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Con Chesterton voy de sorpresa en sorpresa. Su novela “El hombre vivo” (1912) es de las más gratas leídas de su pluma, en particular; la pongo en el elenco de mis preferidas, en general. Innocent Smith –personaje central de la narración- rompe los esquemas conceptuales de las personas serias y “aunque es un optimista, no en el absurdo sentido de mantener que la vida sea todo beber y jugar, sí parecía defender realmente que ésa era la parte más seria de la vida”. No sólo se encuentra en esta novela el inconfundible estilo de Chesterton, maestro de la paradoja y del buen humor, sino que están también sus temas más queridos y sus ideas más profundas sobre la vida y el ser humano.

Tomarse la vida seriamente no es vivirla con el ceño fruncido y el espíritu almidonado. Tomar en serio las relaciones interpersonales más significativas, la mujer amada, la familia, los amigos, los colegas del trabajo es vivir de estreno cada día. Es festejar junto con Cat Stevens el despertar de la mañana como si fuera el primer amanecer de la creación u oír al tordo cantar como si fuera su primer canto. Es soñar, como lo hicieron Carl y Ellie –los personajes de la película de animación “Up”-, en trasladar la casa a la cima de una catarata y contemplar embelesados la fuerza encantadora de la naturaleza. Es enamorarse una vez y otra de la misma mujer: Julieta a los 15 años, a los 30, a los 60 o a los 80.

Innocent Smith lo dice mejor: “Solo hay una cosa buena que descubriera jamás la ciencia…: que el mundo es redondo…Quiero decir que dar la vuelta al mundo es el camino más corto para llegar a donde ya se está”. La objeción salta a la vista: “¿no es más corto quedarse donde se está?” A lo que Innocent responde: “No, no, no. Ese camino es muy largo y muy cansado. En el fin del mundo, detrás de la aurora, encontraré a la esposa con la que realmente me casé y la casa que es en verdad mía (…) Eso es la revolución… dar la vuelta. Toda revolución, como todo arrepentimiento, es una vuelta”.

La vida es trabajo con retos, afanes y apuros. La vida es también juego. Lo primero que aprendemos es a jugar y a reír. El juego es el ungüento de la dureza de la vida y del cumplimiento del deber. Es, asimismo, semejanza divina, pues Dios “juega con el orbe de la tierra y su delicia es estar con los hijos de Adán” (Proverbios 8, 31). La seriedad no es sinónimo de aburrimiento, como tampoco la vida loca es sinónimo de alegría. Nos viene bien recordar que un día moriremos, pero también nos hacen falta “poetas que recuerden a los hombres que aún no están muertos”. Esa es la tarea de Innocent Smith: despertar a sus amigos a la vida. “Es precisamente porque no le gusta robar, por lo que no codicia los bienes ajenos, de ahí que emplee el truco de codiciar sus propios bienes (…) Es precisamente porque ama a una esposa por lo que tiene cientos de lunas de miel con ella”.

Lima, 9 de octubre de 2018.

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