Cuenta Floricienta que un día se puso el vestido azul para esperar a su príncipe, igualmente, azul. Se arregló como nunca, justo como a él le gustaba, al natural y con el pelo al aire. Y esperó, y esperó, y esperó y él nunca llegó. Hasta ahí la letra de la canción que he oído muchas veces y la he comentado con amigos de variadas edades, desde mis alumnos universitarios a mis coetáneos -más cerca de José Luis Perales que del grupo RBD-. Los comentarios no son unánimes: para muchos la letra es rematadamente cursi, otros dicen “pobrecita”; algunas piensan que la pobre es una arrastrada; pero también hay de los que tararean la canción con gusto, y dejan aflorar al niño que llevan dentro mientras recuerdan, quizás, melodías limpias de cuna.

Me hallo entre los entusiastas de este último grupo porque encuentro en canciones como ésta, el encanto y la magia de los cuentos de hadas. Es cierto que Floricienta tuvo menos suerte que la Bella Durmiente a la que sí la despertó con un beso su príncipe azul, pero su tiempo le costó a la Bella Durmiente encontrar al amor de su vida.

Mi apuesta por los cuentos de hadas y por las chicas de traje azul no es dar la espalda a la realidad. Al contrario, se trata de verla con ojos más grandes que los del puro cálculo, los mismos ojos, por ejemplo, de san Francisco de Asís cuando caminaba por los bosques de su ciudad y hablaba animosamente con las plantas y animales. Los ojos de Lewis en las Crónicas de Narnia, cuyos bosques están habitados por increíbles criaturas parlantes: faunos, castores, centauros, náyades; y, por supuesto, el gran Aslam, un León que es rey y padre.

Gracias a la magia de la vida, la noche no es sólo noche oscura. Tiene sus propios habitantes con los que podemos compartir las alegrías que inundan el corazón y las penas que desgarran el alma. Nada mejor en esos momentos que conversar con el osito de peluche, amigo fiel de tantas confidencias; con la luna llena, testigo muda de romances a lo humano y a lo divino; o con el Angel Custodio, siempre dispuesto a llevarnos a buen puerto por los vericuetos de la noche.

Sí, para que la vida sea más amable y no se convierta en un correrío vertiginoso hace falta alma de poeta y saber que las oportunidades que nos da la vida no se reducen a una simple suma de dos más dos igual a cuatro. Una catarata en un río es, desde luego, una gran oportunidad de negocios para hacer con ella una hidroeléctrica, pero también es un paisaje fascinante que llena al alma de la alegría del primer día de la Creación. No tengo nada contra el buen espíritu práctico del homo faber, pero me resulta insuficiente y triste ese realismo cínico de nuestro tiempo -tan calculador, tan eficiente- que va camino de convertir la amistad y el amor en un cálculo de probabilidades, cuando no en una decisión de costo/beneficio. 

Una sociedad desencantada produce amores desencantados. De ahí que ante la desilusión amorosa, aparezca orgullosa no la sencilla Floricienta, sino  la Vengadora implacable. Sus ojos enturbiados por la desesperanza sólo alcanzan a ver el presente. Ya no sueña con príncipes azules, ahora busca chicos con un buen currículo y, desde luego, ha despedido a su Hada Madrina por inepta. En su lugar, utiliza ahora velitas con aromas orientales para atraer buenas “vibras” y consulta con regularidad su horóscopo y el Tarot.  Ha cambiado a su Hada Madrina por una hechicera.
Prefiero mil veces a la chica del vestido azul –quien desilusionada ante el plantón de su príncipe, corre a su cuarto y se echa a llorar ahogando con sus lágrimas al siempre fiel osito de peluche- que a la Justiciera de las Noches en busca de hombres para vengar en ellos el dolor de desdichado amor. La chica del vestido azul ha tenido una mala experiencia, pero no deja que las lágrimas por haber perdido el sol, le impidan ver las estrellas. Sus ojos lloran, pero no han dejado de ver  a las criaturas maravillosas que la rodean, incluida su Hada Madrina quien ya está pensando en la próxima fiesta que el Príncipe ha anunciado. “Está todo planeado -le dicen sus amigos a Cenicienta- para que  asistas a la fiesta. Los ratones serán los corceles de tu  finísimo carruaje confeccionado con sencillas calabazas. ¡Y qué vestido, ni Cleopatra en su mejor momento!”. “Pero esto es un milagro”, replica Cenicienta. “Claro -responde el Hada Madrina-, en el mundo real de los seres humanos y de las hadas, existen los milagros”.

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