Cuando llegan las vacaciones escolares -las de verano o las cortas a lo largo del año- los papás se plantean inmediatamente qué hacer con los chicos, qué planes atractivos se les puede proponer, a fin de que esas semanas o meses no se conviertan en pérdida de tiempo, muchas veces dilapidados en horas interminables en la cama, televisión, mensajitos de celular  y juegos en red. Y quien dice papás, dice también profesores (de colegio o de universidad) y promotores culturales: ¿qué hacemos para que nuestros alumnos no se aburran?, ¿cómo ayudar para que en ellos nazca el interés por las cosas o tareas valiosas?, ¿qué hacer para generar el entusiasmo ante el misterio y riqueza de las creaciones humanas?, ¿cómo hacemos para que los fines de semana no terminen en crisis existenciales de los domingos por la tarde?

Le vengo dando vueltas a estas preguntas desde hace mucho tiempo y sigo buscando respuestas. Sin lugar a dudas un reciente libro del profesor Leonardo Polo, Ayudar a crecer. Cuestiones filosóficas de la educación (2006) nos será de mucha ayuda para acertar en la delicada tarea que los educadores llevamos entre manos. Y lo que encontraremos en sus páginas no son recetas salvadoras que nos eximan de pensar, sino sabiduría que nos devela, amablemente, las claves de la condición humana. En esto el profesor Polo es un consumado maestro.

Una sencilla observación nos será de mucho valor: el interés es dual. Una cosa es “tener interés” y otra cosa es “lo interesante”. De ahí que –afirma Polo- se pueda llegar a dos situaciones igualmente negativas “ a) que haya interés y no haya nada interesante, y b) que haya algo interesante y no haya interés. Si no hay interés lo interesante deja de serlo y, entonces, uno se aburre y viene el tedio”. De cara al profesor o padre de familia esto es muy revelador, pues si el chico ya tiene interés, nuestro reto es presentarle cosas interesantes. Digamos que el problema no es del chico, es nuestro, la bola está en nuestra cancha. Somos nosotros, papás y educadores, quienes hemos de inventar planes valiosos que atraigan la inquietud de quienes tienen despierto y activo el interés. Son chicos que van por delante, que apuntan en un primer momento a lo suyo, a lo que les interesa. La tarea del educador es ampliar el abanico de sus intereses, pues de lo contrario estaríamos criando a especialistas sin corazón, duchos en el manejo del microscopio, pero incompetentes para levantar la mirada y ver la riqueza que los rodea y la grandeza del firmamento.

En una época de especializaciones –sostiene Polo-  “la formación del interés se orienta  a que el especialista amplíe el ámbito de sus intereses, que rebase su propia especialización (…). Recortar el área de los intereses es malo. El ser humano debe estar dispuesto a interesarse por todo, tener una especie de curiosidad. Es bueno interesarse por todo; es un problema de tensión. Si sólo se despierta el interés de una manera compulsiva cuando se trata de su profesión, y cuando se sale de ésta no hay nada, el interés queda como amputado, recortado”.

Por el contrario si es el chico el que no tiene interés, es literalmente un aburrido, incapaz de entusiasmarse ante cualquier proyecto, plan o reto, entonces sí estamos frente a un problema mayúsculo y difícil: los juegos en red, el chat y la diversión fácil nos han ganado la partida. Sus funciones vitales están perfectas, es el alma la que tiene dormida. Remontar una situación así es una tarea larga, de esas que nos tiene todo el día con las mangas de camisa arremangadas, pues lo que tenemos que despertar es la voluntad del chico para que llegue a querer el bien difícil y no se quede desparramado en lo fácil.

Sabemos que no podemos llevar al chico sobre los hombros toda la vida y no se trata de eso, pues él mismo tiene que descubrir la verdad de su vida, pero sí podemos transmitir algo del calor que necesita para vitalizar su espíritu, como lo aconseja ese otro gran maestro de nuestro tiempo, George Steiner: “si un estudiante percibe que uno está un poco loco, poseído de alguna manera por aquello que enseña, es un primer paso. Quizá no esté de acuerdo; quizá se burle; pero escuchará: se trata del milagroso instante en que comienza a establecerse el diálogo con una pasión”. Como se ve no es un fórmula mágica, pero nada mejor que un corazón enamorado para obrar el milagro de despertar el alma de nuestros alumnos.

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