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La primera acepción que recoge la Real Academia Española de la palabra burocracia es: “organización regulada por normas que establecen un orden racional para distribuir y gestionar los asuntos que le son propios”. Ya nos gustaría que la burocracia estatal en sus variadas presentaciones fuera así. Hay organismos estatales y funcionarios públicos que desempeñan sus funciones de maravilla, pero los hay también de los que cumplen a pie juntillas con la cuarta acepción de esa palabra: “administración ineficiente a causa del papeleo, la rigidez y las formalidades”. Una economía social de mercado como la peruana, establecida así por la Constitución política, requiere de una burocracia eficiente que vaya al paso rápido de estos tiempos. Al Perú lo sacamos adelante todos, el sector privado y el público. Nadie tiene corona y, así como en la arena de la actividad privada todos han de tener notorias competencias operativas y valorativas en un constante afán por hacer del aprendizaje y cambio continuo un estilo de vida, también en la actividad pública  ha de darse ese mismo empeño.

En estos días hemos sido testigos de las continuas marchas de protestas de algunos sectores de la actividad pública en Piura y otros lugares del Perú. Son reclamos que se  gritan por las calles en contra de la Ley del Servicio Civil. El temor, entre otros, es la sombra aterradora del despido que se seguiría si los servidores públicos no pasaran las evaluaciones a las que estarían expuestos. Un temor comprensible para quien está acostumbrado a tener el puesto como propio e inamovible. No es un temor, en cambio, para las nuevas generaciones de profesionales, de aquellos que están bajo el sistema privado o CAS de contratación. Estos últimos ya están formados para moverse en un ambiente competitivo en donde su carta de presentación y de permanencia no es la ley, ni siquiera el contrato, sino sus capacidades, ganadas en las aulas y enriquecidas con los diplomados, seminarios, maestrías que los hacen empleables. Una burocracia así es la que hace crecer el PBI anual de nuestro país.

Las experiencias de muchos ciudadanos de a pie, cuando tenemos que transitar por las telarañas de la burocracia pública, no han sido –en tantísimos casos- halagüeñas. Las piedras contra las que hemos chocado no se reducen a los mecanismos irracionales que, a veces, acompañan a los “trámites” que hacemos; no, los golpes más duros los hemos sufrido en el encuentro con empleados, simplemente, ineficientes, que han olvidado el primer deber de todo funcionario público: el servicio. Llegados a este punto no hay más vueltas que darle, pues para servir, servir. Y en esto entramos todos. Capacitación y evaluación continuas son el camino para estar a la altura de estos tiempos. No se arregla nada con el simple estar en el puesto. El mero transcurrir de los años no otorga la excelencia profesional. Y si queremos que las organizaciones públicas o privadas funcionen, tenemos que prepararnos para cumplir cabalmente el oficio que desempeñamos.

Tenemos tantas cosas buenas en la región y en el país; entre otras, la gran capacidad emprendedora de nuestra gente. En España salieron a la calle los “indignados” para reclamarle al Estado el bienestar que les ofreció y que ahora no les puede dar por la gran crisis fiscal que atraviesan varios países europeos. En el Perú, a quiénes nos ganamos el arroz de cada día con el propio esfuerzo, se nos da por salir a la calle, pero para emprender algún negocio que nos permita llevar el pan a casa. No esperamos que papá-Estado nos de el pan, nos basta con que nos deje trabajar. Me parece que hace falta más de este espíritu emprendedor en muchos empleados públicos que ahora salen a la calle, indignados por los nuevos aires que corren en las oficinas de la vetusta burocracia.

Piura, 29 de junio de 2013.

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