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“Quien no ha sufrido una desgracia, tampoco cree en milagros”, exclama Deborah, esposa de Mendel Singer el protagonista del drama escrito por Joseph Roth, “Job”, publicado en 1930. En estas concisas palabras de Deborah se condensa la vida de Mendel, un sencillo maestro de la Biblia judía. No solo la enseña, la vive. Habita en una modesta casa de un pequeño pueblo centroeuropeo perteneciente a la Rusia de finales del siglo XIX. La historia del Job del Antiguo Testamento se reproduce en la biografía de nuestro protagonista.

Mendel tiene cuatro hijos: Jonás, Schemarjah, Miriam y Menuchim, este último nace con deficiencias mentales que requieren de cuidado continuo. Junto con Deborah, su esposa, han procurado formar a sus hijos en las creencias y cultura judía. Los chicos crecen, los dos varones mayores están en edad de servicio militar. La idea de que sean enrolados en las filas de los soldados cosacos inquieta grandemente a los padres y deciden facilitar la inmigración de uno de ellos hacia Estados Unidos, Nueva York. Jonás se enrola con los cosacos con mucho entusiasmo. Miriam ya es una bella adolescente, vivaz y desenvuelta. Frecuenta y es cortejada por jóvenes cosacos a quienes corresponde gustosamente. La sola idea de que su hija se case con un ruso, pone en jaque la estabilidad familiar y deciden migrar a Estados Unidos. Schemarjah –ahora llamado Sam en Nueva York- se encarga de llevarlos. Él se ha convertido en un próspero empresario. En el viaje no pueden llevar con ellos a Menuchim, su precaria salud no lo permite. Lo dejan en el pueblo a cuidado de unos parientes. En la mente de Deborah retumbaba una vez y otra el consejo que le había dado el rabino: “No lo abandones”.

Son tiempos de convulsión en Europa, Sam y su socio americano Mac, se enrolan en el ejército y van a luchar en la Primera Guerra Mundial. La angustia familiar aumenta. Por fin, vuelven los soldados. Mac regresa, Sam, no: murió en el frente. Deborah llora amargamente, no soporta la noticia. Un ataque al corazón acaba con su vida. Al poco tiempo, Miriam sufre un cuadro de histeria que le lleva a confesar a Mac –su prometido- que durante todo el tiempo de su ausencia no le había sido fiel. El ataque de nervios se convierte en una enfermedad mental que obliga a Mendel a internarla en un hospital psiquiátrico, con muy escasas esperanzas de curación.

La desesperación de Mendel es muy grande y grita: “Se acabó, se acabó, se acabó Mendel Singer (…). No le queda ningún hijo. No tiene hija. No tiene mujer. No tiene patria. No tiene dinero. Dios dice: he castigado a Mendel Singer. ¿Para qué castiga Dios? ¿Por qué no a Lemmel, el carnicero? ¿Por qué no castiga a Menkes? ¡Solo castiga a Mendel!” Quema sus pertenencias más queridas. Sus amigos procuran detenerlo. No hay forma y con aplomo les dice: “Lo aseguro, no estoy loco. Estaba loco. Durante sesenta años he estado loco. Hoy ya no lo estoy”. “¡Pues dinos lo que quieres quemar! –responden los amigos”. “Quiero quemar a Dios”, responde lacónicamente Mendel. Es la rebeldía del hombre abatido por el infortunio. Es rabia y desesperación juntos. Es el peso aplastante de la soledad. El corazón herido se desborda y apaga todo atisbo de luz. Desde entonces, la indolencia se adueña de Mendel y más que vivir, sólo vegeta.

A los pocos meses llega la fiesta de la Pascua judía. Mendel participa de la cena en casa de unos amigos. En plena celebración y, de manera inopinada, llega a la casa el director de una orquesta europea que estaba de temporada en Nueva York. Venía, expresamente a conocer y visitar a Mendel Singer. El joven caballero afirma ser del pueblo de Mendel y le da señas de su familia. Le comunica que Jonás sigue vivo, aunque es prisionero de guerra. Llega el turno de la pregunta más inquietante. El dueño de casa le pregunta al visitante: “Mi amigo Mendel tenía también un pobre hijo enfermo llamado Menuchim. ¿Qué ha sido de él?”. La respuesta no puede ser más asombrosa: “¡Menuchim vive!” La sorpresa es mayúscula para todos. “¿Dónde está ahora Menuchim?” pregunta temeroso Mendel. “Y despacio Alexej Kossak contesta: Yo soy Menuchim”. Todos se levantan de pronto de sus asientos (…) El propio Mendel se pone en pie tan violentamente que tras él la silla cae provocando un gran estruendo”.

Skowronnek, amigo de Mendel sale de la reunión y va de casa en casa. Grita: “¡Ha ocurrido un milagro! Venid a mi casa y lo veréis. Mendel les sale al encuentro y, mudo, les estrecha la mano. Menkes, el más prudente de todos, toma la palabra: Mendel –dice- hemos venido para verte en tu felicidad, tal y como de vimos en la desdicha (…) Ahora vives un milagro en tu propia carne. Tal y como entonces nos entristecimos contigo, hoy nos alegramos contigo. Grandes son los milagros que realiza el Eterno… ¡Alabado sea su nombre!”.

Mientras leía la novela, la memoria y la imaginación me traían a la mente escenas de la película de Spielberg, “La lista de Schindler”, toda en blanco y negro. Cavilaba, así ha transcurrido la vida de Mendel Singer: plana, en blanco y negro, días grises como el cielo limeño de invierno. Un infortunio tras otro, fe inquebrantable en el Dios de Abraham y Jacob, y observancia cabal de los mandamientos de la ley judía. Hasta que su resistencia cede a la desesperanza y explota: ¡no más Dios, no más Biblia, no más mundo, no más nada! No es resignación lo que embarga su alma, es amargura. Las palabras de consuelo de sus amigos no sirven. Ha perdido el apetito de vivir. El mundo para él es la sinrazón. ¿Qué podemos decirle a Mendel Singer, y en él, qué le decimos a todos los Job que nos rodean?

Sólo se me ocurre pensar qué grande y misterioso es el silencio de Dios. Y ante su silencio, me nace acompañar a Mendel Singer con mi presencia y silencio. Decirle algo es prematuro. Es lo mismo que experimentó C. S. Lewis a la temprana muerte de su esposa. ¿Entender? No entendía nada. El por qué le sucedía esa desgracia se quedaba sin respuesta y sólo atinaba a escribir una y otra vezs: “sentimientos, sentimientos, ¡quién pudiera pensar!”.

El desenlace de la historia de Mendel es maravilloso. De repente, el escenario se llena de luz y la película en blanco y negro se llena de color. Aparecen las mañanas risueñas, vuelve a llenarse la habitación con el aroma del té. Acontece un milagro, el Eterno se hace presente con Menuchim, el último de sus hijos, el más débil, de quien el rabino había dicho: “el dolor le hará sabio. La deformidad, bondadoso. La amargura dulce. Y la enfermedad, fuerte. Su mirada será amplia y profunda. Su oído, fino y lleno de resonancias. Su boca callará, pero cuando abra los labios, anunciará cosas buenas”. Palabras proféticas que resuenan en el alma de Mendel y se ven cumplidas ahora en su pequeño Menuchim, convertido en un famoso director de orquesta clásica y compositor de música. El infortunio ahora es dicha: ¡los caminos de Dios, que misteriosos son los caminos de Dios!

Francisco Bobadilla Rodríguez
Lima, 5 de septiembre de 2019.

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