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En mi época de juventud, no me sentía cómodo con los Salmos. Me resultaban demasiado quejumbrosos. Aunque sabía, intelectualmente, que todo se le debemos a Dios y que sin Él somos una rama tirada al suelo sin tronco ni nutrientes, no me lo acababa de creer vivencialmente. Me hizo falta que los años me cayeran encima y que me enfrentara a las caídas hondas de los cristos del alma, hoyos existenciales en donde la tabla de salvación es la Cruz desnuda de Cristo. Episodios de la vida que nos llevan a experimentar la fragilidad de la condición humana. Las grandes fortalezas que uno cree tener –y, quizá, las tenga- penden de un alfiler: un pequeño movimiento en el ánimo basta para que se vengan al suelo. En la hondura de esos baches, el consuelo humano no basta. Y ahí estaban los Salmos, como esperando en la profundidad del abismo existencial para levantarnos y llevarnos a pasear “por verdes praderas”.

Los Salmos, como los buenos versos y tantas maravillas que despiertan el alma llenándola de sentido, requieren una lectura meditada, lenta. Tienen mucho de lamento, abandono. El orante busca refugio, se abraza ante su Dios omnipotente y bueno. Hay queja, reclamo, angustia, desconsuelo, desamparo. Es el niño que cuenta al papá sus penas y pide consuelo e, incluso, venganza. Son versos, muchas veces, de última instancia. Ya no hay más lugar a donde ir, ¿a quién podría acudir? Lo humano es insuficiente, más aún, lo humano ha sido derrotado.
“Soy tu hijo y me darás el mundo por heredad” (S II). El orante lo sabe, pero su fe vacila y llega angustiado a los pies de su Señor. Mil años no son nada ante la faz del Creador, mas, para el orante, un minuto de angustia es de un dolor insoportable. Bien podría decirle al Señor: “El instante me oprime, Señor, mil años son demasiados años para mí. Son una inmensidad sin sentido si Tú no los llenas de tu Gloria. Mis enemigos me acorralan, se mofan, ¿dónde estás, Señor de los débiles, dónde estás?”.

No basta con saber que los Salmos existen y que es muy conveniente meditarlos. La cabeza lo sabe, pero hace falta que el corazón sea instruido, dice Robert Spaemann. Y es que los salmos hay que sentirlos, saborearlos con una cierta connaturalidad. No son frases redondas de un trovador ingenioso, son desgarrones del alma, gritos de alegría, alabanzas desbordadas. Son los clamores o alabanzas que me gustaría decir a voz en cuello desde el hoyo oscuro o la verde pradera.

Qué a gusto se está en compañía de los Salmos cuando se está a disgusto en ciertos tramos de la vida. Pienso que estos versos de inspiración divina requieren de un interlocutor con el alma herida o con el corazón desbordado por la alegría o el agradecimiento, cuanto menos, así es como más los disfruto. De este modo, la oración se vuelve bálsamo que suaviza las heridas o incienso que llega al Cielo.

He encontrado un magnífico maestro en el gusto por los Salmos en los dos tomos que Robert Spaeman, filósofo alemán, ha escrito sobre ellos. Su título es modesto “Meditaciones de un cristiano”, su contenido es inspirador. Los recomiendo.

Lima, 25 de junio de 2018.

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