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Milan Kundera, a sus 85 años, luego de muchos años de silencio narrativo, vuelve con esta pequeña novela “La fiesta de la insignificancia” al más puro estilo literario de su autor. Debo decir que la novela me desconcertó de principio a fin. Una breve noche de insomnio y poco más bastan para leerla. Como buen explorador de la existencia humana en sus minucias, Kundera nos presenta unos pocos trozos de la vida desangelada de un pequeño grupo de amigos, más cercanos al arpa que de la guitarra. Escenas de viejos lobos, ninguno en tono de epopeya, con la justas una prosa vivencial para cantarla en la ducha.

La fiesta organizada para celebrar el cumpleaños de uno de ellos, D´Ardelo, es el pretexto para que se junten las líneas vitales de los amigos. Biografías entrecruzadas, con algunos planos en común, pero sin lograr hacer una figura, sólo fragmentos de vida, piezas incompletas de rompecabezas. En las pocas páginas circula -en boca de los amigos- Adán, Eva, Kant, Marx, Hegel, Stalin, el ombligo de las chicas, los Ángeles, la vida, la muerte, el aburrimiento, la farsa y la insignificancia. Unos personajes transitan por la frivolidad, otros viven en la perplejidad y alguno enarbola el desencanto. Novela que resuma postmodernidad en todos sus cortos capítulos.
No sé si esta obra marca el final de la narrativa de Kundera, pero tiene su sello: fácil de leer, difícil de comprender. No ofrece respuestas, sólo abre preguntas y lo hace desde la cotidianidad, pero una cotidianidad triste, angustiosa, fofa. Personajes cuya vida se desarrolla bajo un cielo gris, de esos que apagan la chispa de la alegría. No hay amanecer con sol ni día con luz. Un monumento a la ironía, desde luego y, a su vez, un certero golpe en la línea de flotación de todo triunfalismo voluntarista.
Muchos interrogantes, sólo balbuceos en voz baja. Personajes en camino y sin rumbo. Asumo que son fotos creíbles de tantos y tantos. Desde esa óptica, la narración puede mirarse como una gran broma y, quizá, ese haya sido uno de los fines perseguidos por Kundera. Sólo agregaría que a esta broma y a la pluma de nuestro autor se le escapa la alegría, grandeza y heroísmo que se encuentra en el entramado de lo ordinario.

Lima, 1 de noviembre de 2014.

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