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La primera vez que estuve en Huancavelica fue en 1988 y comprobé que, como lo decía un documental de la ciudad editado por esos años, era alta (3800 metros sobre el nivel del mar), nevada (un frío que calaba hasta los huesos) y lejanísima (carretera central en un primer tramo Lima-Huancayo y un segundo tramo hasta Huancavelica). En plena época del terror, estábamos alertados de las incursiones terroristas por la zona. El viaje lo hicimos sin novedades y pudimos llegar a la ciudad hacia las 5 de la tarde. Allí conocí a Mons. Demetrio Molloy, obispo de Huancavelica desde 1982 hasta 2005, fecha en la que se inicia su larga enfermedad a consecuencia de los derrames cerebrales que sufrió. Desde aquella vez, coincidí con él en otras oportunidades que permitieron conocer de cerca su rica y colorida personalidad, ejemplo del pastor entregado a su grey, precisamente, en los convulsionados tiempos del terrorismo en el Perú. Falleció el pasado 19 de agosto.
Irlandés de origen, diría que tenía el alma de un elfo: un hombre sencillo, sobrio, transparente, enamorado de Dios y entregado a su ministerio. Apenas ordenado, se trasladó a Alabama (USA) en donde se formó para ir a tierras de misión. Al cabo de poco tiempo llegó a Huancarama (Apurímac), en donde pasó catorce años de párroco. Allí perfeccionó el quechua que había aprendido en Lima. En 1976 es consagrado obispo auxiliar de Huancavelica en cuyas alturas permanecerá hasta su jubilación. El testimonio del P. Doroteo Borda, a quien Mons. Demetrio bautizó de niño y luego ordenó de sacerdote, es elocuente: “Cada vez que venías de misiones, después de la Santa Misa, los niños de Arcahua esperábamos con ansias los ricos caramelos. Te adelantaste al pedido del Papa Francisco, pues fuiste el “pastor que huele a oveja”, ya que compartiste nuestras vivencias y costumbres y, sin reparos, comías el mote con el queso y tomabas la chichita de qora. Cómo no recordar las películas del “Gordo y el Flaco”, las de “Charles Chaplin”. Y no te daba asco dormir en los pellejos de oveja”.
El quechua fue, con diferencia, su segunda lengua. Tradujo el misal romano y la biblia al quechua, así como “Camino”, uno de los libros de espiritualidad más conocidos de San Josemaría. Conocí esta traducción en 1976 (Ñan) y junto con un grupo numeroso de amigos en Chiclayo, nos inspiramos en sus páginas para formar un club universitario al que llamamos, “Kunan” (ahora). Mons. Demetrio, a la par que realizaba una honda labor de evangelización, promovió una serie de centros asistenciales para niños y ancianos, así como instituciones educativas. Con los años fundó un seminario diocesano que ha dotado de clero autóctono a la diócesis de Huancavelica. Tengo allí varios amigos sacerdotes, para quienes guardo un profundo cariño y admiración por el trabajo evangelizador que realizan. Entre ellos está el P. Emilio, quien ahora trabaja en Piura. Estuvo en Huancavelica desde el año 1992 hasta el 2004. Le pregunté por las reuniones que imaginé habría tenido con los miembros de la Comisión de la Verdad (CVR) y me contestó que aunque estuvieron en la ciudad, nunca entrevistaron al clero ni a su obispo (¿?).
Veo en Mons. Demetrio la figura del pastor que sale en busca de todas las almas, hasta las periferias de lo humanamente habitable. Entendió que su labor era llevar al Dios encarnado a los afanes de sus fieles para elevar la temperatura espiritual de su Huancavelica alta y nevada. En su corazón, ensanchado por el mismo amor de Fray Escoba –negrito, chiquito, con alma de marfil- cabían todos, sin acepción de personas. Su diócesis no fue una ONG: ha sido y es, simplemente, la Iglesia de Cristo.

Piura, 1 de septiembre de 2013.

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