Marx, doscientos años después

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La fecha de nacimiento de Karl Marx, 5 de mayo de 1818, la tengo memorizada de mi época de cachimbo universitario en los años setenta. Todos los cursos que llevé, salvo uno de literatura, fueron de orientación marxista. Pude leer, por activa y por pasiva, gran parte de las obras de Marx: varios de sus escritos juveniles y los más conocidos de su época de madurez: el “Manifiesto del Partido Comunista” (1848, en colaboración con Engels) y el Tomo I de “El Capital” (1867), entre otros. Desde luego, formaron parte de mis lecturas las obras de Engels (de un determinismo espantoso), Lenin, Stalin, Mao y bastantes de los revisionistas y neomarxistas: Trotsky, Plejánov, Luxemburgo, Lukács, Garaudy, Gramsci… Marx es el mismo en sus escritos juveniles y en los de madurez.

Hasta entonces no tenía idea de la existencia del marxismo. De la noche a la mañana me encontré con esta ideología que lo abarcaba todo y leía la historia en clave de lucha de clases, burgueses y proletarios, revolución armada, estructura y superestructura, alienación, dependencia. Cuando aparecía un hecho que dejaba mal parada esta ideología, venía la “dialéctica de los contrarios” y arreglaba el conflicto. Lo que más me asombró de toda esta fanfarria de marxismo fue la desaparición de la idea de responsabilidad personal y culpa. Ambas ideas las había aprendido en casa y en el colegio. Resultaba que ahora ya no había ni responsabilidad ni culpa personales, todo era producto de las leyes inexorables de la historia: la revolución se daría sí o sí y lo razonable era sumarse a la lucha de clases, partera de la idílica sociedad sin clases. Yo ya no era culpable de nada, era un mero producto de las maléficas relaciones de la propiedad privada.

El esquema marxista es un pensamiento excluyente, no sabe convivir en paz con otras formas de pensar. Aún guardo las imágenes de aquellos años: puños cerrados, caras amargas, gritos destemplados, calles tomadas, fuerza bruta y escaso discernimiento. Este pensamiento único me rebeló en mi primera juventud y me resultó chocante que se nos quisiera imponer qué pensar y cómo actuar. Los fallidos proyectos históricos del socialismo real que causaron millones de muertos no son errores de los iluminados que lo llevaron a cabo, son errores más profundos. Hay un defecto de fábrica en el marxismo: el desconocimiento del valor de la persona individual, por encima de la clase; de la libertad, por encima de las leyes de la historia.

Provengo de las añejas canteras ideológicas del marxismo en su tinta y me pasa lo que a Rubashov, el viejo personaje de “El cero y el infinito” de Arthur Koestler: amo la libertad, me conmueve la persona individual, no las estructuras; y desconfío de los totalitarismos ideológicos que me quitan la respiración. Han pasado doscientos años y Marx no ha mejorado. Sus seguidores lo han empeorado bastante más. Lo mejor para Marx es quedarse en sus libros.

Lima, 15 de mayo de 2018.

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La fineza de espíritu en la empresa

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Las empresas buscan, entre otras cosas, que sus productos o servicios sean adquiridos por sus clientes. De los buenos resultados económicos pende la sostenibilidad de la misma organización. Llegar a las metas planeadas supone un gran esfuerzo para todos los miembros de la empresa. Estrategias, operaciones, sistemas de control se ponen en marcha para hacer frente a la competencia del mercado. No hay lonche gratis, lo sabemos.

A la par, también somos conscientes de que una empresa no se reduce a una máquina que fabrica productos y dinero. Interactuamos entre seres humanos y cada uno es una biografía compleja en donde confluyen aspiraciones, ilusiones, ambiciones, sueños. Aportamos a la empresa nuestras competencias operativas y buscamos, asimismo, un lugar en donde la propia dignidad personal sea reconocida, acogida y celebrada. Nadie, de ordinario, busca la infelicidad en su trabajo. Queremos empresas con alma, es decir, organizaciones en donde el talento profesional sea reconocido y, a la vez, se trabaje a gusto porque las relaciones interpersonales están cargadas de sentido y de fineza de espíritu.

