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El anuncio de la visita del Papa coincide con el final de mi lectura del Hermano Francisco (Bilbao, 2002) de Julien Green. Me interesaba San Francisco de Asís y Green. ¿Cómo escribiría el Green de Moira y de Cada hombre en su noche una biografía del pobrecito de Cristo? Puedo decir que el saldo final de la lectura es un pozo de alegría que aumenta el cariño y amor por este gran santo, buen hijo de Dios e incondicional hermano de los hombres y de toda criatura.

Grandes plumas de la literatura han escrito sobre Francisco. Chesterton hace notar que Francisco con su vida puso en evidencia que “la risa es tan divina como las lágrimas” y, si algo no entendió, es “por qué no podía hallarse en buenas relaciones con todas las cosas”. Herman Hesse descubre que la mirada de Francisco era capaz de contemplar “el mundo libre de pecado, hierático, glorificado como en los primeros dichosos días del esplendor paradisíaco”. Green, quien en su vida y novelas se manifiestan los aguijones de la carne, agrega sus propios acentos y traza pinceladas vigorosas de Francisco en su lucha como asceta: sencillez, amor a Dios y testimonio de pobreza.

La vida de Francisco fue un imán que atraía a multitudes. Los frailes se refugiaban en bosques y prados. Cesaban de hablar y “se sumían en un profundo silencio que causaba gran impresión, porque era más expresivo que los más sabios sermones”. Francisco era todo efusión de amor. Bastón en mano, fue un vagabundo de Dios. De pueblo en pueblo, sin mayores letras, predicó el Evangelio en su sencillez originaria.

Pensamos en Francisco y lo asociamos, inmediatamente, al hermano sol, la hermana luna, la hermana tierra, el hermano fuego. Los peces, las aves del cielo, el lobo salvaje, todos son sus amigos. Pero, igualmente, el dolor fue su hermano. Los sufrimientos de Francisco en su enfermedad fueron indescriptibles: quemadura en los ojos, dolores de cabeza, hinchazón de las piernas y el estómago. Sólo desde un corazón como el suyo se pueden alabar los males corporales, la tribulación y exclamar: “¡felices los que sufren en paz con el dolor, porque les llega el tiempo de la consolación!”. Así es, la risa es tan divina como las lágrimas.

Lima, 20 de junio de 2017.

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