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“El club de los negocios raros” (1905) es una de las primeras novelas escritas por Chesterton, compuesta de historias breves que involucran a los hermanos Grant: Basil y Rupert. Este último es un investigador, cuyo “modo de razonar se distingue por su frialdad y su clarividencia, pero siempre le induce a error. En cambio, la vena poética que se le manifiesta bruscamente le permite acertar a menudo”. Basil Grant, en cambio, es un místico y contemplativo, un ilustre juez que un día decide dejar la magistratura para dedicarse a ser juez de tribunales privados de honor.

El personaje central es Basil con todos los rasgos propios del ingenio y sentido del humor de Chesterton. Me ha resultado un personaje simpático y he hecho buenas migas con él, quizá porque provengo del mundo del derecho y porque he visto de cerca el oficio de juez en mi padre. Mi formación jurídica estuvo inundada de ingeniería social y de mucha sociología del derecho. Una buena resolución judicial –aprendí- es aquella que tiene sólidos fundamentos de hecho y la mejor doctrina jurídica para los fundamentos de derecho. Había que ser un buen investigador de hechos al estilo de Sherlock Holmes: “hechos, hechos, hechos; sin ladrillos no puedo construir paredes”. Y, también, un gran conocedor de la pirámide kelseniana: normas contantes y sonantes.

Hasta ahí la teoría. La realidad es muy otra. Los hechos están ahí, pero el periodista, el juez, el fiscal, el abogado defensor, los pueden agrupar según sus particulares perspectivas y a los mismos hechos les podemos hacer decir lo que nos conviene. Basil Grant lo sabe y exclama: “¡Los hechos! (…). ¡Cómo oscurecen los hechos la verdad! Yo seré un insensato (a decir verdad, no estoy en mis cabales); pero nunca he podido creer en ese hombre… ¿cómo se llama el protagonista de esas famosas historias…? Sherlock Holmes. Todos los detalles conducen a algo, no cabe duda; pero por regla general a algo equivocado. Los hechos apuntan, a mi parecer, en todas direcciones, como las ramas de un árbol. Únicamente es la vida del árbol la que ofrece unidad y la que se eleva… Únicamente es su verde savia la que brota como un surtidor hacia las estrellas”. Coincido bastante con Basil: ¡cuánto se puede manipular en el periodismo y en la judicatura con los hechos!

¿A qué se dedica ahora Basil Grant? A ser un juez que resuelve diferencias estrictamente morales en tribunales de honor, de carácter extraoficial. Juzga a la gente, “no por las bagatelas vulgares de las que nadie se preocupa, tales como la comisión de un asesinato o el tener un perro sin licencia, no –afirma Basil- mis delincuentes eran juzgados por los delitos que verdaderamente hacen imposible la vida social. Comparecían voluntariamente ante mí al verse atenazados por un egoísmo o una vanidad inaceptable, o por su inclinación a la difamación, o por su ruindad hacia los amigos o subalternos. Claro está que estos tribunales no poseían poder coercitivo alguno. La ejecución de sus castigos dependía completamente del honor de las damas y los caballeros interesados, así como del honor de los delincuentes”.

Basil Grant pertenece al mundo de Chesterton: paradójico, romántico, alegre; incluso, dramático, pero nunca trágico. En la maraña de leyes que asfixia al sistema jurídico contemporáneo, nos hace falta más justicia y menos legalismo, más respeto y menos venganza, menos hígado y más corazón.

Lima, 7 de diciembre de 2018.

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