La fineza de espíritu forma parte del modo de ser personal y, por tanto, es una cualidad transversal que se expresa en el comportamiento de los integrantes de la empresa. Es decir, la fineza de espíritu no es patrimonio exclusivo del área de servicio, de atención al cliente o de recursos humanos; es una competencia que forma parte de la calidad humana de cada miembro de la organización y que configura la cultura organizacional dándole un tono de cordialidad, benevolencia, beneficencia y amistad a las relaciones interpersonales.
Cordialidad que se expresa en el tono amable, buenos modales y trato respetuoso con los clientes internos y externos. Benevolencia manifestada en el trato cálido y sincero que celebra los logros de los compañeros de trabajo. Beneficencia acreditada en la disposición continua de servir a los colegas y estar atentos a sus necesidades reales. Finalmente, amistad franca orientada a buscar el bien para cada uno de nuestros colaboradores, sabiendo pasar con elegancia las fricciones propias de la convivencia profesional.

La fineza de espíritu no sustituye a los resultados en azul de una empresa, pero sí pone una cuota de alegría a la exigente carga laboral de cada día.

Lima, 2 de mayo de 2018.

La incredulidad del padre Brown

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El padre Brown es el personaje que Chesterton (1874-1936) creó para sus cuentos policiacos. “La incredulidad del padre Brown” lo escribió en 1936 y consta de ocho cuentos, unos más sabrosos que otros, cuyo eje central es, precisamente, la incredulidad o descreimiento de este simpático sacerdote católico ante los casos que se le presentaban y que, aparentemente, tenían un sesgo milagroso.

Chesterton está entre mis autores preferidos e intento tener siempre a mano alguno de sus textos que me devuelven el sentido del humor ante la vida y le sacan punta al ingenio. Pienso que una buena dosis de lectura de sus cuentos, novelas, crónicas, ensayos, poemas son un buen equipaje intelectual para ir con garbo en el laberinto de la cultura contemporánea marcada, muchas veces, por un exceso de cinismo y de escaso sentido común.

En el cuento “El oráculo del perro”, el padre Brown le resta valor al carácter mágico que algunos de sus contertulios atribuían al perro de la narración. Dice: “Los animales son muy sencillos; viven en un mundo de perogrulladas. Fíjese si no en el caso que voy a exponer: un perro ladra a un hombre, y el hombre huye del perro. Creo que usted no es lo bastante sencillo para traslucir el sentido de todo esto: el perro ladraba porque no le gustaba el individuo y el hombre huyó porque se asustó del perro. No tenían otro motivo ni lo necesitaban tampoco. Pero usted no se contenta con ello, sino que introduce en el caso misterios psicológicos con la suposición de que el perro tiene motivos paranormales y que actuaba como misteriosa voz del destino. Por eso, usted cree, según su teoría, que el hombre no huía del perro, sino del muerto”.
“El sino de los Darnaway” es una buena muestra de cómo razón y fe se abrazan de tal modo que la primera sana a la fe de fideísmo y la fe sana a la razón de racionalismo. Los supersticiosos creen en la leyenda que dice que todos los Darnaway acabarán suicidándose. El doctor Barnet, en cambio, basado en sus conocimientos de genética, dirá que los Darnaway se suicidan por una tara genética. La opinión del padre Brown es otra y le dice a Barnet: “ya veo que usted, también, cree en la superstición”. Barnet le responde: “yo creo en el suicidio por necesidad científica. ¿Es que usted no cree en las leyes de la herencia?” A lo que el sacerdote contestó: “Ya he dicho que creo en la luz del día y no quiero pararme en escoger entre dos túneles de superstición subterránea, que acaba en la oscuridad. Y la prueba es ésta: que todos ustedes están completamente a oscuras respecto de lo que allí sucedió”. Y respondieron: “¿Lo del suicidio?”. “Lo del asesinato, afirmo yo—dijo el padre Brown, y aunque solo había levantado un poco la voz pareció llenar por completo el espacio—Ha sido un asesinato y siempre será ésta una cosa que Dios dejó a la libre voluntad del hombre”.

