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Durante estas dos últimas semanas el mundo ha permanecido en vilo tras conocer la decisión del presidente Obama de atacar, aunque restringidamente, a Siria. El estupor que a todos nos causa el inicio de nuevas guerras se comprende por la perversión que todo enfrentamiento entre hermanos lleva consigo. El ataque ha sido suspendido gracias a la acción de la diplomacia internacional y de la oración de millones de hombres y mujeres que se han unido al pedido del Papa Francisco: rezar para pedir que los corazones de quienes protagonizan este conflicto comprendan que el ser humano es siempre un fin y no un medio. Una vez más, la cultura del encuentro versus la cultura de la exclusión y muerte.
Quizá esta sea una buena oportunidad para volver a leer la encíclica del Beato Juan XXIII -de pronta canonización- “Pacem in terris” (paz en la tierra) publicada en 1963, pocas semanas antes de su fallecimiento. Es uno de los documentos de la doctrina social de la Iglesia que, cincuenta años después, sigue siendo un valioso punto de referencia para pensar a fondo las condiciones de la paz y, especialmente, el contenido y sentido de los derechos humanos, a cuyo desarrollo la encíclica dedica la totalidad de su texto: “la paz, dice Juan XXIII, será palabra vacía mientras no se funde en un orden basado en la verdad, establecido de acuerdo con las normas de la justicia, sustentado y henchido por la caridad y, finalmente, realizado bajo los auspicios de la libertad”.
Y para empezar, nada mejor que hacerlo recordando lo obvio: toda criatura perteneciente a la especie humana es persona, desde el momento de la concepción hasta la muerte natural. Esto es, seres dotados “por sí mismos de derechos y deberes, que dimanan inmediatamente y al mismo tiempo de su propia naturaleza. Estos derechos y deberes son, por ello, universales e inviolables y no pueden renunciarse por ningún concepto”. Esta idea de derechos y deberes conectados mutuamente se suele olvidar en ciertos discursos jurídicos que, aunque señalan la primacía de los derechos fundamentales frente a la agresión de terceros, olvidan la igual importancia de los deberes. “Por ello, para poner algún ejemplo, al derecho del hombre a la existencia corresponde el deber de conservarla; al derecho a un decoroso nivel de vida, el deber de vivir con decoro; al derecho de buscar libremente la verdad, el deber de buscarla cada día con mayor profundidad y amplitud”.
“Por esto, la convivencia civil sólo puede juzgarse ordenada, fructífera y congruente con la dignidad humana si se funda en la verdad. Esto ocurrirá, ciertamente, cuando cada cual reconozca, en la debida forma, los derechos que le son propios y los deberes que tiene para con los demás. Más todavía: una comunidad humana será cual la hemos descrito cuando los ciudadanos, bajo la guía de la justicia, respeten los derechos ajenos y cumplan sus propias obligaciones; cuando estén movidos por el amor de tal manera, que sientan como suyas las necesidades del prójimo y hagan a los demás partícipes de sus bienes, y procuren que en todo el mundo haya un intercambio universal de los valores más excelentes del espíritu humano. Ni basta esto sólo, porque la sociedad humana se va desarrollando conjuntamente con la libertad, es decir, con sistemas que se ajusten a la dignidad del ciudadano, ya que, siendo éste racional por naturaleza, resulta, por lo mismo, responsable de sus acciones”. En estas palabras quedan señaladas los fundamentos de la convivencia humana: verdad, justicia, amor y libertad, bienes de naturaleza ética capaces de unirnos en un proyecto común allí donde el dinero, el poder o la falsa imagen han fracasado.

Piura, 14 de septiembre de 2013.

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