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Aparentar, dice la Real Academia Española, es “manifestar o dar a entender lo que no es o no hay”. En la publicidad comercial se asemeja a la publicidad engañosa: me haces creer que es acero inoxidable y no es ni lo uno ni lo otro. Colinda con la hipocresía que es “fingimiento de cualidades o sentimientos contrarios a los que verdaderamente se tienen o experimentan”. En política, su correlato es el oportunismo: según a quien se dirija, el hombre público tendrá un discurso u otro, veleta que se mueve de acuerdo a los vientos que soplan.

Estas manifestaciones falsas, cuando son esporádicas, son simples tropezones en un camino llano. Cuando son la regla, generan una fangosa cultura de la apariencia enemiga de la autenticidad, la sinceridad y la objetividad. Sin estas últimas, la vida social se convierte en un mercado de vanidades fundado en las patologías del poder, el dinero o la fama: quién puede más, cómo es, cuánta exposición mediática consigo.

Me viene a la memoria, por contraste, aquel pasaje del Evangelio que dice: “contemplad los lirios, cómo crecen; no se fatigan ni hilan, y yo os digo que ni Salomón en toda su gloria pudo vestirse como uno de ellos” (Lc. 12, 27). Pienso, también, en el modesto geranio, el elegante clavel, la delicada violeta africana… Son lo que son. Podemos podarlas, regarlas, limpiarlas y de seguro mejoramos su apariencia. Serán más bellas, más aromáticas y siempre serán flores, aun cuando pasemos delante de ellas sin darnos cuenta.

Ante el torrente de publicidad comercial que nos ofrece la felicidad, la propaganda política que nos asegura la salvación y las calles convertidas en pasarelas de modas, añoro la autenticidad de lo verdadero sin maquillajes, con tan solo unos pocos toques que realcen la belleza del espíritu encarnado de las personas con las que nos encontramos. Una buena conversación, en el calor de una mesa romántica o en la sala de trabajo, es aquella que es expresión sincera del ser personal. La charla almidonada, temerosa y medida, por el riesgo de un audio o video escondido, es la muerte de la confianza.

Los seres humanos estamos pensados para regocijarnos en la verdad de las cosas, en las relaciones interpersonales sinceras. Llegar a casa nos vuelve a reconciliar con lo que sencillamente somos y amamos. Nos ponemos cómodos, bajamos la guardia, simplemente estamos y nos dejamos ser. ¿Dos mundos distintos? Sí, pero en el de la cultura de la apariencia hay una dosis peligrosa de perversión.

Lima, 9 de julio de 2018.

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