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Leo a Susanna Tamaro desde que apareció su novela “Donde el corazón te lleve” (1994). Su pluma es ágil y escribe, como aconsejaría el gaucho Martín Fierro, cosas de fundamento. He leído con gusto “Todo ángel es terrible” (2015) y “Corazón pensante” (2016), textos de corte autobiográfico; este último con muchas reflexiones personales –en clave políticamente incorrecta- sobre los usos y rasgos culturales de nuestro tiempo. Me quiero detener en este libro.

Susanna fue una niña callada, con un silencio “similar al de un cartujo, silencio de la boca, pero no del corazón. En las profundidades más secretas de mi persona –cuenta la autora-, se desarrollaba un diálogo ininterrumpido, y de una intensidad casi ensordecedora”. Su padre iba y venía de un lugar para otro. Estaba en muchos sitios, pero no en casa. Su mamá, decepcionada del hombre y del hogar que soñó y no encontró, pronto se desentendió de sus tres hijos. “Sentía que dentro de mí se escondía un tigre agazapado –continúa contando Tamaro-, atemorizado temporalmente por el látigo. Y junto al tigre, el acróbata, con su voluntad y su deseo de despegarse de la tierra y girar, sin peso y sin esfuerzo, suspendido en el aire por un instante en la gracia”. La niña lloró mucho, le venían a la mente muchas preguntas de las que no tenía respuestas y llegó a la adolescencia con muy pocas gotas de cariño, la de sus abuelos.

¿Qué la mantuvo viva y le permitió salir a flote en medio de la adversidad que la rodeó? La voz de su corazón y la capacidad de asombrarse: “Asombro ante la belleza, asombro ante la armonía que, de todas formas, veía—y veo— a mi alrededor. Fue seguramente este sentido para percibir el bien y la belleza lo que me ha salvado en los momentos más oscuros de mi vida”. Corazón de artista que, asimismo, no descansa hasta llegar al fundamento de la realidad, a la verdad de las cosas. Dice: “Conmigo no van ni la lista de cuentas —doy tanto para tener tanto—, ni la seguridad de estar en lo justo —y, por eso, de poder juzgar—, ni la tristeza claustrofóbica del moralismo. Yo quiero llegar al fundamento, quiero descubrir las columnas sobre las que se sostiene la realidad, quiero la verdad porque en el fondo de mi conciencia hay una voz que me dice que ésta es la meta de mi vida y de todas las vidas que anhelan alcanzar la plenitud”.

Detenerse, mirar, reposar en silencio forman parte del aprendizaje lento y amoroso de la realidad. En otro libro, “Querida Mathilda” (1998), Tamaro observa que “la comunicación emotiva pasa a través de la mirada y no a través de las elaboraciones racionales del pensamiento”. Y fue, precisamente, la mirada de los ojos de Jesucristo, totalmente abiertos en el crucifijo, lo que la conmovió profundamente en una escena que me recuerda la mirada de Santa Teresa de Jesús a la imagen del Cristo flagelado que la llevó a cambiar el rumbo de su entrega a Dios.

Tamaro capta los latidos del corazón humano y, por contraste, pienso en el protagonismo que han cobrado la racionalidad técnica y la eficacia en las empresas, dispuestas a medir hasta el menor aleteo de sus clientes, al precio de desfigurar la dimensión volitiva y afectiva del ser humano. Sus mediciones de satisfacción del cliente, convierten en estatuas de sal la vida que no se deja encorsetar por la mejor encuesta o el mejor sistema estadístico. Me reconozco más en esta observación de Tamaro: “Desde siempre he tenido la clara percepción de que el núcleo del ser no se encuentra en las elucubraciones cerebrales, sino en la plenitud viva y cálida del corazón. Es el corazón quien siempre nos indica el justo camino que recorrer. Es el corazón, con su vulnerabilidad, el que nos hace comprender —si aceptamos el riesgo de entrar en su parte más profunda— que nuestro propio corazón y el de Dios se compenetran y se regeneran mutuamente y de forma constante, gracias al soplo luminoso del Espíritu Santo”.

Llevo años dándole vuelta a la idea de que nuestra época requiere de una ética que aspire a la excelencia: ni barbarie ni mediocridad, ¡excelencia! De ahí que me entusiasme la sugerencia de Tamaro. Dice: “Nos conformamos con no hacer el mal, hacemos lo que podemos, y como podemos. ¿Pero no es esta la peor situación? No eres frío ni caliente, eres tibio, por eso voy a vomitarte, está escrito en el Apocalipsis. Los tiempos que vienen deben ser tiempos de coraje. Así como la mediocridad entorpece, en la misma medida la santidad inflama. Solo los corazones inmersos en el Espíritu de la santidad tienen el poder de propagar el incendio. La santidad es el auténtico fin de toda vida que pretenda ser plena”. Nos es poco lo que pide, nada menos que santidad, integridad de vida, hambre de Cielo.

“Ama y haz lo que quieras” decía San Agustín y quizá sea ésta la clave en la que hay que comprender la centralidad del corazón en todas las obras de Tamaro. No veo allí un llamado al sentimentalismo amorfo. Es más bien llamar la atención del papel que tiene la dimensión afectiva en la vida humana ante el riesgo de su desborde anárquico. Ante el culto a la eficacia técnica y su extremo dionisíaco del goce sensorial episódico, la propuesta amable de las obras de Tamaro, me saben a buen alimento para el alma nostálgica de eternidad.

Lima, 10 de julio de 2019.

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