La presente crisis financiera de Wall Street arrastró en su caída a todos los mercados de valor del mundo. Europa y Asia han sentido el golpe y, en diversa medida, lo mismo ha pasado con las bolsas latinoamericanas. Después del rescate financiero, pareciera ser que las aguas vuelven a recuperar su cauce normal y una nueva ola de confianza empieza a extender su manto protector sobre la economía mundial. Todavía es muy prematuro para lanzar diatribas o gritos de triunfo, pero lo que llevamos caminado es suficiente para volver a pensar a fondo el futuro del mercado.

La intervención de los gobiernos en el rescate financiero rompe con uno de los tabúes más fuertes del liberalismo económico: el Estado no debe intervenir en el mercado, para eso ya está la mano invisible de Adam Smith que se encargaría de establecer el equilibrio entre oferta y demanda. Lo que vemos ahora es, precisamente, todo lo contrario: la mano visible y fuerte de los Estados inyectando dinero en la economía para reavivar las finanzas mundiales. Desde luego, después de esta crisis financiera, el liberalismo económico ya no será el mismo.

Los analistas coinciden en señalar que una crisis de esta naturaleza requería de una intervención estatal fuerte, pero sería mucha ceguera pensar que todo se termina con recetas técnicas macroeconómicas. Son muchas ya las voces que han reparado en el otro ángulo del problema: el déficit ético de quienes, cegados por el desmedido afán de lucro, idearon sofisticados instrumentos financieros para encubrir la burbuja meramente especulativa de los créditos hipotecarios subprime. Una vez más, la falla es humana. Se hicieron operaciones muy provechosas, pero poco nobles, arriesgando dinero ajeno del ciudadano de a pie. La codicia pudo más hasta el punto de cegar la visión de quienes tenían la obligación de medir el riesgo en el largo plazo. Sobró temeridad, faltó prudencia; abundó la ambición, escaseó la mesura.

Hay que poner más controles, desde luego, pero no todo se reduce a poner normas más estrictas en el manejo financiero. Los candados, ciertamente dan seguridad, pero nunca falta un mago Houdini, capaz de abrir el candado sin que los demás nos enteremos cómo lo hizo. Hemos de mejorar los sistemas de control, pero hemos de ir más allá de ellos, allí donde se cocinan las acciones nobles o torcidas de la gente, es decir hay que llegar a tocar el nervio de la condición humana: su capital moral, compuesto de exigentes principios éticos y  buenos hábitos morales, aquellos que nos permiten resistir ante la tentación de defraudar. Generar riqueza no tiene que estar reñida con las buenas prácticas empresariales que empiezan por darle a cada cual lo suyo, ya sea al cliente externo como al interno.

Decir que la crisis financiera ha tenido un detonante de carencia ética es bastante, pero se puede afinar más: han faltado virtudes personales. De ahí que el esfuerzo actual tiene que ser un salto de la ética de normas a la ética de virtudes, es decir, no sólo saber dónde está el bien, sino encarnarlo en la conducta habitual y observable de cada profesional, lo que los pensadores clásicos llamaron con justa razón “virtudes”, verdadera dotación espiritual de los seres humanos que nos permite perseverar en el bien, a pesar de los seductores cantos de sirena: oportunismo provechoso en el corto plazo, pero tumba segura en el largo plazo.

Piura, 13. X. 08

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