Ni superstición ciega, ni racionalismo determinista. La fe amplía la racionalidad y hace que ésta comprenda el misterio cuando lo hay y, asimismo, despeja las tinieblas de las maldiciones y supersticiones cuando encubren hechos que se quieren ocultar. La fe y la razón en estos relatos del padre Brown son las dos alas con las que se puede volar para ver el lado luminoso y oscuro de la condición humana, sin dramatismos desgarradores ni la ingenuidad del naturalismo.

Lima, 27 de marzo de 2018.

La crisis moral de la democracia peruana

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Víctor Andrés Belaunde decía en su célebre discurso de 1914 que “todo fenómeno político envuelve una cuestión moral”. La crisis política que aqueja a nuestro país es, esencialmente, una crisis moral. Los conceptos y palabras que usamos en todos estos meses para denunciar la zozobra política tienen naturaleza moral: corrupción, incapacidad moral permanente; falta de honestidad, transparencia, lealtad y veracidad; carencia de autoridad moral, desconfianza social, falta de imparcialidad…

La democracia formal, cuyo pilar es el balance de poderes, está indefensa ante la magnitud de la crisis y desconfianza generalizada. No queda títere con cabeza. Congresistas, ministros, jueces, fiscales, políticos, empresas periodísticas, periodistas, empresarios no pueden esconder el rabo de paja que arrastran. Hemos perdido confianza en nuestras instituciones democráticas. Después de tantas decepciones y en medio de la guerra de dimes y diretes de unos y otros, el ciudadano medio queda a la intemperie, desangelado y desconcertado. ¿Alguno dice la verdad? ¿Qué oculta esa denuncia? ¿Qué quieres callar con lo que dices? ¿Puede un implicado en el delito convertirse en colaborador eficaz y así salvar el pellejo? Tirar la primera piedra en este ambiente de enrarecimiento moral es muy difícil.

El Montesinos de antaño es el Barata y el Odebrecht de ahora. Este último compra presidentes de la República, reparte sus ganancias mal habidas con grandes empresas peruanas, calla a la prensa y a los periodistas con publicidad o auspicios. ¿Todos en el mismo saco? No, tenemos políticos, jueces, periodistas íntegros. Los que son honestos lo saben. Los que se visten de seda, también lo saben.

Quedarse en la denuncia o en el solo lamento no es suficiente. A la democracia formal -la de reglas y procesos transparentes- lo único que se le ocurre es poner sistemas de control cada vez más exigentes y procurar procesos que hagan visibles las prácticas públicas y privadas. Es decir, del legalismo de Hobbes no sale, porque es todo lo que puede hacer. Hace tiempo renunció fiarse en las virtudes morales de sus ciudadanos y funcionarios públicos. Ahí está Mandelville (1670-1733) con “La fábula de las abejas” quien sostuvo que los vicios privados generan beneficios públicos. Es decir, afirmaba que una sociedad sería próspera si permite que su gente persiga sus intereses individuales, al punto, incluso, que los vicios privados serían generadores de bienestar público. Algo así como el “roba, pero hace”. La realidad es totalmente otra y la hemos vivido en carne propia. El avaro quiere plata y quiere cada vez más: no son mil soles, son cientos de miles de dólares. La avaricia jala a la vanidad y gasta en casas y lujos. El dinero facilita la lujuria. Ya no hace falta trabajar y la pereza vive de las rentas disfrazadas de conferencias, herencias, polladas. Un pecado capital llama, inmediatamente, a sus otros seis compañeros de viaje.

¿Qué hacemos? Volvamos al corazón de la República, tomemos en serio la república de las virtudes personales: si no formamos ciudadanos honestos, tampoco tendremos servidores públicos ni empresarios, ni jueces honestos. La educación no puede renunciar a la formación ética y humanista, pues los vicios personales, tarde o temprano explotan en vicios públicos. La integridad personal es un atributo de todo el ser humano, se muestra en la esfera privada y en la esfera pública. No es un camino fácil, cuesta y mucho. Es una tarea para toda la vida. No basta con pensar bien para ser una persona íntegra, hay que vivir bien, igualmente. La integridad no es logro, es meta. Se cultiva en la humildad y huye del alarde.

Lima, 11 de marzo de 2018.

