El lunes pasado salió una encuesta de Ipsos Apoyo en la que se medía la percepción del público sobre caso del padre Garatea, cuyas licencias ministeriales no fueron renovadas por la Arquidiócesis de Lima. Las preguntas y respuestas de la encuesta hablan por sí mismas. El 86% de los encuestados en Lima dicen conocer al Cardenal Juan Luis Cipriani frente el 31% que dice conocer al padre Garatea. Lo más interesante viene a continuación porque sólo el 26% de los encuestados afirma estar informado del caso. Y de este universo de 26%, el 60% está en desacuerdo con la decisión del Cardenal de no renovar las licencias ministeriales. Es decir, una cosa es el ruido mediático que se ha orquestado con el “affair” y otra la realidad de los ciudadanos de a pie. De ahí que afirmar que el asunto del padre Garatea haya “generado en gran parte de la población pena e indignación” es una afirmación infundada, simplemente porque esa gran parte no se ha enterado del asunto.  

Me he educado en un colegio religioso y sólo tengo agradecimiento por el buen ejemplo de los padres que conocí durante esos años. Pero fue en mi primera época universitaria cuando descubrí el atractivo de la fe cristiana, gracias –si así se puede decir- al influjo marxista que reinaba en las aulas, profesores, cursos y asignaturas de los estudios generales hasta mi traslado a la Católica de Lima. El férreo determinismo del marxismo, negador de la libertad personal,  me hizo volver la cara hacia la formación cristiana que recibí en el colegio y que hasta entonces me había resultado distante. Redescubrí el cristianismo de mi infancia y junto a la figura de Jesucristo apareció, igualmente, la de la Iglesia, que como ha dicho el Santo Padre, Benedicto XVI, “es un misterio insondable del entrecruzarse de la santidad y el pecado. Mientras lo primero pone de relieve la gran contribución que los hombres y las mujeres han ofrecido para el crecimiento y desarrollo de las comunidades a través del testimonio de su vida, lo segundo debe suscitar en cada uno un sincero y constante acto de conversión”.

Amor a Dios y amor a los hombres, en la Iglesia y sin desparramar. Amor a la libertad personal, asimismo, sin clericalismos que usurpen la acción múltiple de los fieles cristianos y con la suficiente lucidez para no pretender tener el monopolio de las soluciones “católicas” a los problemas sociales. La Iglesia es santa, pero sus miembros no siempre estamos a la altura de tan noble vocación. La Iglesia es, también, organización visible,  caridad de carne y hueso, mucho más que  “amor en el aire, que nació del aire, que vive del aire”. Una Iglesia que no sin esfuerzo vive la unidad con el sucesor de Pedro y los Obispos -sucesores de los apóstoles-  en comunión con el Papa.

La Iglesia en el Perú no sólo tiene grandes santos en los altares, tiene también pastores ejemplares que dan la cara por los fieles a ellos encomendados. Pienso que no hay que sacar las cosas de su sitio y mucho menos tirar piedras sobre el propio tejado. Al padre Garatea, el arzobispo de Lima, en ejercicio de sus funciones ordinarias de jurisdicción, no le ha renovado las licencias ministeriales porque considera que falta en él la unidad con el Ordinario del lugar. Los diarios han abundado en las polémicas opiniones del padre Garatea y no hace falta insistir en ellas. Una decisión delicada, pero de ninguna manera arbitraria, y que algunos han querido magnificar descalificando la actuación del Cardenal Cipriani. Sobran las ofensas y quizá deberíamos tener la  sencillez de la Madre Teresa de Calcuta “quien al preguntarle cual sería según ella, lo primero que se debería cambiar en la Iglesia, su respuesta fue: usted y yo”.

Piura, 27 de mayo de 2012.

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