Etiquetas

, ,

El atentado terrorista del pasado siete de enero a la sala de redacción del semanario francés Charlie Hebdo, perpetrado por un pequeño grupo de extremistas islámicos, ha remecido las mismas bases de la civilización occidental. Un atentado contra la libertad de expresión, cierto; pero, principalmente, una agresión a la condición humana. No se trata de un choque de civilizaciones. Es –trágicamente- una confrontación entre lo humano y lo no humano.

La gran manifestación de protesta en París ha sido expresión cabal del rechazo al extremismo terrorista que no sabe de palabras, diálogo, convivencia. Suma sangrienta de suma negativa, en donde todos resultan perdedores. “Soy Charlie, soy judío, soy árabe, soy policía, soy francés”, fueron los lemas que ondearon por las calles parisinas. A cada uno de los periodistas, policías, ciudadanos asesinados se les privó de su condición más grande, la de ser personas concebidas por Dios desde la eternidad.
Todo periodista serio sabe que el camino para la libertad de expresión es ancho y conoce, asimismo, que ha de ejercer autocontrol sobre el poder de su pluma. Los desbordes informativos –inevitables tantas veces por premura, debilidad o malicia- tienen sus cauces de control. En Occidente los hemos aprendido a base de golpes, de paciencia y de ciencia jurídica. Las balas, la muerte y el terror no forman parte del arte de sanar las ofensas. El estilo de periodismo humorístico del semanario era transgresor e irreverente con lo humano y con lo divino. No es el periodismo que aplaudiría. Por lo mismo tenía sus lectores y sus opositores como en todo asunto humano. Las caricaturas podían llegar hasta la ofensa y más de uno se ha sentido ofendido.
Sin embargo, si algo hemos aprendido en todos estos siglos de convivencia humana es que la violencia sólo engendra violencia y la crueldad no soluciona nada, venga de donde venga. El camino para la solución de conflictos informativos es el derecho, no las piedras. Llevamos siglos buscando la medida. Y en esto Occidente es terco: no queremos renunciar a la excelencia y a la vida buena, aunque tarde en llegar. No vamos a pactar con el irracionalismo salvaje de las balas. El sendero de la civilización nos exige elevarnos sobre el dolor y resanar el Estado de Derecho, ahora magullado por el extremismo terrorista.

Lima, 13 de enero de 2015.

Anuncios