La promesa de América Latina

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Guzmán Carriquiry vuelve a escribir sobre América Latina a propósito del bicentenario de la independencia de los países latinoamericanos (“Memoria, Coraje y Esperanza. A la luz del Bicentenario de la Independencia de América Latina”. Presentación del Papa Francisco. Editorial Nuevo Inicio. Granada, 2017). Antes, en el 2005 publicó Una apuesta por América Latina. Siguió a este libro El bicentenario de la independencia de los países latinoamericanos (2011). Estos dos últimos libros fueron prologados por el arzobispo de Buenos Aires, Jorge Mario Bergoglio. La nueva entrega de Guzmán Carriquiry, que ahora nos ocupa, es presentada por el Papa Francisco. La lectura de Memoria, Coraje y Esperanza dice mucho del pensamiento del profesor uruguayo, actual Vicepresidente de la Comisión Pontificia para América Latina y, también, dice de la visión del Papa Francisco sobre América Latina, expresada en sus viajes a Ecuador, Bolivia, Paraguay, Colombia, Chile y Perú.

El profesor Guzmán Carriquiry forma parte de la tradición uruguaya de intelectuales preocupados en el destino de América Latina y que se ocuparon de pensarla. Un hito importante de esta veta intelectual es el uruguayo Methol Ferré (1929-2009), a quien estuvo unido por lazos de amistad y de coincidencia académica. Guzmán Carriquiry ofrece, en su último libro, una gran síntesis de lo que significó la independencia histórica de los países latinoamericanos de España y Portugal. Doscientos años de trayectoria republicana que, desde entonces, tiene aún tareas pendientes, cuya realización pende del esfuerzo, coraje y creatividad de las sucesivas generaciones de latinoamericanos.

Guzmán Carriquiry señala que la “revolución iberoamericana se inscribe en la larga onda de liquidación del ‘’Ancien Regime’’ y de la pujanza de tendencias liberales que, en la política como en la economía y la cultura, fueron imponiéndose con la emergencia del mundo burgués. Hay una continuidad evidente entre el reformismo ilustrado de las monarquías absolutas y el liberalismo pos-revolucionario: ambos quisieron ‘’ilustrar’’ a una sociedad llena de ignorancia, criticar muchas tradiciones a la luz de la razón, someter la Iglesia al Estado, promover la libertad de comercio, desamortizar la propiedad y disminuir la autonomía de los pueblos y de las corporaciones” (p.47). Y, así como en la Revolución francesa se suprimieron los gremios profesionales y se prohibió todo tipo de asociación, pasó, también, en nuestra naciente república peruana, en donde las comunidades campesinas quedaron desprotegidas. La ideología del ciudadano solo frente al Estado del naciente liberalismo, sin ningún tipo de mediación, pudo más que la realidad.

El resultado de esta revolución emancipadora se “resolvió en balcanización. Quedó una ‘’nación inconclusa’’. Y, ciertamente, aun cuando hemos realizado esfuerzos encaminados a buscar la integración de la Región, éstos no acaban de ser lo suficientemente significativos para pensar que detrás del concepto de América Latina tenemos una realidad sólida que la avale.
Jorge Basadre, en la primera mitad del siglo XX, habló de la “promesa de la vida peruana” (1945), algo que no somos todavía, pero que deberíamos llegar a ser. En eso estamos. Quizá de América Latina deberíamos decir algo semejante. Tenemos muchos elementos históricos, religiosos, culturales que nos unen y, también, bastante historia en estos doscientos años que nos han llevado a configurarnos como países independientes. Nos sabemos pertenecientes a una Patria, pero quizá todavía hay mucho camino que recorrer para sabernos y sentirnos pertenecientes de la Patria Grande latinoamericana. América Latina no es una unidad integrada, pero es una buena apuesta como lo sugiere Guzmán Carriquiry; no es una realidad tangible ahora, mas es una promesa retadora como lo afirmara Jorge Basadre respecto al Perú.

“Unidos por la esperanza” es mucho más que un lema, es un programa de trabajo que el Papa Francisco propone para América Latina, cuyo “testigo” toma Guzmán Carriquiry en esta carrera de relevo generacional: “la esperanza que el actual pontificado siembra en nuestros pueblos ha de revertirse en movilizaciones populares y debates políticos e intelectuales en pos de un renovado proyecto histórico para América Latina, no obstante, las condiciones por cierto confusas y críticas, del contexto internacional. ¡Que no se diga nuevamente que América Latina es el continente de las oportunidades perdidas…!” (p.76).

