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Cada cierto tiempo llegan a mis manos libros que me sorprenden gratamente, con la alegría del nacimiento de la rosa inesperada como lo diría Martín Adán. Se trata de un libro que recoge tres discursos de Mons. Javier Echevarría –Prelado del Opus Dei- ante el claustro de profesores de la escuela de negocios IESE (España): “Dirigir empresas con sentido cristiano” (Pamplona, 2015). Los textos son cortos e invitan a una lectura pausada para volver a considerar que sobre las agitadas aguas de la urgencia reposa en el fondo marino lo importante.

Cuenta Mons. Echevarría que en una reunión con empresarios, uno de ellos le preguntó a San Josemaría Escrivá cual debería ser la primera virtud del empresario. “La respuesta se centró en la caridad… porque, aunque la justicia es dar a cada uno lo suyo, no basta. Por mucho que cada uno merezca, hay que darle más, porque cada alma es una obra maestra de Dios”. Justicia y prudencia son virtudes de un buen directivo, pero el mensaje cristiano apunta más alto. De ahí que, en la dirección de empresas, el buen directivo se ha de esforzar por “querer a las personas, a todas y cada una…; descubrirlas en su propia singularidad: sus necesidades, su manera de ser, sus capacidades, sus circunstancias. Nunca pueden considerarse como simples recursos, o como números de una simple estadística, o como piezas para el diseño de una determinada estrategia”.

Si nos preguntáramos cuál es el fin de una empresa, de ordinario se pueden escuchar respuestas como las siguientes: crear riqueza, brindar un servicio a la sociedad, hacer crecer a los trabajadores… Todo eso es cierto, pero me resulta más retador la sugerencia de Mons. Echevarría. Dice: “Una empresa correctamente orientada persigue el bien de las personas, y no sólo unas meras y caducas satisfacciones materiales”. Resultados, por supuesto, pero ante todo “el servicio a las personas, de todo el hombre y de la entera comunidad humana”.

Poco hemos conseguido en la empresa si nos lanzamos a una búsqueda frenética de dividendos jugosos y nos olvidáramos que “la atención a las personas y a su desarrollo integral son la principal clave para la buena marcha de la empresa”. Ganar el mundo al precio de perder el alma es un mal negocio.

Lima, 6 de octubre de 2016.

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