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Octavio Paz (1914-1998) acuñó la expresión “el ogro filantrópico” (1979) para referirse al crecimiento monstruoso del Estado convertido en el Gran Hermano que lo ve todo, está en todo y cree saberlo todo. Vuelvo a esta feliz caracterización para mirar al ogro burocrático estatal metido hasta el tuétano en el sector educación, al nivel básico como al nivel superior. ¿Cómo se pretende formar ciudadanos libres, solidarios, creativos con un Ministerio de Educación metido en las cuadrículas de los indicadores que, más que mejorar la calidad, la fosiliza en formatos al mejor estilo mecanicista?

Las escuelas, los institutos y las universidades no son colmenas de abejas, construcciones perfectas, con sus celdas todas iguales, una abeja reina fecunda, sus zánganos y sus miles de obreras acarreando insumos. Pareciera que esta es la imagen que se tiene de la educación desde MINEDU: educación básica y superior reducida a los sistemas formales, olvidándose del espíritu y de la fuerza creativa de la libertad. Hay, desde luego, muchos buenos técnicos dedicados a medir la operación: infraestructura, profesores, inversión en capacitación, comprobar la consistencia del modelo educativo, etc. Magníficos supervisores y fiscalizadores colocados en las tribunas de las canchas, pero no pocos carentes de la sensibilidad para percibir el proceso educativo en su integridad. Miran, pero no juegan el partido.

La escuela la hacen los padres de familia, los profesores y los alumnos. Un buen maestro le saca jugo a la tiza. ¿Tablets, escuela digital, actividades, programaciones? Bien, pero la relación maestro/alumno es otra cosa. Lo que nos deja huella en un colegio es habernos topado con un buen maestro, más que con una buena carpeta. El estilo universitario, asimismo, es un modo de ser perteneciente, más al espíritu de finura que la mera suma de indicadores. Me he encontrado en el órgano supervisor de las universidades con muy buenos profesionales, pero con casi ningún universitario. Han reducido a las universidades a un esquema cartesiano sin vida y sin espíritu. Para tener el espíritu universitario no basta con ser abogado, administrador, contador, estadístico. Ser universitario es una vocación que no cabe en ningún indicador. Con esto intento decir que sólo entenderá, adecuadamente, lo que es un colegio o una universidad quien la ha vivido y vive desde dentro en su complejidad: geometría y fineza.

El Estado burocrático no puede con su alma y, mucho menos, con el peso del país real. Debe reconocer sus limitaciones y dejar que la iniciativa privada asuma el rol que le compete por derecho propio. Quien debe pedir permiso es el Estado no la sociedad civil. Imponer un currículo porque así lo deciden unos ilustrados, diseñadores de modelos a espaldas de la realidad, es una arbitrariedad. A SUNEDU le pasa otro tanto y me recuerda aquello que Vicente Rodríguez Casado –un universitario cabal- contaba de un congreso al que había asistido sobre los conventos españoles. Se habló mucho de los garbanzos que cultivaban los monjes –nos contaba-, pero nada del espíritu que animó a esos religiosos a ser monjes. Percibo lo mismo de SUNEDU: se fija demasiado en los garbanzos y olvida el espíritu universitario.

Es tiempo de liberar a la educación, hay que liberarla del ogro burocrático que quiere reducirla a una colmena de abejas.

Lima, 17 de febrero de 2019.

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