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Termina noviembre y empieza el último mes del año: diciembre. Hemos trajinado duro a lo largo de estos meses y en el balance anual hay activo y pasivo. Pienso en las historias personales de tantos amigos y conocidos, en parte, las mismas de tantos otros con quienes nos cruzamos en la calle y de los que apenas guardamos una vaga imagen que rápidamente se borra. Los esfuerzos puestos en los afanes diarios no necesariamente se ven reflejados en la cuenta de ingresos y gastos. Para muchos el activo (logros, alegrías) supera ampliamente los pasivos, para más de uno, sin embargo, el pasivo (frustraciones y penas) puede llegar a sofocar los pocos activos conseguidos. Entiendo que en este último caso, sea difícil mantener el cuerpo erguido y el ánimo alegre. ¿Qué me puede decir la Navidad en una circunstancia así?
Pienso en “La cenicienta”. Quiere ir a la fiesta del príncipe, pero ¿cómo? El hada madrina lo consigue. Convierte a los ratones en unos magníficos corceles y de una modesta calabaza vacía saca una maravillosa carroza. Traje, zapatos de cristal, cochero. La cenicienta, bonita de cuerpo y alma, se hace aún más preciosa. Lo pasa genial, pero sólo hasta la medianoche. El encanto tiene un inicio y un término, lo suficiente para que cenicienta haga notar su existencia y el príncipe quede prendado de aquella linda muchacha. Me gusta la historia porque en la vida hemos de tener la capacidad de convertir calabazas en carrozas, cuando la vida sonríe o cuando el corazón tirita de pena. La Navidad es una de esas fechas grandes del calendario en las que sin una varita mágica poco se puede hacer. Si la fiesta la redujéramos al frío presupuesto, por más que lo estiremos, suele quedarse corto. La magia no está en el gasto, está en un Niño llorando en el pesebre que es nada menos que el Hijo de Dios. A partir de allí, los villancicos y regalos tienen sentido.
Le he dado muchas vueltas a la pura capacidad estoica de aguantar el sufrimiento sin ningún Dios al lado. No veo salida a esta posición, salvo la desolación o la tierra baldía, como lo diría T. S. Eliot. Al creyente, de otro lado, no se le ahorra los sinsabores y las dificultades de la vida, pero entiendo que está en una mejor situación para ver que, detrás de la polvareda irrespirable, viene el aire fresco y limpio. “Cuando se confía en el sentido profundo de la vida y de la historia, -ha dicho el Papa Francisco-, las pruebas y las dificultades forman parte de un designio más grande; el Señor dueño de la historia conduce todo a su realización”. A pesar de los pesares, queda siempre la esperanza, pues sin esa mano que se nos tiende desde el Cielo, únicamente queda la nariz pegada a la pared, dura e infranqueable; el dolor se hace insufrible, absurdo.
Nuestro tiempo nos pide hacer imposibles. Llegar allí dónde el cálculo dice que no es posible. El calculador ha desterrado de su vida los cuentos de hadas y, precisamente, por eso, sólo ve ratones y calabazas. En la familia, en la empresa, necesitamos mujeres y hombres magnánimos, capaces de hacer maravillas con el ajustado presupuesto asignado a su división. Bien sabemos, por lo demás, que la función debe continuar y por eso sale el payaso a la pista, dispuesto a hacer reír al público, incluso cuando lleva clavado una espina en el corazón. ¿Hipocresía? No, madurez humana. Es el juego de las luces y sombras de la vida. De ahí que sin varita mágica, la Navidad pierda su encanto. Lo sabe mamá que en más de una oportunidad ha convertido el pollo en pavo.

Piura, 24 de noviembre de 2013.

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