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Querido papá:

En unos días será tu cumpleaños y, en unos pocos meses más, se cumplirán veinticinco años de tu partida.
Recordarás aquella vez en que tuve que escoger entre Cupido y el Arcángel Miguel. Ganó Miguel. A partir de entonces, ni tus planes ni los míos, fueron los planes de Dios. Tú lloraste; yo, también. Y ya vez, cuando se aprende a llorar, ya no se para. Pasado el susto, qué buenos ratos pasamos, después, en Chiclayo y Piura. ¿Te acuerdas cómo disfrutábamos tomando pipas de coco en Marcavelica o saboreando el arroz con pato de Huaral?
El primer libro que me regalaste para empezar mi carrera universitaria fue “Cómo nace el derecho” de Carnelutti. Me entusiasmó. Aunque te diré que, a estas alturas del partido, ya no sigo tan de cerca a tu maestro.
Mis recuerdos son los tuyos. Sólo una última escena. Aquella noche en que nos despedimos para siempre, casi ninguna palabra, sólo los dos llorando como Magdalenas. Era la noche del 24 de diciembre de 1990. Todo surrealista. Una Madre gimiendo dolores de parto para dar a luz al Salvador del mundo y tú en agonía. Sonó la medianoche, la ciudad estalló en la alegría de la Navidad. Tú, a los pocos minutos, partías a la Patria celestial. Me he seguido despidiendo de muertos y de vivos… con la rotundidad del “para siempre” y en cada caso me ha quedado el corazón desgarrado. Tú sabes lo que es eso. Así fue como aprendí que la alegría hunde sus raíces en forma de cruz.
En algún momento nos volveremos a juntar. Te tengo que presentar a muchos amigos (as) que he conocido y tratado, gente simpatiquísima que harán migas contigo a la primera. Iremos de bar en bar al estilo europeo. Tú, con tu copa de vino; yo, con una caña de cerveza. Picaremos cosas ricas. Conversaremos sin apuro y te contaré, asimismo, de mis apuros. Saldremos, también, a mirar y comprar libros a Buenos Aires, Bogotá, México, Madrid y París. Pienso que será una eternidad divertida.
Tengo mucho que agradecerte. Conservo un vivo recuerdo de tu entereza, compostura y discreción. De ti aprendí la fidelidad a la palabra dada, aun cuando tantas veces me ha costado Dios y su ayuda mantenerla.
Como verás, todo esto no podría escribirlo ningún 25 de diciembre y por eso me adelanto. Termino. Te mando un fuerte abrazo, de esos que nunca supe darte.

Tu hijo, Paco.

Lima, 9 de mayo de 2015.

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