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En 1914, Víctor Andrés Belaunde leyó la lección en el inicio del año académico en la Universidad Mayor de San Marcos. La gran intuición de este ilustre pensador fue señalar que “todo fenómeno económico encierra un fenómeno político y que todo fenómeno político envuelve una cuestión moral”. El problema de nuestro Perú, el de 2015, no es el que aquejaba al Perú de Víctor Andrés Belaunde. Nuestro problema no es económico, lo que nos remece día a día es más bien el escándalo político, triste expresión de una crisis moral.

¿Será que nuestro Perú sigue en una crisis continua? ¿Seguimos siendo el país adolescente al que se refería Luis Alberto Sánchez? La tentación es muy fuerte, pues una mirada rápida a los titulares de los diarios y a los noticieros televisivos, llevaría a pensar que sí, que lo nuestro es ir de tumbo en tumbo. La fragilidad de nuestras instituciones tutelares (Congreso, Ejecutivo, Poder Judicial; partidos políticos, gobiernos regionales; etc.) abonan la tesis de que no acabamos de levantar cabeza. Recetas no faltan. Las más recurrentes van por la línea de fortalecer la democracia con partidos políticos fuertes y avanzar en el camino de la institucionalización.
Ante este sombrío panorama, prefiero unirme al optimismo del maestro José Agustín de la Puente, historiador e intelectual, testigo de los avatares del siglo XX. Sin quitar ni una coma de los males que nos aquejan, su lectura es la de un Perú, cuyos habitantes han sabido remontar la difícil adolescencia que sigue todo proceso de crecimiento. Mirada al futuro acrisolada por la historia milenaria de nuestro país por el que corren todas las sangres. A pesar de los pesares tenemos un destino común, una identidad que la cercanía del 2021 nos ayudará a esclarecer.
Las recetas sin rostro humano y sin nombres concretos nunca me han parecido de buena ley. Ni los partidos políticos agotan la política, ni las instituciones se sostienen por sí mismas. El gran ausente en esta farmacopea es la persona singular, el corazón de Juan o María, en donde se anidan los grandes ideales de integridad o las bajezas del alma sedientas de vanidad y avaricia. Más que una buena ley anticorrupción, lo que nos hace falta es una buena mamá que eduque bien al juez de mañana.

Lima, 17 de febrero de 2015.

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