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Carlos Goñi, escritor de la nueva generación de filósofos españoles, ha conseguido retratar, finamente, a uno de los grandes pensadores del siglo XIX, Soren Kierkegaard (1813-1855). El título de su libro da en el clavo: “El filósofo impertinente. Kierkegaard contra el orden establecido” (Madrid, Trotta: 2013). Autor poco conocido y, por eso, no me sorprendió demasiado encontrar su librito “Diario de un seductor”, en la sección de novelas rosas de la librería, en lugar de los anaqueles de filosofía. Recién, en los últimos quince años, se han editado en español buenas traducciones de su abundante obra. El libro de Goñi es un buen homenaje a los doscientos años del nacimiento de Kierkegaard, filósofo danés de la interioridad y la individualidad.
Buscador sincero y apasionado de la verdad, de aquella que compromete la vida. En su diario escribió: “Se trata de comprender mi destino, de descubrir aquello que en el fondo Dios reclama de mí, de hallar una verdad que sea tal para mí, de encontrar la idea por la cual deseo vivir y morir”. Se enamora de Regina Olsen con quien llega a fijar fecha para el matrimonio, pero rompe con el compromiso. Sabe que lo que hizo no es razonable, pero “tuvo que hacer un sacrificio, como Abrahán, un sacrificio de lo que más quería sólo justificable por una tarea que le había sido encargada por Dios mismo y que a nadie puede explicar”. La amaba y la amó siempre hasta el final de su vida.
Como buen socrático fue un escritor inteligente y polemista consumado. No le satisfacen los conceptos abstractos y absolutos de la filosofía hegeliana de su época. Quiere llegar al fondo de la existencia singular humana apuntando a lo alto. Le sabe a poco la existencia del esteta, de aquel que sólo vive el momento, disolviéndose en sus mismos placeres. Tampoco se encuentra satisfecho con el héroe trágico que renuncia a sí mismo para resaltar el deber general. El ser humano da para más -sostiene Kierkegaard-, debe llegar a ser “el caballero de la fe”, capaz de renunciar a lo general y de exigirse hasta convertirse en el Singular. Caballeros de la fe cual bailarines que se lucen saltando en el aire, y aún más diestros al caer, “de tal manera que pueda parecer que a la vez están inmóviles y en movimiento, transformando en caminar el salto de la vida”.
Impertinente de principio a fin, sin medias tintas. Valiente y solitario. Agudo, apasionado, dramático, patético y dialéctico. Todo su empeño como escritor fue intentar mostrar cómo ser cristianos en la cristiandad. Las vidas instaladas le disgustaron, sólo la eternidad lo tranquilizaba. No tuvo reparos en señalar la mediocridad allí donde la veía y lo hizo sin anestesia previa. No le faltaron, por eso, enemigos y adversarios. Observador fino y maestro de la ironía, pero con poca cintura y escaso sentido del humor. Me da la impresión que por inquietud no se quedó corto, mas no consiguió la serenidad del talante cristiano que con tanta elegancia nuestro Víctor Andrés Belaunde logró teorizar y vivir. Hay que agradecerle que haya puesto por delante a la persona singular como el centro de la reflexión filosófica. Como pensador fue un gavilán solitario, incómodo a sus contemporáneos y, aunque también lo sea para nuestro tiempo, su impertinencia hace juego con la vuelta a la autenticidad, tan querida por las nuevas generaciones.

Piura, 2 de agosto de 2013.

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