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Diciembre, fin de año y pronta llegada de la Noche Buena. Fiesta esperada para la cual casas, calles y parques se engalanan para la ocasión. La ciudad enciende sus luces de colores. Árboles y adornos quieren expresar la alegría del Nacimiento del Niño Dios, la misma de los pastores en aquella noche que enderezó el rumbo de los hijos de Adán y Eva. Han pasado veintiún siglos, y esa pequeña cueva del Oriente sigue convocando a millones de hombres y mujeres reunidos en familia alrededor de este misterio. Es una fecha en la que buscamos a los nuestros. Si hay que viajar, se viaja. El contacto virtual de las redes sociales, el skype o los chats no bastan. Nos juntamos para abrazarnos, escuchar y/o cantar villancicos, intercambiar regalos. Es el ritmo de la Navidad, fiesta de la ternura y de la esperanza, como la ha llamado, recientemente, el Papa Francisco.
El amor congrega, sana y repara. La fiesta de la Navidad obra ese milagro reparador: nos recompone después de todos estos meses de fatigas y dispersión. La ternura ocupa el espacio de la comidilla política o de los escándalos de la farándula. Pareciera que se abre un tiempo de tregua. La política calla. El mundo cambia de paso. Es el tiempo del hombre común que sólo quiere retozar con los suyos. La sencillez del Belén nos ayuda a descubrir la tremenda dignidad que se esconde en las cosas menudas y sencillas de la vida. Un buey y una mula son la corte que rodea al Niño. Un poco de paja reemplaza a cunas y colchones ergonómicos. Dejamos los problemas a un costado y volvemos a ser como niños. Reímos, gozamos con el rostro que vemos después de meses o años. Disfrutamos las ocurrencias de los niños, agradecemos la presencia de nuestros mayores. De principio a fin, la Navidad es un fiesta que celebra la vida y agradece la existencia de todos y cada de los contertulios.
El tiempo de Navidad es una magnífica escuela para ejercitarnos en el amor. Obras de amor y no sólo meras declaraciones de amor. Después de todo, afirma el Cardenal John Henry Newman, “el verdadero amor humano debe ser algo práctico y, por tanto debe empezar ejercitándose en nuestros amigos; si no, no existe. Esforzándose por amar a nuestros parientes y amigos, cediendo a sus deseos, aunque sean contrarios a los nuestros, conllevando sus flaquezas, superando sus exabruptos con amabilidad, pensando con frecuencia en sus buenas cualidades y tratando de imitarlas, así es como vamos formando en el corazón esa raíz de caridad que, aunque sea pequeña al principio, al final puede dar sombra a toda la tierra, como el grano de mostaza”.
¿Será todo esto una ilusión, pura fantasía, efímera alegría que al arder se consume? Hay, desde luego, diversión e ilusión, pero de ninguna manera es huida de la realidad. Es, simplemente, la realidad festiva de la condición humana que responde con recogimiento y alegría al acontecimiento central de la humanidad. Celebramos la presencia de la inocencia y entramos en contacto con la eternidad. Llegada la medianoche, al unísonos se alzan al Cielo millones de buenos deseos. Allí nos encontramos todos. Tiempo y eternidad se besan: ¡Feliz Navidad! y que la Noche Buena ensanche nuestro corazón para dar cabida a los amores y al Amor.

Piura, 22 de diciembre de 2013.

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