Mamá cumple ochenta años. Llega el momento del brindis. Copas, vino y palabras emocionadas. Habrá alguno que sólo tome agua o chicha morada. El común de los mortales brindaremos con vino. Muchos hemos llegado a la reunión en nuestro auto, el carrito que gracias al trabajo y al creciente PBI de los últimos años en el Perú, podemos ahora disfrutar. Si nuestros congresistas se toman en serio el proyecto de ley que discutirán en estos días para cambiar el artículo 274 del Código Penal, que penaliza uno de los llamados delitos de peligro, todos los conductores de vehículo a la salida de la fiesta se convierten en delincuentes por “conducir su auto con presencia de alcohol en la sangre”. Serán reprimidos con pena privativa de la libertad no menor de un año ni mayor de cuatro, entre otras sanciones. La actual redacción de ese artículo exige que haya 0,5 gramos-litro de alcohol para el simple parroquiano y es más exigente con el transportista: 0,25. Con la modificación que se plantea, llamada tolerancia cero, no se admite nada de alcohol. Si se tuviera el desatino de aprobar esta modificación,  adiós al pisco sour en el brindis por el día del juez, el día de la policía, el día de la madre, el día del padre.

Los ejemplos se pueden multiplicar por cientos. Hay medicinas, comidas, bombones con alcohol. No faltan, tampoco, los que toman una copa de vino en el almuerzo, tan recomendada para controlar el nivel de colesterol en la sangre  y para alegrar la conversación. Los afamados bombones cusqueños de licor de “La cholita” quedarían proscritos para los conductores y tendrían que dejar para antes de dormir los bombones de tequila. El tradicional adobo arequipeño tendría que perder su ilustre acompañante, el té piteado (licor de anís), con riesgo de sufrir tremenda indigestión. Incluso queda bajo sospecha el pato a la chiclayana que mi mamá prepara con riego generoso de cerveza. Apurando el asunto, el sacerdote que celebra Misa en varios pueblos en domingo, tendría que conseguirse un sacristán-chofer para trasladarse después de cada celebración litúrgica, pues lo que el sacerdote consagra es vino y no limonada.

Es de presumir que la intención del congresista autor del proyecto es loable: disminuir los fatídicos accidentes de tránsito debido a conductores en estado de ebriedad. Pero, para conseguir este propósito no hace falta criminalizar toda ingesta de alcohol. La sobriedad en las bebidas espirituosas no está en no beber, está en dar con el justo medio entre el vicio por defecto –el borracho- o por exceso –el abstemio, cero alcohol-. La mayor parte de conductores no manejan sus autos ebrios. No está de más recordarnos unos y otros que hemos de tomar todas las precauciones exigidas a un conductor diligente, entre las que está guardar la sobriedad al tomar el volante. La ebriedad es imprudencia, ciertamente, pero no se puede caer en el irritante exceso de obligarnos a la abstinencia e impedirnos celebrar con una cerveza helada o un trago corto en conversación de amigos. El agua mineral es, también, una buena alternativa y no se la negamos a quien la desee.

La llamada tolerancia cero en el alcohol no es sólo un error de política criminal, es –principalmente- un error antropológico que esconde un puritanismo insostenible. El alcohol en exceso nos puede hacer perder facultades, pero lo mismo pasa con el exceso de tacu tacu: el frejol se puede subir a la cabeza y no hay quien pueda manejar con tremenda indigestión.  El camino para poner en vereda a los conductores ebrios no está en privarnos del pisco sour: señores congresistas, busquen otra receta.

Piura, 16 de junio de 2012.

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