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La Revolución Rusa (1917-1991) pone fin a la Rusia Zarista el 25 de octubre de 1917 (según el calendario juliano) y entroniza al bolchevismo, con Lenin a la cabeza. Se inicia la historia del comunismo soviético, un intento de hacer un mundo feliz acá en la tierra, cuyo costo fue millones de muertos, gulags, economía centralizada y el fracaso total, muy poco después de la caída del muro de Berlín (9 de noviembre de 1987).

Se ha escrito mucho y se sigue escribiendo sobre este régimen totalitario, me quedo con lo que dijo San Juan Pablo II en lo que fue su último libro (Memoria e identidad, 2005), para quien el nazismo y el comunismo marxista han sido las “ideologías del mal”. Lo dice el santo, el pensador y el doliente; pues, su patria, Polonia, sufrió ambas opresiones. Quiero poner la atención en la “ideología” de la Revolución Rusa, porque el comunismo ha sido y es una “ideología” en sus múltiples y sanguinarias realizaciones: la Unión Soviética, la China de Mao, Albania, Checoslovaquia, Cuba, Sendero Luminoso…

Una ideología es un conjunto de ideas simples que hacen una lectura deforme de la realidad y buscan poner su proyecto en práctica, caiga quien caiga y, en el caso del comunismo marxista, muera quien muera (claro, mejor si el que muere es el de la clase dominante). El origen de esta ideología está en el pensamiento de Carlos Marx (1818-1883). Estaba convencido –al igual que Hegel y el idealismo alemán- de que había descubierto las leyes de la historia en el sentido fuerte de la palabra, es decir, leyes como las de la gravedad por la que los cuerpos caen, sí o sí. Toda la historia habría sido la historia de la lucha de clases: amos oprimiendo a esclavos, señores feudales oprimiendo a siervos, burgueses oprimiendo a proletarios.

Sólo faltaba el último paso, la última tormenta: la revolución violenta entre proletarios y burgueses. La lucha sería sangrienta, pero al final vendría el paraíso en la tierra, todos iguales y sin clases sociales. La felicidad habría llegado a la tierra para quedarse para siempre. ¿Lindo sueño? No, ¡monstruoso proyecto! Rusia tuvo su revolución bolchevique, nosotros tuvimos Sendero Luminoso, de desdichada memoria.

Los nostálgicos del marxismo consideran que lo que ha fallado ha sido la realización de la utopía, pero que la idea marxista sigue siendo válida. Stalin, Mao, Fidel, o Abimael habrían sido unos errores y se tendría que volver al pensamiento original de Marx, incluso al Marx juvenil de los “Manuscritos económico-filosóficos” (1844). Intento falaz, me parece, porque el problema no ha sido que el autor material de la revolución se equivocó, sino que el autor intelectual (Marx) estuvo equivocado. Comprender la totalidad, como pensó Hegel y Marx, es simplemente un exceso. Ponerse al fin de la historia y verla venir es pura soberbia.

Estamos a cien años de la Revolución Rusa y todavía no acabamos de horrorizarnos de lo que los hombres somos capaces de hacer contra nosotros mismos.

Lima, 29 de octubre de 2017.

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