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El protocolo del 28 de julio empieza con la Misa Te Deum y termina con el mensaje presidencial. La homilía del Cardenal Cipriani centrada en las relaciones Iglesia-Estado me ha llamado la atención. Relación sencilla, por cierto, desde los inicios del Evangelio, de tal manera que la religión y la política tienen sus propios espacios entre los cuales se tienden puentes de diálogo. Es la llamada laicidad positiva de un Estado que reconoce las expresiones y convicciones profundas de los creyentes, puesta de manifiesto por la sociología de la opinión pública.

Unión civil, ideología del género, aborto terapéutico son sólo la punta del iceberg que ha sacado a flote la idea empobrecida de Estado laico para el que la religión no cuenta, incluso estorba. Se le quiere exigir al creyente que se despoje de sus convicciones y, desnudo de creencias, acuda al debate político, desconociendo que en su origen la Fe es Logos, palabra, sabiduría, además de caridad o amor. Este laicismo teofóbico ha sido criticado, recientemente, desde la izquierda intelectual, nada menos que bajo la pluma de Terry Eagleton, profesor de la Universidad de Manchester, reconocido por sus trabajos de crítica literaria y su filiación marxista.
Josemaría Carabante, en su glosa al libro de Eagleton (“Culture and the death of God”, 2014) afirma que “ninguna forma simbólica en la historia ha igualado la aptitud de la religión por relacionar las verdades más elevadas con la existencia cotidiana de incontables hombres y mujeres. Sacralizar la cultura, como plantean algunos pensadores actuales, o ciertos valores políticos, como hacen otros, no ha mostrado ser una forma eficaz de asegurar la influencia de principios morales ni de garantizar su vigencia social”.
Ni la exaltación de las experiencias de vértigo (sensualidad, embriaguez, dominio, violencia, ambición), ni la sacralización de la cultura o la política saben aquietar el corazón como la religión lo hace. “En otras palabras -ha dicho el Cardenal Cipriani- la religión no es un obstáculo que los legisladores necesiten saltarse para hacer bien su trabajo, sino una contribución vital al debate nacional, que debe iluminar a los hombres y mujeres de buena voluntad. Iglesia y Estado confluyen en la afirmación y defensa de los grandes valores que dan sentido a la vida de la persona y salvaguardan su dignidad, pues estos valores, antes de ser cristianos, son humanos”.

Lima, 29 de julio de 2014.

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