Lima, 18 de febrero de 2018

Chantaje a la conciencia

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Este año es un doble aniversario para la memoria del escritor e historiador ruso Aleksandr Solzhenitsyn (1918-2008): cien años de su nacimiento en diciembre, diez años de su muerte en agosto. Solzhenitsyn llamó la atención de los horrores del Gulag soviético y alertó a Occidente del cáncer del totalitarismo comunista (Alerta a Occidente, El error de Occidente). Su gran arma fue mostrar la “verdad” de la historia rusa y desvelar la mentira sobre la que se sostenía la dictadura soviética, con los millones de muertos que supuso tan horrendo proyecto.

Cuando cayó el Muro de Berlín (1989) y se deshizo el imperio soviético, Solzhenitsyn regresó a Moscú y publicó dos pequeñas historias recogidas ahora en un volumen: “Ego” seguido de “En el filo” (Barcelona, 2016). La primera narración “Ego” es fascinante, con el estilo parco y sobrio de aquel otro texto “Un día en la vida de Ivan Desinovich”. Ego, un cooperativista, cuenta la rebelión de Tambov una de los mayores levantamientos de campesinos contra los bolcheviques. Campesinos, rebeldes y cosacos caen exterminados por el Ejército Rojo.

“Pável Vasílievich Éktov (Ego) siempre había permanecido unido a los campesinos, a sus padecimientos, su concepción de la vida y su sentido de la frugalidad (las botas para la Iglesia; las alpargatas para ir al pueblo, y los pies descalzos para arar. Y ahora ese corazón sufría lo indecible por la insensata ruina del campo: los bolcheviques habían saqueado los pueblos de Tambov (y cada aprovechado instructor o inspector de turno robaba más que el anterior)”.

Destaca el hondo sentido de familia de los “mujiks” (campesinos pobres). Ego sabe que la familia es goce y también dolor: “hay que tener una herradura en vez de corazón para no estremecerse por los seres queridos cuando los pueden estar destrozando unas malditas garras”. A este dilema de conciencia se tiene que enfrentar cuando cae en manos del Ejército Rojo: delatar a los rebeldes o sacrificar a su familia. “¿Había alguien o algo en el mundo de lo que se sintiese más responsable que de ellas? Eran toda su vida. ¿Entregárselas él? A Polina le pegarían un tiro. Y a Marinka, su hija, tampoco la perdonarían. ¿Y si con ello salvaba a los campesinos? Pero los rebeldes ya habían sido derrotados –se decía a sí mismo para aquietar su conciencia-. Y se rindió, sería un traidor, se odiaba a sí mismo… ¡El dolor de Judas en la mano ¿Quién puede comprender tal tormento si no lo ha experimentado personalmente?”.
Y como Ego muchísimos más. Los bolcheviques los tenían agarrados por la familia. Me pongo en el lugar de Ego. Es dolorosísimo actuar en contra de la conciencia: delatar o ver morir a su familia. Poner a una persona en un dilema tal es de suma crueldad. Humillar a un ser humano es abominable, pero es aún más cruel doblegar la conciencia de una persona con el chantaje: queda anulada en su dignidad.

¿Las atrocidades del experimento soviético se debieron a la demencia de Stalin? Me parece que no, la historia de la revolución bolchevique es consecuencia del desatino radical de la ideología marxista.

Lima, 8 de febrero de 2018

El estilo directivo del Papa Francisco

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El Papa Francisco es el vicario de Cristo para los católicos. También es la cabeza del pequeño Estado del Vaticano, líder espiritual y gobernante de millones de fieles en la Iglesia Católica. Durante los días que estuvo entre nosotros avivó la fe del pueblo peruano, en su inmensa mayoría católico. Se reunió con las comunidades indígenas, con sacerdotes, religiosas, consagrados, jóvenes y adultos, autoridades políticas, periodistas… Mientras lo veía en los distintos escenarios iba juntando sus gestos, palabras, movimientos, consejos, reflexiones, improvisaciones a fin de dar con lo que en las organizaciones se denomina “el estilo directivo del gobernante”.

