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Los medios de comunicación han llamado la atención sobre la aparición de las llamadas “fiestas semáforo” o de las “ruletas sexuales”. Están en Lima y, también, en Piura según parece por las investigaciones que –con buen criterio- realiza la fiscalía de prevención del delito en coordinación con la policía y la Municipalidad. El público objetivo de esas fiestas son los menores de edad a quiénes se les ofrece el espacio y la ocasión para experimentar la vida loca, incentivando en ellos las experiencias sexuales; adelantándose a su edad y, tantas veces, marchitando prematuramente sus cuerpos, reducidos sólo al gozo vertiginoso del instante.

¿Qué está pasando en nuestra sociedad para que unos desalmados lancen el anzuelo de las fiestas semáforo y acudan a ellas decenas de adolescentes dispuestos a morder la manzana prohibida? Pasan muchas cosas  y les pasa a varios actores. Desde luego, hay bastante de perverso en los promotores de estos eventos, dispuestos a coquetear con el delito, ganándose unos soles, sin que les moleste para nada su conciencia viendo a los chicos y chicas entregados a diversiones que ningún padre consentiría a sus hijos. Enfermizo y delictivo a la vez. Mala combinación. Me tranquiliza, en parte, la diligencia de nuestras autoridades que ya se encuentran alertadas de estas desatinadas actividades.

Hay más. Y quizá son los padres los que han de poner la barba en remojo. Los chicos necesitan de la orientación y del tiempo de la familia. No se  puede generalizar, pues hay casos y casos, pero en tantas ocasiones detrás de un comportamiento juvenil extraviado hay dejadez de los papás. No es nada nuevo para quien cuida de los hijos que hay dedicarle tiempo a pensar en ellos y en sus diversiones. E, incluso, hemos de tener propuestas interesantes para los malos momentos de los chicos buenos. Detrás del atractivo de estas fiestas perversas, no está la pereza, está –principalmente- el aburrimiento. La idea no es mía, es de Soren Kierkegaard, filósofo danés de mediados del siglo XIX. Ya se ve que los problemas se reciclan cada cierto tiempo.

La pereza se vence con el trabajo y la laboriosidad. El aburrimiento, en cambio, llama a la diversión. Cuando el horizonte del adolescente se mueve entre comer, dormir y matar el día frente a la televisión, las redes sociales y poco más, la mesa ya está servida. Más temprano que tarde, sobreviene el aburrimiento y lo que en un principio es sólo la crisis existencial de los domingos por la tarde, se convierte en el pan de cada día: siempre lo mismo, sin pena ni gloria; tedio y más tedio. El alma pide más y si no se tienen intereses o hobbies desarrollados, el hombre lobo que anida en el interior sale en desbandada a los primeros brillos de la luna llena. Esto le pasa al adolescente y al adulto. El problema es que le pase al chico, sin ser grande.

Las diversiones vertiginosas (alcohol, droga, violencia, pandillaje, dominio, sexualidad, juegos de azahar…) dan placer inmediato, pero son un barril sin fondo, pues como su duración es instantánea, piden más y más. Eso es, precisamente, la adicción. Semáforos o ruletas son patologías de la diversión, callejones sin salida, negocios infames. ¿La solución? La familia. Tiempo dedicado a los hijos, cara a cara y no a través de las pantallas de los celulares o tabletas. Que el corazón toque al corazón, más vida real y menos realidad virtual.

Piura, 22 de junio de 2013.

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