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Tengo la alegría inmensa de haber nacido y crecido en una familia. Han pasado los años y mi familia ha crecido mucho: nuevos miembros, cuñados, sobrinos, primos, tías y no hay forma de parar. Nos hemos reído que da gusto, también hemos llorado; tiempo de bonanza y de falencia económica. Correrías de unos y otros, preocupaciones, peleas entre los hermanos. Papá con muy pocas palabras, un San José de silencios, y dispuesto a sacar a la familia a como dé lugar porque nunca han faltado gobiernos que, en lugar de darle felicidad al país, nos han hundido en el caos. Mamá no se queda atrás: trabajadora, comiéndose los problemas que le quitaban tranquilidad mientras los hermanos crecíamos. Sí, me he criado en una bonita familia y conozco la mar de familias que, con sus más y sus menos, reproducen imágenes parecidas. En honor a la verdad, tengo que decir que nunca he conocido familias “democráticas” y menos mal.

Me resulta pintoresco el reciente Decreto Legislativo para el Fortalecimiento y la Prevención de la Violencia Familiar. La finalidad es buenísima: fortalecer la familia y prevenir la violencia familiar. No comparto, sin embargo, la visión de la norma y su andamiaje ideológico. La norma pretende fomentar familias democráticas. La democracia es una forma de gobierno, pertenece al ámbito político y al espacio público de la convivencia social. Nunca como ahora, he visto tal desbarajuste entre los poderes del Estado: poder ejecutivo, poder legislativo, poder judicial, todos en pugna. Es decir, en buen romance, nuestros políticos están enzarzados en relaciones de poder asimétricas, la violencia verbal entre ellos es ofensiva, el respeto brilla por su ausencia; simplemente no saben vivir en democracia. Pues bien, el gobierno nos quiere vender la fórmula para prevenir la violencia familiar: la familia democrática. Le vendría bien al gobierno aplicarse el viejo refrán familiar: “médico, cúrate a ti mismo”. Introducir instrumentos políticos en la familia, no es enriquecerla, es empequeñecerla.

Más bien diría que es el tiempo de la familia y el gobierno ganaría mucho si aprende del mundo de la vida, de la familia, en donde se cocina el cariño verdadero, la preocupación por el otro y en donde el cálculo democrático no funciona, gracias a Dios. Si Santa Mónica hubiese sido demócrata, qué habría sido de Agustín, su hijo. Pero no, ella dale que dale, con el amor que sólo una mamá puede manifestar, allí detrás del hijo y del hijo tarambana tuvimos al grandioso San Agustín. Quiero decir, en la familia se vive de la entrega de unos y de otros y no del cálculo costo/beneficio. Ante la magnanimidad, la igualdad del “hago para que hagas” es chancay de veinte. Mucho ganaría el país si nuestros gobernantes, en lugar de empequeñecer la familia, miran sus propias casas y llevan al espacio público, la reciprocidad y el desinterés propio de la vida familiar.

Lima, 15 de septiembre de 2018.

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