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En gran parte porque pasé mi infancia en el campo, miro con agrado jardines, plantas, árboles, flores, frutos; disfruto, asimismo, de sus aromas, colores, sabores y texturas. Y nada más sorprenderte que encontrarme con un reciente libro de Byung Chul Han -filósofo coreano recriado en Alemania- dedicado a meditar sobre la tierra, el jardín y sus flores: “Loa a la tierra: un viaje al jardín” (2019). Como sus anteriores libros, éste es también pequeño, en una edición especialmente cuidada, ilustrada con dibujos de plantas y flores en blanco y gris. El autor se entretiene en la descripción minuciosa de las flores y, como sembrador en surco de chacra, deja caer –de trecho en trecho- reflexiones íntimas sobre la condición humana y el cuidado de la tierra.

Dicen los filósofos clásicos que el ser, la verdad, el bien y la belleza son los radicales que toda criatura tiene y que estos radicales se comunican entre sí. Esta es, justamente, la experiencia de Han: de la contemplación de la belleza llega a la existencia de Dios, el Ser por antonomasia. Dice: “De algún modo mi jardín me ha dado la fe en Dios. La existencia de Dios ya no es para mí un asunto de fe, sino una certeza, e incluso una evidencia. Dios existe, luego yo existo. Utilicé la esterilla de gomaespuma para las rodillas como mi alfombra de oraciones. Recé a Dios: «¡Alabo tu creación y su belleza! ¡Gracias! ¡Grazie!». Pensar es agradecer. La filosofía no es otra cosa que un amor a lo bello y bueno. El jardín es el bien más bello, la belleza suprema, to kalon”. La belleza salvará al mundo decía Dostoyewski. A su estilo, también lo decía Aleksandr Solzhenitsyn en su discurso de recepción del Premio Nobel de Literatura de 1970: de la belleza artística a la verdad de la realidad.

“La tierra –afirma Han- es una artista, una jugadora y una seductora. Es romántica. Suscita en mí un sentimiento de agradecimiento. Y me ha dado mucho de que pensar. Pensar es agradecer”. Para llegar a esta convicción hay que tener el talante del buen jardinero para quien, continúa diciendo Han, “el trabajo en el jardín no es un trabajo, sino una meditación, un demorarse en el silencio”. Y, ciertamente, la jardinería tiene de saber hacer y tiene mucho de contemplación. Las rosas no se tocan, se las deja estar, se las contempla, se aspira su aroma; pétalo tras pétalo, muestran pudorosamente su misterio. Con su solo estar, dan gloria a Dios. No se arrancan, se cortan y así adornan un altar, decoran una sala o halagan a Julieta.

Acostumbrados como estamos a veredas, pistas y edificios, el exceso de asfalto y cemento ocultan a la tierra. No la vemos, pasamos de largo y no acabamos de comprender la vida que corre por la savia de las plantas, ni la fertilidad de la tierra que las alimenta. No le falta razón a Han cuando señala que “La digitalización aumenta el ruido de la comunicación. No solo acaba con el silencio, sino también con lo táctil, con lo material, con los aromas, con los colores fragantes, sobre todo con la gravedad de la tierra. La palabra humano viene de humus, tierra. La tierra es nuestro espacio de resonancia, que nos llena de dicha. Cuando abandonamos la tierra nos abandona la dicha”. La alegría, la dicha, el contento, son bienes que ya nos gustaría disfrutar a manos llenas. No siempre llegan y, una cosa es tener la barriga llena, y otra, tener el alma contenta. La dicha que viene de la tierra hace bailar el alma.

La tecnología, las pantallas de TV, la realidad virtual nos pone delante de los ojos las maravillas de la naturaleza: bien, pero no lo es todo. Un jardín es otra cosa, aun cuando sea pequeño como una maceta. Una planta requiere cuidado, la tierra, también: se agota y hay que abonarla. Se siembra y se espera. En una sociedad como la nuestra, tan llena de prisas, cuánto bien nos haría tener la paciencia del jardinero: le toma su tiempo dar flores a un rosal.

Lima, 18 de julio de 2019.

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