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Bongiorno
He vuelto a mirar la película “La vida es bella” (1997) de Roberto Benigni, quien interpreta a Guido, un judío italiano cuya vida termina en un campo de concentración nazi. Guido, camarero de un hotel, conoce a la bella Dora comprometida con un influyente militante fascista. Queda fascinado y enamorado de ella a la primera. Dora es su princesa, su dama. Con el corazón enamorado se lanza al cortejo de la “principessa”. No son joyas, ni una billetera llena de tarjetas de crédito, ni autos fabulosos lo que puede ofrecerle. Le basta una pared para gritarle “buenos días, princesa”. Dora descubre el mundo de los ensueños. Se deja tocar por la alegría desbordante de Guido y opta por la fragilidad de la esperanza soñadora, en lugar de la seguridad acartonada del anterior noviazgo.
Soñar e ir en busca de los sueños. Concebir proyectos audaces, saber comunicarlos y entusiasmar a otros en la realización del ideal, requiere de un temple singular más cercano a la fecundidad que a la eficacia. El Papa Francisco lo dijo en su viaje a Filipinas: “cuando en una familia se pierde la capacidad de soñar los chicos no crecen, el amor no crece, la vida se debilita y se apaga”. Pasa en la familia y pasa en las organizaciones. Sin sueños, la familia se torna triste y las empresas se reducen a procesos e indicadores. La cultura organizacional languidece. Las sonrisas se congelan, sólo quedan muecas.
Sueños de chicos y grandes. Caballeros que dan la vida por su dama. Hadas madrinas ocupadas en convertir calabazas y ratones en estupendas carrozas para que Guido o Romeo o Pepe vayan, personalmente, en busca de Cenicienta y la lleven a bailar en una velada sin celulares ni campanadas de media noche. Y quie dice sueños, dice también recuerdos; nostalgia de amores vividos, atesorados en álbumes de fotos que nos dan más de un vuelco al corazón. Memoria y promesas van juntas, pues sin las raíces constituidas por las gestas heroicas de abuelos o fundadores, qué fácil es perderse en el camino.
Las organizaciones que perduran tienen un espíritu, miran alto, inspiran a su gente, las hacen volar, porque han comprendido que el sueño de la empresa es una sinfonía de los sueños y capacidades de su gente. El buen directivo despierta los mejores motivos que anidan en sus colaboradores, el mal directivo seca la fuente de donde nacen las aguas.

Lima, 19 de mayo de 2015.

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