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Los escándalos de corrupción son el día a día de la noticia. Corrupción a nivel de portada o en un suelto al interior de los diarios. No tiene ideologías porque lo que se corrompe son las personas, independientemente de la coloración de sus ideas. En Argentina han saltado destapes de la fortuna y tráfico de influencias durante el reinado Kirchner/Fernández. En Venezuela se ha puesto en jaque al gobierno de Maduro con un audio propalado que pone al descubierto tejes y manejes de la pugna interna del poder. Y en nuestro país, si no es un enredo millonario inmobiliario, lo es la fuga de delincuentes de un penal que nos hace pensar que algo huele mal en Dinamarca, como diría Hamlet ante la extraña muerte de su padre. Lo singular de estos casos, es que los personajes, ahora, en investigación, se presentaban a sí mismos como inmaculados. Desde su podio de dioses olímpicos señalaban con su dedo inquisidor la corrupción reinante a su alrededor. Ahora, ellos se sientan en el banquillo de los acusados.

Toda esta situación me ha traído a la mente la tragedia griega “Medea” (siglo V a. C.) de Eurípides. Jasón es un héroe griego, navegante, hombre civilizado. Un día escucha que en una isla muy lejana, La Cólquida, se conserva un vellocino (piel de carnero) de oro con poderes extraordinarios. Organiza una expedición con su pequeña tripulación. Se lanza a la mar en su famosa nave Argos. Después de una larga travesía llega a destino. Le sale al encuentro el rey de la isla con sus guerreros. Un enfrentamiento frontal es imposible. Parecía que todo el viaje había sido en vano, pero hace su aparición Medea, la hija del rey,  la hechicera más famosa y temida del entorno. Joven, salvajemente bella. Ella le dice cómo hacerse con el vellocino e, incluso, mata a su hermano para facilitar la huida de Jasón, con quien regresa  a la civilización. Pero su reino ya ha sido conquistado por el hermano de su padre y tiene que huir al reino vecino.

El rey amigo le hace una oferta: casarse con la princesa y de ese modo los hijos que ha tenido con Medea tendrán un lugar y un nombre. Jasón le comenta la oferta a Medea quien se retira indignada de la casa. Al cabo de unas horas regresa y acepta el trato, dándole a Jasón un vestido para que lo regale a la princesa. Jasón obsequia el presente a la novia y cuando ésta se pone el vestido empieza a arder, convirtiéndose en una tea humana: la princesa y el rey mueren carbonizados. Jasón se da cuenta del engaño y va en busca de Medea. Encuentra rastros de sangre en el interior de la casa que conducen al patio. Mira, horrorizado, a uno de sus hijos desangrado. Levanta la vista y ve al otro hijo en el momento en que Medea lo degollaba. Allí termina la tragedia.

En esta narración no se nos pone alerta contra los jasones cínicos, calculadores y pragmáticos; ni contra las medeas apasionadas, irracionales y crueles. Lo que nos está diciendo el pensador clásico es que todos los seres humanos tenemos algo de Jasón, capaces de heroísmo, pero también de jugadas oportunistas; y algo de Medea, capaces de amor, y asimismo de pasiones desenfrenadas. En cada uno de nosotros anida, al mismo tiempo; la excelencia y la fragilidad, la inocencia y la malicia. Grandeza y miseria nos acompañan, mas lo que saca cabeza siempre es el mejor Juan que aún podemos llegar a ser. Una antropología modesta, sin dejar de ser  optimista, porque junto a las defecciones humanas, brilla, igualmente, la luz de la esperanza. El ser humano no es plata perdida, qué va. Somos polvo, pero polvo enamorado como lo dice Francisco de Quevedo. El camino de la integridad es una ruta transitable, no imposible; pero hay que hacerla desde la modestia y no de la presunción de considerarnos mejores de quiénes se encuentran en el corazón de las tinieblas. La honestidad se vive, no se proclama a los cuatro vientos.

Piura, 15 de junio de 2013.

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