito del bicentenario de la independencia de los países latinoamericanos (“Memoria, Coraje y Esperanza. A la luz del Bicentenario de la Independencia de América Latina”. Presentación del Papa Francisco. Editorial Nuevo Inicio. Granada, 2017). Antes, en el 2005 publicó Una apuesta por América Latina. Siguió a este libro El bicentenario de la independencia de los países latinoamericanos (2011). Estos dos últimos libros fueron prologados por el arzobispo de Buenos Aires, Jorge Mario Bergoglio. La nueva entrega de Guzmán Carriquiry, que ahora nos ocupa, es presentada por el Papa Francisco. La lectura de Memoria, Coraje y Esperanza dice mucho del pensamiento del profesor uruguayo, actual Vicepresidente de la Comisión Pontificia para América Latina y, también, dice de la visión del Papa Francisco sobre América Latina, expresada en sus viajes a Ecuador, Bolivia, Paraguay, Colombia, Chile y Perú.

El profesor Guzmán Carriquiry forma parte de la tradición uruguaya de intelectuales preocupados en el destino de América Latina y que se ocuparon de pensarla. Un hito importante de esta veta intelectual es el uruguayo Methol Ferré (1929-2009), a quien estuvo unido por lazos de amistad y de coincidencia académica. Guzmán Carriquiry ofrece, en su último libro, una gran síntesis de lo que significó la independencia histórica de los países latinoamericanos de España y Portugal. Doscientos años de trayectoria republicana que, desde entonces, tiene aún tareas pendientes, cuya realización pende del esfuerzo, coraje y creatividad de las sucesivas generaciones de latinoamericanos.

Guzmán Carriquiry señala que la “revolución iberoamericana se inscribe en la larga onda de liquidación del ‘’Ancien Regime’’ y de la pujanza de tendencias liberales que, en la política como en la economía y la cultura, fueron imponiéndose con la emergencia del mundo burgués. Hay una continuidad evidente entre el reformismo ilustrado de las monarquías absolutas y el liberalismo pos-revolucionario: ambos quisieron ‘’ilustrar’’ a una sociedad llena de ignorancia, criticar muchas tradiciones a la luz de la razón, someter la Iglesia al Estado, promover la libertad de comercio, desamortizar la propiedad y disminuir la autonomía de los pueblos y de las corporaciones” (p.47). Y, así como en la Revolución francesa se suprimieron los gremios profesionales y se prohibió todo tipo de asociación, pasó, también, en nuestra naciente república peruana, en donde las comunidades campesinas quedaron desprotegidas. La ideología del ciudadano solo frente al Estado del naciente liberalismo, sin ningún tipo de mediación, pudo más que la realidad.

El resultado de esta revolución emancipadora se “resolvió en balcanización. Quedó una ‘’nación inconclusa’’. Y, ciertamente, aun cuando hemos realizado esfuerzos encaminados a buscar la integración de la Región, éstos no acaban de ser lo suficientemente significativos para pensar que detrás del concepto de América Latina tenemos una realidad sólida que la avale.
Jorge Basadre, en la primera mitad del siglo XX, habló de la “promesa de la vida peruana” (1945), algo que no somos todavía, pero que deberíamos llegar a ser. En eso estamos. Quizá de América Latina deberíamos decir algo semejante. Tenemos muchos elementos históricos, religiosos, culturales que nos unen y, también, bastante historia en estos doscientos años que nos han llevado a configurarnos como países independientes. Nos sabemos pertenecientes a una Patria, pero quizá todavía hay mucho camino que recorrer para sabernos y sentirnos pertenecientes de la Patria Grande latinoamericana. América Latina no es una unidad integrada, pero es una buena apuesta como lo sugiere Guzmán Carriquiry; no es una realidad tangible ahora, mas es una promesa retadora como lo afirmara Jorge Basadre respecto al Perú.

