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El Papa Francisco sigue haciendo noticia. La publicación de la Exhortación Apostólica “Evangelii gaudium” (La alegría del Evangelio) ha tenido eco en los medios de comunicación. La extensión y la variedad de los temas que trata se prestan a lecturas parciales que no hacen justicia a la frescura de su mensaje, el cual tiene la antigüedad y novedad propias del Evangelio. A diferencia de su primera encíclica “Lumen fidei”, escrita a cuatro manos con la colaboración de Benedicto XVI, en este documento aparece más la personalidad y estilo del Papa Francisco. Salen, una y otra vez, los asuntos que lleva en el corazón, con los énfasis y urgencias propios de un pastor que se sabe depositario de los afanes de la Iglesia. Me parece ver un hilo conductor del documento que puede articularse alrededor de dos grandes principios: la primacía del amor y la primacía de la persona.
Es Dios quien “primerea”. Él busca y se entretiene con cada uno de sus hijos para mostrarles la alegría del Evangelio. De ahí que “los cristianos tienen el deber de enunciar el Evangelio si excluir a nadie, no como quien impone una nueva obligación, sino como quien comparte una alegría”. Es un remezón a la comodidad y un llamado a esponjar el corazón para ver en el prójimo, no sólo la función que lo distingue (panadero, dependiente, ama de casa, profesional, técnico, etc.), sino su calidad de persona, cuyo rostro nos convoca a ver en él las llagas de Cristo. Esta primacía del amor nos debe llevar a abrirnos en abanico y no a clausurarnos en nosotros mismos. Ir a la búsqueda del prójimo en las periferias existenciales de la vida porque todos los caminos de los seres humanos pueden y deben ser iluminados con la luz de la fe. Quiere, el Papa Francisco, hombres y mujeres conscientes de que “no sirven ni las propuestas místicas sin un fuerte compromiso social y misionero, ni los discursos y praxis sociales o pastorales sin una espiritualidad que transforme el corazón”. María y Marta, a la vez.
De otro lado, primacía de la persona. Desde este presupuesto se entiende la fuerte crítica que el Papa Francisco hace del capitalismo salvaje en la misma línea de Juan Pablo II y Benedicto XVI. Ni idolatría del dinero ni predominio del mercado sobre las necesidades reales de los seres humanos. El centro y causa eficiente de la economía es la persona humana y no al revés. El mercado y sus mecanismos no pueden actuar como fuerzas ciegas que únicamente atiendan a la maximización de beneficios. No se entiende, por eso, que se desperdicien alimentos y no lleguen a los pobres; que se contamine el medio ambiente en aras de una explotación indiscriminada de la naturaleza. La propuesta del Papa Francisco hay que mirarla como lo que es, un juicio moral y no una sesión de economía, por eso afirma: “Estoy lejos de proponer un populismo irresponsable, pero la economía ya no puede recurrir a remedios que son un nuevo veneno, como cuando se pretende aumentar la rentabilidad reduciendo el mercado laboral y creando así nuevos excluidos”. Defensa, pues, de los pobres y de los que sufren distintas formas de fragilidad, entre ellos los niños por nacer, los más inocentes e indefensos de todos, pues –dice el Santo Padre- “no es progresista pretender resolver los problemas eliminando una vida humana”.
El Papa Francisco quiere una revolución, la de la ternura y el cariño, aquella a la que nos invitó el Hijo de Dios, en su encarnación.

Piura, 8 de diciembre de 2013.

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