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En el lenguaje coloquial la expresión “estar en la nube” es estar en otra, no pisar tierra. De ahí que la contrapartida sea “bajar a la tierra”, aterrizar. Esta es la percepción que saco del escenario político y mediático en muchas ocasiones: el político y el medio están en la nube. Esto es tanto como decir que el político no gobierna para los peruanos y la prensa organiza sus titulares y primeras planas de espaldas a la realidad cotidiana del ciudadano. No es un fenómeno nacional, suele pasar, también, en otras latitudes.
Hay la figura del político que se siente iluminado, como poseído por el espíritu de la ilustración y quiere hacerle comprender al pueblo sencillo y corto de vista la importancia de adoptar ciertas leyes. Es el caso, por ejemplo, de la propuesta legislativa de las llamadas uniones civiles entre personas del mismo sexo. Preguntada la opinión pública a través de las encuestas, la respuesta es el rechazo a este tipo de legislación permisiva: el 70 % se opone a esa iniciativa. La presión continúa y aparece un comunicado firmado por connotados intelectuales y periodistas peruanos que apoyan la idea. Bien, porque es una legítima manifestación de la libertad de expresión que busca igualdad de trato. Tiene incluso visos de ser una campaña en pos de una sociedad abierta, en contra de una sociedad cerrada y pecata. Sin embargo, me parece que es justamente lo contrario. Se trata –en este caso- de un grupo de políticos e intelectuales que asumen la postura platónica del filósofo que sería el único que sabe la verdad de las cosas y lo que le conviene a la gente. Es la reedición de la república cerrada a espaldas del sano sentido común del comerciante, del labrador del hombre y mujer que circulan por la calle, cuya agenda es otra.
Opinión de parte, por supuesto; pero no opinión pública. Es el juego de la democracia, libre circulación de las ideas, discusión pública de los asuntos. Y en el medio, el pueblo con cuyo concepto se trafica según la conveniencia del legislador. Sí existió una opinión pública indignada contra “la repartija” orquestada por el Congreso y se dio marcha atrás. La política partidista sufrió un duro revés del que le costará Dios y su ayuda levantarse y sanar sus heridas. ¿Con qué cara se quiere insistir, ahora, en un proyecto de ley –el de las uniones civiles- que rechaza la opinión pública? ¿Tendrán valor de llamar oscurantista a la opinión del ama de casa, del oficinista, del profesional que prefiere la unión de hombre y mujer en lugar de la de dos personas del mismo sexo? ¿Los ilustrados nos dirán que es lo que nos conviene pensar y hacer?
Mi comentario, como se habrá percatado el lector, no entra a la sustancia de la materia. Sólo deseo llamar la atención de que una sociedad abierta no la hacen un grupo de amigos ni de “iluminados incomprendidos” por la masa inculta. Más aún, habría que felicitar a nuestra gente por esta muestra de clarividencia sencilla que le dice al político “cambia el paso, que se te rompe el vestido”. La agenda real es otra. Salta a la vista que tenemos que mejorar la seguridad ciudadana, continuar generando espacios de confianza que atraigan a la inversión extranjera, facilitar el gran empuje de la iniciativa privada, mejorar la calidad de la educación en todos sus niveles, cuidar de nuestras niñas y niños. Los políticos aún tienen que aprender más de la calle para saber tocar el pulso de las verdaderas alegrías y angustias de los peruanos. No hace falta que inventen problemas, basta con que abran los ojos y miren los realmente existentes.

Piura, 19 de octubre de 2013

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