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“Sostenemos que nunca se ha mentido tanto como en la actualidad, ni se ha mentido de manera tan masiva y tan absoluta como se hace hoy en día”. Así se expresaba Alexandre Koyré (1892-1962), filósofo e historiador de la ciencia en un pequeño texto titulado “La función política de la mentira moderna” escrito en 1943. Coincido con el traductor y prologuista de esta obra (2015) al señalar que varias de las prácticas totalitarias a las que se refiere el escrito de Koyré siguen siendo plenamente actuales, tristemente actuales.

Para el histórico totalitarismo “el criterio de Verdad no radica en su valor universal sino en su conformidad con el espíritu de la raza, de la nación o de la clase social”. El populismo de nuestro tiempo se afinca en la abstracción llamada “pueblo”, incluso, en su versión descabellada de “el pueblo soy yo”, en palabras de Enrique Krauze. Adiós Estado Constitucional de Derecho. En su lugar se instala el caudillismo que halaga a las pasiones, odios y miedos de tantos. “Los regímenes totalitarios –afirma Koyré- no son sino conspiraciones que nacen del odio, del miedo, de la envidia, que se nutren de un deseo de venganza, de dominación, de rapiña”.

El caudillo de entonces “intensificará, muy en especial, el sentimiento de superioridad de la nueva clase dirigente, su convicción de pertenecer a una élite, a una aristocracia por completo separada de las masas”. El salvador de ahora, colocado en los poderes del Estado o en el poder de la prensa privilegiada por su posición de dominio, se autocalifica como portador de una calidad moral que la aparta radicalmente de los “otros”, los corruptos. Los caudillos de nuestro tiempo no tienen el menor pudor de instalarse más allá del bien y del mal. Las bajas pasiones son de los “otros”, la ira suya es santa. Paradoja divertida, por cierto, porque en tiempos tan democráticos como los que vivimos, de tanto predicar que están “sin mancha”, se han convertido en los aristócratas del puritanismo.

En la misma línea de George Orwell, quien en su novela “1984”, denunciaba la existencia de los ministerios de la verdad encargados de reescribir la historia al gusto de los dictadores, Koyré señala que estos caudillos “más fuertes que el mismo Dios todopoderoso, transforman a su antojo el presente, incluso el pasado”. El Gran Hermano de Orwell lo sabe: “quien controla el pasado controla el futuro, quien controla el presente controla el pasado”. Y también lo sabe Thanos, quien con la gema del tiempo controla los acontecimientos a su antojo. Mi esperanza está, claro, en evitar que nuestros aspirantes a Thanos no lleguen a obtener las seis gemas del infinito.

Francisco Bobadilla Rodríguez

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