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Durante su visita a Brasil, el Papa Francisco se dirigió a los líderes políticos y, entre otras cosas, contó que “cuando los líderes de los diferentes sectores me piden un consejo, mi respuesta es siempre la misma: diálogo, diálogo, diálogo”. Un consejo sano, válido para todos los actores del escenario social, político, económico del país. Y aquí entramos todos: gobierno y sociedad civil. El diálogo no es sólo una buena práctica que debe ejercer el Ejecutivo, lo es también para cafetaleros, comunidades campesinas, funcionarios públicos, médicos, mineros informales. Toma de carreteras, bloqueo de calles, gritos y pancartas es una lamentable muestra de la fragilidad de nuestra institucionalidad: cuando la violencia campea por las calles, la política ha fracasado.
El fortalecimiento de las instituciones lleva consigo el recambio generacional. El país reclama nuevos líderes que dialoguen más y griten menos. Los tiempos piden actores sociales con nuevas competencias para el manejo de conflictos. El modelo del atrincheramiento sólo genera malestar y, sus efectos perversos, lo sufre el resto de la ciudadanía que ve interrumpida sus actividades laborales. Reclamos justos, muchas veces, cuyos efectos indirectos son flagrantes injusticas para otros ciudadanos que ven obstaculizadas sus fuentes de trabajo y su propia seguridad. La trinchera tiene una lógica malsana: cavo el hoyo y de aquí no me muevo. Los llamados “frentes de lucha” son fósiles de ideologías trasnochadas, cuyas posturas excluyen la racionalidad del diálogo. Todos tenemos que aprender y, para tal fin, una buena dosis “humildad social” es una magnífica base para sentarse en una mesa de negociación.
No le falta razón al Papa Francisco cuando afirma que “hoy, o se apuesta por la cultura del encuentro, o todos perdemos”. Esta cultura -abierta al diálogo en actitud de verdadera apertura mental y afectiva- permite fortalecer las instituciones, en cuyo seno se encuentran los caminos para resolver nuestras diferencias y generar el bienestar que los peruanos anhelamos. La anomia social, es decir una colectividad en donde no se respeten las reglas del juego social, corroe a nuestras débiles instituciones. Hay que insistir: las normas son para todos. El atajo de la violencia lleva a más violencia. Respeto llama al respeto y, por tanto, menos impunidad y más cuidado del orden.
Leonardo Polo señala un sencillo, pero eficaz punto de partida: “¿Cómo se puede organizar una sociedad sin organizar a la vez al individuo? Perder de vista la virtud es puro pesimismo existencial”. La gente joven tiene un especial olfato para captar la incoherencia entre lo dicho y lo hecho, entre el proyecto proclamado y la biografía real que se ha labrado. El escenario político actual tiene un exceso de predicadores que condenan la corrupción, pero lo que realmente nos falta son hombres y mujeres íntegros sin más. Ellos, en el puesto que ocupan serán capaces de llevar a cabo la gran regeneración institucional que el Perú necesita. Hace falta sagacidad y experiencia, desde luego, para moverse en política, pero también es necesaria la inocencia de quien tiene por mejor arma una vida comprometida con la honestidad. Equivocaríamos el rumbo si lo esperáramos todo de las Leyes y sus reglamentos, eso es precisamente el pesimismo existencial. Recuperemos nuestra tradición republicana y busquemos a los nuevos líderes que se tomen en serio la integridad personal como base de su actuación pública.

Piura, 24 de agosto de 2013.

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