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El fin de año es tiempo de balance: ¿qué hice? ¿qué conseguí? También es tiempo de futuro: ¿qué proyectos para el año siguiente? ¿A dónde quiero llegar? La crisis política y moral por la que atraviesa nuestro país agrega una pregunta perentoria: ¿todo lo que hice y conseguí me hace mejor persona? No es suficiente llenarse la boca diciendo: soy poderoso, tengo mucho dinero, manejo la opinión pública como quiera. Los ídolos del poder, el dinero y la persuasión tienen los pies de barro, una pequeña dosis de moralidad y se vienen por los suelos. Después del derrumbe, solo queda la soledad, el deshonor, la decepción, el decaimiento moral.

Susanna Tamaro, escritora italiana, conocida por sus novelas “Donde el corazón te lleve” y “Anima mundi”, vuelve a la arena narrativa con una bella fábula: “La Tigresa y el acróbata” (2016). Se lee rápido y a gusto. El personaje, una tigresa siberiana, emprende la búsqueda de lo que quiere llegar a ser. Los bosques fríos no le bastan. “Ser el terror de todos y no querer ser el terror de nadie, esa era su condena. Renegar de su propia naturaleza para ir en busca de una nueva cuyo rostro ni siquiera conocía, vagar en una soledad extrema deseando tan solo la alegría de un encuentro”.

¿Quién soy yo? ¿Acaso no lo sabemos? ¿Acaso no hemos tomado decisiones que nos embarcan en proyectos de largo plazo e, incluso, de toda la vida? En algún tramo de nuestra andadura poseemos respuestas firmes a esas inquietantes preguntas. No obstante, a la vuelta de una esquina, salta nuevamente la duda: ¿la imagen que ves en el espejo es la tuya? Y vuelvo a preguntarme quién soy yo. ¿Por qué esta inquietud si tengo lo que para tantos es sinónimo de felicidad?

Un misterio, desde luego, lo que no quiere decir que el camino sea a ciegas y tientas. Nos pasa lo que con tanto tino decía Víctor Andrés Belaunde: la condición humana es una síntesis de inquietud y serenidad aunadas por la plenitud. La tigresa de la fábula lo aprendió a golpes y comprendió que “hay paredes que se escalan con las manos y paredes que se escalan con el corazón. Del mismo modo, hay vidas que solo conocen la monotonía de la llanura y otras a las que continuamente se les exige subir”. Llanura y cumbre, caminar y escalar, ritmos naturales de la existencia humana que hemos de aprender a aceptar libremente.

Fin de año, tiempo de hacer cuentas. Tiempo para poner en la balanza de la vida lo realizado y lo proyectado procurando que el saldo salga a favor del ser más, antes que del tener más.

Lima, 18 de diciembre de 2017.

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