“Unidos por la esperanza” es mucho más que un lema, es un programa de trabajo que el Papa Francisco propone para América Latina, cuyo “testigo” toma Guzmán Carriquiry en esta carrera de relevo generacional: “la esperanza que el actual pontificado siembra en nuestros pueblos ha de revertirse en movilizaciones populares y debates políticos e intelectuales en pos de un renovado proyecto histórico para América Latina, no obstante, las condiciones por cierto confusas y críticas, del contexto internacional. ¡Que no se diga nuevamente que América Latina es el continente de las oportunidades perdidas…!” (p.76).

Lima, 18 de febrero de 2018

Chantaje a la conciencia

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Este año es un doble aniversario para la memoria del escritor e historiador ruso Aleksandr Solzhenitsyn (1918-2008): cien años de su nacimiento en diciembre, diez años de su muerte en agosto. Solzhenitsyn llamó la atención de los horrores del Gulag soviético y alertó a Occidente del cáncer del totalitarismo comunista (Alerta a Occidente, El error de Occidente). Su gran arma fue mostrar la “verdad” de la historia rusa y desvelar la mentira sobre la que se sostenía la dictadura soviética, con los millones de muertos que supuso tan horrendo proyecto.

Cuando cayó el Muro de Berlín (1989) y se deshizo el imperio soviético, Solzhenitsyn regresó a Moscú y publicó dos pequeñas historias recogidas ahora en un volumen: “Ego” seguido de “En el filo” (Barcelona, 2016). La primera narración “Ego” es fascinante, con el estilo parco y sobrio de aquel otro texto “Un día en la vida de Ivan Desinovich”. Ego, un cooperativista, cuenta la rebelión de Tambov una de los mayores levantamientos de campesinos contra los bolcheviques. Campesinos, rebeldes y cosacos caen exterminados por el Ejército Rojo.

“Pável Vasílievich Éktov (Ego) siempre había permanecido unido a los campesinos, a sus padecimientos, su concepción de la vida y su sentido de la frugalidad (las botas para la Iglesia; las alpargatas para ir al pueblo, y los pies descalzos para arar. Y ahora ese corazón sufría lo indecible por la insensata ruina del campo: los bolcheviques habían saqueado los pueblos de Tambov (y cada aprovechado instructor o inspector de turno robaba más que el anterior)”.

Destaca el hondo sentido de familia de los “mujiks” (campesinos pobres). Ego sabe que la familia es goce y también dolor: “hay que tener una herradura en vez de corazón para no estremecerse por los seres queridos cuando los pueden estar destrozando unas malditas garras”. A este dilema de conciencia se tiene que enfrentar cuando cae en manos del Ejército Rojo: delatar a los rebeldes o sacrificar a su familia. “¿Había alguien o algo en el mundo de lo que se sintiese más responsable que de ellas? Eran toda su vida. ¿Entregárselas él? A Polina le pegarían un tiro. Y a Marinka, su hija, tampoco la perdonarían. ¿Y si con ello salvaba a los campesinos? Pero los rebeldes ya habían sido derrotados –se decía a sí mismo para aquietar su conciencia-. Y se rindió, sería un traidor, se odiaba a sí mismo… ¡El dolor de Judas en la mano ¿Quién puede comprender tal tormento si no lo ha experimentado personalmente?”.
Y como Ego muchísimos más. Los bolcheviques los tenían agarrados por la familia. Me pongo en el lugar de Ego. Es dolorosísimo actuar en contra de la conciencia: delatar o ver morir a su familia. Poner a una persona en un dilema tal es de suma crueldad. Humillar a un ser humano es abominable, pero es aún más cruel doblegar la conciencia de una persona con el chantaje: queda anulada en su dignidad.

¿Las atrocidades del experimento soviético se debieron a la demencia de Stalin? Me parece que no, la historia de la revolución bolchevique es consecuencia del desatino radical de la ideología marxista.

Lima, 8 de febrero de 2018