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Lo que pasa entre nosotros con los escándalos políticos, judiciales, empresariales que saltan día a día generan indignación, impotencia, desconcierto, perplejidad. No es tiempo para el lamento –aunque motivos no faltan-, es más bien ocasión para templar el ánimo y ahondarnos al fondo de la condición humana, de donde nacen la avaricia, la vanidad, la injusticia, el tráfico de influencias, la fanfarronería y demás vicios que nos aquejan.

Quizá tendríamos que volver a repensar la política para saber lo que podemos esperar de ella y lo que escapa de sus manos. Una política que solo se queda en procedimientos es fácil presa de las tentaciones del poder, el dinero, la soberbia. Según lo recuerda en uno de sus recientes libros, Daniel Innerarity (Política para perplejos, 2018), conviene volver a recordar que “el objetivo de la política es conseguir que la voluntad popular sea la última palabra, pero no la única, que el juicio de los expertos se tenga en cuenta, pero que no nos sometamos a él, que las naciones reconozcan su pluralidad interior y se abran a redefinir y negociar las condiciones de pertenencia”.

El mundo se ha vuelto complejo en sus problemas y actores, en sus luces y sombras. Una mirada rápida al entorno nacional o extranjero nos muestra un hecho: la corrupción y la codicia –por señalar un par de males que nos aquejan- anidan en todos los colores y direcciones del espectro político: derecha, centro e izquierda, liberales y socialistas. “Derecha corrupta” e “izquierda honesta ya no sirven como bandera. La honestidad no hay que buscarla en las ideologías, hay que cultivarla en las personas. Por eso, hemos de hacer un doble esfuerzo. Por un lado, como lo sugiere Innnerarity, “diseñar los sistemas políticos de manera que los malos gobernantes (jueces, funcionarios públicos) no hagan demasiado daño”. Y de otro lado, agrego, insistir en la formación ética de todos, especialmente, de quienes ocupan el espacio público de la vida social.

Para los sistemas, podemos echar mano de la ciencia política. Para la formación, en cambio, de políticos y funcionarios públicos buenos, hemos de volver a la ciencia ética, no sólo en sus expresiones normativas, sino también –y más decisivo si cabe- en su encarnación en virtudes. Es decir, una formación que haga que las Tablas de la Ley lleguen al corazón de los ciudadanos y se manifiesten en comportamientos observables valiosos. Tarea ardua, larga que empieza en la casa y la escuela y continúa en los centros de formación superior y en los centros laborales.

Ciertamente, necesitamos expertos en finanzas, contabilidad, gestión. Más urgente es que ellos mismos sepan discernir entre el bien y el mal y, sobre todo, que no se cansen de hacer el bien.

Lima, 10 de julio de 2018.

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