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Los momentos estelares de nuestra vida suelen ser pocos, alegrías intensas que recordamos con verdadero entusiasmo y quedan recogidos en la cabeza y el corazón como los tesoros más preciados. Lo ordinario, sin embargo, lo constituyen los días soleados o grises con sus rutinas, afanes y problemas que ocupan nuestro mayor tiempo. Leer a Chesterton es, precisamente, como agua fresca primaveral que nos anima a “ser felices en esos momentos tranquilos en que recordamos que estamos vivos; no en esos momentos ruidosos en que se nos olvida”. Idea sencilla al alcance de todos los bolsillos recogida en uno de los últimos textos escritos por Chesterton tres meses antes de morir y que forma parte del libro “La sal de la vida y otros ensayos” (Sevilla, 2017).

Esta selección de ensayos fue hecha por su secretaria, Dorothy Collins. Para mi gusto, de las mejores antologías chestertonianas que he leído. Lo es por su equilibrio en las materias que trata y porque deja ver el ingenio, la agudeza, la gracia, el sentido del humor, la frescura de la pluma de este gran escritor inglés. Me anima, entre otras cosas, saber que la felicidad no está en las experiencias de vértigo, de esas que quitan la respiración y dejan la billetera sin un cobre: viajes maravillosos, experiencias refinadas, comidas exquisitas, bebidas alucinantes… Desde luego, esa oferta existe, pero quizá no esté pensada para el hombre común e, incluso, ni siquiera le saca brillo a lo mejor de los seres humanos. Hay un punto de perversión en ese afán de vender felicidad en experiencias que embotan los sentidos.

Me inclino más bien por llenar de felicidad las experiencias diarias que tenemos a la mano. En esto Chesterton la tiene clara y nos dice que “el mundo moderno no tiene futuro, si no es capaz de entender que no tiene que buscar lo que sea cada vez más emocionante, sino que más bien tiene la emocionante tarea de descubrir la diversión en las cosas que parecen aburridas”. Y es que la felicidad es tímida y discreta, destila sus gotas de alegría una a una y no a borbotones. Problemas los tendremos a montones. Lo que no llega a montones es el dinero. En cambio, puede estar a nuestro alcance la sonrisa del pequeño de la casa que nos llena de contento el alma. La migraña sigue presente, el problema continúa sin solución, pero, comprendemos que la vida es mucho más que sus dolores. Una sonrisa nos basta.

Celebrar la vida en la abundancia y en la escasez, en la salud y en la enfermedad es de los mayores retos que tenemos los seres humanos y no es imposible. Chesterton es el pensador alegre de lo ordinario, capaz de hacer fiesta con un pan y una lata de atún; también, con un mero norteño, por cierto. ¿Y los disgustos? No los niego, existen. Me preocupa más el alma malhumorada que destila desencanto, amargura, cinismo. Tiene ojos y no ve que el ser humano “puede ser feliz simplemente por vivir”.

Lima, 1 de julio de 2018.

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