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“Escribes a una de las grandes tiendas o almacenes de Londres pidiendo, digamos, un paraguas. Tras un mes o dos recibes un paquete elaboradamente envuelto que contiene un parasol roto. Te entusiasmas. Te gratifica el reflexionar sobre el inmenso número de asistentes y empleados que tuvieron que ponerse de acuerdo para romper este parasol. Te regocijas en el recuerdo de esas largas estancias y departamentos y te preguntas en cuál de ellas se rompió el parasol que nunca pediste”. Este texto fue escrito por G. K. Chesterton (1874-1936) en 1917 (La utopía capitalista y otros ensayos, Madrid, Palabra: 2013). En otras ocasiones me he referido a este genial escritor inglés en cuyos libros confluyen sabiduría, sentido común e ingenio. Como maestro consumado de la paradoja es un magnífico compañero de viaje intelectual, pero en su anti capitalismo me parece que cargó las tintas desmesuradamente. Vio gigantes monstruosos, allí donde sólo había molinos de vientos.
Desaguisados como el narrado en el párrafo anterior existieron y existen, pero no es la regla general. Los grandes almacenes o tiendas por departamentos actuales o los servicios comerciales en línea, compiten en eficacia. Realizada la compra, en la fecha indicada tengo en la puerta de casa el producto solicitado. Día a día somos testigos de cómo mejoran los servicios de atención al cliente. El pollo a la brasa delivery, la pizza americana, la tabla de suchis, o las medicinas de la farmacia llegan a su destino. Quizá, algunos productos han sufrido deterioro en su calidad, pero la mayoría de ellos han ganado en sustancia. Los exportadores de fruta lo saben. Las exigencias del mercado internacional nos han hecho cuidar la calidad del mango, el banano o la palta. Las asociaciones de consumidores exigen lo suyo y pueden boicotear la adquisición de productos o servicios. Los exportadores de uva o de confecciones de algodón cuidan, no sólo los estándares internacionales de producción, sino también las condiciones laborales de los obreros. Se gana dinero, claro y, aunque persisten desigualdades ofensivas; el ascenso social es, igualmente, una realidad.
Chesterton tenía en mente la idea de una sociedad de pequeños propietarios. Sabía que el dinero podía comprar muchas cosas, pero protegía bienes y espacios que no deberían ser tocados por el mercado, pues llevaría consigo el deterioro de ellos. De ahí la severidad de su juicio: “El reino de capitalismo, que tan rápido llega, arruinará el arte y las letras, esto ya lo he dicho. Digo aquí que en el único sentido en que puede llamarse humano, también arruinará el comercio”. Juicio apresurado, me parece, pues los creativos, jefes de cuentas de una empresa de publicidad elaboran verdaderas piezas artísticas, dignas de un buen león como premio. El mismo cine -el de Hollywood o el independiente- se ha convertido en el séptimo arte. Basta escuchar las piezas sonoras de películas como “El Señor de los anillos” o “Carros de fuego” para encontrarnos con la belleza hecha nota musical, entre otras maravillas.
El capitalismo tiene sus peligros, desde luego. Puede convertirse en una faja sin fin dando vueltas y vueltas sin ton ni son. La economía de mercado podría degenerar en una sociedad de mercado, en donde los bienes se mercantilicen y lo santo se vuelva profano. Sin embargo, no todo son patologías ni malas noticias. En la línea de las luces está la riqueza producida, siempre en camino de ser cada vez mejor distribuida. Los años nos han hecho comprender que el capitalismo funciona, pero requiere de la ética, ciencia de los fines. Sin ella, el capitalismo se torna salvaje e inhumano. En esto no le faltó razón a Chesterton: el capital es un medio, el fin es la persona.

Piura, 9 de agosto de 2013.

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