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La extensión de las creencias religiosas es una realidad en nuestro país. La última encuesta de CPI le da el 76.7% a la religión católica y el 15.9 % a las religiones cristianas y evangélicas. Y es, también, un hecho constatar que las confesiones religiosas dotan de una concepción del mundo a sus feligreses. Y así, los encuestados responden mayoritariamente que la Iglesia debe emitir opiniones en temas delicados como son la educación, el aborto, la sexualidad, la pena de muerte y la unión civil. Los porcentajes van del 60.4 % al 83%. No es sorpresa, por tanto, que el Cardenal Juan Luis Cipriani obtenga una aprobación por su labor pastoral del 56.6 % de la población entre Lima y el interior del país. En el Perú ningún otro líder de opinión cuenta con tan alta aprobación.

La ministra Midori de Habich, promotora del protocolo para el aborto terapéutico, afirma que el Perú es un Estado laico y, por tanto, las consideraciones religiosas no pueden definir la política pública. Aduce razones científicas, ninguna de ellas incontestables y ya podría tener en cuenta al 76.9 % de la población peruana que aprueba la intervención de la Iglesia en la defensa de la vida. No hacerlo es legislar en contra de las efectivas convicciones sociales del electorado.
Un Estado democrático, ha dicho Charles Taylor, ante la existencia de una opinión pública libre debe: “1) proteger a las personas en su identidad y/o en su derecho a comportarse según la postura que elijan o en que se encuentren; 2) tratar con igualdad a las personas, cualquiera sea su opción; 3) ofrecer a todos la posibilidad de ser escuchados”. La libertad religiosa, como derecho fundamental y humano, se mueve indistintamente entre el espacio privado y el público, la familia y la sociedad. Pretender -como algunos quieren- negar a los creyentes voz y voto para expresar y defender sus creencias en los asuntos cruciales de la convivencia social es desconocer el pluralismo propio de toda democracia. Negarles esa posibilidad es una discriminación por razones religiosas. Una democracia sana ha de tener en cuenta las convicciones reales de sus ciudadanos.
Al César lo que es del César y a Dios lo que es de Dios. Y el César no goza de infalibilidad en las cuestiones que tocan las fibras más hondas de la condición humana.

Lima, 15 de julio de 2014.

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