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Cuando las buenas noticias llegan, llegan a raudales. El día 5 de julio del año en curso pasará a ser uno de esos días memorables para tantos millones de católicos, por la lluvia de buenas nuevas que el Papa Francisco anunció. Me daba por satisfecho con la aparición de su primera encíclica, la “Lumen fidei” (Luz de la fe). En el Año de la Fe, inaugurado por Benedicto XVI y cuyo término será en noviembre de 2013, la encíclica del Papa Francisco viene como anillo al dedo. Vargas Llosa disfrutaba leyendo las encíclicas de Benedicto XVI, quizá ésta última, también merezca ese elogio, escrita como está a cuatro manos entre el Papa emérito Benedicto XVI y el actual, Francisco: la mente de uno y otro se pueden rastrear en el documento.

Para empezar el viernes ya era bastante, pero, al rato, llegan las otras noticias. El Papa Francisco aprobaba un milagro del Beato Juan Pablo II y otro del Venerable Siervo de Dios Álvaro del Portillo, sucesor de San Josemaría y segundo Gran Canciller de la Universidad de Piura. El primero será declarado santo; el segundo, beato. Junto con Juan Pablo II, el Papa Francisco, también declarará santo al Beato Juan XXIII.  Roma habló y la noticia corrió por el mundo. Las redes sociales se hicieron eco de estos anuncios y he podido comprobar la alegría de tantísimos, celebrando la vida santa de estos hombres de Dios. Vidas que han recorrido el mismo espacio físico que el nuestro y cuyas biografías las conocemos de primera mano.

Juan Pablo II es, simplemente, grande, por donde se le mire: poeta, dramaturgo, filósofo; buen deportista, enamorado y cantor de la Virgen; patriota polaco, viajero y peregrino del Evangelio, corazón católico; hombre de Eucaristía. Su último libro “Memoria e identidad” resuma intimidad y sabiduría. De aquellos escritos en los que se echa de la mano de todo lo que se sabe y se es, de ahí que el libro resulte personalísimo y transite por la historia, la filosofía, la teología y las propias vivencias. Juan XXIII, por su parte, llega con mucha edad al Pontificado, pero mantuvo cabeza y corazón siempre jóvenes. Convoca e inaugura el Conciclio Vaticano en 1962 y, pocas semanas antes de su muerte en junio de 1963, publica la encíclica “Pacem in terris”, uno de los documentos más señeros de la doctrina social de la Iglesia. No ha perdido actualidad, su tema, la paz y los derechos y deberes humanos.

Don Álvaro del Portillo me resulta aún más cercano, aun cuando no llegara  a conocerlo personalmente. De su mano y de su pluma he descubierto la hondura de la vida cristiana. Sucesor de un santo, supo estar –con su correspondencia a la gracia- a la altura de su tiempo y de la carga que recibió. Son clásicos sus “Escritos sobre el sacerdocio” y “Fieles y laicos en la Iglesia”. Su corazón estaba dilatado por el amor y fue siempre un hombre que sabía querer. Recuerdo que en una conversación con Dionisio Romero a propósito de los 40 años de la Universidad de Piura, él me comentó que conocía a don Álvaro. El punto de encuentro fue un libro de don Álvaro “Descubrimientos y exploraciones en la costa de California”. La afición a la historia dio inicio a una muy buena amistad. Así fue don Álvaro: bueno, trabajador, amigo de sus amigos y no se hace de rogar cuando se le pide que interceda por algún favor para aquí en la tierra, cuando hay que tocar las puertas del Cielo.

Guayaquil, 6 de julio de 2013.

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