El estilo no es el qué, sino el “cómo lo hace”. Y así, hay directivos acartonados, acogedores, espantapájaros, laxos, amarrones, déspotas, simpáticos… El Papa Francisco, ¿cómo lo hace? Veámoslo. Salta a la vista –en palabras suyas- que es un directivo con olor a oveja. No es de los que esperan los informes del jefe de producción: número de ovejas, precio de mercado, ventas. Tiempo de escritorio, el necesario; pero no el tiempo más importante. Papeles, presupuestos, planeamientos, los indispensables; mas no lo esencial. Sabe que la realidad es más que la idea y que, por tanto, por más reconstrucción con obras ofrecidas, no significa que las obras se hagan por el sólo hecho de estén autorizadas en el papel. El Papa Francisco es un directivo que sale de su reducto y busca a su gente, no espera que los problemas toquen a su puerta, va al encuentro de ellos. Camina pasillos, toma mate y conversa.

Otro rasgo conmovedor del Papa Francisco es su capacidad de abrazar al doliente. Es el directivo que, no sólo quiere el bien de cada uno de sus colaboradores, sino que se juega por ellos, les hace el bien. El Santo Padre lo dijo claramente cuando se dirigió a los Obispos del Perú y mencionó cómo Santo Toribio de Mogrovejo pasó la mayor parte de su oficio como obispo visitando a sus fieles por toda la geografía peruana. Visitaba, personalmente, a sus sacerdotes para saber de primera mano cómo estaban. Nada de filtros, ni indicadores, sino encuentro personal para sopesar lo que los sistemas de información no pueden dar: la densidad o el vacío que anida en el corazón humano.

Las organizaciones verticales tuvieron su tiempo, ahora se estilan organizaciones chatas, horizontales, pero todavía hay directivos que no se han enterado que los protocolos, las formas –necesarias para dar prestancia- no deben impedir la sencillez en el trato. Tener un cargo directivo no es estar más alto, sino más adentro de la organización. El Papa Francisco no es hombre de formalidades rígidas. Es austero, campechano, cercano, jovial: más apretones de manos y abrazos sinceros que alfombras rojas.

¿Hay algo que aprender? Bastante, me parece y, especialmente, los directivos de organizaciones cuya riqueza está en la calidez de las relaciones humanas. Desde luego, hay que dedicar atención a los despachos, a los indicadores de calidad; sin embargo, pienso que el mejor tiempo del directivo es el que dedica a su gente.

Lima, 28 de enero de 2018.

El Papa Francisco y América Latina

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Quedan muy pocos días para la visita del Papa Francisco al Perú, antes estará en Chile. San Juan Pablo II y Benedicto XVI no tenían una mirada de conjunto de América Latina, el Papa Francisco sí la tiene. Ha seguido muy atentamente los diversos aniversarios alrededor de las conmemoraciones del Bicentenario de la independencia de la América hispana y portuguesa y comparte las propuestas de dos prestigiosos pensadores uruguayos: Alberto Methol Ferré (1929-2009) y Guzmán Carriquiry, actual Secretario encargado de la Vice Presidencia de la Comisión Pontificia para América Latina.

La visión del Papa Francisco sobre América Latina no es chauvinista. Conjuga la idea de la patria chica y la de la patria grande, en diálogo con la entera comunidad internacional: identidad histórica y cultural y apertura a lo universal, nunca mero mimetismo. Lo dijo con mucha claridad en el viaje de vuelta de Manila (2015) a los periodistas: “Cuando los imperios colonizadores imponen sus condiciones, pretenden que los pueblos pierdan su identidad y que se cree uniformidad. Ésa es la globalización de la esfera: todos los puntos son equidistantes del centro. Pero la verdadera globalización –me gusta decir esto– no es la esfera. Es importante globalizar, pero no como la esfera, sino como el poliedro, es decir, que cada pueblo, cada parte, conserve su identidad, su ser, sin ser colonizado ideológicamente. A esto llamo “colonizaciones ideológicas”.

