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“Cultura y ciencia en la universidad” (1954) es un sugerente ensayo de Honorio Delgado (1892-1969), padre de la psiquiatría peruana, fino humanista y universitario cabal. Entiende a la cultura “no como suma de conocimientos sino como porte y forma de vida”. Es formación no acumulación de información. Por eso sostiene que “en la universidad la tensión entre variedad y unidad del contenido de la cultura se resuelve en la formación del espíritu de tal suerte que, sin dispersarse en la adquisición de conocimientos infinitos, adquiera una amplia perspectiva de saber preciso señoreado por el criterio personal en trabajo íntimo” (p. 7).

La cultura afirma Honorio Delgado “denota a la vez variedad y unidad, libertad y sujeción, universalidad e idiosincrasia, estabilidad y metamorfosis, conformidad y lucha”. Pares de antagonismos que confluyen en una síntesis, de tal modo que la cultura se configura como “una totalidad de vida espiritual en la que los extremos ponen en tensión el alma del hombre… gracias a lo cual su ser se ilumina y adquiere fuste allende la realidad de la naturaleza, y en consonancia de los más altos modelos de la humanidad” (p. 9).

La ciencia aporta a la formación del hombre culto, “aunque por sí misma, según afirmaba Platón, ´separada de la justicia y de la virtud, [la ciencia] no pasa de ser habilidad para el maleficio´, unida a ellas es poderosa disciplina de recto juicio en general, de discernimiento penetrante, de prudencia frente a la complejidad de los sucesos, y sobre todo de amor a la verdad y de modestia ante la riqueza de lo real y la inmensidad de lo arcano” (p. 13). Una ciencia, por tanto, anclada en la verdad y en continua actitud admirativa frente a la amplitud, altitud y profundidad de lo real.

La filosofía, por su parte, “persigue el ahonde de la esencia, la existencia y el valor del ser, el cual, a diferencia de los hechos, desborda la objetividad. El pensamiento filosófico hace fecundo el espíritu de quien lo profesa, a condición de que éste posea capacidad y poder para seguir con independencia el movimiento de la problemática, en procura de trascendencia” (p. 18). Ambas, ciencia y filosofía, respetando sus particularidades, afinan la visión y sentido último del hombre: ni generalizaciones impropias ni construcción de conceptos vacíos.

Cultura, ciencia y filosofía en la Universidad lleva consigo una comunidad de maestros y alumnos en continuo aprendizaje. La integración de todos los saberes, “su máxima eficacia –sigue diciendo Honorio Delgado- depende, no de las enseñanzas ni de los métodos pedagógicos, sino del ejemplo del maestro en el trabajo y en la vida. De ahí la importancia del porte personal, de cuyo íntimo peso depende en último análisis la grandeza, la mediocridad o la insignificancia de los institutos de alta cultura” (p. 22).
Conocimientos prácticos, desde luego, pero sin caer en el reduccionismo de la sola eficacia que hace del criterio utilitarista su único criterio. Integración de saberes y visión amplia de la vida supone, por tanto, una “cultura integral que sobrepone al saber de rendimiento, el saber docto y el saber formativo, y a todo saber, la elevación moral” (p. 23).

Lima, 23 de agosto de 2017.

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