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Somos un Estado no confesional y un país creyente. Para muestra un botón morado: El Señor de los Milagros. Formamos parte de esa gran comunidad internacional en donde la laicidad del Estado ha tomado un sentido positivo y amical. Autonomía que da al César lo que es del César y a Dios lo que es de Dios. Y a su vez, colaboración entre Iglesia y Estado según lo enuncia la Constitución política que reconoce a “la iglesia católica como elemento importante en la formación histórica, cultural y moral del Perú (Artículo 50)”.

No somos, ni por historia, ni por idiosincrasia, un pueblo rabioso y anticlerical. La Independencia del Perú de 1821 no fue la Revolución Francesa de 1789 que arremetió contra la Iglesia y marcó un estilo de laicidad negativa, agresiva y distante con lo religioso institucional. La presencia de la Iglesia Católica no se perdió en la Independencia del Perú. Goyeneche, obispo de Arequipa antes de la Independencia, significó la continuidad institucional, reflejo de un pueblo creyente y devoto. Al cabo de unos años llegó a ser arzobispo de Lima, en el Perú republicano.

Sin especial esfuerzo, nos sale del alma invocar al Dios todopoderoso del preámbulo de la Constitución, pidiendo su protección de las calamidades de la naturaleza, y también, de las malas artes de algunos políticos. Reconocer que somos devotos del Cautivo de Ayabaca, de la Virgen de las Mercedes de Paita, del Cristo Morado de Pachacamilla, del Señor de los Temblores del Cusco, de la Virgen de Chapi en Arequipa, es -simplemente- sociología de la religión y obediencia al mandato del pueblo como bien lo recuerda la Constitución peruana.

Cada tiempo tiene sus problemas, los de ahora los tenemos muy claros: la inseguridad ciudadana, la recuperación de la confianza en los agentes económicos, la corrupción pública. ¿Qué necesidad hay de tocar tambores de guerra en un problema que no existe entre la fe cristiana del pueblo peruano y la no confesionalidad del Estado? Ambas son realidades sociológicas y jurídicas que han convivido pacíficamente en toda nuestra historia republicana. Recordemos que no estamos en la Francia anticlerical del siglo XVIII. Estamos en el Perú del Señor de los Milagro y es tiempo de incienso, turrón de doña Pepa y procesiones multitudinarias.

Lima, 27 de octubre de 2016

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