Ya en la Exhortación Apostólica Evangelii Gaudium, el Papa Francisco expuso que la realidad es más que la idea y, ciertamente, cuando la ideología -en cualquiera de sus expresiones, ya sea de género o cargada de mesianismo político- toma el poder pretende imponer sus abstracciones (sueños de la razón) de espaldas a la historia, al pueblo, a las tradiciones y creencias religiosas. El Papa Francisco es, en este sentido, un sesudo crítico de estas deformaciones ideológicas, de salón y de caviar. No es casualidad, por eso, que haya prologado tres libros escritos por Guzmán Carriquiry sobre América Latina, defendiendo las raíces culturales de nuestra sociedad y la apuesta por una América unida.

El pensamiento del Papa Francisco no es de libro. Ha mantenido una mirada cercana con la realidad argentina, primero; con la latinoamericana, después y; ahora, con la mirada de un líder universal. La actitud que muestra para escuchar, dialogar y tender puentes manifiesta su vocación de acercarse a la verdad allí donde esté. Se entiende, por eso, que por talante rechace el “pensamiento único”, tantas veces intolerante y agresivo. Es lo que ha llamado, también, progresismo adolescente: “una suerte de entusiasmo por el progreso que se agota en las mediaciones, abortando la posibilidad de un progreso sensato y fundante relacionado con las raíces de los pueblos. Este “progresismo adolescente” –sigue diciendo el entonces cardenal Bergoglio en el prólogo al libro “Apuesta por América Latina”- configura el colonialismo cultural de los imperios y tiene relación con una concepción de la laicidad del Estado que más bien es laicismo militante, cuyas propuestas “constituyen insidias antipopulares, antinacionales, antilatinoamericanas, aunque se disfracen a veces con máscaras progresistas”.

Francisco viene a estar con sus hijos peruanos y lo acompañaremos con nuestra presencia y la de nuestras devociones cristianas: el Señor de los Milagros, la Virgen de las Mercedes de Paita, el Señor del Cautivo de Ayabaca, la Cruz de Motupe… La convulsa foto política que el Papa Francisco encontrará del Perú no es la realidad honda de nuestro país. La inmensa mayoría del pueblo peruano “ama, se sacrifica, reza y mantiene viva la esperanza” de levantarse una y otra vez de esas “caídas hondas de los Cristo del alma”. La crisis pasa, la fe queda: ¡bienvenido al Perú, Santo Padre!

Lima, 7 de enero de 2018

El Ministerio de la verdad

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George Orwell (1903-1950) escribió la novela “1984”, una de las grandes distopías literarias del siglo XX. Como toda distopía, Orwell pretende mostrar al lector el horror que supone un Estado que controle todo. “El Gran Herman” está en todo: no hay vida privada, todo es público y todo se manipula a favor del partido único. “1984” tiene esa finalidad: llevar hasta el extremo la idea de Estado totalitario para que el ciudadano esté alerta y no permita que eso suceda. Pero Orwell se quedó corto.

En el mundo descrito por Orwell hay un Ministerio de la Verdad encargado de corregir la historia casi en tiempo real: “En cuanto se reunían y ordenaban todas las correcciones que había sido necesario introducir en un número determinado del “Times”, ese número volvía a ser impreso, el ejemplar primitivo se destruía y el ejemplar corregido ocupaba su puesto en el archivo. Este proceso de continua alteración no se aplicaba sólo a los periódicos, sino a los libros, revistas, folletos, carteles, programas, películas, bandas sonoras, historietas para niños, fotografías…, es decir, a toda clase de documentación o literatura que pudiera tener algún significado político o ideológico. Diariamente y casi minuto por minuto, el pasado era puesto al día”.

Me pongo a pensar en el fin de año y en el saldo de deshonestidad que nos deja. Cuánto trabajo tendrán los ministerios de la verdad de empresas y del Estado para corregir la historia: eliminar hechos, borrar información, eliminar fotografías, romper las páginas de los libros de firmas para desaparecer a los que hasta ayer fueron notables, rehacer vídeos, sacar de las nubes informáticas los datos almacenados…

“El que controla el pasado controla también el futuro” dice el slogan del Partido y lo ha sabido utilizar muy bien cierta historiografía ideologizada que ha escrito la historia del Perú. Es la historia que han aprendido los escolares y universitarios de los últimos veinte años: objetividad, poca; cizaña, mucha. En muchos casos, como en el mundo de Orwell, si “todos aceptaban la mentira que impuso el Partido, si todos los testimonios decían lo mismo, entonces la mentira pasaba a la Historia y se convertía en verdad”.

