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George Bernard Shaw (1856-1950) ha sido uno de los grandes dramaturgos ingleses (de origen irlandés) del siglo XX. En 1913 escribió una de sus más afamadas obras, “Pigmalión”, sobre cuya trama se hizo la no menos brillante comedia musical de Hollywood,  “My fair Lady” (1964). Son cien años de esta obra de teatro. No ha perdido su lozanía y sigue siendo un pozo sin fondo en donde se puede explorar las idas y vueltas de la condición humana y del pensamiento occidental. Al escribir de Shaw no puedo dejar de pensar en otro gran inglés, G. K. Chesterton. Conoció muy bien la obra y pensamiento de Shaw y ha dejado unas páginas deliciosas sobre él. Ambos fueron magníficos polemistas y siempre en bandos contrarios, pero no faltó nunca entre ellos la cordialidad sincera, aún cuando tenían caracteres tan disímiles.

“Pigmalión” recrea el mito del mismo nombre. El rey de Chipre no encuentra a la mujer de su vida y se dedica a esculpir estatuas. Un día hace la figura de una mujer de la que se enamora. La diosa Afrodita se apiada del escultor y le infunde vida a la estatua, convirtiéndose en Galatea. Este mito le sirve a Bernard Shaw para crear su obra teatral. Higgins es un afamado lingüista que a la salida del teatro se encuentra con una sencilla y poco educada chica dedicada a la venta de flores. Su inglés es fatal y sus modales, toscos. Da la casualidad que en ese mismo momento se encuentra con otro reconocido lingüista, Pickering, con quien traba amistad y nace la apuesta: Higgins se compromete a convertir a la sencilla florista en una dama de perfecta dicción y modales distinguidos.

Higgins empieza a trabajar arduamente. Pone su mejor esfuerzo y vuelca en ella todas las técnicas que conoce. Su entusiasmo es grande y así  lo comenta a su madre, una mujer distinguida en la aristocracia inglesa: “No puedes figurarte, mamá,  lo interesante que es tomar a un ser humano y transformarlo en otro ser, creando para él un nuevo modo de expresarse. Equivale a rellenar el abismo más profundo que separa unas de otras a las diferentes clases de la sociedad y a las diferentes almas”. Una expresión como esta parecería que es un canto al delicado trabajo de un profesor son sus alumnos, pero no es así. No es la mano del profesor que acompaña el aprendizaje del alumno, es más bien la mano del fabricante que diseña un producto a la medida de su idea. Todo profesor lo sabe, educar no es fabricar. En Higgins, saber es poder. Es la expresión plástica de la Modernidad. La comedia musical, “My fair Lady”, en este extremo es idéntica. La he visto muchas veces y la he trabajado con mis alumnos de post grado. La miro y me parece estar viendo una representación de la teoría kantiana del conocimiento.

Este breve comentario de “Pigmalión” no estaría completo si no cito  la escena más famosa de la obra. Eliza Doolitle -antes una florista, ahora una dama- no está contenta con sus nuevo estatus. Sabe que ha sido materia de una apuesta, que la han utilizado. Le choca, asimismo, la frialdad y la poca inteligencia emocional de Higgins. En cambio, se lleva muy bien con Pickering a quien le confiesa: “la diferencia entre una dama y una mujer del arroyo no está tanto en cómo se porta… sino en cómo es tratada. Para el señor Higgins yo siempre seré una mujer de la calle, pero para usted podré ser una dama, porque siempre me ha tratado y me tratará como una dama”. En esto no le falta razón a Bernard Shaw: no hay nada mejor que tratar a la gente apreciando aquello que puede llegar a ser. La confianza puede más que la manipulación.

Piura, 5 de mayo de 2013.

 

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