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Pocas veces me atrapa una novela. Me ha pasado con “El Jugador” de Dostoyevski. La leí de un tirón. No es una obra monumental como “Crimen y castigo” o “Los hermanos Karamasov”. Es una narración corta y se lee con facilidad. Aleksieyi Ivánovich es un joven tutor en una familia rusa. La novela transcurre en un hotel de la ficticia ciudad alemana de Rulettenburg. La trama se desarrolla alrededor de su pasión servil hacia Polina –distante, enigmática, señorial- y el vicio del juego de la ruleta.

La novela, contada en primera persona, es una suerte de collage hecha de las apreciaciones psicológicas que Aleksieyi hace de los otros personajes que lo acompañan: el general ruso, mademoiselle Blanche, míster Astley, el marqués De-Grilletun, la abuela y, claro, Polina. Todos, salvo Polina, están a la espera de la muerte de la abuela para heredar su fortuna y pagar deudas o ganar posiciones en la vida.

Los datos que nos da Aleksieyi no pasan de ser como “pantallazos” de los personajes, todos ellos atrapados en su papel, incluido el propio personaje. Su amor a Polina es apasionado, una pasión que ella maneja al nivel de “mírame, pero no me toques”. Amor obsesionado, tóxico. Y sólo capaz de ser reemplazado por otro clavo, igual de dañino y embriagador: el juego. Es sed insaciable de apostar a ganar o perder.

La narración no es nada del otro jueves, pero me han atraído las descripciones psicológicas de los personajes. Desde luego, no tienen la profundidad y complejidad de los entresijos de la condición humana que Dostoyevski consigue en otras narraciones. Quizá, por eso mismo, esta pequeña novela resulta atractiva. Aleksieyi piensa que conoce a sus contertulios, sin embargo, son muchos los cabos que quedan sueltos y ellos conducen; más que a atrapar al ser humano en unas coordenadas cartesianas, a colocarlo en el umbral de su natural misterio.

Además de pasar un buen rato con la novela, me queda el buen sabor de boca de que al ser humano no se le “explica”, ni basta una vida entera para conocerlo. Ante el ser humano va mejor el verso de Juan Ramón Jiménez: “No le toques ya más, que así es la rosa”

Lima, 10 de abril de 2019.

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