El Ministerio del Amor, por su parte, se encarga de reeducar a los inadaptados. Winston y Julia lo son. Saben que los pueden obligar a confesar, pues es imposible no hacerlo ante el poder de la tortura y se refugian en el santuario de su conciencia: “Pueden forzarte a decir cualquier cosa, pero no hay manera de que te lo hagan creer. Dentro de ti no pueden entrar nunca”. Así pensaba Winston hasta que escucha, aterrado, las palabras de su torturador: “No te traemos sólo para hacerte confesar y para castigarte. ¿Quieres que te diga para qué te hemos traído? ¡¡Para curarte!! ¡¡Para volverte cuerdo!! Debes saber Winston, que ninguno de los que traemos aquí sale de nuestras manos sin haberse curado. No nos interesan esos estúpidos delitos que has cometido. Al Partido no le interesan los actos realizados; nos importa sólo el pensamiento. No sólo destruimos a nuestros enemigos, sino que los cambiamos. ¿Comprendes lo que quiero decir?”.

Winston, después del lavado de cerebro que le hicieron, terminó amando al Gran Hermano. George Orwell quería que nos horroricemos ante la corrupción de la verdad y la pérdida de la conciencia. La conciencia, por donde se mire, es el último reducto de la dignidad humana, no se vende, no tiene precio, ¿o sí?

Lima, 23 de diciembre de 2017

La Tigresa y el acróbata

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El fin de año es tiempo de balance: ¿qué hice? ¿qué conseguí? También es tiempo de futuro: ¿qué proyectos para el año siguiente? ¿A dónde quiero llegar? La crisis política y moral por la que atraviesa nuestro país agrega una pregunta perentoria: ¿todo lo que hice y conseguí me hace mejor persona? No es suficiente llenarse la boca diciendo: soy poderoso, tengo mucho dinero, manejo la opinión pública como quiera. Los ídolos del poder, el dinero y la persuasión tienen los pies de barro, una pequeña dosis de moralidad y se vienen por los suelos. Después del derrumbe, solo queda la soledad, el deshonor, la decepción, el decaimiento moral.

Susanna Tamaro, escritora italiana, conocida por sus novelas “Donde el corazón te lleve” y “Anima mundi”, vuelve a la arena narrativa con una bella fábula: “La Tigresa y el acróbata” (2016). Se lee rápido y a gusto. El personaje, una tigresa siberiana, emprende la búsqueda de lo que quiere llegar a ser. Los bosques fríos no le bastan. “Ser el terror de todos y no querer ser el terror de nadie, esa era su condena. Renegar de su propia naturaleza para ir en busca de una nueva cuyo rostro ni siquiera conocía, vagar en una soledad extrema deseando tan solo la alegría de un encuentro”.

¿Quién soy yo? ¿Acaso no lo sabemos? ¿Acaso no hemos tomado decisiones que nos embarcan en proyectos de largo plazo e, incluso, de toda la vida? En algún tramo de nuestra andadura poseemos respuestas firmes a esas inquietantes preguntas. No obstante, a la vuelta de una esquina, salta nuevamente la duda: ¿la imagen que ves en el espejo es la tuya? Y vuelvo a preguntarme quién soy yo. ¿Por qué esta inquietud si tengo lo que para tantos es sinónimo de felicidad?

Un misterio, desde luego, lo que no quiere decir que el camino sea a ciegas y tientas. Nos pasa lo que con tanto tino decía Víctor Andrés Belaunde: la condición humana es una síntesis de inquietud y serenidad aunadas por la plenitud. La tigresa de la fábula lo aprendió a golpes y comprendió que “hay paredes que se escalan con las manos y paredes que se escalan con el corazón. Del mismo modo, hay vidas que solo conocen la monotonía de la llanura y otras a las que continuamente se les exige subir”. Llanura y cumbre, caminar y escalar, ritmos naturales de la existencia humana que hemos de aprender a aceptar libremente.

Fin de año, tiempo de hacer cuentas. Tiempo para poner en la balanza de la vida lo realizado y lo proyectado procurando que el saldo salga a favor del ser más, antes que del tener más.

Lima, 18 de diciembre de 2017.